Objetivo del nuevo "Glosario Jurídico Hispanounidense": Combatir el 'Spanglish"

La obsesión por el poder de nuestros líderes políticos

4 / 03 / 2019 06:15

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El político ideal, para Platón, debía estar en “el más perfecto equilibrio y correspondencia con la virtud”.

En su vasta obra añade más características, como poseer “nobleza moral” o ser designado “entre los mejores hombres, escrupulosamente escogidos”.

Aristóteles exigía a quienes pretendían dedicarse a la política especial capacidad para el cargo, lealtad con las leyes y virtudes personales, “pues sin el dominio de uno mismo, no puede el político ser de utilidad para su comunidad”.

Cicerón, en fin, recomendó algo determinante al respecto: “un solo deber le impongo al político, porque comprende todos los demás: el de estudiarse y vigilarse constantemente, con objeto de poder invitar a los demás a imitarle, y de ofrecerse él mismo, por la limpieza y brillo de su alma, como espejo a sus conciudadanos”.

En la actualidad, damos escasa importancia a las condiciones de los llamados a dirigir un país.

En otras democracias, se tienen en cuenta de diferente manera, aunque suelen proyectarse sobre la ejecutoria antes de llegar al poder, singularmente si se ha tenido éxito en los negocios o en la milicia.

El caso norteamericano se puede poner como ejemplo de esta tendencia, que ha llevado a la presidencia a personajes valerosos o acaudalados, aunque algunas veces de notable zafiedad.

En España, por distintas razones, han venido decayendo con los años los perfiles de quienes se dedican a tareas políticas.

De los ministros que formaban parte de la élite universitaria o profesional y que daba gusto verlos entrar enfundados en sus impecables trajes azules en aquellos Dodge Dart oficiales con cortinillas en el asiento de atrás, hemos pasado a personajes de lo más variopinto procedentes del mundo de la farándula o sin historial brillante en sus quehaceres anteriores a la vida pública, salvo excepciones que confirman la regla.

Nuestra democracia ha perdido, sin duda, calidad en sus representantes.

Que se susciten recelos sobre la autoría de una tesis doctoral o unas memorias de todo un presidente no parece lo más loable, y menos que no se reconozca una trayectoria digna de emulación en los años previos al acceso al gobierno.

Como tampoco es de recibo el abuso de una logomaquia contradictoria que va con los de la feria y viene con los del mercado, como certifica sabiamente la paremiología del norte.

Si a esto sumamos una preocupación excesiva hacia el aspecto físico -que es como el diccionario define al petimetre-, con andares que recuerdan a los de modelos de pasarela y una permanente exposición mediática acompañada de celebridades, entonces se comprenderá que lo que hoy prima en política es la mera popularidad y no tanto la preparación o facultades objetivas para gobernar.

Lo más grave de este triste asunto es que no suscita rechazo unánime de los ciudadanos, sino incluso adhesión en algunos.

Como sucedió hace pocos años, millones de españoles aplauden la llegada a la escena de personajes de este tipo o calamidades aún peores, sin apenas detenerse a evaluar si su participación en la dirección de una nación puede traer algo positivo.

Detrás de este sombrío panorama están la falta de controles de calidad de nuestras sociedades y el afán obsesivo de poder que acumulan determinados líderes.

El propio Platón ya anunció lo nefasto de esa ecuación, al considerar que el político que ansía hacerse con las riendas de un pueblo es lo peor, frente a aquél que no tiene prisa alguna por llegar.

Santa Teresa lo expresó todavía mejor, al descartar en las reglas de gobierno de sus conventos la elección de aquellas aspirantes que se postulasen, porque perseguían el cargo, no la carga.

Para quienes ambicionan el poder, sentenciará Tácito, no existe vía media entre la cumbre y el precipicio.

De ahí que tanto oropel aeronáutico, locuacidad inane y foco mediático ya podemos intuir dónde termina.

 

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