No son los primeros.
Probablemente tampoco serán los últimos.
Ya lo venimos advirtiendo, y advirtiendo de ello venimos.
Pero existe una abrupta cordillera de invisible roca maciza que no permite el tránsito y la llegada del mensaje al centro de España.
Está pasando en el sur.
Junto al mar, frente al océano, continúa una batalla incesante y en minoría por preservar la seguridad del país.
La seguridad, que no hay que confundir con represión violenta, es un presupuesto esencial para el sano y decente ejercicio de los derechos fundamentales, los cuales, más allá del debate filosófico, y desde una perspectiva práctica, lamentablemente, no existen por naturaleza, sino que se obtienen y conservan merced a la fortaleza en el sostén de los principios de una comunidad.
Para garantizar que se puedan disfrutar, que podamos decir que pertenecemos al primer mundo, y así diferenciarnos de tantos y tan crecientes estados basura o totalitarios, les invito a permanecer de pie junto a las orillas de Andalucía y mirar al frente, parados, lo más cerca posible del agua, hasta casi oler sus olas, a cuya sal se anidan cada vez más restos de sangre derramada.
Y ahora, cierren sus ojos.
El olor que se instalara en sus mentes procederá, también, de la sangre derramada policías, guardias civiles y agentes de aduanas destinados en las costas del sur.
Perfectamente consciente soy, a la vez, sin mutar el gesto, de vivir en uno de los mejores lugares del mundo, y del peligro que aquí acecha, en un territorio cuya belleza, alegría y profundidad son tan fuente de atracción para el Bien como para el Mal.
Ese peligro me atraviesa el alma, en este instante, cuando pienso en que mis compañeros guardias civiles y de otras fuerzas y cuerpos de seguridad se dejan sus vidas a decenas de millas de Huelva, Cadíz, Málaga, Granada o Almería.
Ser juez y callar ante esto es ser cómplice. Desde la Justicia sabemos reconocer que nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad son de las mejores del mundo.

Trabajan sin cesar, a veces abandonan pronto sus destinos aquí por la sordera que gobernantes de tantas épocas han padecido, acaso sin darse cuenta, o quizás por percibirnos felices a pesar de todo.
Así que, por favor, desde los lejanos centros, hagan desaparecer tan feroz y secular indiferencia, conozcan con interés superior y de verdad otro de tantos tesoros de España, sepan conservarlo mejor, refuercen en su conciencia lo frágil que es la democracia y el estado del bienestar, y nutran de la mejor manera la protección de nuestros derechos aquí, en el sur.
Apoyen, todos los políticos, por favor, sin debates pueriles, una actuación común para reforzarnos policialmente, y de paso, a la Justicia.
Porque aquí siempre se querrán empadronar los demonios que todo destruyen, que son ese colectivo de seres humanos, minoritario mas sin escrúpulos, que introduce cruel y lentamente, de forma directa o indirecta, en las mentes de niños y niñas vulnerables, las sustancias estupefacientes que destrozarán sus vidas adultas, y las esperanzas de buena parte de la sociedad.
No olviden, tampoco, que la droga es fuente ilegal del masivo lucro, entre yates y mansiones, de oscuras serpientes que tragan a la vez que escupen venenos desde bocas esculpidas y pieles bronceadas que cualquiera puede confundir con signos de éxito personal y humanidad justamente próspera.
Inviertan mucho más en Seguridad. Y de paso, repito, en Justicia. No discriminen más, en tantos sentidos, a esta Andalucía cada vez más próspera y atractiva, pero también más amenazada.
Este es un mensaje de alerta. Y de admiración.
Viva la Guardia Civil. DEP.