El Movistar Arena de Madrid acogió ayer por la tarde la entrega de la II Edición del Premio Jurídico ICOGAM-AEGGA «Manuel Herranz».
Dos nombres, una misma idea del derecho. Victoria Ortega, expresidenta del Consejo General de la Abogacía Española, y Antonio Garrigues Walker, presidente de honor de la firma Garrigues, recibieron un galardón que, según subrayaron los intervinientes, no premia los títulos sino algo más difícil de medir: una trayectoria de vida.
Abrió el acto Fernando Santiago Ollero, presidente del Ilustre Colegio de Gestores Administrativos de Madrid. Y lo hizo apelando a aquello que une a ambos premiados por encima de sus diferencias.
¿Qué tienen en común un abogado internacional y la primera mujer que presidió la abogacía española? Una misma convicción, vino a decir Santiago Ollero: que el conocimiento jurídico lleva aparejada una responsabilidad enorme hacia la sociedad.

El presidente de los gestores administrativos madrileños definió a Garrigues como «una de las figuras más influyentes en la modernización del derecho en España» —aunque confesó que, para él, sin matices, era la más influyente—.
Recordó cómo el abogado recorría el mundo reivindicando una abogacía internacional española «cuando todavía nos estábamos mirando el ombligo».
Su defensa de la seguridad jurídica, su compromiso con los valores democráticos y esa rara capacidad de integrar la excelencia técnica con una profunda dimensión humanista lo han convertido, dijo, en un referente indiscutible de la cultura jurídica contemporánea.
De Victoria Ortega destacó el compromiso institucional y la construcción de un modelo de abogacía cercano al ciudadano y garante de los derechos fundamentales.
Su liderazgo al frente del Consejo General de la Abogacía Española, recordó, estuvo marcado por la defensa del Estado de derecho, la igualdad en el acceso a la justicia y el fortalecimiento del papel social de los profesionales del derecho. Dos trayectorias distintas, experiencias diferentes, pero una misma convicción: el derecho debe estar al servicio de las personas.
La laudatio: «los imprescindibles» de Brecht
La laudatio corrió a cargo de Juan Carlos Campo, magistrado del Tribunal Supremo. Y arrancó con una declaración de intereses tan honesta como poco habitual en estos actos: lo que iba a decir estaba teñido de dos esencias, el cariño y la admiración.
Campo situó a ambos premiados en una categoría singular. Hay personas, explicó, cuya trayectoria se describe enumerando cargos y reconocimientos.
Y hay otras —las importantes— cuya verdadera dimensión solo se comprende cuando se han compartido con ellas espacios de trabajo, dificultades y proyectos. Garrigues y Ortega pertenecen, sin duda, a esa segunda categoría. Son, en palabras del magistrado tomadas de Bertolt Brecht, de los imprescindibles.

No esquivó los datos. Recordó que Victoria Ortega es doctora en Derecho, abogada en ejercicio durante más de cuatro décadas, decana del Colegio de Abogados de Cantabria, presidenta del Consejo General de la Abogacía, presidenta de la Unión Profesional y consejera de Estado.
Una trayectoria que por sí sola justificaría cualquier reconocimiento. De Garrigues enumeró la presidencia de honor de su bufete, la fundación del capítulo español de Transparencia Internacional, los doctorados honoris causa por universidades de medio mundo y el apellido ya inescindible del derecho español.
Pero el verdadero valor de ambos, advirtió Campo, no está en lo mucho que han ocupado, sino en la forma en que lo han ejercido. ¿La cualidad que más le ha conmovido siempre? La calidad humana.
La capacidad de defender con firmeza las propias convicciones sin perder jamás la cortesía. En tiempos en que se confunde la discrepancia con el enfrentamiento, dijo, ambos han demostrado que es posible ser firme sin ser inflexible y leal a las instituciones sin renunciar a la independencia.
El magistrado evocó los años de reuniones, debates y proyectos compartidos en torno a la justicia, incluidos los difíciles meses de la pandemia.

Llegaba a aquellos encuentros sabiendo que ambos plantearían preguntas incómodas y defenderían con pasión la posición de la abogacía. Pero también sabía que lo harían desde el rigor y la honestidad intelectual. Nunca entendieron las instituciones como trincheras, subrayó, sino como lugares de encuentro al servicio de los ciudadanos.
Tuvo Campo un reconocimiento especial para la condición pionera de Ortega: su llegada a la presidencia de la abogacía española y de la Unión Profesional como primera mujer no fue solo un hito profesional, sino un mensaje para muchas juristas que vieron en ella la prueba de que el talento y el esfuerzo pueden abrir todas las puertas.
Cerró con una idea: los juristas hablan mucho de principios; ellos han dedicado toda una vida a practicarlos.
La respuesta de los premiados
Victoria Ortega tomó después la palabra, no sin antes disculparse por un retraso debido a un avión que tardó tres horas en despegar.
Agradeció el galardón a quien lo entregaba —una institución que representa a los gestores administrativos, una profesión, dijo, de extraordinaria importancia por la naturaleza de su función y por su permanente esfuerzo de adaptación a una realidad que cambia a velocidad vertiginosa—.
Recordó la figura que da nombre al premio, Manuel Herranz, referente de la profesión que impulsó la formación continua desde la convicción de que solo se avanza con dedicación, esfuerzo y ética.
Y dedicó palabras de afecto a Juan Carlos Campo, miembro en distintos momentos de los tres poderes del Estado, hoy magistrado del Tribunal Constitucional, de quien destacó la coherencia y la lealtad a sus objetivos, y su idea de una justicia que necesita legitimidad, eficiencia y el derecho de la ciudadanía a comprender. Porque, citándolo, no se puede cumplir aquello que no se entiende.

De Garrigues confesó sentir «un cierto vértigo» al compartir premio con él.
Rescató una frase del exministro Rafael Catalá: Antonio es un hombre siempre joven, que vino del Renacimiento para traer humanidad al siglo XX y sensatez al XXI. Un pionero, un creador incansable, un analista fino de lo que nos pasa.
Y terminó formulando un deseo: el de una democracia que se haga fuerte frente a quien pretende debilitarla, que preserve los valores constitucionales y asegure un futuro de tolerancia, convivencia, igualdad y paz. «Ahí está mi sueño», dijo.
Cerró el turno Antonio Garrigues Walker, fiel a su estilo. «Me encantan los elogios», afirmó. Ningún elogio, bromeó, le parece nunca suficientemente reservado, de modo que lo mejor es aceptar que quienes los pronuncian son personas generosas.

Reivindicó el papel de las profesiones jurídicas y el de los gestores administrativos, y lanzó una reflexión que sobrevoló toda la tarde: la sociedad conoce bien lo que hace un médico, pero no tanto lo que hacen el abogado o el gestor administrativo. Ahí, dijo, queda tarea por delante.
Abogados y gestores llevan mucho tiempo colaborando y deben seguir haciéndolo, conocerse mejor y explicarse mejor ante una sociedad que los necesita de verdad. Se despidió con una invitación a repetir actos como este y con su gratitud por la atención.
Y así, entre la memoria de Manuel Herranz y el reconocimiento a dos vidas dedicadas al derecho, se levantó la sesión.