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Comandante Miguel Ángel Franco: “Yo no me veo como un héroe por lo que pasó en Mali”

Miguel Ángel Franco Fernández, comandante del Ejército de Tierra, en una foto tomada en Zaragoza. Carlos Berbell/Confilegal.
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Al comandante Miguel Ángel Franco Fernández, de 43 años, la Unión Europea le impuso la Medalla de Servicios Meritorios de la Política Europea de Seguridad y Defensa Común, la máxima condecoración militar que concede la Unión Europea por hacer frente al ataque terrorista que llevó a cabo Al Qaeda del Magreb Islámico el 18 de junio pasado en el “resort” Le Campement Kangaba, de Bamako, Mali.

Su intervención, a riesgo de perder su vida, posibilitó salvar muchas otras.

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“Era mi deber. Así lo veo yo. Lo mío fue una circunstancia que ocurrió en la que hice lo que mi familia, el Ejército y la sociedad esperaba de mí. Es a lo que nos debemos. Al servicio y a tratar de salvar vidas. De verdad, que yo no me veo como un héroe”, explica el comandante Franco a Confilegal.

Hasta ahora, este militar de Estado Mayor, había permanecido en el anonimato, pero su presencia en Zaragoza, en el Tercer Simposium “Comunicación y Posverdad”, organizado por el Grupo GEES Spain, que dirige Diego Miranda, donde fue distinguido con la “Cruz al Mérito y Sacrificio” por esa institución -como reconocimiento público a esa acción-, hizo posible que esta entrevista se hiciera realidad en uno de los salones de la Delegación de Gobierno.

Una suerte, porque el comandante Franco, en estos momentos, está realizando un curso de Estado Mayor en Chile, de donde ha regresado por unos días.

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Su actuación no fue fruto de la suerte, en absoluto, sino de la profesionalidad cuando formaba parte de la EUTM Mali, la misión de adiestramiento desplegada por la Unión Europea en este país del África subsahariana.

Porque, a pesar de su juventud, este militar -con 22 años de servicio en el Ejército- atesora una experiencia internacional muy valiosa.

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A lo largo de este tiempo ha servido en 9 misiones internacionales, entre ellas Somalia, Líbano, Bosnia y Afganistán. Es además, hijo -su padre es general retirado-, nieto y bisnieto de militares.

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¿De casta le viene al galgo? “Yo no veo nada de heroico en lo que hice. Lo que sí que es una heroicidad es ir a sitios como Mali y dejar a tu gente detrás”, dice, tratando de quitar importancia a su hazaña.

La EUTM Mali, de la que el comandante Franco formaba parte, es un compromiso contraído por España como estado miembro de la Unión Europea ante la petición de ayuda de Mali.

Desde principios de 2012, esta nación, que linda al norte con Argelia, al oeste con Mauritania, Senegal y Guinea, al sur con Costa de Marfil y Burkina Faso, y al este con Níger, se vio azotada por una crisis política, humanitaria y de seguridad por la rebelión tuareg, un golpe de estado y la aparición de terroristas yihadistas.

El riesgo de desestabilización era evidente.

El presidente interino de Mali, Dioncounda Traoré, pidió ayuda a Naciones Unidas y a la Unión Europea, para la reestructuración y adiestramiento de su Ejército con el fin de hacer frente con éxito a esas amenazas.

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Esa era la misión de Franco, dentro del contingente español.

El logo de la misión europea de ayuda y adiestramiento al Ejército de Mali, de la que formó parte el comandante Muñoz.

Este interés de los medios por su persona lo siente como algo muy raro, ¿no?

Sí, claro. Nuestro trabajo es estar donde nos piden que estemos y recibir órdenes. Pero no me importa, para el bien de la sociedad, hacer este servicio. Explicar lo que pasó.

Después de lo sucedido en Mali, y que todo el mundo hablara de su hazaña, ¿le sorprendió?

No. Yo también he sido consciente de que aquello fue algo especial y de que las circunstancias en que se produjo iba hacer saltar la noticia.

Sobre esto, tengo una anécdota.

A las dos horas de suceder el ataque, cuando estábamos en un abrigo, en el que nos refugiamos, yo recibo un WhatsApp de España. De una amiga mía de Tenerife que me pone la noticia de una agencia, no recuerdo cuál era.

Y decía: Un centro de recreación en Bamako, Mali, está siendo atacado por terroristas yihadistas.

Y yo estaba allí, escondido. En directo. Decía también que las fuerzas de Mali estaban intentando liberar el recinto. Ahí me di cuenta de la dimensión que había tomado el asunto.

Le contesté que todo estaba bien, para no preocuparla.

¿Cuánto tiempo llevaba formando parte del continente español en Mali cuando sucedió eso?

Tres meses.

¿Nada hacía presagiar un ataque terrorista?

Estaba todo tranquilo. Había una calma tensa, en la zona en la que nos hallábamos. Hacía un año del último atentado contra intereses occidentales y quizá no se percibía esa amenaza. Siempre la hay pero en esos momentos no se sentía.

¿A cuánta distancia estaba su cuartel?

Estaba en el centro de Bamako, en la capital de Mali, en un recinto muy bien protegido. A 45 minutos del lugar del ataque. Habíamos ido allí en el marco de una serie de actividades de ocio que organiza la Unión Europea puesto que la misión es claustrofóbica.

Estamos en un sitio cerrado y son muchas horas de trabajo.

El destacamento de militares españoles estaba formado por 110 personas. ¿Cómo estaban organizados?

Bueno, estábamos divididos en dos sedes. La sede grande, de entrenadores y tropa, está en Koulikoro, al noreste de la capital. En Bamako estábamos los asignados a labores de organización y dirección.

Lo que ustedes llaman el alto estado mayor. ¿Cuántos españoles había en Bamako? 

Concretamente estábamos unos 12.

¿Y él resto? ¿Franceses?

De todas las nacionalidades. Éramos una Torre de Babel. En total, unos 150. Ese día había una serie de actividades organizadas. Una consistía en hacer unas marchas, los sábados por la tarde, y la otra era los domingos por la mañana, acudiendo a un centro de estos.

Había dos en concreto en Bamako, autorizados e inspeccionados con carácter previo, que reunían las condiciones adecuadas para pasar ahí unas horas. Era ir, tomar un poco de aire puro, comer una pizza y volverse por la tarde. Eso permitía interactuar con otras agencias, conocer gente local.

Era una actividad a la que me solía apuntar.

Cuando ocurrió todo, ¿iba armado?

No. La comisión de seguridad que se había formado había determinado que llevar una arma por grupo era suficiente para el traslado.

¿Una pistola? 

Una pistola. En esa ocasión fueron dos las personas que llevaban un arma. Un oficial húngaro y un francés.

Eran, por lo tanto, 12 militares y dos iban armados. ¿Qué estaba haciendo usted cuando se produjo el ataque?

Estaba sentado en una tumbona, medio reclinado, frente a una piscina natural. Hacía un calor sofocante. Era las cuatro menos veinte de la tarde. Yo estaba con los cascos puestos, escuchando música en un MP3. Con la música a tope.

¿Qué música escuchaba?

No lo puedo recordar. Y me gustaría poder hacerlo. Para incluirla en la banda sonora de mi vida. Pero no puedo. En esos momentos escuché una ráfaga de disparos a lo lejos. Tiré los cascos al suelo y con ello mi MP3. En mi mano tenía el móvil. Estaba descalzo, en bañador. Detecté que era un ataque.

Ilustración, de José Manuel Esteban, de lo sucedido en el recién creado blog “Sí a todo”, donde el Ejército de Tierra narra la historia, y que lleva el teniente coronel Norberto Ruiz.

Usted no tiene ningún arma. ¿Qué hace?

Yo soy una persona preocupada por la seguridad y no es que me obsesione, pero me preocupa. Siempre he tratado de analizar qué es lo que falla en esos ataques tan inmediatos. Muchas de mis preguntas que me hacía me fueron contestadas ese día. Porque la gente se queda bloqueada.

Bueno, suele haber tres reacciones: quedarse bloqueado, haciéndose el muerto, huir o enfrentarse a la amenaza. 

Ahí discrepo. Porque la congelación y la huida son dos mecanismos instintivos. Incluso la caída al suelo. Porque el suelo da seguridad.

Ahí se produce una reacción que es involuntaria y que tú no controlas. Lo he estudiado, a posteriori. Las intervenciones armadas siempre se producen en huida. Y luego que el pase a la reacción sea lo más breve posible.

Eso es lo que te da la posibilidad de salvarte.

¿Por qué? Porque la salvación se presta en ganar la mayor distancia posible en el menor tiempo. Esa es la ecuación de la salvación en este tipo de ataques sorpresivos.

El pasar de modo fase 1 a fase 2, que es la cognitiva, en la que tú sí que tomas decisiones. En esta ocasión no hubo tiempo de bloqueo ni de nada. Quizás porque yo lo había interioridad. Era la cuarta vez que iba allí. Me había imaginado el asalto. Es algo que suelo hacer. Me imagino la probable vía de ataque y la probable vía de escape.

En ese momento, al ver a la gente bloqueada, traté de activar a la mayor gente posible. De indicarles la vía de escape. Y luego ya en la fase de intentar ganar distancia del foco del fuego, traté de dar consejos.

¿Cómo les hizo frente?

Eso fue a posteriori. Yo no les vi.

¿Cuántos terroristas tomaron parte en el ataque, en concreto?

Es una investigación abierta en la que las autoridades de Mali están tratando de definir ese tipo de detalles. Por los medios y por lo que he visto, 5 terroristas fueron abatidos.

Armados con kalashnikovs. 

Sí, con kalashnikovs, fuertemente armados. Con artefactos incendiarios. Porque incendiaron el recinto. Ese era el escenario.

Luego se produjo la necesidad de encontrar un arma.

Los terroristas yihadistas iban fuertemente armados. Ilustración de José Manuel Esteban para el blog Sí a todo.

Y encontró a uno de sus compañeros, que tenía un arma. Esto parece una película. 

Así lo vi yo también. A un francés que llevaba una mochila, con el arma dentro, le dije que había que sacarla porque había que luchar. Pero fue en el segundo refugio, donde me encontré con el oficial húngaro, que llevaba también otra mochila. Y ahí fue cuando le dije: ‘¿Llevas un arma?’. ‘Sí’, me contestó. ‘Pues sácala, sácala’. Habían pasado 5 minutos. A mí ese gesto de llevarla y no tenerla en la mano me indicó que no estaba en condiciones de usarla.

Él mismo me miró y, probablemente, vio la determinación en mis ojos. Por eso cuando le dije, ‘¿puedo utilizar tu arma?, ¿me la dejas?’. Me contestó, ‘sí’. Y me la pasó. Me explicó que tenía 14 cartuchos y que tenía que seguro puesto.

En ese momento, un teniente coronel italiano me hizo gestos indicándome que se estaba acercando un terrorista.

Miré. Lo vi a unos 70 metros de distancia. Yo sabía que a esa distancia no le iba a dar y que iba a delatar nuestra posición. La decisión fue esperar lo más posible hasta tenerlo encima. Y tratar de neutralizarlo. Así lo hice. Esperé. Fue acercándose. Éramos 5 personas y éramos un blanco visible. Cuando se encontraba a unos 15 metros se detuvo, él iba buscando…

Gente para matar. 

Nos vio y nos disparamos mutuamente. Él se sorprendió mucho de ver una persona en bañador rojo. Yo tenía la ventaja de la altura. Ese factor sorpresa y esa pequeña altura me dio ventaja.

El terrorista se escondió entre la maleza. Yo avancé un par de metros pero empecé a recibir fuego de otro origen, que no detecté, que me hizo tirarme al suelo. Y desde ahí no recuerdo cómo salí de esa.

Yo había indicado al grupo de personas que estaban conmigo, que, cuando se produjera el enfrentamiento, huyeran en una determinada dirección hacia una colina. Lejos de allí.

Yo salí, supongo que cayéndome, rodando, saltando. Conseguimos ganar bastante distancia.

El comandante Franco hizo frente a los terroristas, fuertemente armados con kalashnikovs, con una simple pistola que contenía 14 balas. Ilustración de José Manuel Esteban para el blog Sí a todo.

Cuando los terroristas se dieron cuenta de que había gente armada, prendieron fuego al recinto turístico. Creo que nosotros nos ocultamos entre la vegetación. En el cargador me quedaban 4 cartuchos. Allí permanecimos durante casi tres horas.

“Sobre las seis de la tarde, los nuestros se pusieron  en contacto telefónico. Les dije dónde estábamos y concretamos un punto de rescate”, añade.

El comandante Franco no cuenta que tenía los pies ensangrentados y apenas podía caminar. Se arrastró treinta metros. Hasta el punto convenido. Tras casi tres horas de angustia, todos consiguieron salvar la vida.

“Y eso fue lo que pasó”, concluye.

Casi nada.

Los terroristas, que atacaron al conocido grito de Alá Akbar, se cobraron 6 víctimas.

Un soldado de Malí y 5 extranjeros, entre ellos una mujer y un militar portugués.

Pero pudieron haber sido muchos más.

El comandante Franco impidió que eso sucediera.