Opinión | Donald Trump, el presidente que no sabe salir de su propia guerra

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza los últimos acontecimientos de la guerra de Trump contra Irán: sin estrategia de salida, con una crisis energética global en marcha y el riesgo creciente de intervención de potencias como Japón y China que podría desestabilizar el orden internacional. Foto: Wikipedia.

Cuando la incapacidad en la Casa Blanca obliga al mundo a actuar

27 / 03 / 2026 05:44

Veintisiete días después de lanzar la Operación «Epic Fury» sobre Irán, Donald Trump no tiene victoria, no tiene acuerdo, no tiene estrategia de salida y, lo que es peor, no tiene la menor idea de qué hacer a continuación.

Lo que sí tiene es una guerra que escala, un estrecho de Ormuz cerrado, un mercado energético en llamas, una Asia al borde del colapso y unas potencias que, ante la evidencia de su incapacidad, empiezan a calcular cuánto tiempo pueden permitirse esperar antes de actuar por su cuenta.

Las consecuencias de esa actuación pueden ser imprevisibles. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando un hombre manifiestamente incapaz para su cargo arrastra a la primera potencia mundial a un avispero del que no sabe salir.

Un país que no se deja aplastar: las capacidades que Trump ignoró

Nadie en su sano juicio defiende el régimen iraní. No es una democracia, no respeta los derechos humanos y su teocracia ha oprimido durante décadas a una población que merece algo infinitamente mejor.

Dicho esto, hay una diferencia abismal entre rechazar un régimen y subestimar a un país. Irán no es Irak en 2003.

Irán no es Libia en 2011. Irán es un Estado con 88 millones de habitantes, un territorio montañoso tres veces mayor que España, un programa de misiles balísticos que ha demostrado alcanzar objetivos en nueve países simultáneamente, y una capacidad de cierre del estrecho de Ormuz que un presidente mínimamente informado no podía ignorar.

Pero Trump ignoró todo eso. En cuatro semanas, Irán ha lanzado oleadas de misiles y drones contra Israel, contra bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Jordania, Catar y Arabia Saudí, y ha atacado infraestructura energética en al menos ocho países del Golfo.

Más de cuarenta instalaciones energéticas han resultado dañadas o gravemente dañadas, según la Agencia Internacional de la Energía.

Los ataques iraníes han alcanzado la refinería de Ras Tanura en Arabia Saudí, la base gasística de Ras Laffan en Catar y el complejo de Ruwais en Emiratos.

Irán ha cerrado el estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 por ciento del petróleo mundial y el 20 por ciento del gas natural licuado del planeta.

Un dron iraní alcanzó la base británica de Akrotiri en Chipre. Dos misiles balísticos fueron lanzados contra Diego García.

Y pese a semanas de bombardeo masivo, el Pentágono ha reconocido que no ha logrado neutralizar la capacidad iraní de hostigar el tráfico marítimo.

Esto es lo que un político de la primera potencia mundial no podía desconocer. Pero Trump no está capacitado para su puesto, y eso se está evidenciando de forma diáfana.

Los dos imposibles: ni victoria ni acuerdo

Hay un principio elemental en la teoría de conflictos que cualquier estudiante de primer curso de relaciones internacionales conoce: para terminar una guerra se necesita o una victoria militar clara y contundente, o un acuerdo con la otra parte.

No existe una tercera vía. Y Trump, en este momento, es incapaz de obtener ni lo uno ni lo otro.

La victoria militar contundente es un espejismo. Sí, Estados Unidos e Israel han devastado gran parte de la infraestructura militar iraní, han asesinado al líder supremo Jamenei y a decenas de altos mandos, han destruido instalaciones nucleares y bases militares.

Pero el régimen no se ha desplomado. Mojtaba Jamenei ha asumido el liderazgo. Las Fuerzas Quds y los Guardianes de la Revolución siguen operativos.

Y lo más importante: Irán conserva su capacidad de hacer daño asimétrico, que es precisamente la que paraliza la economía global.

El estrecho sigue cerrado. Los misiles y los drones siguen volando. Y 2000 buques con 20.000 marinos a bordo siguen varados en las aguas del Golfo.

El acuerdo con la otra parte es igualmente inalcanzable. Trump presentó un plan de 15 puntos que Irán ha calificado de «extremadamente maximalista e irrazonable».

Teherán ha respondido con 5 condiciones propias que incluyen la soberanía iraní sobre el estrecho de Ormuz, el pago de reparaciones de guerra y garantías de que el conflicto no se reanudará.

Son condiciones que Trump no puede aceptar sin destruir su propia narrativa de victoria. Y mientras tanto, Irán dice que no hay negociaciones, que lo que existe es un intercambio de mensajes a través de mediadores, que «no es lógico entrar en un proceso con quienes violan los acuerdos».

Es difícil rebatir ese argumento cuando la guerra se lanzó precisamente mientras se negociaba un acuerdo nuclear en Ginebra.

Trump, desconcertado, escribe en Truth Social que los iraníes están «rogando» por un acuerdo mientras públicamente dicen que solo «estudian la propuesta».

Un día anuncia que la guerra se está «liquidando»; al día siguiente amenaza con «pulverizar» las centrales eléctricas de Irán.

El Congreso empieza a preguntar cuál es exactamente la estrategia de salida. La respuesta, como ha señalado la CNN con acierto, es que no la hay.

Asia entre las cuerdas: la mayor crisis energética en medio siglo

Si la guerra en Irán fuera solo un problema militar, ya sería suficientemente grave. Pero Trump ha desatado algo mucho peor: una disrupción energética que amenaza la economía global con especial virulencia sobre Asia, la región que concentra más de la mitad de la producción manufacturera del mundo.

Las cifras son aplastantes. El 80 por ciento del petróleo y el gas natural licuado que transita por el estrecho de Ormuz tiene como destino Asia.

Japón depende de Oriente Medio para el 90 por ciento de sus importaciones de crudo.

Corea del Sur obtiene el 70 por ciento de su petróleo de la región. China es el mayor importador mundial de crudo.

El Brent ha llegado a superar los 113 dólares por barril, con un aumento superior al 50 por ciento desde el inicio del conflicto.

El precio del gas natural ha marcado máximos. Y como ha advertido la Agencia Internacional de la Energía, no solo el petróleo y el gas están interrumpidos: también los petroquímicos, los fertilizantes, el azufre, el helio, indispensable para la fabricación de semiconductores.

Arterias vitales de la economía global, cortadas de cuajo.

En Vietnam las reservas de petróleo no alcanzan para 20 días. En Pakistán e Indonesia, apenas para 3 semanas. Bangladesh ha cerrado universidades y ha puesto al ejército a cargo de los depósitos de combustible.

La India ha empezado a racionar el gas de cocina. Filipinas enfrenta huelgas de transporte. En todo el Sudeste Asiático, los gobiernos están en modo de triaje energético permanente, y las proyecciones del Council on Foreign Relations advierten de que si la guerra se prolonga hasta el verano, los efectos sobre el crecimiento y la estabilidad política de Asia podrían ser catastróficos.

Y aquí viene la pregunta que Trump no se ha formulado: ¿qué ocurre cuando pones entre las cuerdas a tus principales acreedores?

Japón y la opción nuclear financiera: la venta masiva de bonos del Tesoro

Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda pública estadounidense. Sus entidades poseen aproximadamente 1,2 billones de dólares en bonos del Tesoro.

Es una cifra que debería quitar el sueño a cualquier presidente norteamericano con un mínimo de comprensión macroeconómica.

La guerra en Irán ha empujado el yen hasta cerca de los 159,5 por dólar, rozando el umbral crítico de 160 que históricamente activa la intervención del Banco de Japón.

El Brent a más de 113 dólares por barril, combinado con un yen en caída libre, significa que para los consumidores y la industria japoneses el petróleo se percibe como si costara entre 130 y 140 dólares.

Subir los tipos de interés es prácticamente imposible: los pagos por intereses de la deuda pública japonesa podrían alcanzar los 41,3 billones de yenes en 2029, equivalentes al 30 por ciento del presupuesto nacional.

El rendimiento del bono a diez años ya ha alcanzado el nivel más alto desde 1999.

El último recurso de Tokio es vender bonos del Tesoro estadounidense para obtener dólares y comprar yenes para estabilizar su economía doméstica.

La ministra de Finanzas japonesa ya ha indicado que Japón está dispuesto a hacerlo. Si eso ocurre a gran escala, los precios de los bonos estadounidenses caerán, los rendimientos se dispararán y la presión sobre el ya descomunal déficit fiscal de Washington se multiplicará.

El Pentágono, mientras tanto, solicita 200.000 millones de dólares adicionales para la guerra en Irán. La ecuación es insostenible.

Pero hay un efecto dominó potencialmente devastador. Una venta masiva de bonos por parte de Japón podría desencadenar el desmontaje del yen carry trade, estimado entre 260.000 y un billón de dólares, propagando la onda expansiva por todo el sistema financiero global.

Si el yen rompe la barrera de los 160 y se mantiene ahí más de cuarenta y ocho horas, según analistas financieros, el mundo podría presenciar el primer paso significativo hacia una erosión de la hegemonía del dólar.

Irónico: la guerra que Trump lanzó para proyectar poder podría acabar socavando el instrumento fundamental de ese poder, que es la supremacía del dólar.

China: del cálculo silencioso a la intervención inevitable

Si Japón representa el riesgo financiero, China representa algo potencialmente mucho más peligroso. Pekín ha adoptado hasta ahora una posición de neutralidad calculada, rechazando la coalición naval de Trump para el estrecho de Ormuz, negociando bilateralmente con Irán el paso de sus propios buques, y dejando que la narrativa global se escriba sola: «La seguridad está vinculada a China; el caos está vinculado a Estados Unidos», escribió un coronel retirado del ejército chino en un artículo ampliamente difundido.

El primer buque de carga chino confirmado, el Newvoyager, cruzó el estrecho el pasado domingo retransmitiendo la señal «ALL CREW CHINA».

Pagó peaje a las autoridades iraníes y salió ileso. Decenas de buques en tránsito han actualizado sus señales de destino para indicar que están registrados en China o tienen vínculos con China.

Es un anuncio involuntario de un nuevo orden: quien quiera navegar por Ormuz necesita el salvoconducto de Pekín, no el de Washington.

Pero las cosas pueden no quedar en el ámbito económico. China ha desplegado su 48.ª flota desde su base en Yibuti hacia el estrecho de Ormuz, incluyendo el destructor de misiles Tangshan, la fragata Daqing y el buque de suministros Taihu.

Este despliegue ha coincidido con los ejercicios navales conjuntos «Maritime Security Belt 2026» con fuerzas de China, Rusia e Irán en aguas del Golfo.

No es un gesto simbólico. Es una demostración de que Pekín tiene capacidad de intervención militar en la zona, y de que está posicionando sus activos para ejercerla si las circunstancias lo requieren.

¿Cuáles serían esas circunstancias? El 40 por ciento del petróleo importado por China transita por Ormuz cada día.

Si la situación se degrada hasta el punto de que ni los canales bilaterales con Irán garanticen el suministro, o si una escalada estadounidense amenaza directamente los intereses chinos en la región, Pekín podría verse obligada a intervenir, no ya económicamente, sino militarmente.

El analista del International Crisis Group Ali Wyne lo ha expresado con claridad demoledora: Washington necesita ahora a su principal competidor estratégico para gestionar una crisis de su propia creación.

El escenario que Trump no ha contemplado

Imaginemos por un momento lo que podría ocurrir si las piezas siguen cayendo en la dirección actual.

Japón, acorralado por el colapso del yen y la escalada del petróleo, comienza a vender masivamente bonos del Tesoro estadounidense.

Los rendimientos se disparan. La Reserva Federal, atrapada entre la inflación energética y el encarecimiento de la deuda, no puede bajar tipos.

Wall Street, que ya ha perdido un 6 por ciento desde el inicio de la guerra, entra en corrección profunda.

Simultáneamente, China, tras meses de paciencia estratégica, decide que la protección de sus rutas de suministro energético exige una presencia naval activa en el Golfo que vaya más allá de los ejercicios conjuntos.

Un incidente entre un buque chino y una unidad de la Armada estadounidense en aguas del estrecho —accidental o provocado— convierte la crisis energética en una crisis geopolítica de primer orden entre las dos mayores potencias nucleares del planeta.

En esa tesitura, Trump se encontraría ante una situación para la que tampoco está preparado. Un presidente que no ha sabido gestionar una guerra contra un adversario regional, ¿cómo gestionaría un enfrentamiento directo con China?

Un presidente cuya retórica oscila entre «la guerra está casi terminada» y «vamos a pulverizar sus centrales eléctricas» en el intervalo de veinticuatro horas, ¿inspira la confianza necesaria para manejar una escalada con Pekín?

La respuesta es obvia.

El problema de fondo no es solo que Trump haya empezado una guerra sin estrategia de salida. El problema es que su incapacidad manifiesta obliga a otros actores a tomar decisiones que pueden alterar el orden internacional de forma irreversible.

Cuando el líder de la primera potencia mundial demuestra que no controla la situación, el resto del mundo no espera: actúa.

Y cuando actúa sin coordinación, sin marco institucional y sin interlocutor fiable en Washington, los resultados son imprevisibles por definición.

Arrastrado al avispero: la factura de dejarse llevar por Israel

Conviene recordar cómo empezó todo. Fue Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, quien llamó a Trump el 23 de febrero para informarle de la ubicación de la reunión de Jamenei con sus asesores. Fue la inteligencia israelí la que proporcionó las coordenadas.

Y fue la Operación «Epic Fury» la que se lanzó mientras Irán estaba negociando de buena fe un acuerdo nuclear en Ginebra, hasta el punto de que el ministro de Exteriores omaní, que mediaba en las conversaciones, declaró estar «consternado» porque las negociaciones, que habían alcanzado un progreso sustancial, fueron dinamitadas por la acción militar.

Trump se dejó arrastrar por Israel a un avispero sin medir las consecuencias. Netanyahu, cuyo objetivo declarado de eliminar las capacidades nucleares y militares iraníes coincidía con sus propias necesidades de supervivencia política, encontró en Trump al socio perfecto: un presidente sin conocimiento estratégico, sin curiosidad intelectual y sin la capacidad de prever las ramificaciones de segundo y tercer orden de sus decisiones.

El resultado es un desastre que afecta a todo el planeta.

Trece militares estadounidenses muertos. Más de doscientos heridos en siete países. Más de cincuenta mil soldados desplegados en Oriente Medio.

Un Congreso que empieza a cuestionar los poderes de guerra del presidente. Un déficit fiscal que se ensancha con los 200.000 millones adicionales que el Pentágono reclama.

Un precio del petróleo que asfixia a medio mundo. Y un adversario que, lejos de capitular, ha planteado sus propias condiciones con la frialdad de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Pintan bastos

Lo que está en juego ya no es solo el desenlace de una guerra en Oriente Medio. Lo que está en juego es la estabilidad del sistema financiero global, la viabilidad de las cadenas de suministro que alimentan a medio continente asiático, la credibilidad del dólar como moneda de reserva y, en última instancia, la paz entre las grandes potencias.

Todo eso lo ha puesto en riesgo un solo hombre que no entiende lo que hace.

Nuestro vaticinio es que si Trump es incapaz de encontrar una salida —y hasta el momento no hay ningún indicio de que pueda hacerlo—, otros se verán obligados a actuar.

Japón actuará vendiendo bonos. China actuará protegiendo sus rutas energéticas. Irán actuará manteniendo cerrado el estrecho mientras tenga algo que negociar.

Y cada una de esas actuaciones, tomada de forma unilateral por actores con intereses divergentes, generará consecuencias que nadie puede prever con certeza.

Trump inició esta guerra de forma imprudente y absolutamente temeraria. Y ahora mismo, con más de cincuenta mil soldados desplegados, un plan de paz rechazado, un Congreso inquieto, unos aliados que le han dado la espalda, unos mercados en llamas y dos potencias asiáticas calculando sus próximos movimientos, la carta que sale de la baraja es inequívoca.

Pintan bastos. Y el que reparte no sabe jugar.

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Opinión | De Lepanto a Bruselas: una Europa que no decide

Opinión | Por qué Irán no cederá: Washington confundió un régimen acorralado con un régimen rendido

Chatham House: el ‘think tank’ que lleva un siglo moldeando la política mundial

Opinión | Los anclajes de Pekín: instrumentos de influencia china en una Europa que no sabe si resiste o se reacomoda

La firma Sullivan & Cromwell pide perdón a un juez de Nueva York por presentar escritos con citas judiciales inventadas por la IA

Lo último en Firmas

CDL - El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (II)

Tribunal de Instancia

Opinión | Teletrabajo en los Tribunales de Instancia o cuando querer no es poder

Pelham

Opinión | La sentencia Pelham/Kraftwerk de 2026: ¿embrión de un derecho de autor híbrido?

Imagen de apertura fin de la policía

Opinión | El fin de la Policía: El mundo multipolar nos devuelve a la ley del más fuerte

Eugenio Ribón

Opinión | La votación del martes: última oportunidad para hacer justicia con quienes han ejercido la justicia