Opinión | La ilusión de la victoria: por qué las guerras se aferran a la vida

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, elabora un análisis crítico sobre la persistencia en guerras prolongadas, sus sesgos estratégicos y el caso actual de Ucrania como reflejo de errores históricos en el que el presidente estadounidense, Donald Trump, juega un papel central. Foto: Generada por IA.

24 / 08 / 2025 00:01

En esta noticia se habla de:

En el gran tablero de la política internacional, la guerra sigue siendo la continuación de la política por otros medios. Sin embargo, una y otra vez, observamos cómo los Estados se enredan en conflictos prolongados, persistiendo en la lucha mucho después de que cualquier cálculo sensato de costes y beneficios haya revelado la futilidad de la victoria.

Desde la perspectiva del realismo, que asume que los Estados actúan de forma racional para garantizar su supervivencia, esta aparente irracionalidad exige una explicación.

La respuesta no reside en la locura de los líderes, sino en el abandono de la racionalidad estratégica en favor de impulsos más primarios: sesgos cognitivos, cálculos políticos internos y una miope vanidad ideológica.

Todo ello, por supuesto, envuelto en una narrativa mediática diseñada para que la huida hacia delante no encuentre obstáculos.

Una decisión racional en la guerra no es la que garantiza el éxito —la «niebla del enfrentamiento» siempre introduce lo imprevisible—, sino la que emana de un proceso de deliberación basado en una evaluación objetiva de las probabilidades y los intereses vitales.

No obstante, la historia reciente ofrece un sombrío catálogo de cómo esta lógica es sistemáticamente suplantada.

El fantasma de los costes hundidos: Vietnam y Afganistán

Tomemos como ejemplo la debacle de Estados Unidos en Vietnam. Lo que comenzó como una intervención calculada para contener el comunismo degeneró en una guerra de desgaste que se prolongó no por una estrategia de victoria, sino por el pánico a admitir la derrota.

Cada Administración, desde Lyndon B. Johnson hasta Richard Nixon, heredó un compromiso tan vasto en vidas y recursos que retirarse se volvió políticamente impensable, hasta que la realidad se impuso de forma humillante.

Este es un caso de libro de texto de la «falacia del coste hundido»: la creencia de que las inversiones pasadas justifican pérdidas futuras, un sesgo que envenena la toma de decisiones.

Se continuó luchando no para ganar, sino para «no perder», para salvar las apariencias y evitar el coste político interno de ser percibido como «débil».

La racionalidad política doméstica eclipsó por completo la racionalidad estratégica, posponiendo lo inevitable a un coste humano y material exorbitante.

Con una trágica falta de originalidad, el mismo patrón se repitió en Afganistán.

Tanto la Unión Soviética en los ochenta como Estados Unidos y la OTAN dos décadas después se vieron atrapados en un conflicto sin una victoria militar alcanzable.

Para la URSS, la retirada representaba una humillación ideológica sin precedentes en la Guerra Fría.

Para Estados Unidos, la misión inicial de desmantelar Al-Qaeda se transmutó en un quijotesco proyecto de construcción nacional. Durante veinte años, Washington pospuso la retirada por temor a las consecuencias, manteniendo una presencia militar que solo incrementaba el coste.

Se persistió para evitar la derrota inmediata, no para asegurar una victoria futura.

Ucrania: Un choque de racionalidades

Esto nos lleva al conflicto actual en Ucrania, un escenario donde estas dinámicas se manifiestan con una claridad brutal. La invasión rusa fue rápidamente calificada en Occidente de «irracional».

Sin embargo, desde una perspectiva realista, la acción de Moscú responde a una racionalidad estratégica, aunque resulte incómoda de reconocer: fue una respuesta, aunque brutal, a lo que percibía como una amenaza existencial, la incesante expansión de la OTAN hacia sus fronteras, un peligro sobre el que no pocos habían advertido.

La decisión de Putin, por tanto, no fue un acto de locura, sino un cálculo basado en la teoría del equilibrio de poder, independientemente de que sus premisas sobre una victoria rápida resultaran erróneas.

Ahora, ambas partes se encuentran atrapadas en una lógica perversa. Rusia, habiendo comprometido su prestigio y seguridad, no puede permitirse una derrota y apuesta a que el tiempo y su vasta capacidad industrial desgastarán la voluntad de Occidente.

Ucrania y sus patrocinadores, por su parte, persisten bajo la premisa de que cualquier concesión validaría la agresión.

Para Kiev, la lucha es una defensa existencial de su soberanía que justifica un coste inmenso.

Sin embargo, la pregunta estratégica es si la prolongación indefinida del conflicto sirve a los intereses a largo plazo de Ucrania y Occidente.

Las evidencias tras la contraofensiva de 2023 sugieren que una victoria militar total —la expulsión completa de las fuerzas rusas— es altamente improbable sin una intervención directa de la OTAN.

Con una artillería debilitada y líneas de frente cada vez más permeables, Ucrania carece de los medios para frenar el avance ruso solo con el apoyo actual. Por lo demás, la implicación directa de la OTAN es, hoy por hoy, impensable.

El espejismo del aislamiento y el punto muerto

Occidente, a su vez, ha caído en sus propias ilusiones. Creyó que las sanciones económicas paralizarían a Rusia y que el suministro de armamento conduciría a un rápido colapso de sus fuerzas.

Nada de esto ha sucedido. La narrativa neocon, que preveía convertir a Rusia en un Estado paria, ha chocado frontalmente con la realidad. Lejos de estar aislada, Moscú ha consolidado una alianza estratégica con China, mantiene una relación crucial con Arabia Saudí a través de la OPEP+ y ejerce un liderazgo central en los BRICS.

Basta sumar el peso geopolítico de este bloque para entender que la idea del cerco no era más que un espejismo. Y, por si todo ello fuera poco, las relaciones con Estados Unidos no parecen pasar precisamente por un mal momento.

Nos encontramos, por tanto, en un punto muerto trágico, un juego de suma negativa. Ucrania se desangra, Rusia persiste y avanza, y Occidente agota sus arsenales en una guerra de desgaste sin un final claro. Insistir en una victoria total que parece inalcanzable puede no ser la opción más racional, sino una apuesta que podría dejar a Ucrania en una posición aún mucho peor.

La historia enseña que admitir los límites de la fuerza y buscar un acuerdo diplomático, por doloroso que sea, es a menudo la decisión verdaderamente racional.

Prolongar conflictos por orgullo, temor al coste político o la esperanza ilusoria de un milagro en el campo de batalla es una receta para el desastre.

La verdadera prueba de liderazgo no es la capacidad de iniciar una guerra, sino la sabiduría para terminarla cuando los costes superan cualquier beneficio tangible.

En Ucrania, como antes en Vietnam y Afganistán, la racionalidad de la paz debería prevalecer sobre la espiral destructiva de la guerra.

Epílogo: la variable estadounidense

Sin embargo, en este cálculo persiste una variable final: la esperanza de ciertos círculos occidentales en un cambio de rumbo en Washington.

La narrativa es que Donald Trump es un factor circunstancial y que su entorno republicano, así como el demócrata, está plagado de «halcones» rusofóbicos.

Según esta lógica, ¿por qué no resistir a toda costa y esperar a que un nuevo inquilino en la Casa Blanca —o incluso un vuelco en las elecciones de medio término— redoble la apuesta para desgastar a Rusia?

Esta estrategia de «esperar y aguantar» es en sí misma una repetición de las mismas ilusiones que han prolongado otros conflictos. Es una apuesta a un futuro político incierto mientras se ignora el coste presente y tangible de la guerra.

Subordina la supervivencia y la integridad territorial de Ucrania al calendario electoral de una potencia extranjera, convirtiendo el campo de batalla en una trágica sala de espera.

Dicho cálculo no solo es cruel para quien pone las vidas, sino estratégicamente ingenuo: ofrece a Rusia un tiempo precioso para consolidar sus ganancias, fortalecer sus defensas y explotar las divisiones en Occidente, garantizando que, si ese anhelado «halcón» llegara a la Casa Blanca, la situación que heredaría sería infinitamente más difícil de revertir.

Aunque esta visión de un futuro rescate no carezca de fundamento, la gran pregunta es si Europa está preparada para pagar el precio de su propio agotamiento en el proceso.

Además, este cálculo pasa por alto un factor crucial: Trump, aun con un Congreso hostil, ostenta el poder ejecutivo. Tiene en su mano la capacidad para desentenderse del conflicto, ralentizar la ayuda a Kiev hasta la parálisis y dejar a Ucrania exhausta, sin necesidad de esperar a ningún sucesor.

Su obstinación, por sí sola, es un arma estratégica.

Opinión | Artemis, el poder que se proyecta y el Imperio que se desmonta

Opinión | Por qué una salida estadounidense de la OTAN podría ser la mejor noticia para Europa

Ucrania: El TJUE avala la congelación de fondos a 5 oligarcas rusos y fija el criterio sobre quiénes pueden ser incluidos en las listas negras de la UE

Bolaños traslada al fiscal general de Ucrania el compromiso de España con la lucha contra los crímenes de guerra

Opinión | La era de la multiesfera: Por qué el 2026 nos obligará a elegir bando

Opinión | El réquiem del Báltico: Nord Stream, la estrategia Trump 2025 y el suicidio de Europa

Lo último en Firmas

CDL - El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Tribunal de Instancia

Opinión | Teletrabajo en los Tribunales de Instancia o cuando querer no es poder

Pelham

Opinión | La sentencia Pelham/Kraftwerk de 2026: ¿embrión de un derecho de autor híbrido?

Imagen de apertura fin de la policía

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Eugenio Ribón

Opinión | La votación del martes: última oportunidad para hacer justicia con quienes han ejercido la justicia