“El grito” de Edvard Munch, obra icónica del expresionismo que representa la angustia y la ansiedad existencial, ha sido reinterpretada.
Me lo transmite Lindsay, desde Rogaland.
Lo más importante de Lindsay es que es diseñadora gráfica y aparejadora soltera, más que en la actualidad decora amplios gimnasios oscuros de bajo techo a los que por medio de plastilina y argamasa adosa incrustrados centenares de espejos ovalados y fracturados que, según interpretación directa de la IA IAO, deconstruyen el cuerpo y con ello la autoimagen, pronunciando la percepción de avance muscular fruto del esfuerzo.
La franquicia deportiva que le ha contratado y paga generosamente arrasa en toda la franja occidental de Noruega, área muy famosa por sus extraordinarios fiordos, y zona turística en expansión en la que el deporte exterior debe hacerse casi siempre no siendo de noche, si se pretende sobrevivir.
Psiquiatras de Oslo y Estocolmo, profundos estudiosos de la ansiedad anticipatoria, junto con catedráticos de historia de helarte nórdicos, han suscrito sin temor a dudas la tesis propuesta el 2 de octubre desde el sur de España por Sigfrida Mundsen, creadora de contenidos basados en el desasosiego consustancial a la propia noción de uno mismo en tránsito.
Sigfrida era oslense, tenía tres doctorados en Ciencias sélficas (de “selfie”), y poseía tres áticos en Marbella por una cantidad estratosférica e incomprensible, de modo que era turista, sí, pero ya casi residente permanente en la provincia de Málaga, donde se puede hacer deporte de día, y donde cada vez residen más escandinavos.
A efectos de esta primicia que no sin emoción comparto, quiero transmitirles que, justo antes de saberse su tesis sobre “el grito” de Munch, Sigfrida acudió, tras ser citada, a las dependencias donde hoy día se ejerce la función jurisdiccional consustancial a una plaza de una sección mixta de un Tribunal de Instancia de un lugar de la costa cuyo nombre prefiero no difundir.
En concreto, debía asistir a una comparecencia en un juzgado que ya no existía, pues quien le citó desapareció por obra y arte del BOE hace en torno a tres meses.
La causa. Alguien le robó un selfie a Sigfrida una noche, y ella lo había demandado.
Dos matizaciones:
Una, con la nueva regulación legal, prevista para agilizar la justicia, hay que intentar una solución amistosa una y otra vez. Como si antes no.
Otra. Debemos ser conscientes de que la foto de uno mismo en diversas y consecutivas situaciones o posturas es hoy día es la principal razón para vivir o más bien seguir viviendo, y es por ello que, incrementado su valor como el del oro, en caso de sustracción de tu gesto autocaptado se puede generar un derecho a indemnizaciones millonarias reconocido por el TJOHE.
La señora, de apellido Mundsen como digo, y de pelo prácticamente rapado, como si fuera a ser judicialmente gaseada, fue diabólica y absurdamente desplazada de sede en sede, aquella mañana de otoño, por personal funcionarial diverso, tan desorientado como ella.
Sigfrida, en progresivo desconsuelo con ira creciente, descubría que en los juzgados de esa ciudad de la costa en realidad nadie sabía lo que era, hacía o dirigía. Ni quién tenía que ser, hacer o dirigir.
Llegó a dar tres veces la mano al mismo gestor, de hecho, sin que ninguno se apercibiera. Creyó juez o jueza a más de quince personas, y al cabo de tres horas y cuarto comenzó a estornudar descosida.
Tras acudir, a lo largo de la mañana, a más de tres sedes, dialogar besúgamente con dieciocho funcionarios, dos vigilantes, un juez, dos fiscales y un letrado de la administración de Justicia al que vio en las tres sedes por cierto, y tras desembocar en un supermercado del Mercadona sin saber por qué y descubrirse a sí misma lamiendo un candado, no pudo soportarlo.
Cuenta, en su tesis, que justo antes de percibir con claridad el significado de la gran obra maestra que da título a este artículo, no pudo evitar gritar desconsoladamente por la senda litoral de la costa del Sol, obra extraordinariamente necesaria con un presupuesto medio de tres millones de euros para cada cuatro kilómetros de extensión por metro de anchura.
Eso valen cuarenta jueces. Los que necesita Málaga, casualmente.
Pero regresemos a la escena de la muerte de Sigfrida. A su grito, que por cierto dejó sorda a una mosca que perseguía identificar su perfume. Dice en su minitesis que concibió durante seis minutos consecutivos, tras sus maniobras irracionales e infructuosas en los juzgados de ese partido partido judicial, que ya nada tenía sentido.
No podría jamás celebrar la comparecencia innecesaria. Nadie la entendía. Nadie se entendía a sí mismo con aquella organización judicial esquizofrénica que alguien había creado para que su selfie robado nunca pudiera engendrar a su favor un resarcimiento.
He de añadir que dos minutos después de alzar la voz desesperada contra la surrealista Justicia española, la imagen de Sigfrida fue captada por sí misma, a través de su móvil de última degeneración, justo antes de ser atropellada letal e involuntariamente por una procuradora de la misma ciudad que andaba igualmente desorientada ante el caótico y esquivo sistema organizativo judicial, propiciado por un dislate normativo que al parecer perseguía el fin opuesto.
Sigfrida envió su último selfie al Ministerio de Cultura noruego con un mensaje en el que confirmaba que había descubierto el secreto de Munch.
Ella era él.
Y sí, los acaso crédulos noruegos del Ministerio lo suscriben. Lindsay me ha adelantado la primicia. Mañana saldrá en prensa. Se lo ha dicho un secretario de estado nórdico haciendo abdominales que casi no puede ponerse de pie en el gym por culpa de ella, por cierto.
Munch, el pintor, en realidad, se estaba viendo a sí mismo como mujer, 132 años después, en una ciudad del sur de España, un atardecer otoñal, y lo que refleja el famoso y carísimo cuadro es su rostro y movimiento exactos tras salir del Mercadona una vez abandonadas las cuatro sedes diferentes de un Tribunal de Instancia español, hoy día convertido en manicomio organizativo-procesal.
La señora Munch, y ustedes, también gritarán.
Los jueces, sencillamente, ya no tienen voz.
Somos cada vez menos, y estamos más lejos, para más asuntos.
Gritarán.
Munch lo predijo.
Era Sigfrida delante de un tribunal de instancia español en 2025.
Hoy observo en mi despacho una copia exacta del óleo sobre cartón más famoso de Escandinavia bajo la imagen de su Majestad, a quien espero que no lleguen ni mi frío ni mi desesperación, ni la pena que produce en un juez de vocación el comprobar los efectos del horror que, sin presupuesto ni planificación lógica, ha supuesto la entrada en vigor de los Tribunales de Instancia.
DEP Sigfrida. Víctima de TI.