Ocho características imprescindibles para un buen líder político, según Mandela

La vida de Nelson Mandela es una llena de valor, fuerza, orgullo y dedicación a la justicia social.
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Los presidentes, los primeros ministros y los jefes de partido en las democracias modernas comparten la capacidad de facilitar metas colectivas, identificación de grupo e incentivos a los seguidores. Además de todo esto un buen líder debe ser también un gran comunicador, habilidad que le va a permitir “vender”su visión, dar a conocer sus planes de manera sugerente y atractiva para su potencial electorado.

Adolfo Suárez, que fue el primer presidente de la democracia (1976-1981), aseguró que “el futuro, lejos de estar decidido, es siempre el reino de la libertad, abierto e inseguro”, abandonando cualquier determinismo histórico, fijó que todo está por decidir. Pero estar preparado siempre ayuda.

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Mucho más pragmático, Nelson Mandela, quien tras pasarse 27 años en prisión consiguió poner fin al apartheid y crear una Sudáfrica democrática estableció 8 lecciones básicas para ayudar a los futuros líderes.

Unas reglas que en julio de 2008 el periodista y escritor Richard Stengel (quien le ayudó a redactar la autobiografía de Nelson Mandela: El largo camino hacia la libertad) se permitió publicar un artículo.

Estas son las 8 lecciones de liderazgo de Mandela:

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1.- El valor no es la ausencia de miedo, es inspirar a otros a superarlo.

Un verdadero líder no tiene que intimidar, sino que acoger. La verdad es que era bien conocida la capacidad del ex presidente sudafricano de recordar los nombres de todas las personas que conocía y que tenía que conocer (una habilidad también asociada al ex presidente Bill Clinton). Sin duda, siempre es un plus añadido saber hacer sentir importante a la persona que se tiene en frente.

Un claro ejemplo de este saber acoger y conectar se reflejó en 1994, cuando fue elegido presidente de Sudáfrica y reunió a la clase política mundial en los Edificios de la Unión en la capital del país, en el mismo lugar que 84 años había sido la sede del gobierno blanco, que había privado a la población negra de sus derechos.

2.- Lidera desde el frente, pero no olvides a la base.

Como líder, dio un paso adelante. Pero no olvidó la importancia de la base. Habló con todos y cada uno de sus compañeros de Robben Island y les transmitió lo que estaba haciendo. Para Mandela, el objetivo inquebrantable era el derrocamiento del apartheid. El resto, negarse a negociar o la violencia, sólo eran tácticas.

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Según Stengel, era “el más pragmático de los idealistas” e iba siempre muy por delante del resto, pensaba en clave de décadas, de futuro, no de meses o años, algo que aprendió en la soledad de su estrecha celda. Sabía que el régimen de segregación racial caería algún día. “Las cosas serán mejor a largo plazo”, solía decir.

3.- Lidera desde atrás y deja que otros crean que están delante.

Durante los años que Stengel pasó junto a Mandela escribiendo El largo camino hacia la libertad, éste solía rememorar sus años de infancia cuando, por las tardes, pastoreaba el ganado. “Sólo puedes conducirles si vas detrás”, solía decirle. Los años que pasó junto a Jongintaba, el rey tribal que lo crio tras la muerte de su padre, fueron, en realidad, un gran aprendizaje. Mandela observaba cómo su padrino reunía a su corte en un círculo y sólo empezaba a hablar cuando todos habían ya expresado sus opiniones. “El trabajo de un buen jefe no es decir a la gente lo que debe hacer, sino alcanzar el consenso. No hay que entrar en el debate demasiado pronto”, decía.

Esta regla es básica en la actualidad donde muchos parlamentos están muy fragmentados y es imprescindible llegara a acuerdos para llevar a buen puerto el programa de gobierno, sacar adelante iniciativas parlamentarias, proponer reformas, etc…

4.- Conoce a tu enemigo y aprende su deporte favorito

A finales de los años sesenta, Mandela empezó a estudiar la lengua afrikaans. Sus compañeros de lucha no podían entenderlo, se extrañaron de su decisión, pero él sabía lo que hacía, quería entender la visión del mundo afrikaaner porque era consciente de que, en algún momento, lucharía o negociaría con ellos. Comprendió que de una u otra forma su destino estaba unido al de sus rivales.

La estrategia de Mandela era doble. Por un lado, conociendo su lengua se acercaría a sus fortalezas y debilidades. Por otro, se congraciaría con ellos. Los carceleros de Mandela se quedaron impresionados por la facilidad con que se desenvolvía en su lengua y sus conocimientos de historia afrikaaner. Pero no se quedó ahí. Empezó a interesarse por el rugby, el deporte más querido por los sudafricanos blancos, y comenzó a comentar con sus guardianes acerca de equipos y resultados, jugadores y clasificaciones.

Algo que aprovecharía más tarde.

Como bien refleja la película Invictus de Clint Eastwood, supo aprovechar un momento clave en su mandato para unir a negros y blancos del país: el campeonato del mundo de rugby, el deporte de los blancos, en el verano de 1995, celebrada en el Johanesburgo Ellis Park. Mandela fue un visionario, ya que fue consciente del potencial unificador y patriótico que genera el deporte. Decidió organizar el campeonato para que los seguidores afrikáners del rugby lo fueran también del nuevo gobierno. Y consiguió que los negros, que rechazaban el rugby por ser el deporte de los enemigos, apoyaran al equipo nacional, los Springboks.

5.- Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca.

Cuando salió elegido presidente de la nación, fue sabio al saber perdonar a aquellos que le habían encerrado. Se rodeó, sin resentimiento alguno y con máximo respeto, de colaboradores que habían trabajado con el anterior gobierno. Ese respeto, que se manifestaba de forma natural, tuvo como resultado una fidelidad absoluta de todos aquellos que trabajaron a su lado: amigos y enemigos.

6.- Las apariencias sí importan… y no olvides sonreir.

Es bien conocido que la vida de Nelson Mandela estuvo plagada de fracasos y errores, sobre todo a nivel personal, pero supo aprender de ellos en vez de hacer que se volviesen en su contra. Supo afrontar los errores con transparencia e hizo aflorar su integridad, coraje, además del encanto y el poder de persuasión.

Mandela también comprendió rápidamente la importancia de la imagen y el aspecto personal. Había que mantener la apariencia de un líder. Como abogado, intentaba ir siempre muy bien vestido. Cuando se convirtió en líder del brazo armado del Congreso Nacional Africano (CNA) insistía en ser fotografiado con barba y aspecto más “guerrillero”. Tras salir de prisión, en su campaña presidencial, siguió explotando la imagen.

Como asegura Richard Stengel Mandela siempre fue consciente de sus carencias como orador, “vendió” su iconografía. Por ejemplo, no olvidaba casi nunca bailar el toyi-toyi, la danza tradicional de los suburbios. Y, sobre todo, no olvidó nunca su irreductible sonrisa, pese a que, tras 27 años de encierro, tenía muchos motivos para estar enfadado. “La sonrisa era el mensaje”.

7.- Nada es blanco o negro.

El deseo de alcanzar acuerdos que satisfagan a todas las partes tiene que ser innato de un líder. Siempre hay que tener muy presente que para que todos salgan ganando, todos tienen que ceder. Esta es la regla básica de cualquier negociación.

Los procesos de negociación son básicos para poder aplicar y llevar a término una política institucional. Entendiendo la negociación como la relación que establecen dos o más personas respecto a un asunto determinado con vista a acercar posiciones y poder llegar a un acuerdo que sea beneficioso para todos ellos.

Además, el líder tiene que saber trabajar en equipo, y nunca querer todo el protagonismo. Como llegó a escribir el ex presidente, “tengo tantos fallos como el que más. Se agradecen los cumplidos, siempre que no se presente al presidente como un superhombre…”.

8.- Abandonar también es liderar

En 1993, Mandela lanzó la propuesta de reducir la edad mínima para votar a los 14 años. Pero nadie le apoyó, se quedó solo. Sin embargo, supo renunciar. Lo aceptó con humildad, no se enfadó. Saber abandonar una idea o renunciar a ella es una gran prueba para un buen líder. La mejor prueba de que Mandela sabía retirarse a tiempo fue su propia salida del poder.

Nada más salir elegido presidente, le puso fecha al momento de su salida. Un mandato de cinco años y nada más. Un líder tiene que saber cuándo irse, seguramente para poder hacerlo por la puerta grande. Esta decisión supone un ejercicio absoluto de las fortalezas y de las debilidades de cada uno. Sabía que no era imprescindible y era conocedor de sus limitaciones. 

Como decía Abraham Lincoln, “puedes engañar a todos algún tiempo, y a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”. Y esto es algo que los líderes políticos deberían esforzarse en aprender.