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Las luces se apagan: Relato de un abogado en el confinamiento

El autor de esta columna es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho.
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Eran cerca de las diez de la noche y pensaba que debía marcharme ya. Solo oía el tic tac del reloj de esfera dorada sobre mi mesa y ensimismado mirando la biblioteca tenuemente iluminada, me sumergí en el silencio del despacho sin pensar en nada.

Desvié la mirada hacia un grueso expediente a mi izquierda, el caso de asesinato en el que había conseguido la libertad sin fianza de mi cliente tras su declaración judicial. El jefe de homicidios quedó atónito cuando la fiscal no solicitó medidas cautelares aparte de las presentaciones ‘apud acta’.

Recordé en ese momento otros casos que defendía y, al mismo tiempo, la incertidumbre sobre las próximas semanas sin saber a ciencia cierta cuando volveríamos a la normalidad. Echaba de menos a mis compañeros del bufete, con los que hablaba de vez en cuando por teléfono o nos enviábamos mensajes.

Esos días tenía tiempo para pasear a mi beagle en calles silenciosas oyendo a los pájaros y los grillos. Hacía llamadas sin prisas, leía la prensa económica, terminaba asuntos pendientes, leía biografías, novelas, oía jazz y música clásica.

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Cuando recogí mis cosas y apagué las luces de mi despacho, observé la claridad que se filtraba a través de la cortina del ventanal y nuevamente me quedé absorto pensando en cosas del bufete, en los años pasados saliendo tarde a esas horas en las que el abogado se encuentra consigo mismo y está en su mejor momento para pensar, reflexionar, meditar, resolver incluso.

Podíamos acudir a nuestras oficinas

Es ese instante en el que lejos de estar cansado después de toda una jornada, tenemos una paz que nos permite seguir estudiando, escribiendo o consultando la ley.

En esos días en los que muchos estaban encerrados en sus casas, los profesionales podíamos acudir a nuestras oficinas para terminar trabajos aplazados, realizar gestiones, hacer llamadas, organizar la agenda. Tras los primeros días siguiendo las noticias del gobierno sobre las medidas adoptadas para paliar la pandemia en España, leía con preocupación en la prensa salmón cómo nuestros dirigentes, al contrario que en los países de nuestro entorno, apenas ayudaban a las empresas frente a una crisis económica nunca vista.

Por fin, abrí la puerta y contemplé el busto romano sobre el mueble bajo que hay entre mi oficina y el ancho pasillo que conduce a la salida. Conforme iba acercándome a ésta observaba las farolas de la plaza y una luz verde borrosa de un semáforo. Abrí la puerta metálica y una bocanada de aire fresco me despejó un poco haciéndome salir de ese estado de semiinconsciencia.

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Con el maletín negro en mi mano derecha inicié el paseo hacia mi casa por una avenida desierta en la que no circulaban coches, no había gente y solo sentía mis propios pasos, uno tras otro, una y otra vez.

En los soportales, a lo lejos vi la silueta de una chica joven asiendo la correa de su perro mientras éste olisqueaba con la nariz pegada al suelo. La luces de los comercios estaban apagadas, los restaurantes y los bares permanecían cerrados, solo la farmacia de guardia tenía la luz encendida.

El silencio era absoluto, solo se oía de vez en cuando alguna conversación proveniente de las terrazas de los pisos más bajos, el conserje de un gran edificio de oficinas levantó tímidamente su cabeza tras mi paso volviendo a fijar su mirada en las pantallas de vigilancia.

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Un hombre sujetaba a su labrador con fuerza mientras yo me llevaba las manos al bolsillo asegurándome llevar mi documentación tras divisar las luces azules de un patrullero de policía que se aproximaba.

Imagen de una ciudad con toque de queda

No podría pararme en el supermercado de la esquina como otras noches antes de llegar a casa pues cerraba a una hora temprana tras las restricciones impuestas por real decreto gubernamental. Ese sosiego ayudaba a la contemplación de una ciudad vacía, sin ruidos, sin gente, sin tráfico, sin vida.

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Eran días de escepticismo, días largos, días con muchas horas libres pero también de pérdida de libertades, de medidas absurdas como la prohibición de hacer ‘footing’ mientras no nos obligaban a llevar mascarilla.

Eran días en los que podíamos descansar en el sillón tras comer con nuestra familia pues los niños no iban al colegio, de conversaciones con ellos sobre los planes para el verano que no sabríamos si podríamos hacer realidad.

Una noche al volver a casa se apagaron todas las luces en la avenida y de nuevo me encontré solo en los soportales oyendo mis pisadas sobre la acera, sin coches que circularan.

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Imaginé una ciudad con toque de queda y al ver de pronto que se aproximaba un vehículo militar justo cuando me encontraba tras una gran columna pensé absurdamente que no me estaba ocultando y que no deberían pensar los militares que me refugiaba en ese lugar quizás huyendo de las restricciones.

Volví a asegurarme que mi salvoconducto permanecía en el bolsillo interior de mi chaqueta junto a mi carnet de identidad y me sentí tranquilo. Pero pensé ¿y si me preguntan qué hago a estas horas andando solo por la calle?

Me sentía culpable por haber alargado ese día mi estancia en el bufete, ¿por qué no había recogido antes? ¿Me reprocharían mi falta de solidaridad con las familias que tenían a alguien enfermo con coronavirus o quizás hospitalizado y en peligro de muerte?

Mientras respiraba el aire limpio de esos días e imaginaba escenas irreales en una calle de Berlín con agentes de la Gestapo buscando a algún sospechoso, aceleré mis pasos apresurándome para llegar pronto a mi portal.

Cuando busqué las llaves en mi maletín no las encontré y pulsé el botón del portero electrónico pero nadie me contestó ni abrió la cancela de entrada.

Ahora no tendría explicación alguna cuando me preguntasen el motivo para estar postrado en el portal de mi bloque sin una historia mínimamente creíble para la autoridad.

Mientras estaba sumergido en esos pensamientos oí unos pasos y de pronto un hombre de unos cuarenta años apareció en la esquina y se aproximó hacia mi con el rostro cubierto con una media negra.

Me quedé inmóvil mientras se acercaba a pocos metros y un escalofrío recorrió mi cuerpo junto a un sudor frío en mi espalda al mismo tiempo que me temblaban las piernas. Fijé la mirada en la mano con la que sujetaba un objeto metálico de color oscuro y sentí un vértigo que me hacía perder el equilibrio.

En unas décimas de segundo fui consciente que estaba indefenso ante quizás un sicario, alguna persona contra la que habría llevado una acusación o un miembro de una organización a la que hacía unos meses había renunciado a defender.

Muerto de miedo, paralizado, en la oscuridad de la noche y sin ni siquiera tener fuerzas para gritar solicitando auxilio pues no podía articular sonido alguno, oí de pronto mi nombre: “¡Luis! ¿Tendría usted fuego?”.

La segunda parte de la frase no la entendí, cogí la cartera del bolsillo de mi chaqueta y la ofrecí a quien aún mostraba su rostro oculto para a continuación decirme éste con una voz que me resultaba familiar. “¡Soy Evaristo! ¿No me conoces? ¡El hijo del conserje!”.

Mientras me explicaba mostrando su encendedor Zippo que se había quedado sin candela y yo era la primera persona que veía para pedirle lumbre. Yo no podía articular palabra y debía estar blanco.

Me preguntó Evaristo si me encontraba bien y en ese instante oí como sonaba el clic de la cancela del portal que alguien de mi casa había abierto. Solo recuerdo que empujé la puerta, pasé al hall del edificio y cerré rápidamente tras de mi. En verdad, no recordaba a Evaristo.

Al día siguiente, conté lo ocurrido al conserje y me dijo que su hijo estaba en Afganistán. Le pregunté si tenía otro hijo y me dijo que no un tanto extrañado.

Entonces recordé el caso de asesinato que tenía sobre mi mesa y sentí nuevamente una gota de sudor frío. Supe en ese momento que ya no podría caminar tranquilo por mi calle, al menos en esas horas tan tardías.

P.D. Se advierte al lector que parte del texto podría no coincidir con la realidad.