Albino Escribano ha dado a la luz una obra que, sin duda, será referente en materia ética y deontológica para los nuevos y antiguos abogados. Es una de las autoridades españolas en la materia. Foto: Confilegal.

“Lo correcto también es lo conveniente”: Albino Escribano pone la ética en el centro de la abogacía en «Deontología para principiantes»

22 / 12 / 2025 05:43

Actualizado el 22 / 12 / 2025 09:09

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La deontología suele sonar a asignatura árida, a reglamento y a “esto no se hace”. Albino Escribano, decano del Colegio de Abogados de Albacete, la devuelve a su sitio: el corazón práctico de la abogacía.

Su último libro, “Deontología para principiantes” —materia sobre la que es uno de los grandes referentes españoles— nace precisamente de esa mirada pegada al terreno: es la conversión en libro de las columnas que ha venido publicando regularmente en nuestro medio, Confilegal.

“Deontología para principiantes” es, por ello, una obra de gran valor porque puede leerse como un itinerario completo, sin perder el pulso periodístico ni el nervio de la casuística.

En esta entrevista, a propósito de su libro —que yo prologué y por lo que me siento muy honrado—, Escribano explica por qué la ética profesional no es un apéndice normativo, sino una forma de estar en la profesión cuando nadie mira.

Habla del “abogado de trinchera”, de los dilemas que no caben en un manual, del miedo que a veces empuja a cruzar líneas (al cliente, al juez, a perder el asunto) y de una herida que considera peor que cualquier error técnico: la quiebra ética, sobre todo cuando deja a un ciudadano desprotegido tras haber entregado su confianza.

Con ironía y una cierta melancolía, Escribano lanza una advertencia incómoda y muy actual: la dignidad de la abogacía no se proclama; se practica.

Se puede decir más alto, pero no más claro. Y lo explica de un modo pormenorizado en esta conversación. “Deontología para principiantes” es una buena apuesta de lectura porque ayuda a algo vital para un abogado: a ser mejor profesional y mejor persona. Porque los principios son la piedra angular que nos eleva hacia lo mejor de nosotros mismos.

¿Qué te llevó a reunir en un libro las columnas sobre deontología que habías venido publicando en Confilegal y a darles una nueva vida editorial?

La idea surge de comentarios de varios compañeros que, por separado, me indicaban que estaría muy bien reunir todos los artículos en un único volumen, lo que facilitaría su seguimiento.

Al verlos ahora unidos, aprecio que la idea era muy acertada y permite una nueva divulgación de los temas tratados.

En muchas de tus columnas se percibe que la deontología no es una asignatura, sino una forma de estar en la profesión. ¿En qué momento de tu carrera entendiste eso de verdad?

Entendí esa actitud cuando tuve la ocasión de tratar con compañeros de mayor experiencia que te transmitían lo que supone una verdadera educación profesional; la dignidad de la profesión se basa en el respeto a todos cuantos intervienen en la realización de la Justicia.

La carrera de Derecho no te preparaba para eso, sino que creías entrar en un mundo competitivo en el que todo vale; algunos aún lo siguen considerando así.

Actualmente, los alumnos del máster de acceso sí que tienen la oportunidad de conocer el alcance y la necesidad de la deontología profesional.

Y creo que, en los últimos años, ha mejorado el conocimiento del tema y la conciencia de su necesidad, aunque es preciso lograr el ideal, difícil en una actuación humana, de poner la dignidad y el respeto por encima del interés particular.

Albino Escribano es muy claro: hay que hacer lo correcto conforme a la norma y buscar soluciones para determinar si esa norma es correcta. Foto: Confilegal.

¿Recuerdas tu primer dilema deontológico real, de esos que no vienen en los manuales, sino que te obligan a decidir entre lo correcto y lo conveniente?

Recuerdo la dificultad de encontrar un manual que resolviese las dudas que se me planteaban. Y hay que reconocer que es difícil que un manual sobre deontología resuelva todas las cuestiones que se presentan en el día a día de la profesión: la casuística es enorme.

De aquí mi insistencia en la importancia de los principios y su adecuada interpretación.

Lo conveniente de un tema particular suele chocar en varios aspectos con lo correcto en demasiadas ocasiones, por lo que hay que asumir que las reglas deontológicas son lo conveniente para la Justicia y para la profesión, y, además, lo correcto.

Eso nos lleva a que, en una profesión que se ejerce durante muchos años, haya que optar siempre por lo correcto, ya que, en definitiva, es lo conveniente, quizá no para el caso particular, pero sí para lo que defendemos y representamos.

Surgen así los dilemas que, básicamente, consisten en que algo se opone a lo que nos convendría para nuestro interés.

Y en este punto se plantean dos cuestiones importantes: Primero: hacer lo correcto conforme a la norma; y segundo, como buenos profesionales, buscar soluciones para determinar si esa norma es correcta.

Esto no acaba con el dilema, ya que una interpretación adecuada permite otras posibilidades y, en derecho, las interpretaciones fundadas dan lugar a distintas consideraciones.

Así me ha ocurrido en temas como el secreto y la confidencialidad, en los que hay mucho por desarrollar, pero, básicamente, entender en qué consisten realmente, lo que me ha llevado a escribir y exponer bastante sobre el tema. E igualmente, a rechazar normas cuya única finalidad o interés es corporativo cuando hay un cliente cuyo derecho está por encima de un criterio injustificado.

«Soy un abogado que se ha abierto camino desde la infantería, como la inmensa mayoría de los profesionales, por lo que el mundo que mejor conozco es ese, ya que es el que he compartido y con el que comparto la mayoría de los asuntos»

¿A lo largo de los años has tenido que rectificar alguna convicción profesional por darte cuenta de que no era tan ética como pensaba?

Sin duda. Mi idea es que la deontología debe evolucionar hacia algo más cercano a la ética, como concepto de dignidad profesional extraño a lo corporativo.

Esto supone rechazar las interpretaciones literales de las normas deontológicas (cuya casuística puede conllevar al absurdo en ese tipo de interpretaciones) o entrar más en profundidad en los conceptos, separando lo esencial de lo accesorio, así como recurrir a los principios básicos.

Los propios artículos contenidos en el libro muestran una evolución en los conceptos: la realidad siempre va por delante de la norma.

Y el gran casuismo y particularidades de la materia te hace pensar en supuestos distintos, lo que lleva a ver soluciones y posibilidades diferentes.

En tus textos, de los que yo he sido tu editor en Confilegal, suele aparecer el abogado “de trinchera”, el del día a día. ¿Escribías pensando en colegas concretos que ibas encontrando en su ejercicio profesional?

Soy un abogado que se ha abierto camino desde la infantería, como la inmensa mayoría de los profesionales, por lo que el mundo que mejor conozco es ese, ya que es el que he compartido y con el que comparto la mayoría de los asuntos.

Es cierto que he tenido la posibilidad de crecer y evolucionar, así como de conocer otras maneras de ejercer la profesión, lo que me ha aportado otras posibilidades complementarias.

También mi trabajo en el ámbito institucional me ha permitido completar una visión más global o integral de la profesión.

Es por ello que, aunque escribo normalmente sobre temas particulares a la luz de una cuestión concreta, y dirigidos a los compañeros que acuden día tras día al Juzgado, he podido apreciar que es útil para cualquier profesional y que el interés en la materia se ha ampliado.

Albino Escribano presentó su libro hace un mes en el Colegio de Abogados de Oviedo, que celebra este año su 250 aniversario, en el marco de sus X Jornadas de Deontología. En la foto con Luis Albo Aguirre, a la izquierda, y Antonio González-Busto Mugica.

En tus textos se aprecia cierta cierta melancolía, una preocupación personal por el rumbo que está tomando la abogacía. ¿me equivoco?

En absoluto. Has acertado de lleno. Creo que tenemos varios problemas importantes cuya resolución no será fácil, ya que es necesaria una dosis importante de valentía para afrontarlos y, desgraciadamente, el debate de ideas, con base en el respeto, parece haber desaparecido.

Sin duda, la Abogacía no puede ser una burbuja ajena a la sociedad a la que sirve, lo que entiendo que nos ha llevado a vicios propios de otros ámbitos que nos han contaminado. La demagogia y el populismo en los argumentos, cuando no el insulto directo y algo peor, parece hoy algo normal.

Concibo la Abogacía como un espacio de inteligencia, donde lo que se confronta son argumentos e ideas.

Cuando en el ámbito profesional, o en el institucional, intervienen los insultos o las amenazas, se hace difícil la confraternidad y el compañerismo, que se basa en el respeto mutuo.

Por otro lado, ayuda poco un legislador ajeno a la realidad y que ha permitido una superpoblación de profesionales, lo que determina que surjan necesidades ante las cuales es difícil responder de una forma inmediata.

Como decano, has visto expedientes disciplinarios y conflictos entre compañeros. ¿Qué te ha dolido más: el error jurídico o la quiebra ética?

Siempre la quiebra ética, especialmente cuando de ella deriva el perjuicio a un ciudadano que acudió a un profesional para entregarle su confianza y, con ello, parte de su vida y patrimonio.

He de decir, no obstante, que, en la mayoría de los supuestos, existe un error jurídico (normalmente por desconocimiento), lo que me ha llevado a tratar de profundizar en la materia y en la necesidad de su divulgación.

«Concibo la Abogacía como un espacio de inteligencia, donde lo que se confronta son argumentos e ideas»

En varias de tus capítulos late la idea de que algunos problemas deontológicos nacen del miedo: al cliente, al juez, a perder el asunto. ¿Es así? ¿De qué tuviste miedo como abogado joven?

Miedo de no estar a la altura de las circunstancias del caso. No sabría decir si eso es fruto de la responsabilidad que cada uno tiene o de su confianza en las propias posibilidades dada la inexperiencia.

El hecho de que, con escaso bagaje, alguien confíe en ti algún aspecto importante de su vida para su resolución determina que asumas unas obligaciones que no siempre estás convencido de que podrás cumplir adecuadamente. Y esa duda es capaz de quitar el sueño.

Entonces no sabía que esa exigencia, esas dudas, nunca se acaban del todo.

Y en el ámbito deontológico, se percibe que la vulneración de la norma muchas veces tiene por objeto el deseo de ganar el asunto o el miedo a perderlo, lo que lleva a la infracción.

Ha habido algún caso en el que, aun sabiendo cuál era la solución deontológicamente correcta, le haya costado asumirla personalmente?

Ha habido varios casos, especialmente en aquellos que aprecias la inexistencia de mala fe, y que se han producido por simple error o desconocimiento, aunque, demasiadas veces, resulta inexcusable o es difícil de entender.

En otros supuestos, en los que el error tiene otra naturaleza, también se presentan complicaciones. Hay que tener en cuenta, sobre todo en Colegios pequeños, que normalmente se trata de compañeros a los que conoces en sus circunstancias personales y profesionales, con los cuales has tenido asuntos, y que es difícil trasladarles que se han equivocado y cuáles son las consecuencias de un expediente en el que son sancionados.

Y no todos entienden que hay que mantener la objetividad.

El pasado 21 de noviembre el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, Salvador González, impuso la Gran Cruz al Mérito en el Servicio de la Abogacía a Albino Escribano. Es la más alta distinción que se puede otorgar en la profesión y la primera vez que fue recibida por un decano de Albacete.

Lo que escribes no suele absolver al abogado que “no sabía”. ¿Crees que en la profesión se usa demasiado la ignorancia como excusa moral?

Se usa en exceso, y es cierto que hay un gran desconocimiento de la deontología. No se estudia en las facultades de Derecho, a pesar de que la mayoría de sus estudiantes ejercerán la abogacía y el resto ejercerá otras profesionales vinculadas o relacionadas en las que su conocimiento no haría daño.

Sólo el máster de acceso ha venido a paliar en parte ese desconocimiento, si bien la falta de conocimiento práctico en ese momento impide que se alcance a conocer su verdadera dimensión.

Por lo demás, es evidente que entre profesionales el desconocimiento no puede valer como medio para evadir las consecuencias, sobre todo, cuando están en juego los derechos de terceros que confiaron en ellos o cuando supone una vulneración de los principios esenciales de la profesión.

¿Te preocupa más el abogado que actúa mal conscientemente o el que se ha acostumbrado a hacerlo sin planteárselo?

Me preocupan tanto el malicioso intencionado como el negligente constante. Ambos hacen mucho daño a la profesión y con ello a la confianza, dignidad y respeto que tienen por base el ejercicio profesional. La reacción por parte de los Colegios no puede defraudar a las obligaciones que los poderes públicos han depositado en ellos.

«Todos sabemos que la indignidad de algunos afecta a todos y perjudica a una profesión que tiene por base ineludible un comportamiento ético»

En el libro se intuye un respeto profundo por la dignidad de la profesión. ¿Sientes que los propios abogados la defienden lo suficiente?

Sinceramente, no. Aunque una mayoría silenciosa realiza una labor efectiva, es preciso que se hagan notar, que la defiendan de forma que no deje lugar a dudas.

Esto determina que algunos se permitan utilizarla en exceso como una simple expresión y según les convenga.

Otros tratan de atribuirse la dignidad que se predica de la profesión a sí mismos, sin pensar que la profesión es una cosa, siempre digna en cuanto orientada a servir y defender los derechos de la ciudadanía, y cada uno de nosotros otra distinta, derivando nuestra dignidad personal y profesional no de que lo decimos, sino de lo que hacemos.

Aunque nunca debería confundirse esta cuestión, todos sabemos que la indignidad de algunos afecta a todos y perjudica a una profesión que tiene por base ineludible un comportamiento ético.

¿Escribir sobre deontología te ha hecho ser más exigente consigo mismo como abogado y como decano?

Totalmente. Reflexionar sobre cuestiones profesionales en el ámbito deontológico te hace ir muchas veces más allá de lo habitual, planteándote problemas ante la existencia de numerosas cuestiones dudosas.

Sinceramente, creo que me ha hecho mejorar como abogado, ya que la deontología, como las demás materias jurídicas, no es un campo aislado, sino que forma parte de un universo interrelacionado, el del derecho, que no puede entenderse separadamente de cada uno de los elementos que lo componen.

Después de haber reflexionado tanto sobre ética profesional, ¿qué te sigue inquietando personalmente cuando te miras al espejo como abogado?

Es una pregunta muy buena y tremendamente complicada. Por eso intentaré delimitar las inquietudes.
Personalmente, como abogado, me preocupa no estar a la altura profesional, con todo lo que ello implica, en relación con la confianza depositada por un cliente; en demasiadas ocasiones nos invade el llamado síndrome del impostor que a veces descubrimos que no es sino un exceso de autorresponsabilidad.

Desde un punto de vista estrictamente profesional, en abstracto, me preocupa no responder a las exigencias de la profesión, a representar adecuadamente lo que exige y la caracteriza, lo que tiene que ver bastante con la deontología.

E institucionalmente, me inquieta la deriva que supone el intento de hacer prevalecer intereses que son estrictamente individuales, ni siquiera profesionales, de cualquier manera y a cualquier precio, sin pensar en las consecuencias; eso puede ocasionar un grave daño a la profesión, la cual tiene por objeto la protección de otros intereses de carácter necesario, generales, globales e indiferenciados: los derechos y libertades de la ciudadanía.

«Dentología para principiantes» está disponible a través de este correo electrónico: [email protected]

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