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Koldo García se veía a sí mismo como un jefe de agentes secretos. En una ocasión envió a dos a espiar a «compañeros» del partido para recolectar información. Foto: EP.

Koldo García ejerció de director de la «TIA» con dos agentes a lo Mortadelo y Filemón

26 / 07 / 2025 05:36

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Octubre de 2016. Mientras el PSOE ardía en una guerra civil que hizo temblar Ferraz, en Navarra había quien se entretenía en operaciones de espionaje propias de un sainete. No hablamos del MI6 ni de la CIA.

Hablamos de Koldo García, el que luego sería conocido como el “fontanero” de José Luis Ábalos, exministro de Transportes que, por aquel entonces, jugaba a espía de barrio con más entusiasmo que medios.

A la vista de los resultados, no es difícil deducir que seguramente fue un lector del gran Ibáñez, el padre de Mortadelo y Filemón, los agentes de la «TIA». En su subconsciente debió pesar esos recuerdos. Seguro.

Es lo que se deduce de una de las grabaciones procedentes de los dispositivos electrónicos incautados a Koldo García –un evidente emulador del comisario jubilado José Manuel Villarejo– por la Guardia Civil tras intervenir y analizarlos durante la investigación sobre la supuesta trama de corrupción en la compra de mascarillas. García, hemos sabido, lo grababa todo.

En este caso el plan era simple: mandar a dos colaboradores –un hombre y una mujer, de esos que se meten en cualquier lío por fidelidad y un bocadillo– a un restaurante donde comían Guzmán y Javier, dos socialistas navarros.

Objetivo: grabarlo todo. ¿El motivo? Cotillear lo que dijeran sobre “María” (Chivite) y “Santi” (Santos Cerdán). Espiar.

Antes de enviarlos al ruedo, Koldo, que de James Bond solo tiene la fe en sí mismo, les dio una clase magistral de grabación, según cuenta la Cadena SER.

—Ahora está otra vez grabando, ¿ves? Ya empieza —les explica, como si hubiera inventado el magnetófono.

La pareja, poco después, entra en el local con la grabadora encendida y cara de póker. Y se sientan cerca, a cumplir su misión.

Lo que pasa es que esto no es una película: es un bar navarro un miércoles cualquiera, con la tele puesta, ruido de cubiertos y gritos de camarero. Así que, como era de esperar, en la grabación no se entiende nada.

Termina la comida y los dos vuelven con Koldo, que los recibe como si fueran agentes dobles del KGB.

—Han hablado de María y de Santi —le sueltan.

—¿Y qué decían? ¿Algo malo de María? —insiste él, ansioso, como si fuera a descubrir el Watergate.

El informe que le dan sus agentes es para llorar: no escucharon casi nada porque los comensales hablaban bajo. Eso sí, algo se les escapó: críticas, quejas y nombres sueltos. María, Santi, una Susana.

—¿Susana de Andalucía o Susana de Zaragoza? —pregunta Koldo, como si eso fuera a cambiar el curso de la historia.

—Eso no lo sé.

También creen haber oído algo de un “Patxi” y que uno de ellos bajaría a Madrid, al Comité Federal, para “dejarlo claro”. Información de primera, sí señor.

Cuando mencionan que durante la comida, mientras en la tele salía Pedro Sánchez, los dos se miraron y se rieron con un gesto de “hala, a tomar por saco”, Koldo casi se frota las manos.

“Esos detalles son importantes”, dijo.

Lo demás, un desastre: cincuenta y cinco minutos de grabación para nada. Ni pruebas, ni frases claras, ni conspiración audible. Solo ruido, y un Koldo convencido de que aquello era oro puro.

Porque esa es la historia: en la España donde la política se confunde con la taberna, hay quien confunde una operación de espionaje con mandarte a dos parroquianos a escuchar detrás de la barra.

Resultado: media tarde perdida y una grabación que ni con un exorcista se entiende.

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