Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954) es periodista, escritor e investigador español especializado en temas políticos, sociales y de memoria histórica. También es doctor en Historia y profesor universitario.
A lo largo de su carrera se ha distinguido por su trabajo riguroso y crítico en el periodismo de investigación, con especial atención a tres grandes ámbitos: la Transición española, la corrupción política y económica, y la herencia del franquismo.
Ha publicado en medios como la revista Tiempo (Grupo Zeta) –publicación política de referencia (1982-2018)– donde fue jefe del equipo de Investigación, Interviú y El País. Es autor de numerosos libros en los que combina el estilo periodístico con el análisis histórico.
Entre sus obras más conocidas destacan Los Franco S.A., La familia Franco S.A., Ricos por la patria o La Transición sangrienta, que fue la versión ensayo de su tesis doctoral summa cum laude.
Su trabajo se ha caracterizado por sacar a la luz aspectos poco tratados en la historiografía académica, como el poder económico de las élites franquistas, los vínculos entre política y negocios o la violencia política en los años de la Transición.
En este 2025 se cumplen 50 años de la muerte de Francisco Franco, quien gobernó España como dictador durante 40 años. Con ese motivo, Sánchez Soler acaba de publicar con Roca Editorial la obra La Familia Franco, S.A.: Negocios y privilegios de la saga del último dictador de Occidente, una actualización de sus investigaciones a la luz de la Ley de Memoria Democrática.
En este libro, Mariano Sánchez Soler disecciona y muestra con la precisión de un cirujano cómo la familia Franco construyó su fortuna a la sombra del Caudillo.
Viejo compañero de profesión y amigo, pido disculpas, estimado lector, por emplear el tuteo con mi entrevistado. No había otra forma de hacerlo.
¿Qué te impulsó a investigar y escribir este libro? ¿Era urgente revisar el franquismo en clave económica y social?
El aspecto económico del franquismo —los negocios y la corrupción ligados al régimen— apenas se había investigado hasta que empecé a trabajar en ello. Todo arrancó en 1988, cuando José Oneto, director de la revista Tiempo, donde yo trabajaba como jefe del equipo de investigación, me encargó un reportaje sobre la familia Franco tras la muerte de Carmen Polo, la esposa del dictador.
A partir de ahí publiqué cinco reportajes de investigación sobre sus empresas y negocios, lo que me proporcionó material suficiente para un libro.
Mi primer libro sobre el tema apareció publicado en 1990 con el título Villaverde. Fortuna y caída de la casa Franco. Planeta lo publicó con ese nombre porque no se atrevió a usar el título original que yo proponía: Los Franco, S.A.
En él explicaba cómo Cristóbal Martínez Bordiú, el marqués de Villaverde, yerno de Franco, era una pieza clave en la red de negocios y tráfico de influencias de la familia.
En 2003, el Grupo Anaya editó una versión actualizada bajo el título Los Franco, S.A., donde pude profundizar más en el entramado económico sin limitaciones.
Más tarde, tras la muerte de Carmen Franco Polo, la hija de Franco, la editorial Roca me propuso otra actualización.
Así nació La familia Franco S.A., publicada hace unos seis años, en un contexto marcado por el debate sobre la exhumación de Franco y la polémica sobre la Fundación que conserva sus documentos oficiales.
Ahora, con el 50.º aniversario de la muerte del dictador —recordemos que falleció el 20 de noviembre de 1975—, la editorial me pidió una nueva revisión.
El objetivo era cerrar capítulos pendientes y situar la investigación en el presente, teniendo en cuenta la Ley de Memoria Democrática, que permite abordar desde lo político y lo legal asuntos que antes solo podían señalarse como irregularidades.
«Hasta que yo comencé a investigarlo, casi no se había tocado el papel económico de la familia de Franco y colaboradores más próximos, quienes actuaban con una libertad similar a la de una monarquía absoluta».
Planteas el franquismo como una “caja fuerte” llena de privilegios y fortunas. ¿Por qué crees que el dinero es un prisma más revelador que el político para entender esa dictadura?
Para entender una dictadura —cualquier dictadura— es fundamental fijarse en cómo el poder se traduce en dinero e impunidad. El dictador y su entorno cercano, muchas veces familiares directos, se benefician de privilegios y negocios asegurados gracias a la falta de control y de límites legales.
Lo importante es mostrarlo con pruebas: documentos, datos y hechos que evidencien cómo funciona este mecanismo, y no solo con opiniones. Por eso se suele decir: “sigue la pista del dinero”. Aunque es difícil, ese camino revela con claridad la estructura de poder.
Un ejemplo lo da el historiador Paul Preston en su obra Franco. Caudillo de España, donde aparece repetidamente la figura de Villaverde, yerno del dictador, y en la que cita mi libro hasta once veces.
Hasta que yo comencé a investigarlo, casi no se había tocado el papel económico de su familia y colaboradores más próximos, quienes actuaban con una libertad similar a la de una monarquía absoluta.
Los historiadores académicos se han centrado sobre todo en estudiar la Guerra Civil y la posguerra desde una perspectiva social, dejando casi sin explorar un aspecto fundamental: la dimensión económica y de impunidad en la última dictadura.

Tu investigación combina los archivos oficiales públicos, la hemeroteca y los testimonios directos. ¿Con qué obstáculos te encontraste a la hora de documentar fortunas nacidas durante la dictadura?
El principal obstáculo no era tanto la falta de documentos, sino la ausencia de estudios previos que sirvieran como base. Ante esa carencia, tuve que investigar desde cero. Empecé revisando archivos públicos, como los registros mercantiles y de propiedad. Descubrí que muchas de las fincas ligadas a Franco no estaban a su nombre, sino a sociedades anónimas, a empresas registradas como tales.
Por ejemplo, la finca de Madrid donde Franco criaba ovejas y cabras pertenecía en realidad a una empresa llamada Valdefuentes S.A., presidida por su secretario personal, José María Sánchez Sancho, que además era tío del marqués de Villaverde, su yerno. Con el tiempo, la gestión pasó directamente a Villaverde y a Carmen Franco, su hija.
Algo parecido ocurría con otras propiedades: el edificio de la calle Hermanos Bécquer, en el barrio de Salamanca, frente a la embajada estadounidense, donde vivió Carmen Polo después de la muerte de Franco hasta 1988, cuando falleció, que, en realidad, pertenecía a otra sociedad anónima creada para ella junto con personas de máxima confianza del régimen.
En definitiva, lo que aparecía era una red de empresas que ocultaban la verdadera propiedad de bienes y negocios.
Oficialmente, Franco solo figuró como dueño directo de muy pocas propiedades: el palacete de Cornide, en A Coruña, la finca de El Canto del Pico, en Torrelodones, Madrid, y, por herencia de su esposa, la finca de Pinilla, en Asturias.
Todo lo demás estaba registrado a nombre de estas sociedades. Seguir la pista fue un trabajo de rastreo, de sabueso: hubo que combinar documentos con testimonios, hablar con vecinos y autoridades locales, con alcaldes, visitar cada uno de los lugares y comprobar sobre el terreno cómo funcionaba esa red.
¿Hay aspectos de la riqueza franquista que todavía hoy resultan incómodos de investigar o publicar en España?
Uno de los precios que se pagó para que la Transición tuviera éxito fue el de no incomodar a los franquistas, que no se cuestionaran sus propiedades ni sus negocios.
Pudieron conservar más de 20.000 documentos oficiales y pudieron crear la Fundación Franco. Muchos antiguos jerarcas se reciclaron como ministros o diputados sin que nadie investigara su pasado.
Por eso, durante mucho tiempo, lo único que aparecía eran pequeñas noticias aisladas, incluso en revistas poco relacionadas con la política. Apenas había documentación ni estudios históricos sobre la corrupción del régimen; la atención se centraba en la represión política, dejando de lado cómo se acumuló riqueza durante la dictadura.
A esto se sumaba la maquinaria propagandística del franquismo, muy eficaz en moldear la opinión pública. Franco se presentaba como un líder paternal y protector, el “centinela de España”, capaz de evitar el caos o una nueva guerra civil.
La propaganda combinaba discursos solemnes con imágenes familiares, mientras en paralelo las cárceles estaban llenas y la represión seguía activa.
En resumen: se silenció el análisis económico del régimen y, al mismo tiempo, se construyó un relato propagandístico que reforzó el miedo y la sumisión de la sociedad.
¿Qué herencias económicas del franquismo han pasado desapercibidas en la Transición y siguen influyendo en la vida política actual?
Déjame responder con una pregunta: ¿viste en algún momento que los banqueros —los mismos que se enriquecieron durante la Guerra Civil y el franquismo— se preocuparan por la Transición? No. Ellos siguieron siendo el pilar económico del sistema. De hecho, fueron los bancos los que financiaron a los partidos democráticos en sus campañas y locales.
El capitalismo apenas cambió: la banca, las empresas energéticas y la industria continuaron concentradas en los mismos grupos de poder que se habían fortalecido en la dictadura, desde la Junta de Burgos.
En teoría cambió el régimen, pero en la práctica se aplicó la “lógica Lampedusa”. “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela El Gatopardo.
Y eso es lo que precisamente ocurrió.
Yo viví esa época como joven periodista y lo vi con toda claridad desde el principio. Hoy la historia nos permite analizar aquellos hechos con más calma, sin presiones, basándonos en datos sólidos. Y esos datos están ahí, documentados de forma exhaustiva.
No se trata de inventar nada, sino de exponerlos para entender cómo funcionaba realmente el poder económico durante la Transición.
«Durante la dictadura, la corrupción era parte del sistema y no se veía como un delito, sino casi como una costumbre. En la posguerra, la gente común sobrevivía gracias al mercado negro, mientras las élites políticas y económicas hacían grandes negocios con total impunidad».
¿Has recibido alguna amenaza por tus libros y por este en concreto? Porque como periodista e historiador, que también lo eres, has sido el que más ha profundizado en este aspecto de la Transición.
Siempre he sido un periodista prudente. He escrito sobre asuntos más delicados que este y, por precaución, tomaba ciertas medidas: evitar rutinas, cambiar de lugares y ser cuidadoso en mi vida diaria.
En este caso no recibí amenazas directas, aunque sí hubo intentos de presión, sobre todo en el terreno judicial. Algunas demandas se plantearon, pero no prosperaron.
De hecho, nunca tuve denuncias por mis libros; la ley establece que, si no se reclama en cinco años por derecho al honor, ya no puede hacerse.
Hubo un caso concreto con la revista Tiempo, que publicó un extracto de uno de mis libros acompañado de fotos llamativas. La familia Franco lo interpretó como un ataque personal y presentó una demanda, aunque más dirigida contra la revista que contra mí.
¿En qué se diferencia el modelo de enriquecimiento del franquismo en comparación a otras dictaduras europeas de principios del siglo XX?
Las dictaduras europeas del siglo XX desaparecieron en 1945, salvo la portuguesa, que sobrevivió en un contexto mucho más limitado. Tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se reconstruyó en Europa con el Plan Marshall, que no llegó a España. Aquí la situación fue distinta: la banca del capitalismo español nace con el franquismo.
Antes, la economía española era casi feudal y estaba atrasada. Con Franco se creó un modelo corporativo donde la banca, las eléctricas y las grandes empresas quedaron concentradas en pocas manos. Hasta 1962, nadie podía fundar un banco sin el permiso de la Junta Nacional de la Banca.
Ese statu quo se mantuvo durante la Transición: ni las familias empresariales ligadas al régimen ni la banca fueron cuestionadas.
El segundo escalafón del aparato franquista se puso a dirigir la Transición, con figuras como Adolfo Suárez, que —no olvidemos— fue el último secretario general del Movimiento, y el presidente del Gobierno tomó el mando del cambio político. Mientras, la oposición, incluido el Partido Comunista, aceptó esas reglas para poder llegar a la democracia.
En resumen, el poder económico y político de las grandes familias franquistas sobrevivió al régimen y condicionó la forma en que se llevó a cabo la Transición.
Si tuvieras que imaginar una nueva investigación a partir de tu libro, ¿qué grieta del franquismo habría que explorar en profundidad?
Las grietas del sistema son muchas. En la Transición no se reformó a fondo el aparato del Estado: policía, ejército o judicatura mantuvieron la herencia del franquismo, tanto en estructuras como en mentalidades. No se trata solo de vínculos familiares, también de continuidad ideológica y de clase.
Mi investigación se centró en el dinero: cómo se enriquecieron las élites franquistas y cómo esas fortunas se mantuvieron. Los nombres cambian con el tiempo, pero el control económico sigue en manos de los mismos grupos.
Durante los primeros 20 años de la posguerra, España permaneció aislada y con ministros militares dirigiendo áreas como Industria, lo que bloqueaba cualquier tipo de desarrollo.
El giro llegó con los acuerdos con Estados Unidos (1958) y el Plan de Estabilización (1959), que liberalizó la economía. Entonces entraron las multinacionales. El turismo se convirtió en motor económico y comenzó un éxodo masivo del campo a las ciudades para trabajar en hostelería, industria y servicios.
Ese cambio generó otra consecuencia: la necesidad de viviendas. Ahí nació el gran negocio inmobiliario y de obras públicas que, desde entonces, sigue siendo un pilar central de la economía española.
Supongo que durante tu vida como profesor universitario, los jóvenes te preguntarían cómo era la corrupción bajo el franquismo, incluso alguno llegaría a poner en tela de juicio que la hubiera habido…
Lo que muchos no entienden es que el franquismo fue, en sí mismo, un sistema de corrupción. El tráfico de influencias, por ejemplo, no se incorporó al Código Penal español hasta 1995, con el llamado Código Penal de la democracia.
Antes, colocar a familiares en consejos de administración o cerrar negocios gracias a contactos no solo era común, sino aceptado socialmente.
Durante la dictadura, la corrupción era parte del sistema y no se veía como un delito, sino casi como una costumbre. En la posguerra, la gente común sobrevivía gracias al mercado negro, mientras las élites políticas y económicas hacían grandes negocios con total impunidad.
Esa convivencia con la corrupción generó cierta tolerancia social hacia esas prácticas. Por eso, la cultura democrática en España es tan reciente: a diferencia de otros países con siglos de experiencia y revoluciones que consolidaron sus democracias, aquí la transición fue mucho más corta y frágil.
El tráfico de influencias hoy ya es inaceptable. Buena prueba de ello es que es uno de los rasgos principales del sistema de Compliance que las empresas están adoptando como referente obligado en su forma de operar.