Opinión | Historias al borde la historia (y III): La isla donde enterraban a los piratas

Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en Derecho, viaja a la isla gallega de Sálvora para reconstruir su pasado como refugio de vikingos, corsarios y piratas y adentrarse en la leyenda de los misteriosos enterramientos que todavía alimentan sus secretos en esta tercera entrega final. Imagen: Confilegal.

25 / 08 / 2026 00:32

Actualizado el 25 / 08 / 2026 01:07

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Hay islas que parecen hechas para esconder un secreto.

Sálvora es una de ellas.

Está situada a la entrada de la ría de Arousa, separada apenas unos kilómetros de la costa gallega. Desde el mar parece una extensión de granito, playas y vegetación baja levantada frente al Atlántico.

Hoy forma parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas.

Pero hubo un tiempo en que llegar hasta allí no significaba encontrar excursionistas.

Significaba encontrar piratas.

Un refugio estratégico para piratas y corsarios

Durante siglos, aquellas aguas fueron uno de los grandes caminos marítimos de Europa. Por ellas navegaban mercantes cargados de mercancías, barcos de pesca y navíos que recorrían la costa atlántica buscando los puertos de Galicia y Portugal.

Y donde había barcos había riqueza.

Donde había riqueza aparecían corsarios.

Y donde había corsarios, tarde o temprano, aparecían también los piratas.

Sálvora era un lugar perfecto para ellos.

Una isla situada estratégicamente frente a la entrada de una de las grandes rías gallegas. Un refugio desde el que observar el horizonte, esperar el paso de los barcos y lanzarse después sobre ellos.

La historia documenta que ya durante la Edad Media aquellas islas fueron utilizadas como base para incursiones sobre la costa.

Por aquellas aguas pasaron vikingos. Después llegaron incursiones sarracenas. Y, con los siglos, piratas y corsarios.

Durante generaciones, quienes vivieron frente a aquellas aguas aprendieron que una vela apareciendo en el horizonte no siempre anunciaba la llegada de un mercante.

A veces anunciaba algo mucho peor.

Los hombres corrían hacia las casas.

Las mujeres recogían a los niños.

Y desde la costa observaban cómo aquellos barcos se acercaban lentamente.

No venían a comerciar.

Venían a llevarse cuanto pudieran.

Alimentos.

Ganado.

Mercancías.

Y, algunas veces, personas.

En el siglo XVII las incursiones terminaron haciendo prácticamente imposible la vida en Sálvora.

A partir de 1636, todo indica que la isla quedó deshabitada después de los ataques de piratas ingleses.

Las casas quedaron vacías.

Los campos, abandonados.

Y durante mucho tiempo solo el ganado siguió ocupando una isla que los hombres habían tenido que abandonar.

Pero cuando los hombres se marchan de un lugar, las historias permanecen.

Y en una isla visitada durante siglos por vikingos, corsarios y piratas era inevitable que acabasen apareciendo leyendas.

Se habló de desembarcos nocturnos.

De barcos fondeados en pequeñas ensenadas.

De tesoros escondidos antes de regresar al mar.

Y también de hombres que llegaron hasta aquellas playas pero nunca volvieron a embarcar.

Piratas muertos en combate.

Marineros arrastrados por las enfermedades.

Náufragos sin nombre.

Hombres enterrados apresuradamente en algún rincón de la isla, lejos de cualquier iglesia y de cualquier cementerio.

¿Ocurrió realmente?

No lo sabemos.

La arqueología no permite afirmar que existiera en Sálvora un cementerio de piratas.

Y quizá sea precisamente ahí donde comienza la leyenda.

Porque en la isla sí existen enterramientos.

Cerca de la playa do Castelo se conocen lugares asociados a sepulturas de náufragos. Uno de ellos conserva un nombre que parece escrito para una historia:

Figueira dos Mortos.

Figueira dos Mortos: donde la historia se convierte en leyenda

La higuera de los muertos.

No sabemos quiénes fueron todos aquellos hombres.

Ni qué barco los llevó hasta allí.

Ni qué lengua hablaban.

Y mucho menos si alguno había vivido fuera de la ley.

Pero basta pronunciar el nombre para que la imaginación haga el resto.

Figueira dos Mortos.

Una isla.

Una tumba.

El océano alrededor.

Y siglos de historias transmitidas de generación en generación.

Tal vez fuera pescador.

Tal vez marinero.

Tal vez náufrago.

Tal vez pirata.

La historia exige pruebas.

Las leyendas se conforman con mucho menos.

Les basta un lugar.

Un nombre.

Y una pregunta que nadie haya conseguido responder.

Sálvora tiene todo eso.

Todavía hoy conserva algo de isla abandonada.

Está la vieja aldea.

Las casas de piedra.

La capilla.

El faro.

Los caminos que atraviesan una tierra a la que durante siglos los hombres llegaron, de la que se marcharon y a la que terminaron regresando.

Sálvora volvió a poblarse.

Otras familias regresaron, cultivaron sus campos, criaron ganado y volvieron a levantar una pequeña comunidad frente al océano.

Hasta que también ellos terminaron marchándose.

Quedaron las casas.

Quedaron los caminos.

Y quedaron las historias.

El secreto que Sálvora todavía no quiere revelar

Quizá por eso caminar hoy por Sálvora produce una sensación difícil de explicar.

Sabemos que estamos en el siglo XXI.

Sabemos que aquellos piratas desaparecieron hace siglos.

Sabemos incluso distinguir qué pertenece a la historia y qué pertenece únicamente a la tradición.

Pero hay lugares en los que saber no basta.

Porque uno puede caminar junto a una playa y preguntarse quién desembarcó allí cuatrocientos años antes.

Puede contemplar una ensenada e imaginar un barco esperando al abrigo de la noche.

Puede encontrar un topónimo como Figueira dos Mortos y preguntarse quién duerme bajo aquella tierra.

Y entonces resulta inevitable mirar hacia el mar.

Quizá esa sea la verdadera herencia de los piratas de Sálvora.

No un tesoro.

Ni un cofre enterrado.

Ni siquiera una tumba cuya identidad podamos demostrar.

Algo mucho más difícil de encontrar en un mapa.

La duda.

Porque la historia puede decirnos que vikingos, corsarios y piratas utilizaron aquellas islas, que sus incursiones contribuyeron a despoblarlas y que algunos náufragos terminaron enterrados allí.

Pero nunca podrá contarnos todo lo que ocurrió.

Siempre quedará una noche de la que nadie dejó testimonio.

Un barco cuyo nombre se perdió.

Un hombre que nunca regresó.

Y quizá una tumba que nadie volvió a encontrar.

Por eso, si alguna vez caminan por Sálvora y alguien les señala el lugar donde dicen que enterraban a los piratas, no pregunten demasiado.

Puede que la historia no tenga la respuesta. O puede que Sálvora todavía prefiera guardar alguno de sus secretos.

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