Opinión | Historias al borde de la Historia (I): Los piratas de Finisterre, entre la historia y la leyenda

Ricardo Rodríguez Fernández, doctor en Derecho, se adentra en las historias de piratas, corsarios, naufragios y raqueros de Finisterre para separar los hechos documentados de una de las leyendas más inquietantes que durante siglos ha acompañado a la Costa da Morte. Foto: Confilegal.

18 / 08 / 2026 00:30

Actualizado el 18 / 08 / 2026 00:41

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Hay lugares que tienen historia. Y hay lugares que, además, tienen leyenda.

Finisterre pertenece a estos últimos.

Durante siglos fue el fin del mundo conocido. El Finis Terrae de los romanos. El lugar donde la tierra se terminaba y comenzaba un océano inmenso, oscuro e imprevisible.

Un mar que daba de comer, pero que también mataba. Un mar que traía barcos cargados de riquezas y que, algunas noches, los devolvía convertidos en madera rota, cadáveres y mercancías esparcidas por las playas.

Allí nació una de las leyendas más fascinantes —y también más inquietantes— de Galicia: la de los piratas de Finisterre.

Porque por aquellas aguas navegaron piratas. Y corsarios. Y contrabandistas. Y aventureros que hicieron del Atlántico su patria y del abordaje su oficio.

No era extraño.

La costa gallega se encontraba en una de las grandes rutas marítimas europeas. Por delante de sus cabos pasaban mercantes, armadas y barcos procedentes del norte de Europa camino de Portugal, del Mediterráneo o de América.

Y donde navegaba la riqueza aparecían inevitablemente quienes pretendían apoderarse de ella.

Y no todo pertenece a la leyenda.

Piratas y corsarios: cuando la leyenda se convierte en historia

En 1545, frente al mismo Finisterre, Pedro Menéndez de Avilés salió en persecución de una escuadra de corsarios franceses que operaba en aquellas aguas. La caza continuó por el Atlántico hasta La Rochelle, donde logró derrotarlos, dar muerte a su capitán, Jean Alphonse de Saintonge, y recuperar cinco de las naves apresadas.

No fue un episodio aislado.

Apenas unos años después, entre 1549 y 1550, la Corona tuvo que recabar informaciones en Finisterre y otros lugares de la costa gallega sobre los robos y asaltos cometidos por corsarios franceses, ingleses y de otras procedencias. El problema había alcanzado tal dimensión que se discutía ya la necesidad de crear una armada que vigilase aquellas costas.

Durante aquellos siglos, el océano que se abría frente a Finisterre no era únicamente una ruta comercial.

Era también un territorio de caza.

Mercantes cargados de mercancías. Corsarios amparados por la patente de un rey. Piratas que no necesitaban ninguna. Navíos que perseguían a otros navíos durante días hasta que uno de ellos arriaba finalmente su bandera.

Los corsarios no fueron una invención de las noches de temporal.

Estuvieron allí.

Navegaron aquellas aguas.

Y dejaron también su rastro en la historia.

Pero la historia, con el paso de los siglos, se mezcló con algo mucho más poderoso: la leyenda.

Los roqueros y las falsas luces de la Costa da Morte

En las noches de temporal comenzó a contarse que había hombres en aquellas costas que no esperaban simplemente a que el mar provocase el naufragio.

Lo ayudaban.

Eran los llamados raqueros.

Según la tradición, encendían luces en lugares estratégicos de la costa para confundir a los navegantes. Una lámpara balanceándose en la oscuridad podía parecer desde un barco la luz de otra embarcación o una señal segura para aproximarse a tierra.

El capitán corregía el rumbo.

El barco se acercaba.

Y las rocas hacían el resto.

Después llegaba el silencio.

Y después del silencio, los hombres.

Bajaban a las playas para recoger cuanto hubiese sobrevivido al naufragio: telas, herramientas, alimentos, monedas, objetos personales. Todo aquello que el océano hubiese decidido entregar.

Es una historia extraordinaria.

Y probablemente, en buena medida, eso es precisamente lo que es: una historia.

No existen pruebas suficientes para sostener que aquella práctica constituyera una actividad organizada y habitual de los habitantes de la Costa da Morte. El propio relato histórico de Fisterra reconoce que las historias de raqueros pertenecen mucho más a la imaginación popular que a los hechos demostrados.

Pero las leyendas no necesitan sentencias firmes.

Les basta con sobrevivir.

Y aquella sobrevivió porque encontraba el escenario perfecto.

Una costa abrupta. Bajos invisibles. Temporales repentinos. Nieblas. Corrientes. Acantilados. Y un océano que durante siglos fue capaz de destruir en unos minutos los mejores barcos construidos por el hombre.

Los naufragios hicieron el resto.

Porque los naufragios, como los hombres, también tienen nombre.

Los grandes naufragios que alimentaron la leyenda

El Great Liverpool, uno de los grandes vapores británicos de su tiempo, regresaba de Alejandría rumbo a Inglaterra en febrero de 1846. Llevaba unos ochenta pasajeros, más de sesenta tripulantes y una carga propia de otro mundo: seda, marfil, café, té, añil y pieles. A la altura de Finisterre se rompió el timón. El capitán trató de dominar el barco combinando velas y vapor mientras el temporal lo empujaba inexorablemente hacia tierra. Consiguió sortear bajos y acantilados hasta que el mar terminó arrojando aquella formidable máquina contra la playa de Gures.

Veinticuatro años después, la tragedia se escribió con letras mucho mayores.

La noche del 6 al 7 de septiembre de 1870, el HMS Captain, uno de los buques de guerra más modernos de la Marina británica, navegaba frente a Finisterre cuando un violentísimo temporal lo hizo escorar hasta volcar. Se hundió en pocos minutos.

Cerca de quinientos hombres perecieron con él.

Solo dieciocho sobrevivieron.

Pero quizá ningún naufragio quedó grabado tan profundamente en la memoria de aquellas tierras como el del HMS Serpent.

La noche del 10 de noviembre de 1890, el crucero británico navegaba desde Plymouth hacia Sierra Leona. Había temporal. Llovía. La visibilidad era escasa. En la oscuridad, el barco terminó contra los bajos de Punta do Boi, cerca de cabo Vilán.

Y aquella noche el Atlántico volvió a hacer lo que llevaba siglos haciendo en aquellas costas.

De los 176 hombres que iban a bordo, solo tres sobrevivieron.

Los cadáveres fueron llegando a tierra y las gentes de Camariñas los recogieron y enterraron junto al lugar de la tragedia. Allí permanece todavía el llamado Cementerio de los Ingleses, mirando hacia el mismo Atlántico que se llevó sus vidas.

No hacía falta que nadie encendiese una falsa luz.

El Atlántico se bastaba solo.

Quizá por eso la expresión Costa da Morte posee una fuerza que ninguna campaña turística podría inventar.

No describe únicamente un lugar.

Describe una relación entre el hombre y el mar.

Porque Galicia nunca ha mirado al océano solamente con miedo. Lo ha mirado también con respeto, gratitud y desafío. Durante generaciones, miles de hombres salieron de aquellos puertos sabiendo que el mar podía darles la vida y quitársela unas horas después.

Por eso resulta injusto que la leyenda de los raqueros oculte otra realidad mucho mejor documentada: la extraordinaria solidaridad de las gentes de aquella costa con los náufragos.

Frente a la historia oscura de quienes supuestamente esperaban el naufragio para recoger el botín existe otra mucho más luminosa: la de quienes se jugaron la vida entrando en un mar embravecido para salvar a desconocidos.

Esa también es la historia de la Costa da Morte.

Y esa, mucho mejor documentada que la leyenda, merece ser recordada.

Y quizá ningún lugar simbolice mejor esa otra historia que la villa de Muros.

En 1905, cuando el crucero acorazado Cardenal Cisneros naufragó frente a sus costas, sus 524 tripulantes lograron salvar la vida y encontraron entre los muradanos el cobijo que el mar les había negado.

Un año después, Alfonso XIII concedió a Muros los títulos de Muy Noble, Muy Leal y Muy Humanitaria. No era solo una distinción honorífica. Era el reconocimiento de una forma de entender el mar y la desgracia ajena.

La otra historia de la Costa da Morte: salvar al náufrago

Frente a la leyenda de quienes aguardaban un naufragio para recoger el botín, quedaba así escrita otra historia mucho más cierta: la de un pueblo marinero que, cuando el océano arrojó a centenares de hombres a sus puertas, abrió para ellos las puertas de sus casas.

Pero las leyendas tienen sus propias reglas.

Y por eso, cuando cae la noche en Finisterre y el Atlántico golpea contra las rocas, todavía resulta fácil imaginar aquellos barcos aproximándose lentamente a una costa que apenas podían distinguir.

Una luz en la oscuridad.

Un capitán que ordena cambiar el rumbo.

Un marinero que grita demasiado tarde.

Las rocas.

El estruendo de la madera quebrándose.

Y después, únicamente, el mar.

Hoy sabemos dónde termina la tierra. Tenemos satélites, GPS, radares y faros capaces de atravesar kilómetros de oscuridad.

Pero quizá todavía no sepamos explicar por qué algunos lugares conservan intacta la capacidad de hacernos sentir que, detrás de la historia, existe otra historia.

Finisterre es uno de ellos.

Allí termina la tierra.

Y comienzan las leyendas.

Y algunas noches, cuando el viento llega desde el Atlántico y la niebla cubre los acantilados, todavía parece distinguirse a lo lejos una pequeña luz moviéndose en la oscuridad.

Nadie sabe quién la sostiene. Y quizá sea mejor no saberlo.

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