Opinión | El orden del día: El verdadero campo de batalla ya no es militar, es la agenda de la negociación

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, cuenta cómo Trump está vendiendo como victoria un acuerdo con Irán que aplaza el expediente nuclear y evidencia la pérdida de control de Washington.

26 / 05 / 2026 05:42

«En los años cincuenta solía decirse que una solución política tenía que preceder a una solución sobre las armas». — Henry Kissinger, conferencia de prensa, Casa Blanca, 6 de febrero de 1969.

El sábado 23 de mayo, Donald Trump escribió en Truth Social que el acuerdo con Teherán estaba «largely negotiated» y se anunciaría «en breve».

Había hablado con los líderes de Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto, Jordania, Bahréin e Israel. Habló con todos. Sólo había una cosa que no podía decir: lo que iba a firmar no era lo que prometió que firmaría.

El 6 de marzo había exigido la «rendición incondicional» de Irán bajo amenaza de bombardear sus centrales eléctricas.

A mediados de abril hablaba de un paquete de quince puntos que incluía desmantelar Natanz, Isfahán y Fordow y entregar al OIEA todo el uranio enriquecido.

El 5 de mayo, su secretario de Estado, Marco Rubio, declaraba ya concluida la Operación Furia Épica, lanzada el 28 de febrero, y se conformaba con un «memorando de entendimiento para futuras negociaciones».

El 23 de mayo, lo «largely negotiated» —según filtración de Axios confirmada por The Times of Israel— era una prórroga de 60 días del alto el fuego, la apertura escalonada del Estrecho de Ormuz, la venta libre de petróleo iraní y la posposición del expediente nuclear, sin que Irán esté obligada a entregar su stock de uranio altamente enriquecido.

Esa noche, Trump publicó una imagen generada por inteligencia artificial de un buque iraní explotando, con la palabra «Adios».

El gesto era exactamente el contrario del contenido: una despedida hollywoodiense para tapar una rendición negociada.

Lo que se firma estos días no es un acuerdo nuclear, no es una victoria militar y no es siquiera una paz. Es una agenda. Y la agenda —ese asunto aparentemente técnico— es la pieza estratégica decisiva. Es el verdadero campo de batalla, el que se libra a puerta cerrada en Mascate, en Islamabad y en Pekín, y el que Estados Unidos ha perdido en silencio.

La agenda es el arma

En toda negociación seria hay tres niveles.

El primero es el contenido: qué se cede, qué se obtiene. Es el que los medios cubren.

El segundo es el procedimiento: dónde, con quién, con qué mediador. Es el que los corresponsales avispados miran.

El tercero —el verdaderamente estratégico— es la agenda: el orden en que se cierran los asuntos. Es el que ganan los negociadores serios y pierden los inexpertos.

La razón es geométrica. En una mesa con varios expedientes interconectados, cerrar primero el asunto en el que una parte está más débil equivale a desarmarla para todo lo demás. Por eso el orden no es una cuestión de cronograma: es una cuestión de poder.

Kissinger lo entendió antes que nadie en la diplomacia americana de posguerra. La doctrina del linkage partía de esa convicción: las negociaciones no son compartimentos estancos, son vasos comunicantes.

Vincular Vietnam con el desarme estratégico, Berlín con Oriente Medio, China con Moscú. Lo decisivo no era el contenido de cada cesta sino la cadencia en que se abrían y cerraban. La diplomacia americana clásica sabía esto. La diplomacia americana actual no siempre lo tiene tan claro.

Trump necesitaba cerrar primero el apartado nuclear. La razón es obvia: Irán salía de cinco meses de guerra con su programa atómico golpeado, con instalaciones bombardeadas, con científicos eliminados, con cadenas de centrifugadoras interrumpidas.

Era la cesta en la que Teherán estaba más débil. Cerrar ahí, en caliente, equivalía a quitarle a Irán la única carta sistémica de larga duración y dejar el resto de expedientes —Ormuz, sanciones, activos, proxies, Líbano— para negociarlos después con una Irán ya desnuclearizada y, por tanto, desarmada estratégicamente. Era la jugada lógica. Era también la única jugada de victoria que le quedaba a Washington.

Irán lo sabía y jugó al revés. Su propuesta de 14 puntos, transmitida a Washington a través de Pakistán el 30 de abril, era explícita: primero el alto el fuego, primero el levantamiento del bloqueo naval, primero la liberación de los activos congelados, primero las sanciones, primero un nuevo mecanismo de gobierno del Estrecho.

El nuclear, en otra fase. «At this stage, we do not have nuclear negotiations», declaró el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní Esmaeil Baghaei. La frase no era una declaración casual: era una posición de mesa. Lo que Irán dijo a Washington fue, en lenguaje claro: primero asegure lo que es nuestro, después hablamos de lo suyo.

Trump tenía una opción intermedia, que es la favorita de los negociadores americanos clásicos: el paquete único, cerrar todo de golpe (nada está acordado hasta que todo está acordado).

Es la lógica del grand bargain. A Irán no le interesaba tampoco esa opción, porque le obligaba a poner el capítulo nuclear sobre la mesa simultáneamente con el resto.

Andreas Krieg, del King’s College de Londres, lo formuló con precisión a Al Jazeera el 6 de mayo: «Washington ha aceptado que la resolución simultánea de la guerra, Ormuz y el expediente nuclear en un único paquete final no es factible actualmente. Diplomáticamente, esto es una concesión a Teherán». Concesión es la palabra. Las concesiones procedimentales son las que verdaderamente cuentan.

La cesta iraní: cuatro temas, una sola lógica

Hay cuatro grandes cestas sobre la mesa, más una quinta oculta. La primera es el expediente nuclear: instalaciones, uranio, programa balístico, capacidad técnica. La segunda es Ormuz: bloqueo naval americano, contrabloqueo iraní, peajes en yuanes a los buques, libertad de navegación, «mecanismo» de gestión del estrecho. La tercera es la económica: sanciones secundarias, activos congelados, reparaciones, comercio del crudo. La cuarta es Líbano y los proxies: Hezbollah, los hutíes, las milicias iraquíes.

La quinta cesta —la oculta— es el tiempo. Para Irán, el tiempo trabaja a favor: cada semana sin acuerdo mantiene Ormuz bloqueado, el crudo alto, la inflación americana al alza, y refuerza el eje euroasiático que ha acudido al rescate diplomático y económico de Teherán. Para Estados Unidos, el tiempo trabaja en contra. Lo veremos al final.

El orden que Irán propone responde a esa lógica con precisión quirúrgica.

Hormuz primero, porque es donde Irán está más fuerte: controla geográficamente el estrecho y la suspensión de Project Freedom en 48 horas, el 5 de mayo, demostró que abrirlo por la fuerza no funciona.

Sanciones y activos congelados en segundo lugar, porque la guerra ha dejado a Irán necesitada de oxígeno económico inmediato.

Líbano y proxies en una vía paralela, mantenida en una ambigüedad estratégica que permite a Teherán conservar la palanca regional sin firmarla en el papel principal.

Y el nuclear al final, cuando todo lo demás esté consolidado, cuando Irán haya recuperado oxígeno y cuando la presión militar estadounidense haya quedado neutralizada.

En ese momento, Teherán negociará el expediente atómico desde una posición que no tendrá nada que ver con la de marzo. Negociará desde la fortaleza recuperada.

Las dos aristas del átomo

Hay un equívoco que conviene deshacer. Cuando se habla del «tema nuclear» en plural, suele tratarse como una sola cesta. No lo es. El expediente atómico contiene, al menos, dos sub-expedientes distintos, con lógicas y dinámicas propias.

El primer sub-expediente es el stock de material enriquecido. El uranio físico, hoy al 60% según las últimas verificaciones del OIEA anteriores a la guerra, presumiblemente trasladado a refugios subterráneos antes y durante los bombardeos.

Como recordó David Sanger en The New York Times a mediados de mayo, el stockpile nuclear iraní no fue alcanzado por la campaña militar.

Sigue ahí.

El primer paquete americano de marzo exigía su entrega al OIEA o su transferencia a un tercer país. Irán siempre rechazó. Su Ministerio de Exteriores fue tajante: el uranio «bajo ninguna circunstancia será transferido a ningún lugar». Según los reportes coincidentes de The Times of Israel y Reuters del 24 de mayo, el acuerdo en preparación no exigirá esa entrega. Washington ha cedido también ahí.

El segundo sub-expediente es la capacidad tecnológica. Las cadenas de centrifugadoras, el conocimiento técnico de los ingenieros supervivientes, las instalaciones soterradas. Una potencia que conserva ese know-how, aunque pierda material e instalaciones, puede reconstruir su programa en plazos cortos. Una que pierde el conocimiento tarda décadas.

Washington apuntaba en marzo a desmantelar las dos aristas. En mayo se conforma con dejar la cuestión abierta a futuras conversaciones dentro de la ventana de sesenta días.

Esa diferencia no es un detalle técnico. Es la diferencia entre desnuclearizar un país y limitarse a haberle hecho daño. Lo primero es lo que prometieron Trump y Netanyahu el 28 de febrero. Lo segundo es lo que firmará Trump en breve. La distancia entre uno y otro es la medida exacta de la derrota americana.

Líbano, el frente que Israel necesita y Trump quiere clausurar

Hay un tercer asunto enredado con todo lo anterior: Líbano. No es teatro accesorio: es la cuarta cesta y, en términos de proxies, la principal palanca regional iraní después de Ormuz. Sin Hezbollah, Teherán pierde la pieza más cara de su dispositivo asimétrico de disuasión. Con Hezbollah operativo, conserva una mano libre frente a Israel cuando convenga.

El alto el fuego Israel-Líbano del 16 de abril —mediado por el Departamento de Estado y separado del acuerdo con Pakistán— se ha sostenido a duras penas.

Las violaciones israelíes han sido continuas: el jefe del Estado Mayor Eyal Zamir aprobó el 24 de mayo «planes para la continuación del combate contra Hezbollah». Una cuarta ronda de negociaciones directas Israel-Líbano está prevista en Washington a principios de junio.

Naim Qassem, secretario general de Hezbollah, ha exigido al Gobierno libanés abandonarlas: «No den ustedes a América para que ella se lo dé a Israel; no estén con ellos y nos apuñalen por la espalda».

El acuerdo en preparación con Irán incluye, según las filtraciones coincidentes, un nuevo alto el fuego Israel-Hezbollah. No incluye, sin embargo, el desarme de Hezbollah, condición exigida por Israel y por Washington en marzo.

Otra concesión más, de las que no aparecerán en los titulares pero estructuran el resultado. Netanyahu querría mantener Líbano fuera del acuerdo principal con Teherán, exactamente como en abril, para conservar margen operativo.

Trump quiere meterlo dentro para reducir frentes abiertos y poder vender al electorado americano una paz unificada. L

a tensión entre ambas posiciones —que Netanyahu pretendió disolver el sábado en su llamada a Trump, según anunció él mismo en X— es uno de los puntos donde la agenda sigue negociándose mientras escribo estas líneas.

El reloj de Trump

La pregunta verdadera, llegados a este punto, no es por qué Irán juega bien. Lo hace porque tiene tradición negociadora, mediadores eficaces —Pakistán, Catar, ahora Pekín— y porque la geografía juega a su favor. La pregunta verdadera es: ¿por qué Trump no rompe?

La respuesta está en la aritmética de las opciones. Hay tres caminos teóricamente abiertos para Washington y los tres están cerrados en la práctica.

El primer camino es una nueva escalada militar. Inviable. La Operación Project Freedom del 4 y 5 de mayo, que pretendía abrir Ormuz mediante escoltas navales, fue suspendida en cuarenta y ocho horas. El jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, declaró que los incidentes con Irán de esos días seguían «por debajo del umbral de reanudar operaciones de combate mayores».

El secretario de Defensa Pete Hegseth confirmó que el alto el fuego «ciertamente se mantiene». Es lenguaje de Pentágono para decir: no podemos permitirnos volver a empezar.

Como David Sanger documentó en The New York Times en mayo, el stockpile sigue intacto, más de la mitad del arsenal de misiles iraní ha sobrevivido, e Irán ha recuperado acceso a emplazamientos clave. La pregunta que la cúpula militar americana se hace, según oficiales israelíes: «No hará ahora lo que no hizo en cuarenta y dos días. Está atascado».

El segundo camino es congelar el conflicto en el statu quo. También inviable. Con Ormuz parcialmente bloqueado, el petróleo en niveles altos, la inflación americana en cotas que el propio asesor económico jefe de la Casa Blanca Kevin Hassett reconoció en abril, y la economía mundial absorbiendo el coste de un cuello de botella geográfico que mueve aproximadamente una quinta parte del crudo internacional, mantener la indefinición tiene un precio que se acumula cada semana.

Los aliados del Golfo —Arabia Saudí en cabeza— presionan abiertamente para reabrir el estrecho. Pakistán media para cerrar. China —Araghchi visitó Pekín en mayo, justo antes de la cumbre Trump-Xi del 14 y 15— se sitúa como segundo árbitro implícito. Todos quieren acuerdo. Washington no puede permitirse decir que no.

El tercer camino es esperar a que Irán ceda. Inviable también. Irán no va a ceder. Su gobierno —el ayatolá Mojtaba Jamenei, sucesor de su padre asesinado en los bombardeos del 28 de febrero, con vinculación directa al IRGC— tiene incentivos personales y sistémicos para no firmar nada que parezca capitulación.

Su balance de la guerra es netamente favorable: ingresos por venta de petróleo casi duplicados durante el conflicto, alianza reforzada con Pekín y Moscú, demostración pública de que la primera potencia militar del planeta no pudo destruir el programa nuclear en cuarenta y dos días.

Como dijo a Al Jazeera el analista Seyed Mojtaba Jalalzadeh: «El equilibrio de disuasión está actualmente inclinado a favor de Irán, y esa realidad va calando lentamente en Washington».

Y luego está el calendario. Agosto. El verano americano. El precio de la gasolina en las estaciones de servicio. El comienzo del ciclo electoral de las midterms.

El ritual psicológico —no menor en este presidente— de la necesidad de exhibir trofeos antes del receso veraniego. Aproximarse a agosto con la guerra abierta, con Ormuz bloqueado, con la inflación instalada, con el frente libanés enredado, sería políticamente catastrófico. Hay que cerrar antes. Y «cerrar antes» significa ceder en la agenda y vestir el cierre de victoria.

La derrota como narrativa

Trump firmará. Es probable que la firma se anuncie en los próximos días. Habrá ceremonia, habrá fotografía, habrá megafonía en Truth Social.

Habrá la palabra tremendous y la palabra peace y la palabra historic. Habrá quien lo aplauda como demostración de que sólo el genio del dealmaker pudo lograr este desenlace. Y habrá una verdad estructural debajo de la narrativa que ningún titular reflejará.

La verdad estructural es esta. Estados Unidos lanzó el 28 de febrero una guerra con cuatro objetivos declarados: destruir el programa nuclear iraní, desmantelar la marina iraní, desarmar a sus proxies y asegurar que Teherán nunca tendría armas nucleares.

A 25 de mayo, ninguno de esos objetivos se ha conseguido. El uranio enriquecido sigue en Irán y no será entregado. La capacidad técnica de enriquecimiento permanece. Hezbollah no será desarmado. La marina iraní opera en el Golfo Pérsico.

Y, sobre todo, la agenda de la negociación —la verdadera arquitectura del resultado— se ha cerrado tal como la propuso Teherán: Ormuz primero, nuclear al final, en una vía de sesenta días, con sanciones aliviadas y activos descongelados por el camino.

Que Trump escenifique esto como victoria forma parte del repertorio. Lo hizo con la guerra comercial china en 2020, con Corea del Norte en 2019, con la salida de Afganistán pactada con los talibanes en 2020. Cada vez, la fórmula es la misma: el contenido sustantivo es una concesión, el envoltorio retórico es un triunfo, y la prensa amiga repite el envoltorio.

La diferencia con Irán es que esta vez la concesión no es marginal: es el reconocimiento implícito de que la primera potencia militar del planeta no pudo imponer su agenda a una potencia regional sancionada y bombardeada durante cinco meses.

Kissinger entendió, en aquella conferencia de prensa de febrero de 1969, que el debate sobre el orden de las negociaciones no es jamás un asunto técnico. Es la negociación misma.

Quien fija la agenda ha ganado el juego antes de que empiece. Por eso Trump no podía ganar esta guerra: no es que perdiera en el campo de batalla, es que perdió en la mesa. Y la mesa, en geopolítica, es la única batalla cuyas victorias y derrotas duran.

A Trump le queda perder para decir que ha ganado. Es lo único que le queda.

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