En un Gobierno donde salirse del carril suele resultar más peligroso que equivocarse dentro de él, la ministra Robles ha aprendido una de las artes de la política: desmarcarse sin marcharse. Vuela sola, pero nunca tanto como para abandonar el portaaviones.
Lo demostró en Ceuta. Mientras el presidente y buena parte de los ministros concernidos desaparecían del proscenio, escuchó reproches, aguantó el chaparrón y dijo lo que allí necesitaban oír: «ni a Ceuta ni a Melilla se les toca; cualquier agresión a Ceuta y Melilla es a España en su conjunto».
Firmeza bien administrada: soberanía sin reproche directo a Marruecos. Defensa sabe que al otro lado del Estrecho también escuchan.
«La pájara»
Leonesa, del 56. Magistrada en excedencia. No tiene carné del PSOE. Llegó a la política desde fuera del aparato y mantiene con las Fuerzas Armadas una relación que el presidente resumió, en aquellos mensajes a su mano derecha, con poca delicadeza: «Yo creo que se acuesta con el uniforme». Después añadió: «Es ‘una pájara’».
Con el tiempo, la descalificación ha terminado describiendo parte de su singularidad. Se permite discrepancias, cultiva una imagen institucional y conserva un crédito que no alcanza a muchos compañeros de gabinete.
Tampoco se trata de canonizarla. En su pasivo, el cese de la directora del CNI durante la crisis de Pegasus, después de haber defendido públicamente su actuación. Y Pegasus no es un detalle menor. El teléfono de Robles quedó comprometido.
La prueba del Senado
La independencia sólo adquiere valor cuando cuesta. Mientras discrepar sale gratis, puede confundirse con carácter.
La oposición reclamó la comparecencia de varios ministros ante el Senado para explicar la crisis de Ceuta. Interior y Exteriores se negaron. Defensa hizo saber por escrito que comparecería y llegó a fijarse el 18 de agosto. Parecía otra vez distinta. Hasta que dejó de parecerlo.
Después comunicó que no acudiría ese día y pidió más tiempo para ser «precisa y exhaustiva». La oposición sostuvo que Moncloa la había invitado a rectificar. No sabemos si hubo tirón de orejas, llamada o disciplina preventiva. La secuencia bastaba: iba a comparecer y dejó de hacerlo.
Las Cortes son dos cámaras, no una y media. Que en una tenga mayoría la oposición no la convierte en territorio enemigo.
«Algo habremos hecho mal»
Pero la historia no terminó ahí. Robles volvió a salirse de la formación. Esta vez para contradecir a Interior sobre los avisos previos a la avalancha.
Mientras ese Ministerio sostenía que no existía informe que anticipase lo ocurrido el 30 de julio, Defensa mantuvo que el CNI, con 25 agentes desplegados en Ceuta, sí había advertido de movimientos y del riesgo de un salto masivo.
El desencuentro dejó de ser rumor para convertirse en una guerra de versiones entre dos ministerios de Estado.
Y Robles fue más lejos. Admitió en el Congreso que el Gobierno había llegado tarde y actuado mal. «Si los ceutíes se sienten abandonados, angustiados, solos y tristes o no suficientemente protegidos, es porque algo habremos hecho mal».
Pidió perdón.
No parece una hazaña. Debería ser normal. Pero en política reconocer un error se ha vuelto tan infrecuente que casi constituye una insubordinación.
La raya
Quizá por eso, verso suelto, recuerda a Maverick. Se separa de la formación, hace alguna maniobra por su cuenta y regresa antes de que la indisciplina pase factura.
No sabemos cuánto hay de convicción, cuánto de sentido institucional y cuánto de instinto para conocer los límites.
La calle le había concedido un crédito que empezó a gastar cuando aplazó sus explicaciones en el Senado. Ahora recupera parte de él por un procedimiento bastante antiguo: reconocer que las cosas se hicieron mal y pedir disculpas.
Hay otra diferencia. Robles tiene vida profesional fuera de la política. Quizá por eso puede permitirse algo que escasea entre quienes saben que, fuera del cargo, hace mucho frío: decir lo que piensa aunque moleste al mando.
Es lista como el hambre. Sabe cuándo apartarse de la formación y cuándo regresar a ella. Pero esta vez ha hecho algo más difícil: reconocer que su propia escuadrilla se equivocó.
Hasta los mejores pilotos tienen que decidir alguna vez si vuelan donde les ordenan o donde creen que deben.
Entonces ya no se mide la habilidad. Se mide la independencia.