Opinión | La esquizofrenia política aragonesa: cuando los partidos ya no saben quiénes son

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza los resultados de las elecciones aragonesas desde un prisma nacional. En la foto, el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, acompañado del presidente electo de la Comunidad Autónoma, Jorge Azcón,, y la alcaldesa de Teruel, Emma Buj, durante la clausura de un mitin. Foto: EP.

9 / 02 / 2026 10:07

Actualizado el 09 / 02 / 2026 10:12

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El resultado del 8-F aragonés no es solo una victoria pírrica del PP o el descalabro histórico del PSOE. Es el espejo donde se refleja la mayor patología del sistema político español: una esquizofrenia colectiva donde los partidos ya no ocupan el espacio ideológico que creen defender, pero siguen comportándose como si lo hicieran.

Y esa disonancia cognitiva nos está costando la gobernabilidad.

Las cifras son elocuentes. Jorge Azcón convoca elecciones para liberarse de VOX y termina más prisionero: su PP pierde dos escaños (de 28 a 26) mientras Alejandro Nolasco duplica su representación (de 7 a 14 diputados).

Pilar Alegría se hunde hasta los 18 escaños, el peor resultado socialista en la historia autonómica aragonesa.

Pero lo verdaderamente revelador no está en estos números, sino en lo que representan: un sistema de partidos donde nadie es ya lo que dice ser.

El PP socialdemócrata que se cree de derechas

Observemos la realidad sin complejos: el Partido Popular de Feijóo y Azcón es hoy un partido socialdemócrata europeo estándar. Su política económica acepta el gasto público expansivo, mantiene el Estado del bienestar heredado, no plantea reformas estructurales liberales y compite con el PSOE por el centro del tablero en servicios públicos y protección social.

En Aragón, como en Madrid o Andalucía, el PP gestiona administraciones que gastan, regulan y redistribuyen al más puro estilo socialdemócrata.

Pero el PP sigue autoproclamándose «la derecha» y sigue creyendo que su antagonista natural es el PSOE. Esta disonancia tiene consecuencias: impide que reconozca su verdadero espacio político y, por tanto, que establezca las alianzas coherentes con ese espacio.

Un partido socialdemócrata debería poder pactar con socialistas moderados en cuestiones de Estado. Pero el PP no puede hacerlo porque vive atrapado en una identidad fantasma.

VOX como auténtico conservador, el PSOE desplazado a la izquierda

Mientras tanto, VOX ha ocupado el espacio que el PP abandonó: el conservadurismo tradicional, con énfasis en identidad nacional, orden público, familia tradicional y escepticismo hacia el consenso progresista. No es casualidad que doble sus escaños cuando el PP se comporta como socialdemócrata: recoge el voto de quienes buscan una alternativa genuinamente de derechas.

Y el PSOE, por su parte, ha virado hacia posiciones claramente de izquierda en política identitaria, memoria histórica y agenda cultural, alejándose de su tradición socialdemócrata clásica. Ya no es el PSOE de Felipe González o incluso de Zapatero en su primera legislatura.

Es un partido que compite en el mismo espacio que Sumar o Podemos en muchas cuestiones no económicas, lo que explica por qué Pilar Alegría pierde cinco escaños mientras la Chunta duplica hasta seis.

«VOX ha ocupado el espacio que el PP abandonó: el conservadurismo tradicional, con énfasis en identidad nacional, orden público, familia tradicional y escepticismo hacia el consenso progresista».

Cómo llegamos aquí: anatomía de una metamorfosis

Esta esquizofrenia no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de una década convulsa que transformó el sistema de partidos español sin que sus actores principales asumieran el alcance del cambio.

El punto de inflexión fue la crisis catalana de 2017 y sus consecuencias. El PP de Rajoy, percibido como demasiado duro, perdió masivamente votantes del centro hacia Ciudadanos.

La respuesta del partido fue una moderación progresiva que se aceleró tras la moción de censura de 2018. Pablo Casado intentó recuperar el espacio conservador, fracasó estrepitosamente, y Feijóo completó el giro: convirtió al PP en un partido «de Estado», consensual, socialdemócrata en la práctica aunque conservara la retórica.

Este movimiento dejó huérfano un espacio enorme: el del conservadurismo genuino, el de quienes rechazaban tanto el consenso progresista como la socialdemocracia. VOX, fundado en 2013 pero marginal hasta entonces, encontró ahí su oportunidad.

El partido de Abascal no creció por radicalización de la sociedad, sino por abandono de un nicho electoral: cuando el PP se desplazó al centro, alguien tenía que ocupar la derecha.

Pero hay más. La desaparición de Ciudadanos en 2021-2023 fue catastrófica para la arquitectura del sistema. Ciudadanos había canalizado el voto liberal, europeísta, de centro-derecha ilustrado.

Su colapso dejó a esos votantes sin hogar: muchos fueron al PP por pragmatismo, pero ese PP ya no defendía sus ideas.

El votante liberal español está hoy huérfano, repartido entre un PP socialdemócrata que no comparte su liberalismo económico y un VOX conservador que rechaza su liberalismo cultural.

En el otro lado del espectro, el PSOE de Sánchez ejecutó un desplazamiento simétrico. Tras perder las elecciones de 2015 y 2016, Sánchez entendió que su camino al poder no pasaba por disputarle el centro al PP, sino por construir mayorías de izquierdas.

La moción de censura de 2018 con Podemos y los nacionalistas fue el punto de no retorno. Para mantener esa coalición, el PSOE adoptó progresivamente la agenda de la izquierda identitaria: leyes de memoria histórica, agenda de género maximalista, legislación progresista en cuestiones culturales.

Colapso del bipartidismo

Este giro tuvo una consecuencia crucial: el PSOE dejó de ser el partido socialdemócrata de centro-izquierda que había sido durante cuatro décadas.

En economía mantiene posiciones socialdemócratas estándar, pero en política cultural e identitaria compite con Podemos y Sumar en el mismo espacio. El resultado es paradójico: un PSOE que ya no puede hacer lo que históricamente mejor se le daba, que era tender puentes al centro y construir mayorías amplias.

Y hay un último factor, decisivo: el colapso del bipartidismo imperfecto eliminó los incentivos a la moderación. Cuando PP y PSOE sumaban el 70-80% de los votos, ambos competían por el centro para captar al votante mediano.

Hoy suman apenas el 55-60% en Aragón. Eso cambia la lógica: ahora compiten por mantener su base movilizada y por absorber a los partidos pequeños de su flanco. El PP teme que VOX le coma por la derecha; el PSOE, que Sumar le debilite por la izquierda. Ambos se alejan del centro precisamente cuando más lo necesitarían para gobernar.

El resultado es este paisaje fragmentado y esquizofrénico: un PP socialdemócrata que se comporta como si fuera de derechas, un PSOE desplazado a la izquierda que sigue autopercibido como centrado, un VOX que ocupa todo el espacio conservador, y un electorado liberal sin representación.

Y sobre todo, una clase política que sigue utilizando el mapa mental de 2010 para navegar el territorio de 2026.

La gobernabilidad imposible

Esta esquizofrenia genera un embrollo de consecuencias graves. El PP no puede pactar con el PSOE porque ambos siguen creyendo que son enemigos irreconciliables de derecha e izquierda, cuando en realidad ocupan espacios ideológicos contiguos en el espectro europeo.

El PSOE no puede reconocer que ha cedido el centro a un PP socialdemócrata porque eso implicaría admitir su desplazamiento. Y VOX controla todo el espacio conservador porque es el único partido honesto sobre su posición ideológica.

El resultado es paralizante: PP y PSOE, que podrían entenderse en muchas cuestiones de Estado siendo ambos partidos socialdemócratas europeos estándar, se comportan como enemigos viscerales.

VOX, sabiendo que es imprescindible, puede imponer condiciones cada vez más exigentes. Y la izquierda fragmentada (CHA, IU, Podemos agonizante) carece de masa crítica para influir.

«El resultado es este paisaje fragmentado y esquizofrénico: un PP socialdemócrata que se comporta como si fuera de derechas, un PSOE desplazado a la izquierda que sigue autopercibido como centrado, un VOX que ocupa todo el espacio conservador, y un electorado liberal sin representación».

En Aragón esto se traduce en una paradoja cruel: Azcón y Alegría probablemente coinciden en el 70% de las políticas públicas concretas. Ambos defienden el gasto en sanidad y educación, ambos aceptan el marco autonómico, ambos son europeístas convencidos.

Pero ninguno puede reconocerlo públicamente sin dinamitar su identidad partidaria. Así que Azcón debe negociar con un VOX que le exige desviaciones hacia el conservadurismo que no comparte, y Alegría debe liderar una oposición «vigilante» contra políticas que en el fondo no le parecen tan lejanas.

¿Cómo se sale del embrollo?

La salida pasa por una honestidad brutal que ningún partido parece dispuesto a asumir. El PP debería reconocer que ya no es el partido de Aznar, que es un partido socialdemócrata europeo y que, como tal, puede y debe pactar con socialistas moderados en cuestiones de Estado.

El PSOE debería admitir que ha cedido el centro y decidir si quiere recuperarlo o consolidarse como partido de izquierda. Y ambos deberían dejar de utilizar a VOX como espantajo mientras, simultáneamente, lo fortalecen con su hipocresía.

Pero esto requiere algo que escasea en la política española: líderes capaces de decir a sus votantes verdades incómodas.

Requiere que Feijóo admita que no es Thatcher ni Reagan. Que Sánchez reconozca que ha desplazado al PSOE hacia donde nunca había estado. Que ambos acepten que su confrontación performativa es, en gran medida, un teatro que impide gobernar.

En otro contexto, el espacio huérfano del votante de centro-derecha —europeísta, favorable al mercado pero también al Estado de bienestar— terminaría generando una nueva fuerza liberal. Ese electorado existe, como demostró el éxito efímero de Ciudadanos.

Pero requiere liderazgo y proyecto, dos mercancías en extinción. Y la progresiva polarización del sistema no solo no ayuda, sino que convierte el centro en un cementerio político: cuando los bloques se enrocan, el moderado es percibido como traidor por ambos bandos.

Mientras tanto, Aragón vuelve al punto de partida tras 10 millones de euros y una jornada electoral. Azcón depende aún más de Nolasco. Alegría lidera la oposición desde su peor resultado histórico. Y los ciudadanos observan, cada vez más perplejos, cómo sus partidos mantienen una guerra de trincheras en un mapa del territorio que ya no se corresponde con el terreno real.

La esquizofrenia política española no es un problema de estrategia. Es un problema de identidad. Y hasta que los partidos no acepten quiénes son realmente y dónde están situados, seguiremos condenados a repetir el mismo embrollo indefinidamente, elección tras elección, comunidad tras comunidad.

Aragón es solo el último ejemplo de un país políticamente desorientado que sigue peleando batallas del pasado mientras el presente se le escapa de las manos.

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