Opinión | El Estrecho que ata a Pekín: por qué Irán es la pieza que China no puede permitirse perder

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, analista y consultor, explica por qué para Pekin su relación con Irán es vital por la dependencia de su petróleo barato y por la rivalidad con EE.UU.

22 / 02 / 2026 05:39

Actualizado el 22 / 02 / 2026 10:35

En esta noticia se habla de:

Mientras escribo estas líneas, destructores chinos, corbetas rusas y lanchas rápidas del Cuerpo de Guardianes de la Revolución iraní maniobran juntos en el Estrecho de Ormuz bajo el nombre «Cinturón de Seguridad Marítima 2026».

A pocas millas náuticas, dos grupos de ataque de portaaviones estadounidenses —el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford— navegan hacia la misma franja de agua de 39 kilómetros de ancho por la que transita cada día el equivalente al veinte por ciento del consumo mundial de petróleo.

Quien quiera entender la política exterior china del siglo XXI debería dejar de mirar exclusivamente hacia Taiwán y dirigir la vista hacia este embudo geográfico que conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán. Porque la verdadera vulnerabilidad estratégica de China no está en el Pacífico: está en Ormuz.

La trampa de Ormuz

Pekín lleva décadas obsesionado con el llamado «dilema de Malaca», la posibilidad de que Estados Unidos bloquee el estrecho del sudeste asiático por el que pasa buena parte de su comercio marítimo. Pero los analistas que se centran en Malaca yerran el tiro.

Un bloqueo en Malaca sería un problema de tránsito: el petróleo podría desviarse, con enormes costes y retrasos, por rutas alternativas. Un bloqueo en Ormuz sería un problema de origen. No se puede desviar lo que no sale.

Las cifras son contundentes. Las importaciones de crudo de China alcanzaron un récord de 11,6 millones de barriles diarios en 2025. Aproximadamente la mitad de todo ese crudo procede del Golfo Pérsico y atraviesa Ormuz.

Además, el 29 por ciento de las importaciones chinas de gas natural licuado proviene de Qatar y Emiratos Árabes Unidos, exportaciones que también pasan por el Estrecho.

Si Ormuz se cierra, no hay estrategia petrolera de reserva ni aceleración de renovables que compense en el corto plazo el colapso del suministro.

Las simulaciones más conservadoras sitúan el barril por encima de los 150 dólares; las más alarmistas hablan de una paralización industrial en las provincias costeras del sur de China —Guangdong, Fujian, Zhejiang—, precisamente las que sostienen el motor exportador del país.

Este es el contexto en el que debe leerse toda la relación sino-iraní. No se trata de afinidad ideológica, ni siquiera de una alianza formal. Se trata de que Irán es, simultáneamente, el grifo y la llave del grifo.

El petróleo barato que mantiene girando la fábrica del mundo

China es el mayor comprador de crudo iraní. Más del 80 por ciento del petróleo que Irán exporta acaba en refinerías chinas, fundamentalmente en las pequeñas refinerías independientes de la provincia de Shandong, conocidas como «teteras».

Estas instalaciones operan con márgenes muy estrechos y dependen del crudo iraní, que se vende con descuento respecto al precio de mercado precisamente porque las sanciones estadounidenses han eliminado a cualquier otro comprador serio.

Los volúmenes son significativos: entre 1,3 y 1,4 millones de barriles diarios fluyeron de Irán a China a lo largo de 2025, lo que representa aproximadamente el 13-14 por ciento de las importaciones totales de crudo chino por vía marítima.

Para Pekín, este petróleo sancionado es un chollo estratégico. Se compra por debajo del precio de mercado, se paga en yuanes —no en dólares—, y se transporta mediante una «flota fantasma» de petroleros con transpondedores desactivados que realizan trasbordos en aguas de Malasia e Indonesia.

Cada barril iraní que China compra cumple una triple función: alimenta su aparato industrial, erosiona la hegemonía del dólar en el comercio energético, y envía a Washington el mensaje de que Pekín tiene la voluntad y la capacidad de desafiar su política de sanciones.

Irán como activo que distrae al adversario

China valora su relación con Irán por tres razones principales, según los análisis más solventes.

La primera es la seguridad energética. La segunda es que la relación adversarial de Irán con Estados Unidos desvía atención y recursos estadounidenses que de otro modo podrían concentrarse en contener a China.

Y la tercera es que Irán sirve como puerta de entrada para que China proyecte mayor influencia en el suroeste de Asia.

La segunda razón es quizá la menos comentada y la más reveladora. Cada portaaviones desplegado frente a las costas iraníes es un portaaviones que no está en el Mar de China Meridional.

Cada sesión del Consejo de Seguridad dedicada al programa nuclear iraní es una sesión que no se dedica a Xinjiang o Taiwán.

Irán es, en términos de gran estrategia, un sumidero de recursos para el rival de China. Es un aliado que Pekín no necesita alimentar activamente —como sí debe hacer con Pakistán o Corea del Norte— porque se alimenta solo de su propia confrontación con Washington.

Esto explica la aparente paradoja de la respuesta china a las protestas iraníes de diciembre de 2025 y enero de 2026, las mayores desde la revolución de 1979. Mientras miles morían en las calles de Teherán y Shiraz bajo los disparos de las fuerzas de seguridad, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Mao Ning, se limitó a expresar su esperanza de que «el gobierno y el pueblo iraníes superen las dificultades actuales».

El ministro Wang Yi condenó las amenazas de intervención de Trump como un retorno a «la ley de la selva». Ni una palabra sobre los derechos de los manifestantes.

Ni una condena de la masacre. Porque lo que Pekín teme no es que el régimen de los ayatolás reprima a su pueblo, sino que caiga y sea sustituido por un gobierno pro-occidental que cierre el grifo del petróleo barato y se alinee con Washington.

La Guerra de los Doce Días y el despertar chino

La guerra entre Israel e Irán de junio de 2025 fue un punto de inflexión para los planificadores chinos. En doce días, Israel bombardeó instalaciones nucleares, bases militares y defensas aéreas iraníes; asesinó a generales y científicos nucleares; y dejó al descubierto la profunda penetración de la inteligencia israelí en el aparato de seguridad iraní. Estados Unidos remató con ataques a las instalaciones nucleares de Fordow, Isfahan y Natanz.

Irán respondió con más de 550 misiles balísticos y más de 1.000 drones suicidas contra Israel, y atacó con misiles una base estadounidense en Qatar.

Para China, el escenario fue una pesadilla logística. El parlamento iraní votó a favor de cerrar el Estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo se dispararon.

Y aunque el cierre nunca se materializó completamente y un alto el fuego se alcanzó el 24 de junio, Pekín recibió el mensaje con nitidez: su modelo de crecimiento industrial depende de un corredor marítimo que un parlamento extranjero puede votar cerrar en cuestión de horas.

No es casualidad que tras la guerra, China haya intensificado su cooperación con Irán en múltiples frentes. Según informes publicados en enero de 2026, Pekín está ayudando a Teherán a reconstruir su arsenal de misiles balísticos, suministrando componentes sensibles para reemplazar lo destruido por Israel.

China ha comenzado a implementar una estrategia de reemplazo tecnológico, sustituyendo software occidental en Irán por sistemas chinos cerrados, más difíciles de penetrar por los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses.

El decimoquinto Plan Quinquenal chino (2026-2030) incluye el fortalecimiento de la ciberseguridad y la inteligencia artificial en Irán como herramienta para proteger el ciberespacio iraní de ataques de sabotaje.

La Ruta de la Seda pasa por Teherán

Hay una dimensión de la relación sino-iraní que trasciende el petróleo y la geopolítica coyuntural: la geografía. Irán ocupa una posición única en el mapa euroasiático.

Es el puente natural entre Asia Oriental, Asia Central, Asia del Sur y Oriente Medio. Las tres rutas principales de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta están, de un modo u otro, conectadas con Irán.

La primera cruza Rusia y cinco países centroasiáticos y controla rutas de tránsito a través de territorio iraní.

La segunda conecta el Mediterráneo con el Golfo Pérsico.

La tercera enlaza el Océano Índico con el puerto de Chabahar.

El acuerdo de cooperación a 25 años firmado en marzo de 2021 entre China e Irán —400.000 millones de dólares de inversión china en infraestructura, puertos, telecomunicaciones y energía a cambio de petróleo con descuento— es el instrumento formal de esta visión.

Es cierto que las inversiones prometidas no se han materializado al ritmo previsto. Las sanciones estadounidenses siguen disuadiendo a las grandes empresas estatales y bancos chinos de operar abiertamente en Irán.

Pero China juega a largo plazo. Invierte en Irán como quien invierte en un «activo en dificultades», apostando a que los retornos futuros serán enormes si algún día las sanciones se levantan y China tiene acceso sin restricciones a las cuartas mayores reservas de petróleo y las segundas mayores reservas de gas natural del planeta, además de un mercado potencial de 90 millones de personas con una economía relativamente diversificada.

El Cinturón de Seguridad Marítima: de maniobras navales a arquitectura geopolítica

Los ejercicios navales conjuntos «Cinturón de Seguridad Marítima» que se celebran esta misma semana en Ormuz no son un evento aislado. Iniciados en 2019 por iniciativa de la Armada iraní tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear, estos ejercicios trilaterales se han celebrado ya siete veces y su sofisticación ha ido en aumento: operaciones nocturnas e integración de drones en 2023, fuego real en 2024, guerra electrónica en 2025.

La edición de 2026 tiene un significado especial. Se celebra semanas después de que el mismo trío —Rusia, China e Irán— participara junto a Emiratos Árabes y Sudáfrica en el primer ejercicio naval del BRICS, «Voluntad de Paz 2026», en el Atlántico Sur.

Nikolai Patrushev, asesor de Putin, vinculó explícitamente ambos ejercicios y pidió dotar al BRICS de «una dimensión marítima estratégica plena». Lo que estamos presenciando no son simples maniobras: es el esbozo de una arquitectura naval alternativa que desafía la primacía marítima occidental.

Para China, participar en estos ejercicios cumple varias funciones simultáneas. Proyecta capacidad operativa más allá del Indo-Pacífico.

Señala a Washington que cualquier operación militar contra Irán se desarrollaría en aguas donde hay buques de guerra chinos presentes. Y, sobre todo, defiende la estabilidad del corredor del que depende su economía.

Un dato lo resume todo: el 40 por ciento del petróleo importado por China transita por Ormuz. La estabilidad de ese estrecho no es un asunto de política exterior: es un asunto de supervivencia económica.

El escenario que Pekín no puede permitirse

¿Qué pasaría si el régimen iraní cayese? Los analistas más solventes lo han planteado sin ambages: los líderes chinos podrían preocuparse más por las réplicas internas de una caída del régimen que por las consecuencias exteriores.

Un Irán post-teocrático y pro-occidental significaría, potencialmente, el fin del petróleo barato fuera del alcance de las sanciones; un nuevo aliado de Washington en una región donde China ha invertido décadas en construir influencia; la desaparición del «sumidero estratégico» que mantiene a Estados Unidos ocupado lejos del Pacífico; y la pérdida de un nodo esencial de la Ruta de la Seda.

Pero también existe el escenario contrario, igualmente temido: un Irán en descomposición, como la Libia posterior a Gadafi o la Siria anterior a 2024, que cierre Ormuz en su agonía y arrastre a la región a un conflicto que dispare los precios de la energía y provoque una recesión global que golpee de lleno a la economía china.

Existe, sin embargo, un tercer escenario que los planificadores chinos vigilan con igual atención: una distensión negociada entre Washington y Teherán. Un nuevo acuerdo nuclear, similar en espíritu al JCPOA de 2015 pero con garantías más robustas, devolvería el petróleo iraní al mercado internacional y desactivaría a Irán como palanca de presión para Pekín en varios sentidos simultáneos.

El crudo iraní dejaría de venderse con descuento una vez que compradores europeos, japoneses y surcoreanos vuelvan a competir por él.

El «sumidero estratégico» que hoy consume recursos estadounidenses lejos del Pacífico se cerraría. Y la Ruta de la Seda a través de Teherán quedaría expuesta a la competencia occidental.

Para China, una normalización diplomática entre sus dos grandes adversarios sería, paradójicamente, casi tan perturbadora como la caída del régimen: no eliminaría el valor de Irán, pero lo encarecería y lo compartiría. Por eso Pekín no solo teme la inestabilidad iraní; teme también la estabilidad negociada que no pase por sus manos.

La ecuación iraní

La relación entre China e Irán no es una alianza sentimental. Es una ecuación fría de intereses convergentes donde cada variable tiene un peso específico: petróleo barato que alimenta la industria, un corredor marítimo que no puede cerrarse, un adversario de Washington que consume recursos del rival, un nodo geográfico imprescindible para la conectividad euroasiática, y un mercado potencial de enormes reservas.

Irán es, para China, lo que Arabia Saudí fue durante décadas para Estados Unidos: no un aliado ideológico, sino un socio cuya estabilidad es condición necesaria para el funcionamiento del propio sistema.

Mientras los buques de guerra de tres potencias maniobran esta semana en las aguas de Ormuz y dos portaaviones estadounidenses se aproximan desde el Atlántico, conviene recordar que lo que se juega en ese estrecho no es solo el futuro de Irán.

Es el futuro del orden energético global y, con él, la capacidad de China de seguir siendo la fábrica del mundo. Pekín lo sabe. Y por eso, pase lo que pase en las calles de Teherán, no soltará a Irán.
 

Opinión | ¿Y después de Pekín?: Cuando el imperio necesita teatro para fingir victoria

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (y IV)

Opinión | China, Rusia e Irán, el Eje que Trump no supo ver

Opinión | Por qué Irán no cederá: Washington confundió un régimen acorralado con un régimen rendido

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (I)

Opinión | La jaimitada de Ormuz: Trump bloquea un estrecho que lleva seis semanas exigiendo que se abra

Lo último en Firmas

Indicios

Opinión | Presunción de inocencia bajo asedio: el juez investiga, los titulares sentencian

Shakira y Hacienda(1)

Opinión | Por qué Shakira no ha derrotado a Hacienda

Derecho de familia

Opinión | La jurisprudencia del Tribunal Supremo como motor de transformación en el derecho de familia

Víctor Moreno Catena y Zapatero

Opinión | Zapatero y su defensa procesal: ni declarar para la galería ni ceder a la presión política

Gregorio Arroyo

Opinión | El juez Calama y la imputación de Zapatero