Javier Borrego, abogado y magistrado emérito, habla de la "sentencia-no sentencia" sobre el derecho a la vida de los enfermeros de Jaén.

Javier Borrego, juez del TEDH y magistrado del Tribunal Supremo: Experiencia contrastada

16 / 06 / 2020 01:20

Actualizado el 16 / 06 / 2020 01:25

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Es una «rara avis» en el Tribunal Supremo. Con casi 50 años de servicio al Estado, Javier Borrego concentra en su persona una experiencia única.

Porque de los casi 90 magistrados del Alto Tribunal es el único que, además, ha sido juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), órgano que tiene su base en Estrasburgo, ciudad del este de Francia, colindante con Alemania.

Además, ha sido abogado del Estado en la Audiencia Nacional, en el propio Tribunal Supremo y abogado del Estado Jefe del Tribunal de Cuentas, destino desde el que saltó, en octubre de 2018, elegido por una gran mayoría del Pleno del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), a la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Supremo por el quinto turno.

Por el de juristas de reconocida competencia.

Borrego, sevillano de nacimiento, es de esas personas que nacen con un don especial: su capacidad de relacionarse con sus semejantes con gran facilidad, a lo que se une una inteligencia, una profesionalidad, una capacidad de trabajo y una mundología más que probada.

«A mí lo que me ha movido siempre ha sido servir a mi país. A algunos estas palabras les pueden sonar a huecas, pero para mí ese sentimiento ha sido mi referente principal a lo largo de toda mi carrera», confiesa.

La entrevista tiene lugar en el Sala de Vistas de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Supremo, después de la sesión fotográfica, con la toga descansando sobre la silla.

Esta Sala nada tiene que ver con la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ¿verdad?

Son dos edificios que corresponden a épocas distintas. Esta Sala fue construida en 1926, como el resto del edificio, sobre los restos del Palacio original de las monjas  salesas, que se quemó en 1915. Y en ella se quiso sintetizar la «grandeur», que dirían los franceses, la grandeza, que el Rey Alfonso XIII quiso conferir entonces al Tribunal Supremo y a la Justicia.

El de Estrasburgo, Francia, es un edificio moderno, construido por el arquitecto británico Richard Rogers. La sala de vistas, que todo el mundo conoce, huye precisamente de esto. Es más contemporánea. De nuestro tiempo. Y ya empieza a ser clásica. Porque este año se ha celebrado el 60 aniversario del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el 70 de la aprobación de la Convención Europea de Derechos Humanos.

¿Cuánto tiempo fue juez del TEDH en total?

Cinco años. De 2002 a 2008.

El juez del TEDH, Javier Borrego, posando con su Sala –la tercera– en una foto tomada en 2003. El juez español es el segundo por la derecha en la segunda fila.

¿En qué le transformó personalmente ese tiempo en Estrasburgo?

Me enseñó muchísimo. En lo personal, a abrirme a otras culturas, personas, sociedades. Jurídicamente también. Desde el “common law” famoso de los británicos al derecho continental, o francés, al derecho de los países que iban saliendo del comunismo.

Fui testigo de cómo fueron adoptando sus normas a la democracia. Porque el TEDH no es un tribunal solo de la Unión Europea.

En él están representados 47 países. Son los 27 países que conforman la Unión más 20 más de fuera, como Rusia, Turquía o Suiza, por citar tres bien conocidos. También Gran Bretaña, por el «Brexit».

Aquella experiencia en Estrasburgo me enriqueció muchísimo.

¿Qué idioma hablaba?

Allí se puede hablar francés o inglés. En las deliberaciones yo solía utilizar el francés. Socialmente el inglés o el francés. Me manejo mejor en francés. Es más de mi derecho.

¿Disponían de traductores durante las deliberaciones?

Teníamos traductores del francés al inglés. A veces ocurría que el juez del Reino Unido cuando tomaban la palabra el juez de Moldavia o de Portugal, que tenían acentos duros en inglés, se ponía los cascos para escuchar lo que decían… ¡en francés!

Los británicos siempre han sido muy suyos [se ríe abiertamente]. Si no lo hablas a la perfección, como ellos, pierden la paciencia.

En el TEDH se usaban ambos idiomas al cincuenta por ciento. Como ahora.

¿Son importantes las relaciones personales en el TEDH?

Como en todas las organizaciones humanas. En el TEDH había muy buen ambiente. Procedíamos de países muy diferentes. Las discusiones eran normales y bien llevadas, con mucha educación.

Pero teníamos absoluta libertad.

Sólo una vez el presidente me pidió retocar un voto disidente. Fue en el caso Kafkaris. Y es que en una Asamblea Plenaria del tribunal se había decidido, por una mayoría de tres votos, que se suprimieran los títulos de civilidad a los magistrados en las sentencias del tribunal.

El de señor y señora, para que nos entendamos. Fue una propuesta de los nórdicos.

Me dijo que quitara la referencia que había escrito, en mi voto particular, en la que decía que aunque no se mencionara el titulo de civilidad, y después de declarar que la presencia de hombres y mujeres era necesaria para el tribunal, debía reflejarse en las sentencia.

Me negué.

Se acordó que hasta que no se terminase mi periodo no entraría en vigor la modificación de la Asamblea Plenaria.

¿No se dice, entonces, señor o señora?

Solo se ponen nombres y apellidos. Lo políticamente correcto. Yo dije que importa mucho distinguir el género. Porque como lector es importante saber cuántos hombres y cuántas mujeres han votado una sentencia. Y quien hace las opiniones particulares o disidentes.

Es absurdo que quieran que haya tantas mujeres como hombres y que al mismo tiempo se oculte si son hombres o mujeres.

Javier Borrego fue elegido tanto al TEDH como al Tribunal Supremo por mayorías que superaban los límites básicos. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

¿Tuvo usted alguna relación previa con el TEDH antes de ser elegido por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa?

Con el TEDH, no. Pero sí con el Consejo de Europa. Antes de asumir esa responsabilidad fui abogado del Estado y jefe del Servicio Jurídico de Derechos Humanos en Organismos Internacionales.

En una ocasión me correspondió actuar ante el Comité contra la Tortura de este organismo. Tuve que explicar por qué, en España, alimentábamos a los presos del GRAPO que hicieron huelga de hambre.

Los británicos nos criticaron duramente por ello. Y pusieron como ejemplo las huelgas de hambre de los miembros del IRA Provisional en prisión. Afirmaban que alimentándolos, cuando estaban inconscientes, estábamos atacando su libertad y que si querían morirse de hambre teníamos que dejarlos.

Yo les explicaba que, en nuestra concepción, la vida estaba por delante de la libertad y que haciendo lo que hacíamos preservábamos esa vida.

La discusión la zanjó el presidente del Comité contra la tortura, Antonio Cassese: «No nos vamos a poner de acuerdo. Nosotros, los latinos –españoles e italianos– somos católicos y anteponemos la vida frente a la libertad. Ustedes, británicos, son protestantes, y anteponen la libertad antes que la vida. Como esta es una diferencia religiosa, el debate se acaba aquí».

Y se acabó todo debate [se sonríe].

Supongo que cuando era juez del TEDH se encontró con peculiaridades propias de otros países. 

Recuerdo un asunto, el de Paula Ky, que procedía de Finlandia. Resulta que allí los diputados del Parlamento pueden participar en deliberaciones a guisa de jueces asesores. En este caso, un diputado que había votado la ley del seguro tomó parte en una deliberación sobre ese mismo asunto. Yo argumenté que con ello se vulneraba la división de poderes, que eso no podía ser.

El juez finlandés se me acercó y me dijo que cuando aceptó el cargo de juez asesor, una figura peculiar, había jurado o prometido. De nuevo la cultura protestante. A mi colega no le cabía en la cabeza que alguien faltara a ese juramento o promesa.

Ahora usted es magistrado del Tribunal Supremo. Supongo que las comparaciones son inevitables, ¿no?

El procedimiento de elección es distinto en los dos organismos. Para ser juez del TEDH el Gobierno tiene que proponer una terna de candidatos sobre los que la Asamblea de Representantes del Consejo de Europa vota a uno.

En aquella ocasión, me votaron 131 de 150 votos emitidos, el 87,3 por ciento de los representantes parlamentarios de 47 países europeos.

En el Supremo tuve que pasar la entrevista. Y llevo a gala que me votaron una inmensa mayoría dentro del Pleno del CGPJ. Los llamados conservadores y progresistas. Fueron 16 de 21, que pudieron ser 18.

Dicho esto, sí, hay bastante diferencia entre el TEDH y el Tribunal Supremo.

El TEDH está bien dotado. Tiene un cuerpo de letrados que ayudaba, si así se les requería.

Yo me hacía mis sentencias, mis opiniones disidentes y las decisiones de admisibilidad. Entre 4 y 6 a la semana.

Los textos luego eran revisados, desde el punto de vista técnico, lo que se denominaba «toiletage», para que fuera en correcto francés o inglés. Ese proceso lo hacía un equipo de traductores jurídicos.

Luego tenía que vérmelas con los traductores jurídicos porque en ocasiones una expresión en francés no quería decir lo mismo que en inglés.

Javier Borrego interviniendo ante ante la mirada atenta del presidente del TEDH, el suizo Luzius Wildhaber. Entre los dos, algo retrasado, el «Register» Paul Mahoney, británico.

En el Supremo hay un equipo de letrados, ¿no?

En el Supremo se dice que hay letrados, sí. Pero no es comparable al TEDH. El Tribunal Constitucional es más comparable al TEDH, por su estructura y por el personal asistente.

En el Supremo debería haber más letrados, sobre todo en la Sala de Admisión.

¿Qué cambiaría?

Yo lo que he notado en el Supremo es un falta absoluta de relación social. Cuando entras no hay reuniones de todo el Tribunal Supremo. Yo he conocido a compañeros como Javier Orduña, que se marchó, y a Milagros Calvo, que se jubiló no hace mucho, en el ascensor. «Hola, soy Javier Borrego, de la Sala Tercera».

Dentro de la propia Sala, salvo que haya un Pleno, no hay una relación social. Cada uno está en su despacho.

El que fuera magistrado de la Sala de lo Civil, Salvador Sastre Papiol, contaba también eso: Que no había relación entre los magistrados, que la cosa era muy solitaria y fría. Prueba de ello es que estuvo solo dos años, a pesar de que Carlos Lesmes, el presidente del Supremo y del CGPJ, trató de animarle para que siguiera dos más. 

No se puede decir que haya mal ambiente. Lo que no hay es ambiente. Pero ojo, nadie puede obligarte a ser amigo de nadie. Yo, en un año y medio, he invitado a un magistrado a comer y he cenado con otro.

Donde se aprecia calidez humana es en el cuerpo de secretarios. Yo, que soy andaluz, extrovertido, lo echo mucho de menos. Tener reuniones para conocernos, para hablar.

En Estrasburgo nos íbamos a conciertos de Joan Báez, celebrábamos el año chino y hacíamos una comida en español. Al final venían más de 30 magistrados y secretarios para hablar español, que hablábamos el idioma en el que nos comunicábamos.

Han pasado 12 años y sigo viendo y yendo a casas de jueces de aquel entonces. Y vienen a mi casa, en Madrid. Hay una relación personal. Para decir verdad es que en el Supremo somos individualidades que no se reúnen para hablar de sus cosas.

¿Cuántas sentencias hace a la semana? 

Dos sentencias a la semana. Son 96 sentencias al año. Es un ritmo alto. Trabajo –trabajamos– los fines de semana. Mi mujer dice que estoy trabajando más que cuando preparaba la oposición.

Usted es partidario de los votos particulares…

Dice el Talmud que donde hay unanimidad no hay justicia. Si hay un colectivo de 6 o 7 jueces y uno piensa distinto no pasa nada. Las opiniones particulares enriquecen.

Por eso en el otro gran tribunal europeo, el Tribunal del Justicia de la Unión Europea –este sí es solo para los 27 países de la Unión– donde están prohibidos los votos particulares, están ahora repensando introducirlos.

Porque hay sentencias muy importantes del TJUE que no se sabe por cuántos votos son. Yo sé de uno que fue por un voto. Una sentencia fundamental.

No, los discrepantes deben poder manifestar su opinión porque, a lo mejor, dentro de unos años, se acepta la teoría que plantean.

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