Un marmolista y enterrador que trabajaba para la empresa funeraria El Salvador declaró ayer ante la Audiencia Provincial de Valladolid que los cadáveres eran incinerados sobre tablones de aglomerado en lugar de en los ataúdes por los que las familias habían pagado.
El testimonio de Valeriano V.A. situó al fundador del grupo funerario, Ignacio Morchón Alonso, ya fallecido, como responsable directo de la trama.
El testigo fue tajante: presenció la llegada de furgonetas cargadas de tableros de aglomerado al cementerio de Santovenia, localidad de la provincia de Valladolid.
Los féretros, según su relato, se reutilizaban para sucesivos sepelios. Las coronas de flores, también. Y lo que ocurría dentro del tanatorio «lo sabía medio pueblo de Santovenia».
Valeriano trabajaba para Mármoles San Andrés, empresa que prestaba servicios al grupo funerario.
Fue a través de sus propios compañeros como fue conociendo los detalles de la operativa.
Uno de ellos, Justo Martín Garrido., ya fallecido, había ido documentando la trama durante dos décadas —entre 1995 y 2015— mediante anotaciones, fotografías y archivos guardados en una veintena de libretas y varios pendrives. Y trató de chantajear a Ignacio Morchón Alonso, pero este no cedió.
Al contrario, lo denunció ante la Policía Nacional, lo que, de rebote, dio pie a la apertura de la investigación que ha desembocado en juicio contra la esposa y los hijos de Morchón Alonso, a los que se les acusa de organización criminal, estafa continuada, apropiación indebida, delitos contra el respeto a los difuntos, blanqueo de capitales y falsedad documental.
Los beneficios obtenidos entre 1995 y 2015 pueden haberse elevado a 4 millones de euros.
El enterrador llegó a extraer documentación de uno de esos dispositivos. Y con ella en mano se plantó ante Morchón Alonso en un bar cercano a la cárcel vieja.
«Era amigo de Ignacio y le dije que dejara de hacerlo porque al final iba a caer», declaró.
La respuesta del empresario fue contundente: «Me dijo que no le importaba y que a él no le extorsionaba nadie». Valeriano negó que su intención fuera obtener ningún beneficio económico a cambio de su silencio.
Ante el fracaso de ese encuentro, el testigo trasladó la información a la familia de uno de los afectados, residente en el barrio de San Pedro.
Fue esa familia la que, una vez destapada la trama, facilitó a la Policía Nacional el contacto con Valeriano.
A algunos fallecidos no los incineraban el el tanatorio sino en otra parte
El testigo describió además una puesta en escena para engañar a las familias: los acusados simulaban la incineración en el tanatorio antes de que el cuerpo fuera trasladado al cementerio, donde se practicaba la cremación real, aunque no siempre sobre los restos del familiar que las familias creían despedir.
La sala escuchó también, a lo largo de la mañana, los testimonios de cerca de una veintena de perjudicados. Sus relatos compartían un hilo conductor: la mayoría se enteró del fraude por los medios de comunicación, al aparecer su nombre en una lista de afectados.
Teresa C.B., cuya padre murió el 14 de noviembre de 2002, recordó que los empleados corrieron las cortinillas en el momento de la cremación, impidiéndoles presenciarla.
Lo que supuestamente ocurrió después con el cuerpo de su padre lo calificó de «auténtico sacrilegio» y aseguró que su familia ha vivido «otro infierno» desde que lo supo.
Las cenizas aún calientes un día y medio después de la supuesta cremación fueron el detalle más inquietante del juicio.
María Jesús M. relató que cuando acudió al cementerio de Santovenia a recoger la urna de su madre, fallecida el 14 de abril de 2009, los empleados le dijeron inicialmente que «no encontraban las cenizas».
Cuando por fin aparecieron, todavía estaban calientes. La cremación, a la vista de ese dato, pudo haber sido simulada.
Otros afectados ni siquiera tienen la certeza de que las cenizas que recibieron fueran las de sus familiares. María Ángeles P.S. lamentó que tras la cremación de su madre desaparecieran todas las coronas antes de que su familia pudiera conservar ninguna.
Una «rosa eterna» que ella y su hermana habían colocado entre las manos de su madre en el último adiós tampoco apareció. «Sólo de pensar que la pudieron manipular…», dejó caer ante el tribunal.
El juicio retoma este miércoles su tercera jornada semanal con la declaración de otra veintena de perjudicados.