Opinión | Así terminará la guerra de Ucrania, posiblemente

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, valora cómo queda el futuro de Ucrania tras la cumbre en Alaska de Trump y Putin en la que ha emergido un claro ganador: el presidente ruso. Foto: generada por IA.

17 / 08 / 2025 09:00

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La guerra de Ucrania, que ya lleva más de tres años de combates, no parece encaminada a una victoria clara para Kiev ni para sus aliados occidentales.

Por el contrario, múltiples análisis apuntan a que el desenlace más probable será una capitulación encubierta por parte de Ucrania. Dicho de otro modo, el conflicto terminará con un acuerdo impuesto por Rusia que equivaldrá en la práctica a una rendición ucraniana, aunque se presente como un alto el fuego o tratado de paz.

En mi caso, sostengo esta tesis: es un «dies certus an incertus quando», es decir, un hecho prácticamente seguro aunque de fecha incierta.

A continuación explico por qué Ucrania difícilmente podrá prevalecer militarmente, cómo Occidente carece de las cartas para imponerse, y por qué es probable que la contienda termine cuando un nuevo liderazgo en Kiev acepte una paz desventajosa que Rusia utilizará para rehacer el mapa y la narrativa del conflicto.

Una guerra de desgaste que favorece a Rusia

Desde los primeros compases, la invasión rusa de Ucrania devino en una guerra de desgaste que favorece estructuralmente a Moscú.

Rusia no logró una victoria rápida en 2022 y Reino Unido impidió un acuerdo de paz, que visto desde nuestros días podría considerarse incluso ventajoso. A partir de ahí Rusia adaptó su estrategia a una contienda prolongada, apoyándose en su mayor población, industria militar y tolerancia a las bajas.

A finales de 2024, los mandos ucranianos admitían que enfrentaban “problemas crecientes de tropas, liderazgo ineficaz e incertidumbre de suministros”, con escasez de soldados tras tres años de combates y deserciones récord debilitando sus filas.

Por cada proyectil de artillería que Ucrania puede disparar, Rusia responde con varios: a pesar de los esfuerzos de Occidente por aumentar la producción de municiones, Rusia sigue disparando 10.000 proyectiles diarios, cifra que las fábricas occidentales apenas producen en un mes.

Esta abrumadora superioridad logística y numérica inclina la balanza a favor del Kremlin en una guerra de atrición larga.

Pero el verdadero talón de Aquiles de Ucrania está en el factor humano. Sus reservas de combatientes están agotándose por momentos.

Rusia puede permitirse una guerra larga, Ucrania no.

Los límites de Occidente: sin cartas para doblegar a Moscú

Si Ucrania por sí sola no puede vencer, cabría pensar que sus aliados –Estados Unidos y Europa– podrían inclinar la balanza. Sin embargo, Occidente también enfrenta límites muy claros que le impiden “ganar” esta guerra o doblegar a Rusia sin incurrir en riesgos inaceptables.

Por un lado, la OTAN ha descartado una intervención militar directa para evitar una escalada nuclear con Rusia. Esto deja todo el peso en la ayuda material a Ucrania, la cual aunque enorme (decenas de miles de millones en armas y apoyo financiero) no ha sido suficiente para asegurar una victoria decisiva.

Estados Unidos y Europa no han jugado todas sus cartas, y probablemente no lo harán, por temor a desencadenar una confrontación más amplia. De hecho, nunca estuvieron dispuestos a hacerlo.

Rusia, por su parte, confía en la fatiga occidental. El Kremlin calcula abiertamente que en esta guerra de desgaste “claudicarán antes Ucrania y sus aliados, sobre todo Estados Unidos”. Esta creencia no es infundada: las divisiones políticas internas en Occidente van en aumento a medida que la guerra se prolonga.

En la Unión Europea hay inquietud por la dependencia de Washington –“sin EE.UU., Europa sabe que logrará mover poco las líneas de negociación”, admiten funcionarios en Bruselas–.

Y en Washington, el relevo político tras las elecciones de 2024 ha cambiado el tono: el nuevo gobierno de Donald Trump ha dejado claro que no continuará el apoyo ilimitado a Kiev.

Probablemente el lector a estas alturas ya conoce mi opinión sobre Trump 2.0. Pero al final lo que de forma errática mueve a Trump no deja de tener sentido: el horno financiero no está para bollos y hay que liberar esfuerzos para concentrarse en lo que realmente inquieta; a saber: China.

Si los europeos quieren seguir enfrascados en Ucrania que lo hagan, pero a su costa y comprando armas estadounidenses… y la realidad es que, por lo menos lo primero, no lo van a hacer.

«Todos los indicios estratégicos y políticos actuales apuntan a que la guerra de Ucrania terminará sin vencedores democráticos celebrando, sino con una suerte de paz impuesta. Ucrania, exhausta y abandonada gradualmente por unos aliados con otras prioridades, difícilmente podrá evitar verse obligada a aceptar las condiciones de Moscú en algún momento».

Zelenski, un obstáculo para la rendición (y su posible relevo)

Otro factor crucial en esta ecuación es la figura del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, y la posición oficial de Kiev frente a cualquier concesión.

Zelenski ha encarnado la resistencia ucraniana y ha dejado claro que no aceptará ceder territorio ni soberanía. En octubre de 2022, tras las anexiones rusas declaradas, firmó un decreto declarando “imposible” negociar con Vladímir Putin, dejando abierta solo la puerta a hablar con “otro presidente de Rusia”.

Esta postura se ha mantenido hasta hoy: el gobierno ucraniano considera innegociable recuperar sus territorios ocupados y rechaza cualquier “paz” que conlleve perder tierras o recompensar la agresión.

De hecho, Zelenski reiteradamente afirma que “los ucranianos no entregarán su tierra al ocupante” y que no dará a Rusia ningún premio por invadir. Incluso existe una legislación en Ucrania que prohíbe expresamente pactar la cesión de territorio a cambio de paz.

En resumen, mientras Zelenski esté en el poder, una capitulación explícita o implícita es prácticamente inviable por motivos tanto legales como políticos.

Sin embargo, Zelenski no será presidente para siempre, y Rusia lo sabe.

Es posible entonces que la guerra no termine hasta que haya un cambio de liderazgo en Kiev. Si la situación militar y económica de Ucrania se vuelve desesperada –por ejemplo, si el apoyo occidental decae drásticamente o el ejército sufre reveses mayores–, podrían surgir presiones internas para un giro de rumbo.

Algunos analistas realistas incluso han especulado con la posibilidad de un golpe de Estado o una transición política en Ucrania si la guerra va muy mal.

Sin aventurar escenarios extremos, que tampoco pueden descartarse, bastaría que en algún momento Zelenski pierda el respaldo parlamentario o popular suficiente (por fatiga de guerra) para que surja un liderazgo alternativo más dispuesto a aceptar concesiones.

En tal caso, Moscú aprovecharía la ocasión: cualquier sucesor de Zelenski menos carismático o más pragmático enfrentaría la realidad de negociar desde la debilidad.

De hecho, en los cálculos de Putin, una “victoria rusa” implica precisamente un “cambio de gobierno en Kiev, la neutralización del país y la pérdida de territorios” por parte de Ucrania.

Dicho de otro modo, Rusia aspira a que tarde o temprano haya en Kiev un gobierno dispuesto a firmar lo que Zelenski no firmaría.

«La guerra de Ucrania terminará, sí, pero difícilmente lo hará con justicia poética. Terminará con una paz sombría y precaria, nacida del agotamiento y la necesidad, una paz que en el fondo será la capitulación encubierta de Ucrania ante una Rusia que habrá impuesto su voluntad a un altísimo costo humano y moral».

El final: capitulación encubierta y nuevo statu quo

Llegados a este punto, ¿cómo sería en la práctica ese final de la guerra con rendición encubierta? Lo más probable es un acuerdo de alto el fuego o paz negociada en los términos de Rusia, pero presentado de forma que Ucrania pueda digerirlo internamente.

Esto podría ocurrir tras un gran colapso militar ucraniano, pero también podría derivarse de una decisión política forzada por las circunstancias (pérdida de apoyo de aliados, desmoralización general, cambio de liderazgo, etc.).

El resultado esencial sería que Ucrania acepte perder de facto los territorios ocupados por Rusia, al menos Crimea y buena parte del Donbás, y quizá otros, garantizando a Moscú lo que buscaba: Ucrania fuera de la OTAN, con su integridad territorial mutilada y su capacidad bélica limitada.

Es decir, una capitulación en toda regla, aunque se evite esa palabra. Kiev podría firmar un documento de paz alegando salvar vidas y conservar la independencia del resto del país, pero el precio sería renunciar oficialmente a recuperar los territorios anexados por Rusia o someterse a alguna fórmula de status quo que congele el conflicto a favor de Moscú.

Por su parte, Rusia saldría a consolidar sus ganancias. Tras un acuerdo de capitulación encubierta, Moscú se apresuraría a reconstruir los territorios ocupados –desde las ciudades arrasadas del Donbás hasta la infraestructura de Crimea– para legitimarse ante la población local y el mundo.

Putin podría declarar victoriosamente que “no renunciará a lo que es suyo” y presentar la anexión efectiva de esas regiones como el cumplimiento de sus objetivos de guerra.

A la vez, trataría de establecer un modus vivendi con la nueva Ucrania reducida: probablemente un acuerdo de neutralidad permanente (la “Finlandización” de Ucrania), desarme parcial y tal vez ciertos vínculos económicos que reinstauren la influencia rusa.

En conclusión, todos los indicios estratégicos y políticos actuales apuntan a que la guerra de Ucrania terminará sin vencedores democráticos celebrando, sino con una suerte de paz impuesta. Ucrania, exhausta y abandonada gradualmente por unos aliados con otras prioridades, difícilmente podrá evitar verse obligada a aceptar las condiciones de Moscú en algún momento.

En la posguerra, el desafío para los ucranianos será reconstruir su país con dignidad y extraer sabiduría del sacrificio, evitando caer en la división interna o en la venganza.

Para Rusia, la tarea será administrar sus “nuevas” provincias e intentar normalizar sus relaciones internacionales tras haberlas tensado al límite.

Y para Occidente, quedará la reflexión sobre cómo manejar los conflictos en la periferia de las grandes potencias: el desenlace de Ucrania será un duro recordatorio de los límites de la ayuda y de las consecuencias de empujar las fichas de un aliado hasta el borde del tablero sin estar dispuesto a llegar hasta el final.

La guerra de Ucrania terminará, sí, pero difícilmente lo hará con justicia poética. Terminará con una paz sombría y precaria, nacida del agotamiento y la necesidad, una paz que en el fondo será la capitulación encubierta de Ucrania ante una Rusia que habrá impuesto su voluntad a un altísimo costo humano y moral.

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