Pretender que la ley ocupe todo el espacio del Estado de derecho, que regule nuestra educación, es ya un fracaso.
La esencia de una sociedad evolucionada en los derechos y libertades está, desde luego, en el nivel de educación de su sociedad.
Aunque queramos echar la culpa de todo a los políticos, estos no son sino un reflejo de nuestras acciones y silencios, de nuestro nivel de compromiso con la defensa de nuestra democracia, un reflejo de lo que consentimos, de lo que toleramos, de aquello por lo que no hemos luchado bajo la excusa de dejar espacio a la libertad, de aquello que hemos descuidado por mirar años para otro lado.
Son un reflejo de aquello que todos conocemos porque hemos sido cómplices durante años.
Es verdaderamente esencial tener una buena educación en democracia, porque nos va a hacer defender unos principios, nos va a servir de inspiración para crear unos valores y nos va a impulsar a tomar unas u otras decisiones.
Y, al contrario, una sociedad sin valores, como decimos ahora, es una sociedad sin educación para hablar, o callar, o actuar o parar, para hacer lo más conveniente en cada momento según los intereses de nuestros derechos, de los de todos.
Cuando hablamos de que la sociedad no se mueve, queremos decir que no está educada para actuar o para defenderse; por eso se paraliza, porque no tiene educación suficiente para saber cómo reaccionar.
Debería estar suficientemente asentada como convicción, y no como idea, que el Estado de derecho requiere un espíritu democrático que hay que enseñar a respetar, cuidar y fomentar, porque es el origen de todo y su ausencia, el principio del fin.
En el siglo XXI ya deberían estar asentados algunos valores que configuran el espíritu democrático y que no pueden tener otra base que los Derechos Fundamentales a diferencia de los totalitarismos del siglo XX, donde, siendo algunos de sus gobernantes elegidos por mayoría en la votación, la definición de democracia no tenía como elemento esencial el respeto a los Derechos Fundamentales.
Los ingredientes del perfume democrático
Esos ingredientes del perfume democrático son conocidos por los demócratas, pero solo los que sienten la democracia como un principio los respetan:
• La separación de poderes: este principio no se termina de cumplir. Actualmente, el poder judicial está en continuo peligro porque los depredadores democráticos no dejan de intentar romper la estructura y terminar con su independencia para hacerse con el control del poder.
La Fiscalía está casi secuestrada. Se quiebra en el nombramiento de algunos cargos donde no se cumple con la protección de la independencia y el interés general. Y, a pesar de los informes de GRECO, nada se hace para impedirlo. Nos faltan principios para combatir esa quiebra democrática. Nuestro perfume no alcanza su calidad porque este ingrediente democrático huele un poco rancio.
• En el poder ejecutivo y legislativo, el olor es aún peor. Se funden en la realidad sin que a nadie le ofenda ver, como recientemente hemos observado, que se aprueban leyes (la del «solo sí es sí») en contra de las recomendaciones de más de 20 organismos de la sociedad, entre ellos el CGPJ. O no se aprueban presupuestos y nadie dimite.
En una democracia con espíritu, esto no puede ser opcional. En una democracia con un buen perfume, sin una ley que lo obligue, habría dimisiones y elecciones en estas circunstancias.
Aquí el olor es pestilente y, si no hay ley, no queda nada de espíritu que les invite a respetar la democracia por encima de los intereses políticos. Necesitamos leyes, a falta de educación, que defiendan mejor la democracia por encima de la política y sus intereses.
• La legislación por decretos y mecanismos que eluden el Parlamento tampoco es un buen ingrediente en nuestro perfume. Lo vemos todos los días y la falta de reacción huele tan mal como la norma aprobada por ese método, que incumple reiteradamente la forma y el fondo de nuestra regulación constitucional.
Se puede afirmar que tenemos un Parlamento poco operativo para realizar las funciones de control. Nos fallan la educación y las estructuras del sistema ante esa falta de educación democrática y de fidelidad a los principios constitucionales, cuya traición no parece tener ninguna consecuencia, y se le sigue llamando actuación democrática a lo que es una utilización, al menos, antidemocrática de la ley.
• El control del presupuesto y sus fines, con posibilidad de intervención en actuaciones que no sean para el interés general, y el control y mejor regulación de la actividad política en general, tanto en su nombramiento como en el desempeño de sus funciones, es otro ingrediente poco recomendable para nuestro perfume.
Bueno, aquí sí que llegamos al pachuli total, donde solo podemos ver las instituciones trajeadas, en una foto grotesca y pestilente.
Donde se permite gastar el dinero de nuestros impuestos sin ningún requisito ni control serio, cuando derechos fundamentales como la justicia están abandonados, dejando a profesionales del TO en condiciones miserables, como si fuéramos sirvientes o esclavos de sus intereses más políticos que democráticos.
Si bien la Constitución, en su artículo primero, ya habla de los principios dedicándoles unas líneas, lo cierto es que no hay un desarrollo legislativo o jurisprudencial que pueda anular una conducta o una ley por vulnerar estos principios superiores, por vulnerar el espíritu democrático.
Bien, pues se dice en ese artículo, colocado acertadamente entre los primeros de la Constitución:
«1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
«2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».
Pero España no es un Estado democrático. No se puede llamar democrático a un Estado que sostiene un Gobierno, da igual el color, sin presupuestos; que legisla por la puerta de atrás; que toma decisiones contrarias al sentir popular sin consultar; que está en casos de corrupción con procedimientos ya avanzados…
No se puede llamar democracia a un Parlamento que quiere hacerse con el control de los altos cargos de la judicatura y la Fiscalía, que no respeta la independencia y separación de poderes y funde el poder legislativo con el ejecutivo, sin límites ni decoro.
No somos, desde luego, un país democrático; somos un país trajeado de democracia, disfrazado, vestido, fotografiado, pero no una auténtica democracia donde el sentimiento común rechazaría, hasta impedir, todos los abusos que se están produciendo y que no son, desde luego, fruto de un espíritu democrático, sino de otra forma de sentir.
Los principios superiores y el espíritu de la Constitución
La CE es muy clara, sobre todo en sus artículos 1 y 9, aunque mi preferido es el 10. Recoge los Derechos Fundamentales y los valores superiores del ordenamiento jurídico y, por lo tanto, deberían aplicarse cuando la legislación no inspira estos valores o tiene otros fines que los atacan.
Y deberían aplicarse más pronto que tarde para destruir disfraces democráticos que amparan normas puramente antidemocráticas. Más bien son disfraces sobre normas cuyo espíritu es destruir la separación de poderes y la independencia entre ellos.
Y con esos disfraces, así de bien vestidos, se nos ve, aunque no seamos más que unos ridículos malolientes que solo pueden exhibir corrupción y nuestro conformismo.
Hay que fabricar esencias democráticas para alimentar el buen perfume y usar los Derechos Fundamentales y principios superiores del ordenamiento jurídico que, afortunadamente, tenemos recogidos en los textos legales y en la Constitución Española.
Úsenlos, no sean tímidos, como lo hacen algunos valientes ya, con convicción y vocación, salvando nuestra democracia, la de todos, y crearemos un buen perfume en la sociedad, o apestaremos todos.