Opinión | Una república cumple 250 años: la forma de soplar las velas dice más que todos los discursos

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y analista internacional, reflexiona sobre cómo la celebración del 250º aniversario de EE.UU. revela la evolución de la república hacia un modelo de creciente personalización del poder.

1 / 07 / 2026 05:39

«Sufrimos, sobre todo, no de nuestros vicios ni de nuestras debilidades, sino de nuestras ilusiones. No nos persigue la realidad, sino las imágenes que hemos puesto en su lugar» Daniel J. Boorstin, La imagen, 1962.

El 4 de julio, según las previsiones oficiales, más de un millón de personas se congregarán en el National Mall para asistir al mayor cumpleaños de la historia de Estados Unidos.

Habrá un desfile militar por el corazón de la capital, pasadas de cazas sobre los monumentos, exhibiciones de drones y, al caer la noche, los fuegos artificiales que toda potencia reserva para hablar de sí misma sin necesidad de palabras.

En el centro de la liturgia, un atril. Y tras el atril, un hombre.

Conviene mirar la fiesta antes de escuchar el discurso. Los discursos del 4 de Julio dicen siempre lo mismo —libertad, providencia, destino manifiesto— y por eso informan poco.

La manera en que una nación monta su propio cumpleaños, en cambio, es la radiografía más honesta de su régimen político.

En un discurso se puede mentir; en una coreografía, mucho menos. Dime cómo celebras y te diré en qué te has convertido. Y la celebración de este año, leída con cuidado, dice algo que ninguno de los oradores pronunciará.

Para verlo basta un experimento sencillo: poner dos fotografías una al lado de la otra. La de 1976, cuando el país cumplió doscientos años en su peor momento. La de 2026, cuando cumple doscientos cincuenta en uno de los más altos.

Entre ambas median cinco décadas; pero, sobre todo, median dos ideas opuestas de qué es exactamente lo que se celebra el 4 de Julio.

1976: el cumpleaños de una república herida

Hace exactamente medio siglo, Estados Unidos celebró su Bicentenario en la hora más baja de su historia reciente. El Ejército acababa de retirarse, derrotado, de Vietnam.

Por primera vez, un presidente había dimitido, arrastrado por el Watergate. La economía se asfixiaba en aquella mezcla inédita de inflación y estancamiento para la que hubo que acuñar una palabra nueva.

El país estaba deprimido, fracturado y, sobre todo, dudaba de sí mismo.

Y, sin embargo —aquí está lo decisivo—, celebró deliberadamente hacia abajo y hacia los lados.

No hubo desfile militar en Washington. La fiesta se descentralizó hasta dejar de ser un acto de Estado: se convirtió, en la fórmula de los historiadores, en una constelación de conmemoraciones locales repartidas entre estados, ciudades y vecinos.

Pueblos enteros pintaron de rojo, blanco y azul sus bocas de incendio. El acto central no fue una columna de blindados, sino la Operation Sail: más de 200 naves de 30 países —entre ellas los grandes veleros del mundo— desfilando despacio frente a la Estatua de la Libertad ante 6 millones de personas.

Un tren, el Freedom Train, recorrió durante casi dos años los 48 estados continentales llevando los documentos fundacionales al andén de cada pueblo.

En el propio Mall, el Smithsonian levantó durante 12 semanas un festival de folklore. Hasta la antigua metrópoli vino, y vino como invitada: la reina de Inglaterra regaló una réplica de la Campana de la Libertad.

El detalle más fino es también el menos conocido. El bibliotecario del Congreso de aquel año era Daniel Boorstin —el mismo que firma el epígrafe de estas líneas, el gran teórico de cómo una nación puede sustituir la realidad por su propia imagen— y fundó precisamente entonces el American Folklife Center.

En su segundo centenario, la memoria oficial del país eligió el folklore antes que el trono. El presidente Ford contempló los fuegos desde el balcón de la Casa Blanca. No cabalgó al frente de ningún ejército.

No idealicemos 1976. Hubo también una orgía mercantil —se la llegó a llamar el buy-centennial—, kitsch a destajo y voces que recordaron, con toda la razón, cuánto omitía aquella épica de barras y estrellas.

Pero el instinto, incluso herido, apuntaba en una dirección inconfundible: hacia la gente, hacia el mar, hacia el mundo. Era un país débil con los reflejos republicanos intactos.

2026: el cumpleaños de una potencia eufórica

El Semiquincentenario llega en las circunstancias exactamente opuestas. No en la humillación, sino en la embriaguez de la fuerza —o, al menos, de su relato—.

En enero, un comando estadounidense capturó al presidente de Venezuela y reconoció desde Washington a su sucesora; los ingresos del petróleo venezolano han pasado a administrarse, sin demasiados eufemismos, desde el norte.

La guerra contra Irán se vendió como una victoria sin paliativos. Y el 12 de junio, la mayor salida a bolsa de la historia —la de SpaceX, valorada en cerca de 1,8 billones de dólares— vino a coronar el año.

Este verano, Estados Unidos no quiere celebrarse como un superviviente, sino como un vencedor.

Y conviene detenerse en la naturaleza de esa euforia, porque la historia enseña que las grandes potencias rara vez se equivocan tanto como cuando se sienten invencibles. Conviene, sobre todo, distinguir el relato del balance.

La guerra contra Irán es el caso más elocuente: presentada como apoteosis, ha dejado un alto el fuego frágil —que el presidente firmó durante una cena en Versalles— roto y recosido varias veces en pocas semanas, un programa nuclear dañado pero no liquidado, cuyo uranio más sensible se había puesto a salvo antes de los bombardeos, y unas alianzas occidentales más erosionadas que fortalecidas.

No es una rendición enemiga: es un empate sangriento que el vencedor ha elegido narrar como triunfo. Y ahí está el punto: la derrota obliga a pensar; la victoria, sobre todo la imaginada, invita a celebrarse.

En 1976, un país humillado tuvo que preguntarse quién era; en 2026, un país que se proclama triunfante se ahorra la pregunta. El exceso de fuerza —y el exceso de relato sobre la fuerza— tiene un efecto narcótico sobre el juicio político.

Y ese es, precisamente, el momento en que una república empieza a confundirse con otra cosa.

Y la fiesta obedece al estado de ánimo. Ya no mira hacia abajo y hacia los lados, sino hacia arriba y hacia un único punto. Un desfile militar por la capital. Cazas sobre los obeliscos.

Una revista naval internacional en el puerto de Nueva York —el único eco reconocible de 1976—, ahora engastada en una coreografía de proyección de poder.

Y algo que en 1976 habría resultado impensable: una rededicación religiosa del país como «una nación bajo Dios», celebrada en el propio Mall esta primavera, que convierte un aniversario civil en un acto cuasi litúrgico.

La república que se fundó separando el altar del trono celebra su cumpleaños reconciliándolos. El mensaje es doble: hacia dentro, una identidad nacional fundida con una sola confesión; hacia fuera, una advertencia de poderío. Ninguna de las dos cosas figuraba en la partitura de 1976.

La gramática de la fiesta se delata, sobre todo, en un precedente. El gran desfile militar que el presidente perseguía desde 2018 acabó celebrándose, no por azar, el 14 de junio de 2025: el día de su septuagésimo noveno cumpleaños.

6,600 soldados, unos 150 vehículos y un coste estimado entre 25 y 45 millones de dólares, con la inquietud añadida por los desperfectos que los blindados pudieran causar en el asfalto de la ciudad.

La tropa durmió en catres en el Departamento de Agricultura. Y algunos veteranos se negaron a participar para no servir de atrezo. La coreografía ya no apunta hacia el pueblo: apunta hacia un hombre y hacia su ejército. Es un país fuerte con el reflejo invertido.

Y conviene recordar por qué eso importa, porque no es una susceptibilidad europea. La república estadounidense nació recelando de los ejércitos permanentes, y durante dos siglos y medio hizo de la ausencia de desfiles militares un signo de distinción frente a las monarquías y las autocracias, que sí necesitan exhibir su fuerza ante su propio pueblo.

Las dictaduras desfilan; las democracias votan. El desfile de 2025 fue el primero por las calles de Washington desde 1991, y aquel —la celebración de la victoria del Golfo— fue un acto único, no una costumbre. Convertirlo en liturgia anual, y hacerlo coincidir con el cumpleaños del jefe del Estado, no es un matiz de protocolo. Es un cambio de naturaleza.

La fiesta partida

Hay un dato más revelador que cualquier desfile, y es político en estado puro: este año no hay una celebración, hay dos, y rivalizan. En 2016, el Congreso creó una comisión bipartidista, America250, para organizar el aniversario por encima de las facciones; sus presidentes honorarios son dos expresidentes de signo contrario, Bush y Obama, junto a sus esposas.

Es exactamente así como una república celebra: el cumpleaños del país no pertenece a nadie en particular, porque pertenece a todos.

Pero en 2025 los recursos federales se desviaron hacia un grupo de trabajo de la Casa Blanca, el Freedom 250, alineado con el presidente.

Patrocinio corporativo. Un Kennedy Center que la propia Casa Blanca presenta ya con el nombre del presidente.

Actos señalados por su politización y por su falta de transparencia financiera. Y veteranos que rehúsan desfilar.

Una nación que ya no sabe celebrar unida su propio cumpleaños, porque ha dejado de tener claro de quién es el cumpleaños. El patriotismo convertido en prueba de lealtad.

El síntoma de fondo no es la escala, sino la propiedad. Un cumpleaños nacional es, por definición, de todos: el día en que la comunidad política se reconoce a sí misma por encima de quien la gobierna en ese momento. Cuando esa fecha adquiere un dueño —cuando los recursos, los símbolos y el relato se concentran en la Casa Blanca y en una sola figura—, algo se ha desplazado en silencio.

La fiesta deja de celebrar a la república y empieza a celebrar al gobernante. Y una ciudadanía a la que se invita a aplaudir no a su país, sino a quien lo dirige, ha cruzado, sin que suene ninguna alarma, una frontera política precisa.

Hace unos meses, cuando Carlos III recordó en el Capitolio que la Carta Magna ha servido durante 800 años, ante todo, para someter el poder ejecutivo a control, el Congreso en pleno se puso en pie. Era una advertencia con acento extranjero.

La de este 4 de Julio es interna y no necesita rey que la pronuncie: está escrita en la distancia que separa celebrar a un país de celebrar a quien lo gobierna.

La objeción honesta

Cabe la objeción, y es de justicia formularla en su versión más fuerte. Cada época —se dirá— celebra a su imagen: 1976 fue austero porque estaba deprimido, 2026 es fastuoso porque está seguro de sí mismo. Leer moral política en unos fuegos artificiales sería el vicio de cierto columnismo.

Un país poderoso tiene todo el derecho a celebrar su poder; siempre hubo desfiles, triunfos y pompa sin que por ello la república se desplomara. Un desfile, al fin, es solo un desfile.

Hay verdad en el argumento, y por eso me he cuidado de no presentar 1976 como un idilio. Pero el eje nunca fue fasto frente a austeridad. El eje es hacia dónde mira la ceremonia: hacia la gente o hacia un hombre. Lo revelador no es el tamaño de los fuegos, sino la dirección de la liturgia.

Una república que desfila sus veleros, sus vecinos y sus documentos está diciendo algo sobre dónde reside la soberanía. Una república que desfila sus tanques detrás de un solo hombre, el día de su cumpleaños, está diciendo otra cosa muy distinta.

La forma no es el envoltorio del fondo. En política, muchas veces, la forma es el fondo. Las repúblicas que duran lo saben: por eso reparten sus fiestas, multiplican sus protagonistas y desconfían del gran espectáculo centralizado, porque intuyen que la pompa alrededor de un solo hombre es la antesala estética de la concentración del poder.

No es casual que las democracias maduras celebren poco y discutan mucho, mientras los regímenes personalistas celebren mucho y discutan poco.

Boorstin lo había advertido medio siglo antes, desde el mismo despacho que custodiaba la memoria del país: una nación puede enamorarse de su propia imagen hasta acabar viviendo dentro de ella.

El peligro, escribió, no son los vicios ni las debilidades, sino las ilusiones que se colocan en el lugar de la realidad. Un desfile magnífico puede ser justamente eso: la imagen deslumbrante de una fuerza que dispensa de preguntarse por su sustancia.

En 1976, un país humillado celebró mirando hacia su gente, hacia el mar y hacia el mundo. En 2026, un país triunfante celebrará mirando hacia un hombre, hacia un desfile y hacia sí mismo.

La potencia ha subido; la república se ha inclinado. Los fuegos del Mall serán magníficos —siempre lo son— y dibujarán en el cielo, en letras de pólvora que durarán lo que dura el humo, la única lección que el 4 de Julio imparte sin proponérselo: dime cómo celebras y te diré en qué te has convertido.

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