Opinión | Contraseñas

Miguel del Castillo del Olmo, magistrado de la Sección Séptima de la Audiencia Provincial de Cádiz, coportavoz de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria en Andalucía y escritor hace una reflexión irónica sobre cómo las contraseñas, y la tecnología han invadido nuestra vida diaria, convirtiéndonos en dependientes de sistemas creados para controlarnos más que para protegernos. Foto: Confilegal.

6 / 11 / 2025 05:39

En esta noticia se habla de:

Me acabo de cruzar con una esbelta mujer que, al ser contemplada por mí, me estaba mirando a la barbilla.

Simultáneo, acaso.

Y no, no es amor, atracción ni nada que se le parezca.

Me he dado cuenta.

En realidad, lo que quiere saber es mi contraseña.

Estoy convencido de que también ha sucumbido. Como yo.

Temporal01. Lo he leído en sus labios.

Somos contraseñas.

Desde la primera hora, desde el primer minuto de la mañana, nos invaden, como un ejército absurdo pero creciente e inabordable.

Un día, hace no demasiado tiempo, alguien decidió (por los nosotros de hoy) que en el futuro nadie debía sentirse seguro, y que, para garantizar una cierta relajación para cualquier acción o iniciativa, y por mediación de la informática, el ser humano, en más del setenta por ciento del territorio mundial habitado, debía protegerse a su través.

A través de contraseñas.

En realidad no producen un efecto real, sino placebo, pues es evidente que las contraseñas informáticas las escribimos —pulsación mediante— a través de las redes que los mismos que nos las piden han diseñado, pero, como rebaño telemático, obedecemos, creyendo que no dejan huella o que, por saberlas nosotros y quien nos las pide, ya estamos protegidos.

Sin saber, en el fondo, quién nos las pide, dicho sea de paso.

Y así, siendo ya casi 2026, raro es el congénere sin una agenda… de contraseñas.

Para encender el smartphone (dos), para entrar en cada uno de los correos electrónicos (varios, personales o profesionales), para la app del agua, de la luz, del gas, de los viajes, de El Corte Inglés, de El Corte Francés, de cada uno de los bancos, de las páginas web que no queremos que nadie sepa que consultamos…

Y también en Justicia…

Escribo esta columna desde un diván de psicólogo, que es en lo que se ha convertido ser plaza de juez en España, donde la función judicial está organizada, alternativamente, por quien más la odia o por quien menos la conoce o respeta.

Desde ayer, y tras la toma de posesión como magistrado en un órgano colegiado, aparte de las 19 contraseñas que retengo en la memoria para fines diversos (algo más fácil para mí, debo reconocerlo, dada mi condición de exopositor), necesito abarcar en aquella (o por aquella), desde que enciendo el ordenador en casa, exactamente siete, si lo que quiero es empezar a trabajar con mínima suficiencia desde mi domicilio.

Reconozco que poder hacerlo es un gran avance desde el punto de vista de la contaminación ambiental de la que el teletrabajo protege al reducir el número de coches en circulación, pero, a la vez, percibo un riesgo.

¿Y si se me olvida alguna? ¿Y si se bloquea el ordenador?

¿Y si, de tanta seguridad, o por tanta seguridad, el ordenador, ya temeroso, me pide otra contraseña que no retengo o no he apuntado…?

¿Y si yo mismo soy la contraseña de otros…?

Con el tiempo he pasado a pensar que la informática, y las empresas que la gobiernan, se han apoderado del ser humano, hasta el punto de que las personas ya no somos el impulsor, sino el instrumento del que se valen algunas de aquellas (empresas) para, simplemente, ganar dinero.

En algunas regiones se produce un efecto absolutamente perverso. Las mismas empresas condicionan la transmisión de cualquier incidencia informática al uso de la misma vía telemática, incluyendo los casos en que precisamente esa es la incidencia (por ejemplo, el ordenador no se enciende).

Han cerrado su círculo virtuoso, propio del conocimiento en línea recta, y ajeno al conocimiento flexible o curvo. Ciencias/Letras.

No podemos llamar por teléfono. Sería como usar una rueda cuadrada, y representa un vestigio del pasado, como el vídeo VHS o el fax.

No al teléfono. Sí al infalible dios telemático, que todo lo sabe y resuelve, por más que los problemas a resolver se generen por quienes viven y se alimentan de que esos problemas existan.

Hemos despersonalizado al mundo —igual todavía tiene remedio— para convertir a la informática en la medicina para todos los males. Es como si la política creara problemas para poder ser útil, algo que en modo alguno ocurre en nuestro Estado.

En definitiva, igual no toda ciencia o área del conocimiento dota de respuestas porque estas sean estrictamente necesarias, sino, a veces, porque artificialmente se cree su necesidad, tan teóricamente adictiva e indiscutible como imperativamente exigida, para el ser humano, de una reflexión profunda…

Reproduzco un mensaje de solución de problema concreto, tras comprobar que al adquirir el portátil que se proporciona a los jueces en Andalucía no podía abrir los archivos que antes guardaba en mi pendrive:

“…Que se abra Excel al intentar abrir ficheros puede deberse a una configuración incorrecta, como la opción Omitir otras aplicaciones que usen DDE, o a la presencia de archivos en la carpeta de inicio de Excel. Para solucionarlo, debes cambiar la configuración de las aplicaciones predeterminadas, desmarcar la opción de DDE o eliminar los archivos de la carpeta XLSTART”.

Y a continuación reproduzco las soluciones que me brinda la informática:

“Solución:

—Cambiar la asociación de archivos:
• Ve a la configuración de Windows > Aplicaciones > Aplicaciones predeterminadas.
• Haz clic en la opción para cambiar las aplicaciones predeterminadas y busca la extensión del archivo (.xlsx, por ejemplo).
• Asegúrate de que está asociado con Excel.
• Desactivar la opción «Omitir otras aplicaciones que usen DDE»:
• Abre Excel y ve a Archivo > Opciones.
• Selecciona Avanzado y busca la opción Omitir otras aplicaciones que usen Intercambio dinámico de datos (DDE).
• Desmarca la casilla y haz clic en Aceptar.
• Eliminar archivos de la carpeta de inicio de Excel:
• Abre el menú Inicio y escribe ejecutar.
• En el cuadro de diálogo, escribe %appdata%\Microsoft\excel\XLSTART y presiona Intro.
• Elimina cualquier archivo que encuentres en esa carpeta, ya que se abrirán automáticamente cada vez que inicies Excel.
• Revisar la configuración de OneDrive (si aplica):
• Si usas archivos en la nube, puede que tengas activada la opción para sincronizarlos con Office.
• Ve a la configuración de OneDrive > pestaña Office y desactiva la opción Usar aplicaciones de Office para sincronizar los archivos de Office que abro”.

Vete al carajo.

Sentado frente al escritorio reflexiono sobre cuánto de conocimiento y de filosofía hay en los quince párrafos que anteceden.

Sobre cuánto hay de verdad y cuánto de necesidad artificialmente creada.

Y, sinceramente, me doy cuenta de que, al menos en parte, puede que nos hayan tomado el pelo.

Quiero acceder a la jurisprudencia, abrir archivos con celeridad y, a veces, copiar y pegar. Ya.

Desde mi punto de vista, somos o indirectamente víctimas ingenuas de unos cuantos empresarios que, aprovechando la idea simple y básica —aunque cuestionable— de que la ciencia siempre nos ayuda, nos han utilizado mercantilmente, y acaso secuestrado intelectualmente, exigiendo como rescate cantidades astronómicas a las que hacen frente, entre otras, las administraciones prestacionales en materia de Justicia.

Miles y miles de millones de euros.

Decenas de contraseñas.

Cada vez menos jueces, fiscales y funcionarios, y más población.

Y cada vez más contraseñas. ¿De verdad que funcionan?

¿Nos están tomando el pelo, reitero?

Nos han transformado, en muchos casos, posiblemente, en sus contraseñas, en medio y no en sujeto, y ello para poder ganar cada vez más y más dinero, mientras la auténtica sabiduría, de la que es y debe ser objeto el Derecho, se deprecia y menoscaba desde la política, sus medios de información y aquellos que económicamente los sustentan, avanzando, por contra, el respeto y la efectiva consideración y sumisión hacia una disciplina del conocimiento útil, pero, a la vez, abstracta, utilitarista, frágil, poco duradera, relativa, y algunas veces sobrevalorada.

Iros al carajo —insisto, moderadamente.

Disculpen, soy juez, solo sé Derecho, y el tono es irónico (conocimiento curvo).

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