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En casa de Herrero…

Susana Gisbert GrifoSusana Gisbert Grifo
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“En casa del herrero, cuchara de palo”, dice el refrán. Y eso parece ser lo que debió pensar un cliente habitual de los juzgados hace apenas unos días cuando, no más era puesto en libertad por su última tropelía, aprovechaba su recién estrenada situación personal para hacerse con la cartera y el teléfono móvil del pobre secretario judicial que minutos antes le había notificado la buena nueva.

Y ciertamente, a este individuo aun le quedaba por conocer parte del refranero, ya que hizo caso omiso a eso que “es de bien nacido ser agradecido”.

La cosa, que en principio podría verse como una mera anécdota, es al parecer más frecuente de lo habitual, y no es el único caso en que un delincuente, presunto o no, aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid y echa mano de posesiones que no le pertenecen, en la mejor tradición de los amigos de lo ajeno, sin ningún pudor por el sitio donde se halla ni por quienes visten toga y puñetas.

Aunque no hay que negar lo práctico que resulta, eso sí, puesto que ahorran incómodos traslados si son descubiertos en su fechoría. Y el ahorro siempre es algo que agradecer, en los tiempos que corren.

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Pero, como decía, no es un caso único, ni muchísimo menos. Yo misma fui víctima no hace mucho de algo semejante. Había dejado mi teléfono móvil cargándose en mi despacho –estas baterías cada vez duran menos- y fui a hacer una consulta a un compañero de apenas unos minutos.

Mientras tanto, un muchacho que acababa de hacer una gestioncita que todos podemos imaginar en el vecino juzgado de ejecutorias no pudo resistir la tentación al ver un despacho abierto, y aprovechó la ocasión.

Lo que él no esperaba es que hubiera una funcionaria ojo avizor que al percatarse de aquella visita inesperada, corrió a preguntarle qué hacía por aquellos lares.

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El individuo afirmó que buscaba un baño y trataba de zafarse cuando yo comprobé que la visita había hecho desparecer mi teléfono, y la eficaz funcionaria pudo retenerle.

Eso sí, del móvil, ni recuerdo, más allá de las encorajinadas negativas del sujeto en cuestión, que no solo clamaba su inocencia sin empacho alguno sino que insistía en que le íbamos a buscar la ruina.

Por suerte, la cosa acabó bien –para mí, no para el sujeto- porque, tras la intervención de las fuerzas de seguridad una vez avisadas, recuperó milagrosamente la memoria al tiempo que yo recuperaba igual de milagrosamente mi teléfono, que trajo su amantísima madre, a quien él se lo había entregado y que me lo estaba guardando, no fuera a ser que algún desalmado lo cogiera.

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Otra compañera me cuenta que, en su juzgado, el recién condenado en un juicio rápido por hurto de conformidad, celebró la condena haciéndose con la cartera del propio juez, que le sorprendió de esa guisa antes de haber cruzado el umbral del juzgado de guardia.

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Y es que la cosa debió gustarle tanto que no se quería privar del placer de repetir la experiencia. Para que luego digan del trato que dispensamos al justiciable.

Y otra más me relata que uno de sus exquisitos clientes se llevó, a falta de nada mejor, una mochila llena de piezas de convicción.

Menuda decepción debió llevarse el pobre, por cierto, cuando descubriera el fruto de su acción depredatoria.

Otra de mis compañeras me cuenta que una mujer, citada por el juzgado, también consiguió hacerse con el teléfono móvil y el dinero de la juez y que, sorprendida con presteza, fingió que la cosa no iba con ella y que el teléfono había caído al suelo él solito, aunque lo que no cayó al suelo ni en saco roto fue el dinero, que jamás apareció.

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Y estos hechos no solo ocurren en despachos o juzgados de guardia, no vayamos a creer.

Un fiscal fue desposeído de su flamante iPhone en la misma sala de vistas, ahí es nada. Pero claro, llevar un móvil de alta gama a según qué sitios es un tentación difícilmente resistible para algunos, según parece.

Pero a veces, los autores de estos hechos están más cerca de lo que pensamos y, sin saberlo, se pone a la zorra a cuidar de las gallinas, como en un caso en que, hace algo más de tiempo, fueron los propios vigilantes de seguridad quienes acabaron en el banquillo acusados por haber robado en los propios Juzgados en los que servían. Y es que es muy cómodo llevarse el trabajo a casa, claro.

Pero también los hay que no se conforman con coger lo que les dejamos a mano.

Hubo un espabilado que llegó a utilizar el sello del Juzgado, del que convenientemente se apoderó, para confeccionar un documento que le permitiera retirar su vehículo del depósito municipal, no sin antes aprovechar la ocasión para hacerse con cosas tan discretas como una impresora, que no iba a hacer el viaje en balde.

Por supuesto que después de su hazaña, ha conseguido muchos más papeles del Juzgado con todos los sellos del mundo, sin que en este caso tuviera que confeccionárselos él mismo. Aunque me da que el contenido es diferente del que él pretendía.

Y es que, por raro que parezca, las medidas de seguridad con las que contamos no son las que uno imaginaría para las sedes de quienes nos dedicamos, lo mejor que podemos, a administrar Justicia y, como me dice algún que otro compañero, no pasan más cosas porque Dios no quiere. Pero guárdenme el secreto.

Y, ya puestos, admítanme un consejo. Si van a visitar los juzgados, no pierdan de vista sus pertenencias. Aunque no sea un aeropuerto ni nos lo recuerden constantemente por megafonía.