Opinión | Por qué una salida estadounidense de la OTAN podría ser la mejor noticia para Europa

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, desmonta el relato estadounidense de que Europa no invierte en defensa y afirma que su salida de la OTAN no sería una tragedia para los aliados aportando cifras clarificadoras. Foto: Generada digitalmente.

5 / 04 / 2026 00:35

Actualizado el 06 / 04 / 2026 00:46

«Trump no quiere aliados. Quiere vasallos» — Robert Kagan, The Atlantic, abril de 2026.

El 1 de abril de 2026 —fecha que la historia quizá recuerde con la ironía que merece— Donald Trump compareció en el Cross Hall de la Casa Blanca para hablar de la guerra de Irán y, de paso, pronunciar la sentencia que medio mundo esperaba: la OTAN es un «tigre de papel».

Un día después, en Seúl, Emmanuel Macron respondió con una frase que condensa 67 años de arquitectura atlántica: «Las alianzas como la OTAN valen por lo que no se dice, es decir, por la confianza que las sostiene. Si siembras la duda cada día sobre tu compromiso, las vacías de sustancia».

Macron tiene razón en el diagnóstico. Pero se queda corto en la conclusión. Porque lo que Trump ha hecho esta semana no es sembrar dudas: es confirmar certezas.

La OTAN, tal como Washington la concibe hoy, no es una alianza defensiva entre iguales. Es un contrato de servidumbre con cláusulas de rescisión unilateral.

Y si el señor Trump quiere romperlo, quizá los europeos deberíamos dejar de suplicarle que se quede y empezar a preparar la puerta.

No quiere aliados, quiere vasallos

Robert Kagan no es sospechoso de antiamericanismo. Es un neoconservador de manual, promotor intelectual de la invasión de Irak, halcón entre los halcones.

Cuando un hombre así escribe en The Atlantic que Trump «no quiere aliados, quiere vasallos», la frase adquiere la fuerza de un diagnóstico clínico emitido por el propio médico de cabecera del paciente.

Repasemos los hechos de las últimas cinco semanas. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación «Epic Fury» contra Irán sin informar, consultar ni coordinar con ningún aliado europeo.

Macron lo expresó sin rodeos desde Seúl: «Decidieron solos una operación y después se lamentan de estar solos. No es nuestra operación».

Acto seguido, Washington exigió que los europeos reunieran una fuerza naval para reabrir el Estrecho de Ormuz, cerrado por Irán como represalia.

Cuando los aliados recordaron que la OTAN es una alianza defensiva y que el artículo 1 del Tratado del Atlántico Norte obliga a resolver las disputas por medios pacíficos, Trump los llamó cobardes.

La escalada verbal no se detuvo ahí. Trump amenazó con cortar las relaciones comerciales con España por cerrar sus bases y su espacio aéreo.

Calificó a España de país que quiere «viajar gratis» en defensa y añadió: «Podríamos usar su base si quisiéramos, simplemente volar y usarla, nadie nos va a decir que no».

Esa frase merece ser releída. El presidente de Estados Unidos afirmó en público que podría utilizar una base militar en territorio soberano español sin permiso de España.

No estamos ante una queja diplomática. Estamos ante la mentalidad de un poder imperial que considera el territorio aliado como extensión logística propia.

«Alemania, tradicionalmente reticente, ha triplicado su inversión y alcanzará los 83.000 millones de euros en 2026. El gasto europeo combinado multiplica por tres el presupuesto militar ruso. Europa no es un continente indefenso. Es un continente que ha delegado su defensa por comodidad política, no por incapacidad material».

Su secretario de Estado, Marco Rubio, completó la fotografía. En una entrevista con Sean Hannity el 31 de marzo, Rubio —que se autodefinió como uno de los mayores defensores de la OTAN durante su etapa en el Senado— dijo textualmente: «Las bases en Europa nos permitían proyectar poder hacia distintas partes del mundo. Si ya no podemos usarlas para defender los intereses de América, entonces la OTAN es una calle de sentido único. ¿Por qué estamos en la OTAN?».

La confesión es demoledora no por lo que exige, sino por lo que revela. Para Washington, las bases europeas nunca fueron un instrumento de defensa colectiva. Fueron plataformas de proyección imperial prestadas gratuitamente por aliados demasiado agradecidos como para hacer preguntas.

Ahora Trump propone un modelo que ha bautizado como «pay-to-play»: que los miembros que no dediquen el 5% de su PIB a defensa pierdan voz y voto en las decisiones de la Alianza.

El 5% del PIB. Ni siquiera Estados Unidos destina esa cifra. Invierte un 3,5 %.

Trump exige a Europa lo que no se exige a sí mismo y, al mismo tiempo, exige que ese dinero se gaste comprando armas americanas, para ser usadas cuando y como Washington decida.

Eso no es una alianza. Es una franquicia militar.

La dignidad como estrategia

Lo notable de estas semanas no ha sido solo la agresividad de Trump, sino la respuesta europea. Y no ha sido una respuesta de cobardía, como Washington pretende. Ha sido una respuesta de dignidad.

España cerró primero las bases de Rota y Morón a cualquier operación relacionada con Irán, y después extendió la prohibición a todo su espacio aéreo.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, fue categórica: la guerra de Irán es «profundamente ilegal y profundamente injusta».

Italia denegó a bombarderos estadounidenses el aterrizaje en la base de Sigonella, en Sicilia, porque los aviones ya estaban en el aire cuando llegó la petición: ni siquiera se habían molestado en pedir permiso de antemano.

Austria rechazó todas las solicitudes de sobrevuelo invocando su neutralidad constitucional desde 1955. Polonia se negó a enviar sus baterías Patriot a Arabia Saudí.

Cada una de estas decisiones fue legítima, soberana y jurídicamente impecable. La OTAN es una alianza defensiva.

Lo dice el artículo 5 y lo dice el artículo 1, que compromete a los signatarios a abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza de manera incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas.

La Operación «Epic Fury» no fue autorizada por el Consejo de Seguridad. No responde a una agresión previa contra un Estado miembro.

No fue consultada con los aliados. Exigir que Europa se convierta en cómplice logística de una guerra ofensiva decidida unilateralmente no solo viola el espíritu de la Alianza: viola su letra.

Macron, de nuevo desde Seúl, añadió la dimensión estratégica que faltaba: liberar el Estrecho de Ormuz por la fuerza es «irréaliste», porque expondría a cualquier fuerza naval a las amenazas costeras de la Guardia Revolucionaria iraní, a sus misiles balísticos y a un arsenal asimétrico que convierte el Estrecho en un embudo letal. Solo cabe una solución negociada.

Y para negociar, primero hay que dejar de bombardear.

Pero Trump no quiere negociar. Quiere obediencia. Y cuando no la obtiene, amenaza con marcharse. Pues bien: que se marche.

El mito de la indefensión europea

Uno de los argumentos más repetidos —y más perniciosos— del debate atlántico es que Europa no puede defenderse sin Estados Unidos.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, y por cierto uno de los políticos más nefastos para Europa, lo formuló con toda crudeza ante el Parlamento Europeo en enero de 2026: «Si alguien piensa que la Unión Europea, o Europa en su conjunto, puede defenderse sin Estados Unidos, siga soñando».

Varios líderes europeos le corrigieron públicamente. Y los datos les dan la razón.

Los números primero. En 2025, los miembros europeos de la OTAN y Canadá invirtieron 574.000 millones de dólares en defensa, un incremento del 20% en términos reales respecto al año anterior.

«Según estimaciones del International Institute for Strategic Studies, el gasto real de Estados Unidos dedicado específicamente a la defensa de Europa ronda los 50.000-60.000 millones de dólares: entre un 5% y un 7% del presupuesto total del Pentágono. Dicho de otro modo: Europa gasta diez veces más que Washington en la defensa del continente europeo».

Alemania, tradicionalmente reticente, ha triplicado su inversión y alcanzará los 83.000 millones de euros en 2026. El gasto europeo combinado multiplica por tres el presupuesto militar ruso. Europa no es un continente indefenso. Es un continente que ha delegado su defensa por comodidad política, no por incapacidad material.

La gran estafa estadística. Washington repite sin descanso que Estados Unidos aporta el 60% del gasto de la OTAN.

La cifra es técnicamente cierta y analíticamente fraudulenta. La OTAN contabiliza como «gasto aliado» la totalidad del presupuesto del Pentágono: 838.000 millones de dólares que incluyen los portaaviones del Pacífico, las bases en Japón y Corea del Sur, las operaciones en Oriente Medio, el arsenal nuclear estratégico y la guerra de Irán que Europa se niega a secundar.

Según estimaciones del International Institute for Strategic Studies, recogidas por el Center for Strategic and International Studies, el gasto real de Estados Unidos dedicado específicamente a la defensa de Europa ronda los 50.000-60.000 millones de dólares: entre un 5% y un 7% del presupuesto total del Pentágono. Dicho de otro modo: Europa gasta diez veces más que Washington en la defensa del continente europeo.

El relato de que América «paga la defensa de Europa» no es un argumento: es una falacia contable elevada a doctrina geopolítica.

Las herramientas después. La Unión Europea ha puesto en marcha un arsenal de instrumentos que, hace cinco años, habrían parecido ciencia ficción institucional.

El mecanismo SAFE ofrece 150.000 millones de euros en préstamos para adquisiciones de defensa urgentes. El Programa Europeo de la Industria de Defensa (EDIP), adoptado el 30 de marzo de 2026, destina 1.470 millones de euros a drones, inteligencia artificial y sistemas autónomos.

El Fondo Europeo de Defensa ha comprometido 6.500 millones desde 2021 en I+D militar, convirtiendo a la Comisión en uno de los mayores inversores mundiales en investigación de defensa.

Dieciséis Estados miembros han activado la cláusula de escape del Pacto de Estabilidad para aumentar el gasto militar sin penalización fiscal.

La Hoja de Ruta de Preparación para la Defensa 2030 establece objetivos concretos en tierra, mar, aire, ciberespacio y espacio.

La disuasión nuclear por último. Europa no empieza de cero en materia nuclear. Francia posee un arsenal independiente de aproximadamente 290 cabezas nucleares y una tríada completa con submarinos lanzamisiles de última generación.

El Reino Unido mantiene cuatro submarinos Vanguard con misiles Trident. La «force de frappe» francesa, a diferencia del paraguas nuclear estadounidense, no depende de la voluntad de un presidente que cambia de opinión cada mañana en Truth Social.

Depende de una doctrina de Estado. Y eso, en un mundo donde Trump socava la disuasión con cada tuit, vale más que cualquier garantía escrita del artículo 5.

¿Basta todo esto para sustituir de un día para otro la infraestructura de la OTAN? No. ¿Hay carencias graves en transporte estratégico, municiones de precisión, defensa antimisiles integrada y capacidad de mando conjunto?

Sin duda. Pero la dirección es inequívoca. Y la voluntad política —el ingrediente que siempre faltó— la está proporcionando, paradójicamente, el propio Trump.

La grieta que ya no se puede reparar

El presidente alemán Frank-Walter Steinmeier pronunció la semana pasada la frase más lúcida que ha salido de Berlín en décadas: «La brecha es demasiado profunda, y la confianza perdida en la política de gran potencia americana es demasiado grande» como para que una futura administración estadounidense pueda repararla.

Steinmeier no hablaba de Trump. Hablaba de lo que Trump ha revelado: una tendencia estructural de la política estadounidense que trasciende partidos.

Celia Belin, del European Council on Foreign Relations, lo ha formulado con precisión: la pregunta de fondo —¿por qué tiene que pagar América la defensa de Europa?— no es exclusiva de Trump.

Anida también en el Partido Demócrata. Y no va a desaparecer con el próximo presidente. Robert Kagan, desde el otro flanco, añade que la indiferencia estadounidense ante la lucha europea contra la agresión rusa constituye una «revolución geopolítica profunda, quizá la desintegración definitiva de las relaciones de alianza establecidas tras la Segunda Guerra Mundial».

Si incluso los defensores más firmes del atlanticismo americano reconocen que la alianza se está desintegrando, ¿por qué insisten los europeos en aferrarse a ella?

La respuesta es miedo. Miedo al vacío. Miedo a tomar decisiones soberanas en materia de seguridad tras siete décadas de subcontratación estratégica. Miedo, en definitiva, a la libertad que implica la autonomía.

Ese miedo es comprensible, pero ya no es sostenible. Porque la alternativa a la autonomía estratégica no es la protección americana.

La alternativa es la servidumbre: comprar armas que Washington elige, usarlas cuando Washington ordena, financiar guerras que Washington decide y callar cuando Washington insulta. Todo ello bajo la amenaza permanente de que, si no obedeces, el paraguas se cierra.

Váyase, señor Trump

Este artículo no se escribe desde el antiamericanismo. He sido siempre un atlantista convencido en el marco de una relación entre verdaderos aliados.

Se escribe desde el atlanticismo herido. Desde la convicción de que la alianza transatlántica fue, durante décadas, el pilar más sólido de la seguridad europea y del orden liberal internacional.

Pero una alianza requiere dos partes que se respeten mutuamente. Lo que Trump ofrece hoy no es una alianza: es un protectorado con factura.

Si el señor Trump considera que la OTAN es un tigre de papel, que la abandone. Si el señor Rubio cree que las bases europeas sólo tienen sentido como plataformas de proyección imperial americana, que las desmonten.

Si Washington piensa que los aliados europeos le deben obediencia ciega a cambio de una promesa de protección que cada día vale menos, que se libere de esa carga.

Europa sobrevivirá. No sin dificultades, no sin un período de vulnerabilidad estratégica que habrá que gestionar con urgencia, no sin decisiones dolorosas sobre gasto, industria y doctrina militar. Pero sobrevivirá.

Y lo hará con algo que no tiene precio: soberanía. La capacidad de decidir cuándo luchar y cuándo negociar, qué armas comprar y a quién comprarlas, qué guerras son justas y cuáles son aventuras imperiales disfrazadas de seguridad colectiva.

El Senado estadounidense ha aprobado una medida que exige una mayoría de dos tercios o un acto del Congreso para que el presidente retire a Estados Unidos de la OTAN.

Los senadores Shaheen y Tillis han declarado que un presidente que contemple la retirada estaría cumpliendo los mayores sueños de Vladimir Putin y Xi Jinping.

Probablemente tienen razón. Pero eso es un problema americano. El problema europeo es otro: seguir dependiendo de un socio que te amenaza con abandonarte cada vez que tratas de discutir sus posiciones.

Nuestro vaticinio es que Trump no se irá de la OTAN. No porque no quiera, sino porque el Congreso no se lo permitirá y porque las bases europeas son demasiado útiles para la proyección de poder americana en África y Oriente Medio.

Pero eso no cambia la ecuación para Europa. La amenaza permanente de abandono es, en sí misma, el fin de la alianza. Una garantía de seguridad que se cuestiona cada mañana no es una garantía: es un chantaje.

Europa necesita una alianza defensiva propia. No porque Washington nos abandone, sino porque nos ha demostrado que su protección tiene un precio que ningún pueblo libre debería pagar: la soberanía.

Váyase, señor Trump. O quédese. Pero sepa que, por primera vez en 77 años, a Europa empieza a darle igual.

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Opinión | De Lepanto a Bruselas: una Europa que no decide

Opinión | Por qué Irán no cederá: Washington confundió un régimen acorralado con un régimen rendido

Opinión | Los anclajes de Pekín: instrumentos de influencia china en una Europa que no sabe si resiste o se reacomoda

La firma Sullivan & Cromwell pide perdón a un juez de Nueva York por presentar escritos con citas judiciales inventadas por la IA

Opinión | Turquía en la lista: Cómo Israel fabrica su próximo enemigo y por qué esta vez puede tener razón

Lo último en Firmas

CDL - El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Tribunal de Instancia

Opinión | Teletrabajo en los Tribunales de Instancia o cuando querer no es poder

Pelham

Opinión | La sentencia Pelham/Kraftwerk de 2026: ¿embrión de un derecho de autor híbrido?

Imagen de apertura fin de la policía

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Eugenio Ribón

Opinión | La votación del martes: última oportunidad para hacer justicia con quienes han ejercido la justicia