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Grandes profesores, como Wenceslao Castañares, no desaparecen; siguen irradiando con sus libros

El desaparecido profesor Wenceslao Castañares en una foto tomada en la Universidade Federal de Minas Gerais el 21 de septiembre de 2010.
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Hace tres días nos dejó Wenceslao Castañares y creo que una cita de Daniel Defoe, el célebre novelista inglés, resume el estado de ánimo en que nos ha dejado a los amigos: “Los mejores hombres no pueden evitar su destino: los buenos mueren pronto y los malos, tarde”.

Estábamos convencidos de que Wenceslao Castañares, excelente profesor de la Universidad Complutense, iba a prolongar su partida de ajedrez con la muerte, como el Caballero en El Séptimo Sello. No ha sido así. Se ha ido nada más jubilarse.

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A pesar de esta nota sombría, creo que no hay lugar para sentimientos imprecisos, la nostalgia o la añoranza, porque seguimos teniendo los libros de un gran estudioso. Y su ejemplo y sus libros van a seguir irradiando. Lo único que necesitamos son mentes receptoras. Él replicaría, riéndose: “¡Casi nada!”.

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Figuras como Castañares demuestran la importancia de ser un gran docente

Wenceslao Castañares ha sido uno de esos profesores que prestigian un Departamento, una Facultad, una Universidad, en medio de la moda tan vigente de devaluar a los profesores. Una moda que ha llegado a acomplejar a los estudiantes de esa Universidad en la que todos estamos pensando. Pues no, en esa Universidad y en muchas otras, hay excelentes profesores.

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Lo que ocurre es que las Agencias de Acreditación llevan años devaluando la enseñanza como actividad y auroleando falsamente la investigación. Y cuando hablo de Wenceslao como profesor excelente es porque sabía investigar y comunicar muy bien sus hallazgos. 

He sido testigo de cómo transmitía energía a quienes tenían la fortuna de tenerle como profesor. No sólo saber sino el convencimiento de quien está seguro de lo que dice porque antes lo ha estudiado, sin limitarse a ocurrencias.

Su Diccionario de Citas, un manantial que sigue activo

He comenzado con una cita de Defoe. Pues bien, he tomado esa cita de un libro que yo siempre he valorado mucho: Diccionario de Citas.

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Wenceslao Castañares publicó la primera edición en 1993, con José Luis González Quirós; y otras dos en 2000 y 2013 (a esta última se unió, en 2013, Melitón Cardona).

Wenceslao fue, durante años, catedrático de Filosofía de Instituto. La pasión por la Filosofía le llevó a ampliar su campo de visión. De editar unas Lecturas de Filosofía pasó al Diccionario de Citas. Pasar de los filósofos a cerca de 1.700 autores exige una curiosidad sin orillas. ¿Cuántos “eurekas” habrán pasado por la mente de Wenceslao, después de leer tantos y tantos libros?

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Al acudir muchas veces a ese Diccionario, pensaba yo en un autor francés, George Polti, que escribió dos libros, Las 36 situaciones dramáticas y El arte de inventar los personajes.

Dominaba la Historia de la Literatura Universal, con la que ilustraba sus teorías.

Desde comienzos del siglo XXI,  varias editoriales norteamericanas están reeditando estos dos libros. Incluso, un director de cine inglés, Mike Figgis, ha escrito una obra en la que interpreta hasta 150 películas según las situaciones de Polti. Entre ellas, algunas de las suyas, que han tenido un éxito intenacional

Cada cita del Diccionario de Castañares-Quirós-Cardona es como un bosquejo, o como diría Borges, como un esquicio, que puede dar lugar a un plano sobre el que levantar un edificio o una plataforma desde la que despegar hasta terrenos desconocidos.

¡Cuántos profesores en su clases, novelistas en sus diálogos, periodistas en sus artículos, abogados en los juicios, políticos en sus discursos… habrán utilizado y seguirán utilizando este Diccionario de Citas?. Y ¿cuántos profesionales de cualquier campo de la actividad humana seguirán acudiendo al mismo?

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De nuevo, el mapa y el territorio

No es extraño que, después de leer tantos libros, Wenceslao elaborase su teoría.

La podemos ver en su libro De la interpretación a la lectura. También, como prueba de que pisaba la realidad y deseaba responder a los problemas de nuestro tiempo, escribió La televisión moralista: Valores y sentimientos en el discurso televisivo.

Hablar con Wenceslao invitaba a escuchar lo que expresaba, a decir “Eh, un momento”, y preguntar sobre esas ideas que él iba lanzando como si sembrar fuera un actividad más que formaba parte de su afición a la sabiduría.

¡Qué distinta su actitud ante la vida de la que está tomando vigencia en grandes zonas del mundo académico!

Los norteamericanos, desde hace muchos años, hicieron célebre la frase “Or publish or perish”: O publicar o morir.

Hispanistas norteamericanos se pagaban en España las ediciones de sus libros porque sabían, a ciencia cierta, que al llegar con sus libros a sus universidades, sus honorarios iban a aumentar en serio.

Ahora, cuando me envían por correo electrónico el currículum de algún profesor, porque saben que me gusta descubrir camelos, veo al profesor de turno como uno de esos generales norcoreanos que muestran sus medallas en sus las pecheras y pantalones.

¿Quién va a creerse que han ganado esas medallas en hazañas bélicas? ¿Quién va a apoyar esos méritos académicos y ¡de gestión!, nada menos? Al parecer, muchos, los que están en el tinglado.

Castañares ha sido uno de los grandes docentes españoles, según el profesor Valbuena.

Vuelve la Filosofía. Razón de más para volver a Wenceslao Castañares

El gran proyecto de Castañares, durante los últimos años, fue Historia del pensamiento semiótico. Dedicó el primer tomo a la Edad Antigua y el segundo, a la Edad Media. Y se ha atrevido a acometer él solo ese proyecto.

Hay planes en los que parece que todo ha de pasar por la fragua grupal y que los componentes del equipo han de apuntalar el edificio común.

El reverso es que sólo los edificios inseguros necesitan estar apuntalados dentro y, sobre todo, fuera.

Wenceslao ha sido un gran arquitecto que ha sabido en todo momento lo que quería, que ha investigado a fondo las fuentes y que no ha dudado en dedicar horas a aclarar fragmentos en griego o en latín que admitían interpretaciones contrapuestas. De eso he sido testigo, porque me lo comentaba con gran interés. Le divertían las dificultades.

Cuando ahora que, según parece, la Filosofía va a volver al Bachillerato, los profesores pueden encontrar una mina de ideas en los dos tomos de Castañares.

Su obra constituye una respuesta muy elaborada que no he encontrado en una nación tan importante como Estados Unidos.

Hace años, un autor al que admiro, Todd Gitlin, anunció el estado de cosas que iba a venir. Consideraba como un signo muy preocupante de los tiempos cómo iban disminuyendo las revistas de pensamiento.

Y se adelantó a lo que ahora está ocurriendo: “En su lugar, aumentan las revistas especializadas que recogen los artículos con los que una serie de selectos quieren hacer carrera con un estilo escolástico barroco. No es extraño el empobrecimiento del ambiente intelectual general. Los estudiantes universitarios ignoran las tradiciones literarias, filosóficas o artísticas; no leen periódicos; y los estudiantes no educados se convierten en profesores sin educar”.

En conclusión: Los libros de Wenceslao Castañares pueden encontrar su momento en los tiempos que vienen.

Y finalizo dedicando estas reflexiones a Carmina, su mujer, sus dos hijas y sus nietos.