Opinión | Ceuta: demasiadas preguntas sin respuesta

Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en Derecho, analiza la crisis de Ceuta y reclama explicaciones sobre la anticipación, la seguridad fronteriza y la responsabilidad política del Gobierno. Foto: Confilegal.

30 / 08 / 2026 05:32

Hay crisis que ponen a prueba la capacidad de un Gobierno.

Y hay crisis que ponen a prueba al propio Estado.

Ceuta pertenece ya a las segundas.

Un mes después de que más de 70.000 personas atravesaran irregularmente la frontera española los días 30 y 31 de julio, seguimos sin conocer qué sabía el Gobierno, cuándo lo supo y por qué no se adoptaron medidas suficientes para impedir que una ciudad española quedara desbordada.

Las comparecencias parlamentarias debían proporcionar respuestas. Han producido más preguntas. Y algunas son especialmente graves.

¿AVISÓ EL CNI?

Esta sigue siendo la cuestión más inquietante.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha sostenido que el CNI detectó antes de la entrada masiva movimientos extraordinarios en redes sociales y trasladó esa información a los organismos competentes.

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, lo ha negado. Ángel Víctor Torres se alineó con Interior. Y Félix Bolaños fijó la posición oficial: el Gobierno no disponía de información «ni previa ni precisa» sobre la magnitud de lo que iba a suceder.

Pero las informaciones conocidas después complican esa explicación. Fuentes relacionadas con la seguridad del Estado sostienen que el CNI trasladó desde el 9 de julio hasta siete advertencias —escritas, verbales y telefónicas— sobre un incremento significativo del riesgo migratorio en Ceuta. Y que el 29 de julio alertó del crecimiento extraordinario de grupos en redes sociales que convocaban a entrar en la ciudad al día siguiente.

Son versiones difícilmente compatibles. Y eso, tratándose de la Seguridad Nacional, resulta extraordinariamente preocupante.

La cuestión ya no consiste únicamente en saber si existió formalmente un «informe». La verdadera pregunta es otra: ¿tenía el Estado información suficiente para adoptar medidas preventivas?

Si la tenía, alguien deberá explicar por qué no se adoptaron medidas. Y, si no la tenía, habrá que explicar cómo nuestros servicios de seguridad no pudieron anticipar una movilización pública que llevó a decenas de miles de personas hasta la frontera.

Las palabras importan. Pero refugiarse en la diferencia entre «informe», «aviso», «comunicación» o «información» no puede convertirse en una forma de eludir responsabilidades.

Resulta igualmente impropio trasladar al Rey responsabilidades que constitucionalmente corresponden al Gobierno. La política exterior, la protección de las fronteras y las medidas operativas competen al Ejecutivo. Culpar al jefe del Estado de la inacción gubernamental es atribuir responsabilidad a quien carece de competencias ejecutivas.

VEINTISÉIS DÍAS DESPUÉS

Existe un dato difícilmente discutible.

Los hechos comenzaron el 30 de julio. El Gobierno declaró en Ceuta una situación de interés para la Seguridad Nacional mediante el Real Decreto 681/2026, de 25 de agosto. Veintiséis días después.

Al día siguiente, el Real Decreto 705/2026 aprobó los recursos que podrán emplearse. El Estado reconocía jurídicamente la excepcionalidad de aquello que durante semanas intentó gestionar con instrumentos ordinarios.

La declaración era necesaria. El mando único también. Pero ambas decisiones contienen inevitablemente una pregunta política: si eran necesarias el 25 de agosto, ¿por qué no se adoptaron antes?

Gobernar no consiste solamente en reaccionar. Gobernar significa anticiparse. Y cuando la anticipación fracasa, al menos debe existir una explicación.

UNA CIUDAD AL BORDE DEL COLAPSO

Mientras Madrid discute quién sabía qué, Ceuta continúa soportando las consecuencias.

La mayoría de quienes entraron han regresado o han sido retornados, pero varios miles permanecen en la ciudad, entre ellos numerosos menores no acompañados.

La acogida y los servicios públicos soportan una presión extraordinaria. La Asamblea de Ceuta ha advertido por unanimidad de que la ciudad está «al borde del colapso».

A ello se añade una escalada de tensión que ya no puede ocultarse. En Benzú, un grupo rodeó y apedreó el vehículo en el que varios militares se dirigían a un puesto de vigilancia. Hubo heridos y doce detenidos; respecto de once de ellos se ha acordado judicialmente la expulsión.

No fue un episodio aislado. En la madrugada siguiente hubo otra emboscada contra un dispositivo militar y resultó herida leve una militar.

La reiteración confirma que la situación de seguridad sigue siendo extraordinariamente delicada.

Después llegaron las protestas vecinales, los enfrentamientos y la quema de tiendas. Todo acto violento debe ser condenado, proceda de quien proceda. La desesperación social puede explicar la protesta; nunca legitima el ataque, el incendio o la venganza.

Cuando miembros de nuestras Fuerzas Armadas son atacados mientras cumplen una misión de vigilancia y la convivencia comienza a quebrarse, la crisis ha dejado de ser exclusivamente migratoria o asistencial. También es una cuestión de seguridad.

HUMANIDAD Y FIRMEZA

España tiene obligaciones jurídicas con quienes solicitan protección internacional, especialmente con los menores, cuya protección y eventual retorno exigen garantías y decisiones individualizadas. Debe cumplirlas escrupulosamente.

Pero el Estado tiene también una obligación elemental con quienes viven en Ceuta: garantizar su seguridad, preservar sus servicios públicos y proteger una frontera que es también frontera exterior de la Unión Europea.

No existe contradicción entre ambas cosas.

Humanidad para quien llega. Seguridad para quien está. Y legalidad para todos.

Eso es un Estado de Derecho. El caos no protege a nadie. Tampoco al inmigrante.

El Gobierno ha solicitado ahora apoyo de Frontex y Europol para reforzar la identificación, los retornos y el control fronterizo. Es razonable. Pero llega cuando la emergencia ya ha costado vidas, desbordado la ciudad y deteriorado la convivencia.

Y DESPUÉS ESTÁ MARRUECOS

Tampoco puede ocultarse el origen de la crisis. Las decenas de miles de personas llegaron desde Marruecos, un país vecino que reivindica Ceuta y Melilla y desde cuyo territorio España ya sufrió en 2021 otro episodio de presión migratoria extraordinaria.

El Gobierno sostiene que no existe evidencia de que Rabat organizara o impulsara la entrada masiva. A falta de pruebas concluyentes, no cabe afirmar que la organizara directamente. Pero esa ausencia de prueba no elimina la pregunta política fundamental:

¿Cómo pudieron decenas de miles de personas concentrarse y desplazarse hacia una frontera extraordinariamente sensible sin que los mecanismos de cooperación entre España y Marruecos permitieran anticipar suficientemente lo que estaba ocurriendo?

España necesita a Marruecos. Y Marruecos a España. Somos vecinos, socios económicos y colaboradores frente al terrorismo, el narcotráfico y la inmigración irregular. Precisamente por eso debemos hablar con claridad.

Cooperación no significa subordinación. Buena vecindad no significa silencio. Y amistad entre Estados nunca puede significar renunciar a defender los propios intereses.

Hay una línea que ningún Gobierno español debería permitir que se difuminara: Ceuta y Melilla no son instrumentos de negociación diplomática. Son España.

LA OBLIGACIÓN DE EXPLICAR

Llegará un momento en que Ceuta recupere la normalidad, los militares regresen a sus unidades y la ciudad deje de abrir los informativos.

Pero entonces comenzará otra obligación. Explicar.

Qué sabía el CNI. Qué comunicó. A quién. Qué sabía Interior. Qué conocía la Delegación del Gobierno. Qué información procedía de Marruecos.

Y por qué una crisis iniciada el 30 de julio esperó hasta el 25 de agosto para ser declarada situación de interés para la Seguridad Nacional.

No se trata de fabricar culpables, sino de esclarecer los hechos y exigir responsabilidades. Porque en democracia la responsabilidad política comienza muchas veces allí donde termina la jurídica.

Gobernar significa también responder por las decisiones que se tomaron, por las que no se tomaron y por aquellas que llegaron demasiado tarde.

Ceuta no necesita más relatos. Necesita respuestas. Y España también.

Cuando una frontera nacional se desborda, mueren decenas de personas, los servicios públicos quedan al límite, la convivencia se fractura, el Gobierno ofrece versiones contradictorias sobre la información previa y finalmente debe recurrir a los instrumentos excepcionales de la Seguridad Nacional y pedir auxilio europeo, preguntar qué falló no es alarmismo.

Es democracia.

Y mientras esa pregunta siga sin una respuesta convincente, sobre Ceuta permanecerá una duda mucho más inquietante que cualquier discusión política: si mañana volviera a ocurrir, ¿estaríamos preparados?

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