Opinión | La guerra de Irán desata una fractura interna que puede costarle al trumpismo su mayoría en el Congreso

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington D.C. y consultor internacional, relata cómo en la última conferencia anual del CPAC (Conservative Political Action Conference), uno de los eventos políticos más influyentes del conservadurismo en EE.UU. quedó patente la profunda división entre las filas de Trump por culpa de la guerra de Irán. Sobre estas líneas, Matt Schlapp.

2 / 04 / 2026 00:44

Actualizado el 03 / 04 / 2026 00:53

«Si la destrucción fuera nuestro destino, nosotros mismos tendríamos que ser su autor y su consumador. Como nación de hombres libres, viviremos por siempre o moriremos por suicidio» – Abraham Lincoln, discurso del Lyceum de Springfield, 1839.

Grapevine, Texas, 27 de marzo de 2026. El CPAC —la gran misa anual del conservadurismo norteamericano— celebra su tercera jornada.

Matt Schlapp, presidente de la Unión Conservadora Americana, sube al escenario para calentar al público con una pregunta que debería haber sido retórica: «¿Cuántos de ustedes querrían ver audiencias de impeachment?».

El público estalla en vítores.

Schlapp palidece. «No. Esa era la respuesta equivocada. Dejadme intentarlo otra vez». Repite la pregunta.

Más vítores.

Schlapp abandona el asunto y pasa a otra cosa.

La escena sería cómica si no fuera un diagnóstico clínico. En el CPAC de 2026, por primera vez en una década, Donald Trump no está. Tampoco JD Vance. Ni Marco Rubio. Ni Ron DeSantis. Ni Elon Musk. Ni Tucker Carlson.

Las sillas vacías dicen más que los discursos. El orador estrella del viernes es Steve Bannon, que lleva semanas llamando a la guerra de Irán una «traición abierta a la base».

«MAGA fue siempre una coalición de intereses divergentes —aislacionistas y halcones, libertarios y autoritarios, populistas económicos y plutócratas— unidos por la fuerza gravitatoria de un solo hombre. Irán ha puesto esas contradicciones bajo una presión que no admite ya el equilibrio retórico».

Cuando Bannon sube a la tarima, no habla de unidad. Habla de «polvo de hada nuclear» y de que los soldados americanos no deberían morir por una guerra ajena.

Estamos ante el CPAC más fracturado desde que el movimiento MAGA existe. Y estamos, sobre todo, ante algo que Lincoln describió con precisión quirúrgica hace casi doscientos años: el suicidio político de un movimiento que nadie ha derrotado desde fuera.

Antes de Irán ya había grietas: la profecía de Marjorie Taylor Greene

La fractura no empezó el 28 de febrero de 2026, cuando Trump lanzó la Operación «Epic Fury» contra Irán. Empezó antes. Mucho antes.

En noviembre de 2025, Marjorie Taylor Greene —la congresista que definió la estética combativa del trumpismo en Capitol Hill, la que llevó una gorra MAGA al discurso del Estado de la Unión de Biden, la que luchó contra el segundo impeachment de Trump— anunció su dimisión del Congreso tras una ruptura pública con el presidente.

El detonante inmediato fue el asunto Epstein. Greene había presionado para la publicación de los archivos del caso y Trump respondió llamándola traidora.

Pero la ruptura era más profunda: Greene venía criticando la política exterior del presidente —el apoyo incondicional a Israel, la aventura venezolana contra Maduro, los aranceles— y había llegado a la conclusión de que Trump ya no representaba lo que MAGA prometía.

Su carta de dimisión contenía una frase que, leída hoy, resulta profética: «Si a mí me descarta el MAGA Inc y me sustituyen los neocons, Big Pharma, Big Tech y el complejo industrial militar, entonces muchos americanos corrientes también han sido descartados y sustituidos».

En el momento de su dimisión, una encuesta de NBC News registró que la identificación republicana con el movimiento MAGA había caído siete puntos porcentuales desde abril de 2025: del 57% al 50%.

Las elecciones parciales de noviembre de ese año se saldaron con derrotas republicanas estrepitosas, incluida la alcaldía de Nueva York, donde el socialista democrático Zohran Mamdani arrolló.

Greene fue el canario en la mina. Nadie le hizo caso.

Irán como detonante: cuando «America First» se estrella contra la realidad

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques conjuntos contra Irán. Trump lo anunció como una «operación masiva y en curso» para acabar con el régimen iraní y sus ambiciones nucleares.

En las primeras 48 horas, la reacción dentro del universo MAGA fue un terremoto.

Tucker Carlson —el hombre que entrevistó a Trump ante una audiencia de decenas de millones, que fue consejero informal del presidente, que encarnaba la voz del populismo de derechas americano— calificó los ataques de «absolutamente asquerosos y malvados».

En su programa, que acumula más audiencia que muchas cadenas de televisión, Carlson fue tajante: «Esto ha ocurrido porque Israel quería que ocurriera. Esta es la guerra de Israel, no la de Estados Unidos».

Los hermanos Hodge, influencers MAGA con millones de seguidores, escribieron que Trump había «mentido completamente a sus votantes».

Tim Pool, podcaster estrella del trumpismo digital, habló de traición. Y los congresistas Thomas Massie y Rand Paul anunciaron que forzarían una votación en el Congreso sobre la legalidad de la guerra.

«El ecosistema mediático MAGA —esa constelación de podcasters, comentaristas de Fox News, «influencers» y excargos públicos que durante años funcionó como una maquinaria de propaganda sincronizada— se partió en dos bandos que ya se tratan mutuamente de traidores».

La respuesta de Trump fue la habitual: descalificación personal. De Carlson dijo que «ha perdido el norte», que «no es MAGA» y que «no es lo bastante listo para entenderlo».

De Megyn Kelly, que también se había opuesto a la guerra, dijo que había sido «crítica durante años» y que él había ganado tres veces sin ella.

El patrón era familiar: quien disiente deja de ser MAGA. Pero esta vez los disidentes no eran marginales. Eran las voces que habían construido el movimiento.

La dimisión de Kent: el primer disparo desde dentro del bunker

El 17 de marzo, la fractura pasó de las redes sociales a las entrañas del propio gobierno. Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo —nombrado por el propio Trump—, publicó su carta de dimisión directamente en la red social X, sin avisar a la Casa Blanca.

Kent es un boina verde condecorado con once despliegues de combate. Su primera esposa, Shannon, murió en un atentado del Estado Islámico en Siria en 2019. No es un comentarista de sofá. Es, exactamente, el tipo de hombre al que MAGA convirtió en símbolo.

Su carta fue una carga de profundidad. «No puedo, en buena conciencia, apoyar la guerra en curso contra Irán», escribió.

«Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y es evidente que entramos en esta guerra por presión de Israel y de su poderoso ‘lobby americano».

La palabra inminente no era casual. Kent, como jefe de contraterrorismo, conocía su peso jurídico: es el umbral legal que legitima una acción militar presidencial sin autorización del Congreso. Al negarla, Kent no solo dimitía: impugnaba la legalidad de la guerra.

La reacción fue instantánea. Trump lo llamó «muy débil en seguridad» y dijo que su marcha era «una buena cosa».

Mitch McConnell calificó la carta de «antisemitismo virulento». Lindsey Graham acusó a Kent de repetir «la historia más vieja del mundo: si no fuera por los judíos, todos estaríamos a salvo».

Pero al día siguiente Kent estaba sentado frente a Tucker Carlson, que lo presentó como un patriota agraviado.

Y Candace Owens lo entrevistó en un banquete de católicos conservadores. Kent se había convertido, en 24 horas, en mártir de una causa y en enemigo público del presidente que lo nombró.

La guerra civil mediática: cuando Levin llama traidor a Bannon

Lo que vino después no fue un debate. Fue una deflagración. El ecosistema mediático MAGA —esa constelación de podcasters, comentaristas de Fox News, «influencers» y excargos públicos que durante años funcionó como una maquinaria de propaganda sincronizada— se partió en dos bandos que ya se tratan mutuamente de traidores.

Bando anti-guerra: Tucker Carlson, Steve Bannon, Megyn Kelly, Candace Owens, Joe Kent, los hermanos Hodge, Tim Pool, Alex Jones, el general Michael Flynn.

Su argumento central: la guerra de Irán es la guerra de Israel, no la de América. Trump prometió no más guerras eternas y ha roto su promesa.

«El propósito del gobierno americano es servir al pueblo americano, no estar atado a otra nación», resume Carlson en una entrevista con The Economist.

Bando pro-guerra: Mark Levin, Ben Shapiro, Sean Hannity, Lindsey Graham, Ted Cruz, Mike Johnson. Su argumento: Irán era una amenaza nuclear inminente y Trump ha defendido al mundo libre. Quienes se oponen son antisemitas, traidores y cómplices del enemigo.

La temperatura del enfrentamiento no tiene precedentes. Mark Levin, desde su programa de Fox News y su podcast, ha llamado «traidores» a Carlson, Bannon, Kelly, Flynn y Alex Jones.

Los ha acusado de «odio a los judíos», de «odio a América» y de ser «el Reich woke, megalómanos y manipuladores que están destruyendo el movimiento desde dentro».

«La aprobación general de Trump ha caído al 36% según Reuters/Ipsos, su mínimo desde que volvió a la Casa Blanca. La identificación republicana con MAGA ha bajado del 57% al 50% y sigue cayendo. El apoyo a los ataques contra Irán entre el conjunto de los americanos se sitúa en un 35%, en caída libre».

Bannon respondió llamándolo «Tel Aviv Levin» y burlándose de quienes piden tropas terrestres para recuperar «polvo de hada nuclear».

Levin replicó que Bannon es «un fraude asqueroso certificado y condenado que estafó a americanos patriotas».

Megyn Kelly acusó a Shapiro de haber pasado de ser «el rey de la libertad de expresión» a ser «el tipo que dice que debes ser antisemita» cada vez que alguien cuestiona a Israel.

Conviene detenerse aquí un momento y medir la magnitud de lo que está ocurriendo.

Estas no son personas ajenas al movimiento. Son sus arquitectos. Bannon fue el estratega jefe de la Casa Blanca de Trump.

Carlson fue el púlpito mediático del trumpismo. Levin es la voz jurídica del conservadurismo duro.

Que se llamen mutuamente traidores, antisemitas y estafadores no es una discrepancia de matiz. Es una guerra civil.

La paradoja de las encuestas: la base aguanta, los márgenes se evaporan

Los defensores de Trump señalan, con razón, que las encuestas muestran una base republicana aún sólida.

Un 82% de republicanos aprueba su gestión según YouGov. Un 91% de los que se autoidentifican como MAGA apoya su manejo de la guerra de Irán, según las encuestas interactivas que cita Levin.

Esto es cierto y es relevante. Pero es solo la mitad de la historia.

La otra mitad son estos datos: la aprobación general de Trump ha caído al 36% según Reuters/Ipsos, su mínimo desde que volvió a la Casa Blanca.

La identificación republicana con MAGA ha bajado del 57% al 50% y sigue cayendo. El apoyo a los ataques contra Irán entre el conjunto de los americanos se sitúa en un 35%, en caída libre.

Y —dato crucial— el apoyo cae de forma sustancial entre republicanos jóvenes e independientes conservadores, los dos grupos demográficos que deciden las elecciones intermedias. Gallup registra que la opinión favorable de Israel entre republicanos ha caído del 84% al 69% en solo un año.

Las «midterms» de Noviembre no se ganan con la base dura. Se ganan en los márgenes. Y los márgenes se están evaporando.

Los demócratas, impulsados por las victorias de noviembre de 2025 y por un mensaje centrado en el coste de la vida, ya apuntan a 44 distritos republicanos. Solo necesitan tres escaños para arrebatar el control de la Cámara de Representantes. Tres.

En una cámara donde los republicanos gobiernan con una mayoría de 218-214. Trump lo sabe. «Tenéis que ganar las midterms», dijo a los congresistas republicanos en un retiro en Washington, «porque si no las ganamos, encontrarán una razón para un impeachment».

El CPAC vacío: radiografía de un movimiento a la deriva

Volvamos a Grapevine, Texas. El CPAC 2026 debía ser el acto de movilización previo a las «midterms», la carga de adrenalina que lanzara la campaña. En lugar de eso, fue un velatorio con camisetas de «merchandising·.

Trump no asistió —por primera vez desde 2016— alegando compromisos con la guerra. Habló, en cambio, en una cumbre de inversores respaldada por Arabia Saudí en Miami.

La ironía merece subrayarse: el presidente que prometió poner a América primero eligió un foro saudí sobre la conferencia que es, literalmente, el hogar de su base.

Vance, Rubio, DeSantis, Musk, Carlson: todos ausentes. El programa se llenó con figuras menores, «influencers» de segunda fila y la exprimera ministra británica Liz Truss, cuya presencia en un acto MAGA dice más sobre la decadencia del evento que cualquier encuesta.

Además del episodio del «impeachment», hubo otro momento revelador. Melody Schlapp, copresentadora, preguntó al público cómo comparaban las políticas de inmigración de Trump con «los años de Biden».

Esperó la reacción.

Silencio.

«¡No estoy oyendo abucheos cuando digo Joe Biden, gente! ¡Vamos! ¡Aquí hacemos participación del público!» Biden lleva más de un año fuera de la Casa Blanca. El enemigo útil se ha agotado. Y sin enemigo exterior, MAGA se vuelve contra sí mismo.

Bannon intentó, desde el escenario, poner orden en el caos. «Lo importante no es Candace ni Tucker ni Megyn Kelly ni Mark Levin ni Ben Shapiro», gritó.

Pero precisamente ese es el problema.

Si las figuras que encarnaban el movimiento ya no importan, y si Trump no está presente para ejercer su gravedad personal, ¿qué es exactamente lo que queda?

La respuesta honesta es: una marca sin contenido, una coalición sin pegamento y un público que vitorea el impeachment de su propio presidente sin entender la pregunta.

Las múltiples fracturas: Irán, Israel, MAHA y el coste de la vida

La guerra de Irán es el catalizador más visible, pero no el único frente abierto. La coalición MAGA se resquebraja simultáneamente en al menos tres direcciones.

Primera: Israel. La cuestión de la relación con Israel, que durante décadas fue consenso bipartidista en Washington, se ha convertido en una línea de fractura dentro del propio Partido Republicano.

Carlson, Bannon, Kent, Owens y Greene sostienen abiertamente que Israel arrastra a Estados Unidos a guerras que no son suyas. Levin, Shapiro, Graham y Cruz replican que esta crítica es antisemitismo disfrazado de realismo.

Ambos bandos invocan a Trump como garante de su posición. Pero Trump, que se ha definido como «el mejor amigo que Israel ha tenido jamás», no puede estar en los dos lados a la vez. Y cada día que la guerra continúa, la grieta se ensancha.

Segunda: MAHA. El movimiento «Make America Healthy Again», liderado por Robert F. Kennedy Jr. desde el Departamento de Salud, está en ruta de colisión con la Casa Blanca.

La Administración ha dado marcha atrás en las reformas de vacunas que prometió Kennedy, ha protegido al herbicida glifosato de Bayer mediante una orden ejecutiva, y ha apartado a varios aliados de Kennedy de puestos clave.

Los votantes MAHA —muchos de ellos jóvenes, muchos de ellos mujeres suburbanas— se sienten traicionados. Y son exactamente el tipo de votante que decide las «midterms».

Tercera: el bolsillo. Los aranceles de Trump, la subida del precio de la gasolina derivada del conflicto en Ormuz, y la persistente inflación están erosionando la confianza económica incluso entre los votantes más leales.

El 53% de los americanos confía más en los demócratas que en los republicanos para gestionar el coste de la vida. Entre independientes, esa cifra sube al 55%. Y los propios votantes de Trump, comparados con agosto de 2025, son más propensos a decir que sus finanzas personales han empeorado.

La pregunta de noviembre: ¿puede MAGA sobrevivir sin Trump en la papeleta?

Aquí está el nudo de la cuestión. Trump no estará en la papeleta en noviembre de 2026. Nunca lo estará. La vigésimo segunda enmienda le prohíbe un tercer mandato.

Su poder electoral siempre ha sido personal, intransferible, casi carismático en el sentido weberiano del término. Cuando Trump está en la papeleta, moviliza. Cuando no está, su coalición se fragmenta. Ocurrió en las «midterms» de 2018. Ocurrió parcialmente en 2022. Y ahora los indicadores sugieren que puede ocurrir de forma mucho más severa en 2026.

La diferencia con ciclos anteriores es que esta vez la fragmentación no es solo electoral: es ideológica. En 2018 y 2022, MAGA perdió escaños pero mantuvo su cohesión interna.

Esta vez, los que se pelean no son republicanos moderados contra trumpistas: son trumpistas contra trumpistas. Bannon contra Levin. Carlson contra Shapiro. Kent contra Rubio. La guerra civil no está en la frontera del movimiento: está en su núcleo.

Hay quien argumenta —y el articulista de Al Jazeera Andrew Mitrovica lo hizo con elegancia— que todo esto es ruido de superficie. Que MAGA es una religión secular donde el líder nunca se equivoca. Que Carlson y Kelly retrocederán. Que no tienen adónde ir. Que los escépticos siempre vuelven al redil.

Y es posible que tenga razón. Pero hay un dato que esa tesis no puede explicar: en el CPAC de 2026, el público vitoreó el «impeachment» del hombre al que supuestamente veneran. Y cuando les dijeron que esa era la respuesta equivocada, volvieron a vitorear.

Hay movimientos que mueren por derrota. Y hay movimientos que mueren por implosión: por la incapacidad de sostener las contradicciones que los hicieron posibles.

MAGA fue siempre una coalición de intereses divergentes —aislacionistas y halcones, libertarios y autoritarios, populistas económicos y plutócratas— unidos por la fuerza gravitatoria de un solo hombre. Irán ha puesto esas contradicciones bajo una presión que no admite ya el equilibrio retórico.

Hay que elegir: o se está con «America First» o se está con la guerra de Israel. Y esa elección es la que está desgarrando el movimiento por dentro.

Lincoln tenía razón, como casi siempre. Si MAGA se destruye, será su propio autor y consumador. Nadie necesita derrotarlos. Se están encargando ellos solos.

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