Opinión | ¿A dónde vas, Donald Trump?: La aritmética implacable de una guerra que no se puede ganar desde el aire

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional realiza un análisis clausewitziano desmontando la Operación «Epic Fury»: ganar la guerra contra Irán exigiría 800.000 soldados, 18 meses de despliegue y hasta 10 billones de dólares. Trump no tiene plan. Netanyahu lo sabía. Foto: Generada digitalmente.

31 / 03 / 2026 05:40

«Nadie debería iniciar una guerra —o, más bien, nadie en su sano juicio debería hacerlo— sin tener claro qué pretende conseguir con ella y cómo piensa conducirla» — Carl von Clausewitz, «De la guerra» (1832).

Llevamos un mes de Operación «Epic Fury· y la pregunta sigue sin respuesta. No la pregunta sobre cuántas bombas han caído sobre Irán, ni cuántos objetivos militares han sido degradados, ni cuántas fragatas iraníes descansan en el fondo del Golfo Pérsico.

Esas cifras, por espectaculares que sean, son irrelevantes mientras no respondan a la única cuestión que importa: ¿cuál es el objetivo político de esta guerra y cómo piensa alcanzarlo Washington?

Clausewitz lo formuló hace casi dos siglos con una claridad que nadie ha superado. La guerra no es un fin en sí misma: es un instrumento político.

Y si el instrumento carece de objetivo definido, deja de ser estrategia y se convierte en vandalismo a escala industrial.

Un mes después del primer misil, la Administración Trump sigue oscilando entre la destrucción del programa nuclear iraní, el cambio de régimen, la reapertura del Estrecho de Ormuz y la exhibición de fuerza para las elecciones de 2026. Todo a la vez. Y nada en concreto.

La ecuación que nadie quiere resolver: ganar exige ocupar

Existe una verdad militar que ningún bombardeo puede alterar: las guerras contra Estados soberanos no se ganan desde el aire.

Se degradan capacidades, se destruyen infraestructuras, se siembran escombros. Pero no se cambian regímenes ni se desnucleariza un país con misiles de crucero.

Para ganar —en el sentido clausewitziano de imponer la voluntad propia sobre el adversario—, hay que ocupar su territorio, destruir sus fuerzas armadas e instaurar un nuevo orden político.

Eso tiene un nombre técnico: invasión terrestre seguida de ocupación prolongada.

Y aquí es donde la aritmética se vuelve devastadora para los planes de Trump.

Irán no es Irak. Irán es casi cuatro veces mayor que Irak en superficie —1,65 millones de kilómetros cuadrados, el equivalente a Alaska o a casi la mitad de la Europa continental—, tiene más del doble de población —92 millones de habitantes frente a los 25 millones que tenía Irak en 2003— y posee una geografía que es una pesadilla para cualquier ejército invasor.

Las cordilleras del Zagros y el Alborz forman barreras naturales de más de 4.000 metros que canalizan cualquier avance terrestre por desfiladeros estrechos y fácilmente defendibles.

Los romanos de Marco Antonio lo descubrieron en el 36 a.C. Las tropas de Saddam Hussein lo comprobaron durante ocho años de guerra de trincheras en los años ochenta.

La meseta iraní ha devorado ejércitos invasores durante veinticinco siglos.

La cifra que aterroriza al Pentágono: 800.000 soldados

¿Cuántos soldados necesitaría Estados Unidos para invadir y ocupar Irán? Las estimaciones oscilan entre 500.000 y más de un millón, según la fuente.

La RAND Corporation calculó en su estudio de 2009 que una invasión y ocupación requerirían entre 500.000 y 1.000.000 de efectivos.

El teniente general británico Sir Nick Borton, veterano de Irak y Afganistán, habla de «muchos cientos de miles». Otros generales retirados de la OTAN elevan la cifra: «muy por encima del millón».

El precedente más cercano ilustra la escala del problema. La invasión de Irak en 2003 requirió más de 300.000 soldados para la fase de combate inicial, y el pico de la ocupación alcanzó los 185.000 durante la surge de 2007-2008.

Y aún así, Irak se desintegró en una guerra sectaria que duró ocho años, costó 4.431 vidas estadounidenses, hirió a cerca de 32.000 y generó el Estado Islámico.

Todo ello en un país cuatro veces menor que Irán, con un tercio de su población y en terreno predominantemente llano.

Apliquemos la proporción. Si Irak —cuatro veces menor, con población dividida en facciones que en parte colaboraron con el invasor— necesitó medio millón de soldados de coalición y aún así fracasó, ¿cuántos necesitaría Irán, con una población nacionalmente cohesionada, 600.000 hombres en sus fuerzas terrestres entre el Ejército regular, la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij, y un terreno diseñado por la naturaleza para consumir ejércitos invasores?

Rusia invadió Ucrania, un país que es menos de la mitad del tamaño de Irán, con 250.000 soldados. Fracasó. Ahora tiene 800.000 desplegados y sigue sin ganar. La conclusión es aritmética: una operación terrestre a gran escala en Irán necesitaría un contingente comparable o superior. Digamos 800.000 como cifra conservadora.

Movilizar 800.000: el problema que no cabe en un tuit

Supongamos por un momento que Trump decidiera hacerlo. Que por algún espasmo de voluntarismo geopolítico ordenara la movilización masiva. ¿Cuánto tardaría?

La respuesta se encuentra en la historia.

Operación Escudo del Desierto, 1990-1991. Desplegar medio millón de soldados en Arabia Saudí requirió seis meses de preparación logística ininterrumpida.

El Ejército embarcó 2.280.000 toneladas de equipo y suministros por mar. Se realizaron más de 15.400 vuelos militares y civiles que transportaron 484.000 pasajeros y 524.000 toneladas de carga.

Y todo esto en condiciones ideales: puertos modernos en Arabia Saudí, aeropuertos preparados, ausencia total de hostilidades durante la fase de despliegue y un enemigo que no atacó las líneas de suministro.

Irán no ofrecería ninguna de esas ventajas. No hay puertos amigos en la frontera terrestre. No hay bases de preparación sin amenaza de misiles, drones o ataques de milicias.

«¿A dónde vas, Donald? ¿Estás dispuesto a movilizar 800.000 soldados, esperar dieciocho meses a que estén desplegados, gastar cinco billones de dólares, perder miles de vidas americanas, provocar una recesión global por el colapso energético y ocupar un país del tamaño de Alaska durante una década?».

Y el enemigo no esperaría sentado, como hizo Saddam, a que Washington completara su despliegue. Irán lleva décadas preparándose para exactamente este escenario.

Con las fuerzas armadas estadounidenses actualesaproximadamente 1,3 millones en servicio activo, de los cuales más de la mitad son Guardia Nacional y Reserva—, movilizar 800.000 para un solo teatro de operaciones significaría desplegar prácticamente la totalidad de la fuerza disponible.

Habría que activar la Reserva y la Guardia Nacional en movilización total —algo que requiere autorización del Congreso y un periodo de entrenamiento y certificación que históricamente ha tardado meses—.

Las brigadas de la Guardia Nacional necesitaron entre 90 y 120 días de entrenamiento adicional antes de ser declaradas aptas para combate durante Escudo del Desierto, y aun así solo una de las tres brigadas roundout movilizadas logró la certificación.

Estimación realista de movilización y despliegue: entre 12 y 18 meses. Y eso asumiendo que el Congreso autorizara la movilización total, que la industria de defensa pudiera producir el armamento y munición necesarios, y que las líneas de suministro marítimo no fueran hostigadas por Irán y sus aliados. Tres suposiciones que, a día de hoy, pertenecen al terreno de la fantasía.

El coste: tres billones de dólares como punto de partida

La guerra de Irak costó a Estados Unidos un mínimo de 2 billones (trillions) de dólares en gasto directo, según el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown.

Si se incluyen intereses de la deuda, atención sanitaria a veteranos y costes indirectos, la cifra supera los 3 billones. Joseph Stiglitz y Linda Bilmes, de Harvard, calcularon que la factura total podría rondar los 3 billones incluso en el escenario más moderado.

La Administración Bush había estimado 50.000 millones antes de empezar. Se equivocó por un factor de sesenta.

Ahora multipliquemos. Irán es casi cuatro veces mayor que Irak. Tiene el doble de población. Su terreno es incomparablemente más difícil. Las líneas de suministro serían más largas y vulnerables.

La ocupación duraría más. Si Irak costó 3 billones de dólares, una ocupación de Irán costaría entre 5 y 10 billones, como mínimo.

Para poner esa cifra en perspectiva: el PIB anual de Estados Unidos es de aproximadamente 28 billones de dólares.

Estaríamos hablando de dedicar entre un quinto y un tercio de la producción económica nacional a una sola guerra durante una década.

Y el gasto de la Operación «Epic Fury» ya es vertiginoso antes de poner un solo soldado sobre suelo iraní.

El CSIS estimó que las primeras 100 horas de la campaña aérea costaron 3.700 millones de dólares, a un ritmo de 758 millones diarios solo en reposición de municiones.

Treinta días de bombardeo equivalen a más de 20.000 millones de dólares. El Pentágono ya prepara una solicitud suplementaria al Congreso de hasta 50.000 millones.

La ilusión de Kharg: puerilidad estratégica disfrazada de audacia

Ante la imposibilidad aritmética de una invasión terrestre, algunos estrategas de salón han propuesto una solución aparentemente elegante: tomar la isla de Kharg, el corazón exportador del petróleo iraní, por donde circula el 90% del crudo que Irán vende al mundo.

Tomar Kharg, dicen, estrangularía económicamente al régimen y lo forzaría a negociar.

«Hay algo peor que no saber a dónde vas: no saber quién te lleva. Porque a estas alturas del guion resulta difícil no ver lo que medio mundo ya ha visto: que Benjamin Netanyahu ha engañado a Donald Trump de arriba a abajo. No como a un chino, que es la expresión que usamos en estas latitudes. Como a un estadounidense. Y quizá haya que empezar a decirlo así a partir de ahora».

La idea es pueril por al menos cinco razones.

Primera: tomar Kharg no gana la guerra. Capturar un islote coralino de ocho kilómetros a veinticinco kilómetros de la costa iraní no destruye las fuerzas armadas iraníes, no cambia el régimen, no desnucleariza el país y no impone la voluntad estadounidense sobre Teherán.

Como señala la profesora Caitlin Talmadge, del MIT, estamos ante «una misión militar en busca de una justificación estratégica». ¿Qué se obtiene a cambio del riesgo? ¿Un trofeo fotogénico para Truth Social?

Segunda: la represalia sería devastadora. Irán ha advertido de forma inequívoca que un ataque a su infraestructura petrolera en Kharg provocaría represalias contra las instalaciones energéticas de los Estados del Golfo.

David Goldwyn, asesor energético de Washington, estima que un escenario así dispararía el precio del barril entre 20 y 30 dólares de forma instantánea.

La Agencia Internacional de la Energía ya ha calificado la crisis actual como «la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado petrolero mundial». Tomar Kharg la convertiría en apocalíptica.

Tercera: Kharg está a 300 millas del Estrecho de Ormuz. Tomar la isla no abre el Estrecho. Irán puede lanzar drones submarinos, misiles antibuque y minas desde cualquier punto de sus más de 2.400 kilómetros de costa sobre el Golfo Pérsico.

Controlar Kharg no neutraliza esa capacidad. Los soldados estadounidenses apostados en la isla se convertirían en blancos a veinte kilómetros del continente iraní, expuestos a artillería costera, drones y misiles de corto alcance.

Cuarta: la trampa de la retirada imposible. Una vez tomada la isla, retirarse equivaldría a una derrota. Si los soldados estacionados sufren bajas por el fuego desde el continente —y las sufrirán—, la lógica militar exigirá ampliar el perímetro, tomar posiciones costeras en tierra firme «para proteger a la fuerza».

Es el manual del mission creep: una operación «limitada» que engendra una invasión terrestre por la puerta trasera.

Quinta: la intervención de terceras potencias. China importa el 11,6% de su crudo por vía marítima desde Irán, casi todo a través de Kharg. Cortar ese flujo no es un acto neutral para Pekín. Rusia, que ya coordina con Irán en múltiples frentes, vería en la ocupación de Kharg una oportunidad para ampliar la presión sobre Occidente.

Y las potencias del Golfo, lejos de aplaudir, verían sus propias instalaciones energéticas convertidas en objetivos legítimos para la represalia iraní.

Los ataques con drones contra la planta de aluminio de EGA en Abu Dabi ya han demostrado que el escudo de protección estadounidense tiene agujeros.

El espejo de la historia: lo que Trump no quiere ver

Cada generación de políticos estadounidenses parece condenada a repetir el mismo error. Donald Rumsfeld predijo que Irak duraría «seis días, seis semanas; dudo que seis meses». Duró ocho años.

George W. Bush posó bajo un cartel de «Misión Cumplida» tras seis semanas de combate. Faltaban ocho años más. La Administración Bush estimó un coste de 50.000 millones. La factura final superó los 3 billones.

Ahora los mercados financieros, como bien ha señalado Scott Galloway desde NYU, están repitiendo exactamente la misma ceguera colectiva.

En 2003, los inversores asumieron una guerra de seis semanas; la caída bursátil fue del 5,6% y se recuperó en 28 días de negociación. Hoy, la calma de los mercados ante la guerra de Irán no es sofisticación analítica: es incapacidad de imaginar lo que viene después.

Porque lo que viene después es esto: una guerra que no se puede ganar desde el aire, que requeriría una movilización terrestre que Washington no puede ni quiere emprender, un coste que multiplicaría por dos o tres la factura de Irak, y un adversario que tiene todo el tiempo del mundo.

Irán no necesita ganar: solo necesita no perder. Y no perder, en un país de 1,65 millones de kilómetros cuadrados protegido por dos cordilleras y 92 millones de personas dispuestas a resistir, es algo que Irán puede hacer indefinidamente.

Las tropas que no están y el Congreso que no ha hablado

A día de hoy, 30 de marzo de 2026, las fuerzas estadounidenses desplegadas para la Operación «Epic Fury» consisten en unos 3.000 paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada, dos Unidades Expedicionarias de Marines con unos 5.000 efectivos, y un refuerzo considerado de hasta 10.000 soldados adicionales. Estamos hablando de entre 15.000 y 20.000 combatientes.

Para invadir un país que necesitaría 800.000.

Lo que falta no es visible pero es decisivo: no hay unidades blindadas pesadas, no hay la profundidad logística necesaria, no hay las estructuras de mando requeridas para una campaña terrestre sostenida.

Como ha señalado Ruben Stewart, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, la fuerza desplegada es «consistente con operaciones discretas y de duración limitada, no con una campaña terrestre sostenida». Lo que se prepara son incursiones, no una invasión.

Y hay un detalle que debería inquietar a cualquier demócrata —no del partido, sino del sistema—: esta guerra se inició sin Autorización para el Uso de la Fuerza Militar del Congreso, sin informar al Comité de Inteligencia del Senado, y sin debate público sobre sus objetivos.

El senador Richard Blumenthal salió de un «briefing» clasificado diciendo que estaba más «furioso e insatisfecho» que en sus quince años de carrera. No porque le informaran mal, sino porque no había nada que informar: no hay plan.

El callejón sin salida: entre la escalada y la humillación

Trump se encuentra en un callejón estratégico de su propia construcción. No puede ganar la guerra porque ganarla exigiría una invasión terrestre que ni el ejército, ni el Congreso, ni la opinión pública, ni el Tesoro estadounidense pueden sostener.

No puede retirarse porque cualquier retirada sin victoria tangible sería presentada —con razón— como una humillación.

Y no puede mantener indefinidamente una campaña aérea que cuesta 758 millones de dólares al día en municiones mientras el petróleo supera los 100 dólares el barril y la gasolina americana sube cinco centavos diarios.

La ironía es brutal. Trump inició esta guerra, según sus propias palabras, para demostrar fuerza. Lo que ha demostrado es que el poder aéreo sin estrategia terrestre es como un puño que golpea el agua: salpica mucho y no mueve nada.

Ha degradado la infraestructura militar iraní, sí. Pero no ha destruido la voluntad de resistencia iraní —más bien la ha consolidado—. No ha reabierto el Estrecho de Ormuz. No ha cambiado el régimen. Y no ha desnuclearizado a Irán; al contrario, ha proporcionado a Teherán el argumento definitivo para acelerar su programa nuclear.

Mientras tanto, cada día que pasa erosiona la posición estadounidense. Los aliados del Golfo ven sus propias infraestructuras atacadas por misiles iraníes y drones hutíes.

Europa contempla el espectáculo con horror y alivio a partes iguales por no haberse dejado arrastrar.

China negocia en silencio acuerdos de suministro energético alternativos. Y las elecciones legislativas de noviembre de 2026 se acercan con la inevitabilidad de un tren de mercancías.

La pregunta que nadie le ha hecho a Trump

¿A dónde vas, Donald? ¿Estás dispuesto a movilizar 800.000 soldados, esperar dieciocho meses a que estén desplegados, gastar cinco billones de dólares, perder miles de vidas americanas, provocar una recesión global por el colapso energético y ocupar un país del tamaño de Alaska durante una década?

Porque eso es lo que cuesta ganar esta guerra. Todo lo demás —las incursiones en Kharg, los bombardeos espectaculares, las pausas humanitarias de diez días, las negociaciones que Irán niega que existan— es ruido. Costoso, letal, desestabilizador, pero ruido.

Pero hay algo peor que no saber a dónde vas: no saber quién te lleva. Porque a estas alturas del guion resulta difícil no ver lo que medio mundo ya ha visto: que Benjamin Netanyahu ha engañado a Donald Trump de arriba a abajo. No como a un chino, que es la expresión que usamos en estas latitudes. Como a un estadounidense. Y quizá haya que empezar a decirlo así a partir de ahora.

Netanyahu lleva literalmente décadas empujando a Estados Unidos hacia este momento. Desde 1992, cuando como diputado del Likud advirtió de que Irán tendría la bomba «en tres o cinco años», hasta 2012, cuando desplegó su célebre diagrama de la bomba ante la Asamblea General de la ONU, pasando por cada comparecencia ante el Congreso en la que vaticinó que faltaban semanas —siempre semanas— para el Armagedón nuclear.

«Trump quería una guerra rápida, barata y televisada. Netanyahu le ha regalado un pantano estratégico que se profundiza cada día. Y en los pantanos, como saben los militares, el más pesado se hunde primero».

Treinta y cuatro años de falsa alarma permanente. Cuando los bombardeos de junio de 2025 destruyeron las principales instalaciones de enriquecimiento, Netanyahu no declaró la victoria: inventó una nueva amenaza, los misiles balísticos intercontinentales, que según la inteligencia estadounidense Irán no desarrollará antes de 2035.

Cuando las negociaciones nucleares de febrero de 2026 estaban, según el propio canciller iraní Araghchi, «al alcance de un acuerdo histórico», Netanyahu avisó a Trump de la reunión de Jamenei con sus generales y lanzó la operación. La diplomacia fue sacrificada en el altar de la ambición israelí.

Después, las divergencias se han multiplicado. Israel bombardeó 30 depósitos de combustible iraníes el 7 de marzo, provocando una lluvia tóxica negra sobre Teherán.

La reacción en la Casa Blanca fue, según fuentes israelíes citadas por Axios, un lacónico «WTF». El 18 de marzo, Israel atacó unilateralmente el campo gasístico de South Pars —la mayor reserva de gas natural del planeta— provocando la represalia iraní sobre Qatar e incendiando los mercados energéticos mundiales.

Trump tuvo que desmentir toda participación: «Estados Unidos no sabía nada de este ataque en particular.» Pero fuentes del propio Pentágono confirmaron a NPR que ambos países coordinan todos los objetivos.

O Trump miente, o no controla a su aliado. Ambas opciones son devastadoras.

Netanyahu lo ha dicho con una franqueza que roza el cinismo: «No se puede hacer una revolución solo desde el aire. Tiene que haber un componente terrestre».

Traducido: Israel necesita que Estados Unidos ponga las botas sobre el terreno para completar el cambio de régimen que es el verdadero objetivo de Netanyahu, no de Trump.

Israel quiere destruir Irán como potencia regional. Trump quería una foto. Netanyahu le ha vendido una foto y le ha endosado una guerra.

El daño es invaluable, y no me refiero solo al coste económico o militar. Me refiero a algo más profundo: la reputación de Estados Unidos como potencia hegemónica se degrada cada día que esta guerra continúa sin objetivo, sin plan y sin salida.

Los aliados principales —Australia, Francia, Japón, Reino Unido— se han negado a participar en las operaciones para desbloquear el Estrecho de Ormuz.

No es cobardía: es la constatación de que seguir a Washington en una aventura diseñada en Tel Aviv no es atlanticismo, es servidumbre.

La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, ha confirmado que Washington y Tel Aviv persiguen objetivos distintos en esta guerra. Cuando la potencia hegemónica no controla ni siquiera los objetivos de su propio aliado menor, deja de ser hegemónica.

Es cómplice.

Clausewitz tenía una frase para este tipo de situaciones: «El conquistador es siempre amante de la paz; preferiría apoderarse de nuestro país sin oposición».

Trump quería una guerra rápida, barata y televisada. Netanyahu le ha regalado un pantano estratégico que se profundiza cada día. Y en los pantanos, como saben los militares, el más pesado se hunde primero.

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