Opinión | La obertura de Moscú: el gambito de Trump, la fortaleza de Putin y el fantasma en la sala

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, consultor internacional y analista, describe la arriesgada maniobra diplomática entre Trump y Putin en Moscú que revela un choque profundo de visiones estratégicas, donde el realismo geopolítico eclipsa la retórica y la diplomacia superficial.

10 / 08 / 2025 00:30

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Una iniciativa diplomática de alto riesgo en Moscú, donde un enviado de Donald Trump se reunió con Vladímir Putin, ha preparado el terreno para una posible cumbre presidencial.

Pero más allá de los titulares sobre conversaciones «productivas» y plazos arancelarios inminentes, se está desarrollando un drama geopolítico más profundo, uno que un realista duro, al estilo de John Mearsheimer, argumentaría que se rige por la lógica implacable del poder, no por la química personal o el arte de la negociación.

La reciente reunión de tres horas entre Steve Witkoff, en calidad de enviado especial de Donald Trump, y el presidente ruso en el Kremlin —descrita como «útil y constructiva» por Moscú y elogiada por Trump por lograr «grandes avances»— es el último movimiento en una partida de ajedrez con implicaciones globales.

Se produce mientras Trump blande la amenaza de aranceles paralizantes sobre Rusia y sus socios comerciales, incluyendo un considerable arancel del 50% sobre la India por su compra de petróleo ruso, en caso de que no se materialice un alto el fuego en Ucrania.

Esta ráfaga de actividad sugiere una posible desescalada, un triunfo de la diplomacia coercitiva característica de Trump. Sin embargo, una mirada a través de la lente fría y dura del realismo político, informada por el profundo análisis presentado en «Trump, Putin, y la geopolítica», cuenta una historia diferente.

Sugiere que cualquier posible encuentro entre los dos líderes tiene menos probabilidades de ser una negociación entre iguales y más un choque de realidades estratégicas fundamentalmente incompatibles.

El «dealmaker» contra el Zar: un choque de horizontes temporales

En el centro de la cuestión yace un desajuste fundamental entre los dos protagonistas. Donald Trump es el arquetipo del «dealmaker», un producto del vertiginoso mundo inmobiliario de Nueva York.

Su enfoque de las relaciones internacionales es transaccional, personal y orientado a victorias públicas inmediatas que puedan ser exhibidas ante su base política.

Su promesa de terminar la guerra en «24 horas» es un ejemplo clásico de esta mentalidad, creando una presión autoimpuesta para obtener un resultado rápido y visible.

Vladímir Putin opera en un plano completamente distinto. El suyo es un juego a largo plazo, medido en épocas históricas, no en ciclos electorales.

Para Putin, el conflicto en Ucrania no es una transacción, sino una lucha existencial para asegurar el estatus de Rusia como gran potencia, mantener una esfera de influencia en el espacio postsoviético y detener lo que considera la amenaza existencial de la expansión de la OTAN.

Su poder se basa en la resiliencia y el uso estratégico del tiempo, esperando a que la impaciencia y las divisiones políticas de sus adversarios erosionen sus posiciones.

Esta marcada asimetría en la urgencia otorga a Putin una ventaja psicológica decisiva. Puede permitirse esperar, sabiendo que la presión sobre Trump para asegurarse una «victoria» no hará más que crecer.

La fortaleza rusa y su aliado invisible

Agravando esta dinámica se encuentra la resiliencia del régimen de Putin.

Las sanciones occidentales, destinadas a paralizar el esfuerzo bélico ruso, han tenido un efecto paradójico. Han permitido a Putin enmarcar el conflicto como una guerra defensiva contra un Occidente hostil, reforzando su legitimidad interna.

Rusia ha reconvertido su economía en una maquinaria de guerra, donde el gasto masivo en defensa ha creado una nueva clase de ciudadanos que se benefician de la continuación del conflicto.

Una paz repentina, especialmente una forzada por presiones externas, podría ser más desestabilizadora para el Kremlin que la propia guerra.

Sin embargo, el factor más crítico —el fantasma en la sala de cualquier negociación Trump-Putin— es la asociación «sin límites» con China. Esta alianza no es una mera fachada diplomática; es un salvavidas estratégico que altera fundamentalmente la ecuación de poder global.

China proporciona a Rusia un vasto mercado para su petróleo y gas, neutralizando el núcleo de la presión económica occidental. Suministra un flujo constante de componentes de doble uso, desde semiconductores hasta motores de drones, que son esenciales para el complejo militar-industrial ruso.

Diplomáticamente, Pekín protege a Moscú del completo aislamiento internacional. Para China, este es un conflicto por delegación («proxy») de bajo coste; al mantener a EE.UU. empantanado en Europa, distrae a su principal rival geopolítico y gana un tiempo precioso para avanzar en sus propios objetivos estratégicos en Asia.

Este eje sino-ruso neutraliza eficazmente el arma principal de Trump: el poder económico coercitivo.

La amenaza de sanciones y aranceles se vuelve significativamente menos potente cuando tu objetivo tiene un socio estratégico capaz de absorber el golpe y proporcionar un ecosistema económico alternativo.

¿Interpretando el futuro? Qué tipo de «acuerdo» es posible

Ante estas realidades, ¿qué podemos esperar de una cumbre Trump-Putin? El análisis apunta a tres escenarios probables, ninguno de los cuales implica que Putin se doblegue a la voluntad de Trump.

1.- El «Helsinki 2.0»: Una cumbre rica en retórica positiva pero vacía de contenido. Ambos líderes declararían una victoria: Trump por «reducir las tensiones» y Putin por ser tratado como un igual en el escenario mundial, rompiendo la ilusión de su aislamiento.

La guerra, sin embargo, continuaría su curso. Este es un resultado de alta probabilidad y una forma de salvar las apariencias para ambos.

2.- La Capitulación Estratégica: Presionado por su propio calendario, Trump podría aceptar un acuerdo que sea una victoria para Moscú en todo menos en el nombre.

Esto podría implicar presionar a Ucrania para que acepte la pérdida de territorio y una neutralidad formal a cambio de un alto el fuego. Trump lo vendería como un triunfo personal por la paz, mientras que Putin habría logrado sus objetivos estratégicos fundamentales.

Las probabilidades de que esto ocurra son inquietantemente altas, ya que se alinea perfectamente con los perfiles psicológicos de ambos líderes.

3.- El Punto Muerto: Si las demandas de Putin resultaran demasiado maximalistas incluso para Trump, el resultado podría ser un estancamiento seguido de una escalada de sanciones ineficaces.

Trump se vería obligado a cumplir sus amenazas contra China e India, lo que probablemente desencadenaría una turbulencia económica global y un retroceso político en casa, sin alterar el cálculo estratégico de Rusia.

    Lo que parece estructuralmente improbable es un escenario en el que la diplomacia transaccional y de alta presión de Trump fuerce a un Putin estratégicamente seguro y paciente, respaldado por todo el peso de la economía china, a hacer concesiones que considere contrarias a los intereses nacionales vitales de Rusia.

    La base del poder de Putin simplemente no está expuesta a las herramientas del arsenal de Trump.

    Por otro lado, ¿qué motivo tendría Putin para confiar en Trump?

    Un líder cuyo criterio puede cambiar en cualquier momento, condicionado por circunstancias variables o factores impredecibles, y que ha demostrado un trato no especialmente considerado con sus aliados, por ponerlo en términos aceptables. Sin duda, la previsibilidad de China es mucho mayor en la actualidad, y eso también juega un papel importante.

    La verdadera historia de la reunión Witkoff-Putin y de cualquier cumbre posterior no es si Trump puede seducir o intimidar a Putin para que acepte un trato.

    Es si Occidente, y en particular Estados Unidos, puede comprender la nueva realidad geopolítica: que el momento unipolar ha terminado, y que un bloque euroasiático consolidado, resiliente y estratégicamente alineado ha surgido para desafiar el viejo orden.

    Para los realistas, la conclusión es tan cruda como ineludible: la política de las grandes potencias ha vuelto, y es un juego de paciencia estratégica y fuerza bruta, no de frases efectistas y oportunidades fotográficas.

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