Opinión | ¿Prohibir o acompañar? El reto real de proteger a los menores en Internet

Proteger a la infancia en Internet no es solo cuestión de prohibir, sino de educar, acompañar y exigir responsabilidades a las plataformas digitales, según Delia Rodríguez, abogada de Familia y socia directora de la firma Vestalia Abogados. Aspectos que el Gobierno del presidente Pedro Sánchez debería tener en cuenta. Foto: EP.

5 / 02 / 2026 05:41

Actualizado el 23 / 02 / 2026 13:33

El reciente anuncio de Pedro Sánchez de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años ha avivado un debate tan necesario como incómodo: cómo proteger de verdad a niños, niñas y adolescentes en un entorno digital que ha transformado radicalmente su forma de socializar, informarse y construirse como personas.

La preocupación social es comprensible, justificada y legítima, pues los datos sobre los problemas como la adicción a las pantallas, el ciberacoso, la hipersexualización temprana o el deterioro de la autoestima en menores no pueden ignorarse. La infancia en su faceta digital es hoy una cuestión de salud pública y de derechos fundamentales.

Ahora bien, que el diagnóstico sea acertado no implica que el tratamiento propuesto lo sea. La prohibición general del acceso a redes sociales hasta una determinada edad plantea serias dudas jurídicas, prácticas y educativas.

Existe un riesgo evidente de que una medida de gran impacto mediático termine siendo, en la práctica, ineficaz o incluso contraproducente si no se inserta en una estrategia mucho más amplia y coherente a medio plazo.

¿Cómo se va a aplicar esa prohibición?

Desde el punto de vista normativo, la primera pregunta es inevitable: ¿cómo se va a aplicar esa prohibición? La experiencia demuestra que los límites de edad en internet son fácilmente burlables, pues únicamente son necesarios unos segundos para falsear una fecha de nacimiento o utilizar la cuenta de un adulto

Sin un sistema de verificación de edad técnicamente viable y respetuoso con la privacidad de los adultos, la prohibición corre el riesgo de convertirse en una declaración de intenciones sin eficacia real.

Peor aún, puede generar una falsa sensación de seguridad en familias e instituciones, como si el problema quedara resuelto por decreto, cuando no es así.

A ello se suma una cuestión de fondo, y es que la protección de la infancia no puede basarse únicamente en la lógica del veto, pues prohibir nunca será sinónimo de educar.

«Proteger no es solo impedir el acceso a la red, es acompañar, educar, regular y responsabilizar con firmeza a quienes obtienen beneficios millonarios a costa de los derechos de la infancia y de su sagrado bienestar».

Los menores no desaparecen del entorno digital por cumplir o no una determinada edad, simplemente acceden a este entorno sin el necesario acompañamiento, sin herramientas críticas y, en muchos casos, sin referentes adultos que les ayuden a interpretar lo que ven.

Cualquier política pública que se limite a cerrar la puerta hasta los 16 años y abrirla de golpe después ignora el proceso gradual de madurez y aprendizaje que caracteriza a la infancia y la adolescencia. En otras palabras, es una bomba de relojería.

Desde una perspectiva de derechos fundamentales, la propuesta también exige matices importantes. La protección del interés superior del menor es un principio esencial, pero debe convivir con otros derechos como la libertad de expresión, el acceso a la información o el derecho a la participación social.

Las redes sociales no son solo espacios de ocio frívolo, sino que también son canales de aprendizaje, activismo, creación cultural y socialización. Tratar todos los usos como igualmente nocivos implica una visión simplificada de una realidad mucho más diversa y compleja.

El problema reside en el diseño de las plataformas

Además, la medida desplaza el foco de atención hacia los menores y sus familias, exigiendo a los padres ser auténticos cortafuegos humanos, cuando una parte sustancial del problema reside en el diseño mismo de las plataformas.

Algoritmos pensados para captar la atención, dinámicas adictivas, recompensas constantes, contenidos polarizados y una economía basada en la monetización de datos personales (de menores y adultos) son algunos de los ingredientes de este gran problema al que nos enfrentamos a nivel mundial.

«El debate sobre la edad mínima puede tener sentido como una pieza más del engranaje, pero nunca como la solución central».

Prohibir el acceso por edad sin imponer obligaciones más estrictas a las empresas tecnológicas equivale a actuar sobre los efectos sin intervenir de raíz en las causas.

En este sentido, resulta llamativo que el debate político se centre en la edad de acceso y no en la responsabilidad de las plataformas, a quienes habría que señalar con más contundencia.

¿Dónde queda la exigencia de entornos digitales seguros por defecto?

¿Dónde están las sanciones efectivas por incumplimientos reiterados?

¿Por qué no se prioriza la transparencia algorítmica, la moderación de contenidos adaptada a menores o la eliminación de dinámicas deliberadamente adictivas?

Es necesaria una regulación firme

Sin una regulación firme de quienes diseñan y explotan estos espacios, la prohibición corre el riesgo de ser un gesto simbólico que deje intacto un modelo de negocio que comercializa diariamente con la mente de nuestros hijos.

Otro aspecto preocupante es el impacto desigual que puede tener la medida. No todas las familias cuentan con los mismos recursos educativos, tecnológicos o de acompañamiento.

Una prohibición mal implementada puede aumentar la brecha digital y social, dejando a algunos menores más expuestos que protegidos.

Todo ello no significa que el Estado deba permanecer impasible, en absoluto. La intervención pública es imprescindible, pero debe ser más ambiciosa y menos simplista que un titular mediático.

La protección real de la infancia digital exige políticas integrales y sostenidas en el tiempo que se fundamenten en la educación digital obligatoria desde edades tempranas, formación específica para familias y profesionales, recursos en atención primaria para detectar usos problemáticos, apoyo psicológico accesible y una regulación exigente de las plataformas tecnológicas.

En ese marco, el debate sobre la edad mínima puede tener sentido como una pieza más del engranaje, pero nunca como la solución central.

Ante este desafío histórico, la simplicidad es tentadora, pero profundamente insuficiente. La infancia merece de todos nosotros algo más que buenas intenciones convertidas en prohibiciones generales, pues su verdadera protección requiere de políticas públicas integrales, valientes y coherentes con la realidad digital y social en la que ya vivimos.

En definitiva, proteger no es solo impedir el acceso a la red, es acompañar, educar, regular y responsabilizar con firmeza a quienes obtienen beneficios millonarios a costa de los derechos de la infancia y de su sagrado bienestar.

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