De condenado a cliente, una historia real ocurrida hace unos días

De condenado a cliente, una historia real ocurrida hace unos días

19 / 04 / 2017 04:58

Actualizado el 19 / 04 / 2017 08:58

En esta noticia se habla de:

Como abogado, son muchas y muy curiosas las cosas que, en general y en el desarrollo de la profesión, te ocurren, y cuando ya llevas muchos años en el sistema es raro que no tengas mil batallas que contar.

Yo cuento mucho, y además orgulloso, que tenemos un buen cliente hoy, una empresa dedicada a la exportación (no diré lo que exporta para reservar su identidad)  y con muchas operaciones en medio mundo que además nos genera bastantes intervenciones y actuaciones como letrados, bien en litigios internacionales o nacionales,  bien en la redacción o revisión de contratos u otra documentación, o bien en cualquier otro tipo de asesoramiento.

Pues bien, nosotros conocimos a este cliente porque lo teníamos de contrario en dos juicios. Los dos fueron bien planteados, se hicieron bien y tuvimos la suerte de ganarlos.

A raíz de ahí, este cliente, que entonces era nuestro adversario, contactó con nosotros para que le lleváramos sus asuntos ya que le gustamos y quedó muy satisfecho con la actuación que hicimos en su contra y que llevó a perder los dos pleitos.

Más o menos vino a decir si no puedo con mi enemigo me uno a él y como digo hoy es un gran cliente del despacho.

Pero estas anécdotas se  incrementan, más si cabe, en nuestro caso, al concurrir también en quien suscribe, la condición de magistrado en activo durante unos 18 años.

Y así, a pocos compañeros les habrá ocurrido lo que nos pasó la semana pasada, pues no son tantos los jueces en excedencia y menos, supongo, que les pase lo que voy a contaros:

Recibimos en el despacho una llamada telefónica de un posible cliente pidiendo cita y diciendo que tenía un problema y que la persona mas adecuada para resolverlo era yo.

Se le dio cita y el día de la reunión llegó puntual, y amablemente y con alegría se le hizo pasar a la sala de reuniones donde a los pocos minutos entré, y rápidamente lo identifiqué: se trataba de una persona a la que hacía unos años, cuando ejercía de juez de lo Penal, había condenado por unos delitos de cierta gravedad.

Además, mientras cumplía condena en el centro penitenciario me dirigía periódicamente cartas personales en las que, o bien reiteraba su descontento con la condena y explicaba sus bondades o bien manifestaba su enfado.

Me sentí un poco aturdido y extrañado e incluso, lo confieso, un poco incómodo al principio, ya que desconocía la intención del mismo.

Naturalmente no dije nada, me senté y lo saludé con la misma amabilidad y cortesía que saludo a todos, ofreciéndole un café o agua, y él me contó que tenía un problema y que quería que se lo llevase nuestro despacho porque nos consideraba los mejores y que además así se lo habían referido.

Cuando estaba a punto de terminar la reunión y justo antes de marcharse me preguntó si no  me acordaba de él y yo, casi avergonzado y haciéndome el tonto dije que no y que porqué tenía que acordarme.

La verdad, es que me pareció incómodo hablar de una condena a prisión acordada por mí sobre él.

No sé, es como hablar con un profesor al cabo de los años que te expulsó del colegio y eso te creó grandes problemas posteriores.

Y entonces, me confesó que hacía casi 17 años yo había dictado una sentencia en la que lo «encerré unos años en prisión«, pero lo que más me sorprendió fue que me dijo que esos años le habían servido de mucho, que me lo agradecía y que hoy era otro hombre gracias al tiempo que estuvo encarcelado.

Me pareció contento y sin rencor.

En fin, de condenado a cliente, y me parecía interesante y curioso compartir esta extraña experiencia con vosotros.

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