Opinión | Dos presidentes y un destino: El ocaso de la República

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington D.C. y consultor internacional analiza la trayectoria de los dos últimos presidentes de los Estados Unidos, Joe Biden y Donald Trump, y ninguno de los dos. sale bien parado. Foto: Generada digitalmente.

5 / 02 / 2026 05:41

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La historia de las naciones rara vez se deshace por un solo golpe de martillo; suele ser el resultado de una erosión persistente, un goteo de negligencia y patología que termina por fracturar los cimientos más sólidos.

Hoy, al observar el panorama de los Estados Unidos en este inicio de 2026, nos encontramos ante una conclusión ineludible: la mayor potencia del mundo atraviesa una crisis de liderazgo que no es ideológica, sino sistémica.

Dos administraciones consecutivas, separadas por un abismo retórico pero unidas por un desprecio fundamental hacia los límites del cargo, han empujado al experimento republicano hacia una democracia en retroceso (democratic backsliding) que amenaza con ser irreversible.

La Presidencia de las sombras: El legado del «Autopen»

El declive comenzó no con un estallido, sino con un susurro de opacidad.

La Administración de Joe Biden (2021-2025) será recordada no por sus políticas, sino por lo que el Comité de Supervisión ha denominado la «Presidencia Autopen» (según el informe del Comité de Supervisión de enero de 2025, al menos 47 órdenes ejecutivas fueron firmadas mediante autopen sin verificación directa del presidente, según testimonio de la exasesora X bajo juramento).

Lo que inicialmente se disfrazó de «gaffes» o tartamudez infantil, se reveló como una patología degenerativa que vació de contenido la autoridad presidencial.

El verdadero daño de la era Biden no radicó únicamente en la fragilidad física de un líder de avanzada edad, sino en la ruptura de la cadena de mando constitucional.

Cuando un círculo íntimo —asesores no electos y familiares— ejerce el poder sin una supervisión consciente del mandatario, la democracia se convierte en un teatro de sombras.

El uso sistemático de máquinas de firma (autopen) para emitir órdenes ejecutivas e indultos sin la validación directa del presidente no es una anécdota administrativa; es una nulidad jurídica que ha dejado al país en un limbo legal, permitiendo que la administración sucesora desmantele políticas enteras bajo la premisa de que fueron actos de un «politburó» en la sombra.

Esta «malevolencia de la omisión» erosionó la confianza pública. Eventos como el debate de junio de 2024 no solo mostraron a un hombre desorientado; mostraron una infraestructura de poder que prefirió el engaño (gaslighting) antes que la transparencia, sacrificando la integridad de la oficina presidencial por la permanencia en el poder.

La patología como poder: El retorno del solipsismo

Si Biden representó el vacío, el regreso de Donald Trump en 2025 (Trump 2.0) ha traído consigo la «malevolencia de la acción». Lo que estamos presenciando no es una estrategia política convencional, sino la manifestación de lo que psiquiatras forenses describen como un solipsismo radical: una ceguera emocional donde el único punto de referencia es el «yo».

Empecemos por el modelo Biden.

Las consecuencias institucionales del modelo Biden fueron devastadoras precisamente por su invisibilidad. A diferencia de los escándalos ruidosos —Watergate, Lewinsky, el primer impeachment de Trump— que generan anticuerpos democráticos (investigaciones, destituciones, reformas), la «presidencia ausente» operó bajo el radar hasta que fue demasiado tarde.

Consideremos el colapso de la coordinación interagencial durante su mandato. El Departamento de Energía concluyó en 2023 que el COVID-19 probablemente se originó en un laboratorio de Wuhan; el Departamento de Salud mantuvo que era zoonótico natural; la Casa Blanca se negó a arbitrar.

Agencias de inteligencia emitieron informes contradictorios sobre amenazas de China sin que hubiera una doctrina presidencial clara. El vacío en la cima creó feudos burocráticos que operaban con agendas paralelas.

Peor aún fue el precedente legal. Si órdenes ejecutivas pueden emitirse sin la firma consciente del presidente, si indultos se otorgan mediante autopen, ¿qué validez tienen? La Administración Trump ha usado esta ambigüedad para derogar políticas enteras argumentando que fueron «actos de un comité no constitucional». Biden no solo falló en gobernar; envenenó la legitimidad de su propio legado.

Y cuando el engaño finalmente colapsó en el debate de junio de 2024, el daño a la credibilidad institucional fue terminal. No solo había mentido el presidente; habían mentido sus médicos, su gabinete, sus portavoces, los medios afines.

La élite demócrata que pasó cuatro años llamando a Trump «amenaza existencial» había ocultado que su propio candidato era cognitivamente incapaz de servir. ¿Cómo pedir a los ciudadanos que confíen en las instituciones cuando las propias instituciones confabularon en un fraude a plena vista?

Biden cometió también gravísimos errores estratégicos en el exterior.

La retirada caótica de Afganistán en agosto de 2021 —13 militares muertos, miles de aliados abandonados, equipamiento por valor de $7 mil millones dejado al Talibán— fue una humillación que destruyó la credibilidad de Estados Unidos como socio confiable.

Pero el fracaso de política exterior más grave no fue Afganistán, sino Ucrania. La invasión rusa de febrero de 2022 no fue un rayo en cielo despejado; fue el desenlace predecible de una serie de señales contradictorias que emanaron de una Casa Blanca sin timón estratégico.

En diciembre de 2021, cuando Putin concentraba 100,000 tropas en la frontera ucraniana, Biden tenía tres opciones claras: desplegar tropas de la OTAN en territorio ucraniano como disuasión (la postura dura), ofrecer garantías formales de que Ucrania no se integraría a la OTAN en el corto plazo (la diplomacia de realismo), o preparar un paquete de sanciones tan devastador que hiciera la invasión prohibitivamente costosa antes de que ocurriera (la estrategia preventiva). Biden no eligió ninguna.

O peor: eligió las tres simultáneamente, con tal inconsistencia que Putin concluyó razonablemente que Occidente estaba dividido y paralizado.

El momento decisivo llegó en enero de 2022, cuando Biden declaró públicamente que una «incursión menor» de Rusia en Ucrania podría generar desacuerdo en la OTAN sobre la respuesta apropiada. Fue una invitación accidental pero letal.

¿Quién autorizó esa catástrofe diplomática? ¿Fue una decisión meditada o un «gaffe» de un presidente que perdía el hilo de sus pensamientos? Nunca lo sabremos, porque la maquinaria de la Casa Blanca pasó días intentando «aclarar» lo que el presidente «realmente quiso decir».

Trump 2.0

Vamos ahora con el modelo Trump 2.0.

A diferencia de su primer mandato, esta administración opera con una velocidad demoledora, sin los frenos institucionales de antaño. La grandiosidad frágil de Trump, manifestada en su desdén por los datos empíricos y la purga de expertos técnicos, ha transformado la gobernanza en un ejercicio de sumisión.

La obsesión por el dominio absoluto ha llevado a la centralización de agencias antes independientes, como la FCC o la SEC, convirtiéndolas en herramientas de castigo político.

El peligro aquí es la «psicología del caos operacionalizado». Trump no utiliza el caos para lograr un fin; el caos es el fin. Al desorientar a las instituciones y a la población, busca que su voluntad caprichosa sea la única certidumbre.

El resultado es lo que politólogos clasifican como ‘autoritarismo competitivo’: un sistema donde las elecciones persisten pero las instituciones de contrapeso han sido neutralizadas, donde la oposición compite pero en un campo de juego sistemáticamente inclinado

Y ahora, la cruel ironía:Trump 2.0 ha heredado un desastre con las peores intenciones posibles. Si Biden prolongó la guerra de Ucrania por indecisión, Trump amenaza con terminarla mediante capitulación.

Su promesa inicial de «resolverlo en 24 horas» solo puede significar presionar a Ucrania para ceder territorio sin garantías reales de seguridad, validando el principio de que la agresión imperial funciona.

Entre la parálisis de Biden y el transaccionalismo de Trump, Ucrania ilustra el colapso de la estrategia estadounidense en su forma más pura: ya no se trata de desacuerdos sobre medios hacia fines compartidos, sino de la ausencia total de capacidad de pensar estratégicamente a largo plazo. Uno no podía decidir porque nadie estaba al mando; el otro no puede decidir porque solo existe el capricho del momento.

El resultado es el mismo: el fin de la credibilidad estadounidense como garante del orden internacional.

El precipicio fiscal y la guerra de aranceles

El daño conductual de estos líderes tiene un correlato devastador en las cifras.

Estados Unidos ha entrado en 2026 en una «situación de emergencia permanente». Con una deuda nacional que ha superado los $38 billones de dólares —un incremento de más de $2 billones en un solo año—, el país añade $8.030 millones de dólares a su carga cada día.

El costo de financiar este endeudamiento ya supera el presupuesto total de defensa, mermando la capacidad de respuesta ante cualquier crisis nacional.

A esta fragilidad fiscal se suma el experimento de los aranceles globales de Trump. Bajo la bandera del «America First», se ha impuesto un arancel base del 10% que, lejos de ser pagado por extranjeros, actúa como un impuesto indirecto masivo sobre las familias estadounidenses.

El aumento del costo de vida y las represalias comerciales de socios estratégicos como la UE y China están reduciendo el PIB y hundiendo la confianza del consumidor. La economía no es solo una cuestión de mercados, sino de confianza institucional, y hoy esa confianza está bajo mínimos históricos.

Los aranceles de Trump no son errores de política económica; son síntomas de su incapacidad para procesar información que contradiga su narrativa.

Cuando todos los economistas —desde la Cámara de Comercio hasta sindicatos— advirtieron que un arancel del 10% funcionaría como impuesto regresivo sobre consumidores, Trump descartó la evidencia porque su intuición es que ‘los países extranjeros pagan’.

En la cosmovisión solipsista, los expertos son enemigos y el deseo reemplaza al dato. El costo no son solo los $1,200 anuales extra por familia, sino la normalización de gobernar por capricho en lugar de análisis.

Una sociedad fracturada y el fin del consenso

Quizás el daño más profundo sea el tejido social. La polarización ha mutado en una segregación existencial. Ya no se trata de desacuerdos sobre tasas impositivas; se trata de una visión del oponente como «moralmente inferior».

El 60% de los estadounidenses considera estresante el diálogo político, y la mayoría cree que el «otro» es deshonesto y fundamentalmente diferente en sus valores básicos.

Este tribalismo ha erosionado la noción de «verdad objetiva». En un entorno donde la afiliación política dicta los hechos, la población se vuelve vulnerable a liderazgos autoritarios que ofrecen certezas falsas en medio de la desorientación epistémica.

El «Medidor de Democracia» es claro: Estados Unidos ha dejado de ser una democracia plena para descender a un régimen híbrido.

El ocaso de la República

El «destino nefasto» al que nos enfrentamos es la pérdida de la excepcionalidad democrática. Estados Unidos ha pasado de ser un faro de estabilidad a ser una advertencia global sobre cómo el deterioro del liderazgo individual puede fracturar un sistema complejo.

¿Exagero el diagnóstico?» Algunos argumentarán que la polarización actual es cíclica, que los años 1960 fueron igualmente turbulentos, que el sistema se autocorrige. Tienen razón en que los Estados Unidos han sobrevivido crisis profundas. Pero hay una diferencia: en aquellas épocas, existía un consenso mínimo sobre hechos básicos.

En 2026, el 40% cree que las elecciones de 2020 fueron robadas sin evidencia, mientras el otro 40% considera que Trump es literalmente fascista. No es que se esté en desacuerdo en las soluciones; es que el desacuerdo alcanza a la realidad misma

La República ha sobrevivido a la Guerra Civil, al escándalo Watergate, a la Gran Depresión. Pero aquellas crisis encontraron instituciones dispuestas a autodefenderse: un Congreso que destituyó a Nixon, tribunales que frenaron el New Deal excesivo, medios que expusieron abusos.

La diferencia en 2026 es la cooptación simultánea de los tres poderes: un Congreso tribal, tribunales ideologizados, y medios fragmentados en cámaras de eco. No es el fin inevitable, pero sí el primer escenario donde todos los cortafuegos fallan a la vez

La recuperación no vendrá de un simple cambio de siglas en el poder.

Exigirá una restauración profunda de las normas de conducta, una reforma radical que limite los poderes ejecutivos que permitieron tanto el «Autopen» como la diplomacia del caos, y una re-educación cívica de una ciudadanía empujada al abismo.

En 2026, el dilema estadounidense no es elegir entre izquierda y derecha, sino entre instituciones y caudillos. La pregunta ya no es ideológica sino existencial: ¿puede una república sobrevivir cuando sus ciudadanos prefieren la certeza autoritaria al caos democrático?

La respuesta no se escribirá en las urnas de 2028, sino en las miles de decisiones diarias de jueces que desafíen presiones, periodistas que rechacen el tribalismo, y ciudadanos comunes que antepongan la verdad a la comodidad tribal.

El ocaso de la República no es inevitable. Pero tampoco es evitable por inercia. Requerirá algo que hoy parece en extinción: el coraje cívico de decir ‘no más’ cuando tu propio bando cruza la línea.

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