Hoy el Pleno del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) se reúne para decidir, entre otras muchas cosas, quién va a ocupar los dos puestos vacantes en la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo.
El pasado 12 de diciembre, en mi anterior columna, predije que iban a ser Esperanza Córdoba y Ángeles Huet. Y que esa sería la prueba del algodón de que, por mucho que se hubiera cambiado el sistema de selección, de acuerdo con la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ) de diciembre del año pasado, las cosas seguían estando igual.
Ni Juan Carlos Zapata Híjar, presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Aragón, ni Concepción García Vicario, presidenta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TSJ de Castilla y León (sede de Burgos) tienen nada que hacer frente a Córdoba, mujer de plena confianza del presidente en funciones del CGPJ y del Supremo, Carlos Lesmes, que fue quien la nombró, hace seis años, jefa de la Inspección del órgano de gobierno de los jueces.
Tampoco tienen ninguna posibilidad Manuel Isidro Fernández-Lomana García, magistrado de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Nacional, y Vicente Rouco Rodríguez, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha ante Ángeles Huet de Sande.
Al final se impondrá la dinámica del pacto propiciado por Lesmes. Porque todo está «atado y bien atado».
Para elegir a ambos son necesarios 13 votos.
Lo que se ha denominado una mayoría cualificada, introducida también por la mencionada reforma de la LOPJ.
Vaya por delante que no soy la «bruja Lola» y que mi pretensión no es la de usurpar «sus poderes». Simplemente publico lo que ya es conocido tanto en los pasillos del Supremo como en los del edificio de enfrente, el Consejo General del Poder Judicial.
Es «la prueba del algodón» de que nada ha cambiado tras las últimas reformas.
Nunca antes Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el principio contenido en su «Gatopardo» ha estado tan vigente: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».
Un capítulo más de la profecía autocumplida.