Opinión | La lección de Luis de la Fuente

Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en Derecho, destaca el liderazgo del seleccionador nacional, Luis de la Fuente, y reivindica su apuesta por el mérito, la capacidad y la excelencia como claves del triunfo de España en el Mundial.

22 / 07 / 2026 05:40

Las grandes naciones no se construyen repartiendo puestos.

Se construyen eligiendo a los mejores.

España acaba de conquistar un Campeonato del Mundo de fútbol.

Pero, probablemente, la mayor victoria de Luis de la Fuente no haya sido levantar un trofeo, sino recordarnos una verdad que parece desdibujarse en demasiados ámbitos de nuestra vida pública: el mérito sigue siendo el camino más seguro hacia la excelencia.

Mientras demasiadas instituciones terminan decidiendo en función de cuotas, equilibrios, repartos o afinidades, el seleccionador nacional sólo se hizo una pregunta antes de confeccionar cada convocatoria:

¿Quién puede ayudar más a ganar?

Nada más.

Y nada menos.

En tiempos en los que tantas decisiones parecen condicionadas por factores ajenos a la capacidad, resulta casi extraordinario encontrar a alguien que elija únicamente a quienes considera mejores.

Eso hizo Luis de la Fuente.

No confeccionó una selección para contentar a nadie.

No buscó satisfacer territorios, clubes, grupos de presión ni estados de opinión.

Convocó a quienes, según su criterio, ofrecían mayores garantías para construir un equipo campeón.

Asumió el desgaste de dejar fuera a futbolistas de enorme prestigio, soportó críticas y mantuvo el rumbo sin apartarse de aquello que consideraba justo.

Porque elegir a los mejores nunca resulta cómodo.

Siempre deja fuera a personas valiosas.

Siempre genera críticas.

Siempre provoca presiones para contentar a unos u otros.

La verdadera autoridad no consiste en evitar esas críticas.

Consiste en soportarlas cuando se tiene la convicción de haber decidido correctamente.

Ésa es la diferencia entre quien administra una responsabilidad y quien simplemente reparte favores.

Luis de la Fuente asumió ese coste.

Decidió con libertad.

Y respondió personalmente de sus decisiones.

Eso también es liderazgo.

Nadie habría entendido una convocatoria elaborada para satisfacer equilibrios territoriales, institucionales o de cualquier otra naturaleza.

Todos habrían exigido exactamente lo mismo: que jugaran los mejores.

Ha sido la demostración de que el mérito no sólo es el sistema más justo, sino también el más eficaz.

En una selección nacional no existen derechos adquiridos. No hay plazas reservadas por territorios, cupos por clubes ni convocatorias diseñadas para satisfacer sensibilidades. Sólo cuentan el rendimiento, el compromiso, el talento y la capacidad para contribuir al éxito colectivo.

Quien mejor estaba, jugó. Quien más podía aportar, fue convocado. Quien no alcanzaba ese nivel quedó fuera. Aunque su nombre pesara mucho.

Eso es, precisamente, la excelencia.

Imaginemos por un momento que la lista hubiera sido confeccionada reservando un número determinado de jugadores para cada comunidad autónoma o para cada gran club del fútbol español, buscando un equilibrio artificial entre sensibilidades territoriales.

El escándalo habría sido inmediato.

Porque todos comprendemos intuitivamente que un Campeonato del Mundo no se gana repartiendo oportunidades. Se gana seleccionando a los mejores.

Y, sin embargo, esa evidencia parece olvidarse cuando abandonamos el terreno de juego.

Nuestra Constitución ofrece una respuesta inequívoca.

El artículo 103.3 proclama que el acceso a la función pública debe regirse por los principios de mérito y capacidad. No se trata de una opción ideológica. Ni de una preferencia política. Es un mandato constitucional.

Los constituyentes comprendieron que la calidad de las instituciones depende, en buena medida, de la calidad de quienes las integran.

El mérito no es un privilegio. Es una garantía para todos los ciudadanos.

Porque cuando todos saben que las decisiones se adoptan atendiendo exclusivamente a la capacidad, incluso quienes no resultan elegidos pueden aceptar el resultado con mayor serenidad.

El mérito no sólo produce mejores decisiones. También les otorga legitimidad.

La misma lógica debería inspirar la universidad, la investigación, los organismos reguladores, las empresas públicas y cualquier institución llamada a servir al interés general.

Porque cuando el mérito deja de ser el criterio rector y es sustituido por cuotas, afinidades ideológicas, equilibrios territoriales o cualquier otro mecanismo ajeno a la capacidad, la institución deja de perseguir la excelencia para conformarse con el reparto.

Y cuando el reparto sustituye al mérito, el deterioro comienza casi siempre de la misma manera.

Primero se rebaja la exigencia.

Después disminuye la calidad.

Finalmente se resiente la confianza de los ciudadanos.

La selección española ofrece una lección que trasciende el fútbol.

Sus jugadores procedían de clubes distintos.

Tenían trayectorias diferentes.

Incluso estilos de juego diversos.

Pero cuando vistieron la camiseta de España desaparecieron todas las etiquetas.

Sólo quedó el equipo.

Ése ha sido, probablemente, el mayor triunfo de Luis de la Fuente.

No sólo ha construido un campeón del mundo.

Ha construido una cultura basada en el mérito, el esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad compartida.

Ha demostrado que la verdadera cohesión no nace de repartir artificialmente oportunidades para que nadie se sienta excluido.

Nace de exigir a cada uno lo mejor de sí mismo al servicio de un proyecto común.

Quizá por eso este Mundial deja una enseñanza que va mucho más allá del deporte.

La igualdad de oportunidades consiste en permitir que todos puedan competir.

La excelencia exige que, cuando llega el momento de decidir, sean los mejores quienes asuman las mayores responsabilidades.

Ésa es la esencia del mérito.

Y ésa es también la fuente de la legitimidad.

Porque las decisiones resultan mucho más fáciles de aceptar -incluso para quienes no han sido elegidos- cuando todos saben que el único criterio ha sido la capacidad y no la cercanía, la afinidad o la conveniencia.

Luis de la Fuente no sólo ha ganado un Mundial.

Ha recordado algo que España nunca debería olvidar.

Las instituciones sólo conservan la confianza de los ciudadanos cuando quienes las dirigen tienen la libertad de elegir a los mejores y el coraje de asumir el coste de esa elección.

Porque el mérito no garantiza siempre el éxito.

Pero renunciar al mérito garantiza, antes o después, el fracaso.

En el fútbol.

Y, sobre todo, en un país

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