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Constitución Española: Así fue su difícil parto; no fue un camino de rosas

Los siete padres de la Constitución: sentados, de izquierda a derecha, Miguel Roca (CDC), Manuel Fraga Iribarne (AP, ahora PP), Gregorio Peces Barba (PSOE), Jordi Solé Tura (PCE); de pie, Gabriel Cisneros (UCD), José Pedro Pérez Llorca (UCD) y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (UCD).
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Nos ha acompañado durante cuarenta años, nació contra todo pronóstico del consenso y la negociación, la aprobaron los españoles incuestionablemente: es nuestra Constitución democrática más larga de la historia. Y así fue como se elaboró según las crónicas de la época que Confilegal ha recuperado para celebrar el aniversario.

Los Pactos de la Moncloa fueron, con sus luces y sus sombras, el pistoletazo de salida para la modernización de un país a la cola de Europa tanto económicamente como en materia de libertades públicas. Millones de españoles no habían vivido nunca en democracia, sólo conocían la dictadura de Franco y sus famosos 40 años de paz … a la fuerza.

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La idea central de los Pactos consistía en hacer un ajuste general para poder abordar una Constitución para todos.

Desde la muerte de Franco, su dictadura se desmoronaba. Quiso dejarlo todo “atado y bien atado”, pero la desbandada de los llamados reformistas o “aperturistas” en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida, las Cortes franquistas se hicieron el “harakiri” y el país comenzó por fin su difícil andadura hacia el futuro.

Las Cortes elegidas el 15 de junio de 1977 no eran formalmente Constituyentes, pero a nadie se escapaba la necesidad urgente de tener pronto un texto constitucional y a ello se pusieron tan sólo dos meses después.

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La redacción

La primera reunión de la ponencia constitucional para elaborar el borrador del texto de la Constitución tuvo lugar el 22 de agosto de 1977, con la asistencia de los centristas Gabriel Cisneros, el jurista Miguel Herrero de Miñón y José Pedro Pérez Llorca, alto funcionario de las Cortes; el socialista Gregorio Peces Barba, experto en Derecho Constitucional; el intelectual comunista Jordi Solé Tura; el nacionalista catalán Miguel Roca Junyent y el ex ministro franquista Manuel Fraga Iribarne por Alianza Popular.

De todos ellos sólo tres siguen vivos: Herrero de Miñón, Pérez Llorca y Roca Junyent.

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Fue una reunión que ya nació con polémica al vetar los socialistas al Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, hecho que por razones técnicas llevó a dejar fuera también a los nacionalistas del PNV, cuya representación asumió Miguel Roca.

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En el arranque de las negociaciones había dos cuestiones que el Gobierno Suárez quería despachar rápidamente: la cuestión monárquica y el tipo de Constitución que se debía redactar.

La primera cuestión quedó zanjada con la aceptación de los comunistas y también, aunque con reticencias, la de los socialistas de la aceptación de la monarquía, aunque estos últimos sin renunciar a su republicanismo.

En cuanto a la segunda cuestión, frente a la posición de Fraga que defendía que se elaboraran una serie de leyes constitucionales parciales (a imagen y semejanza de las Leyes Fundamentales de Franco), y la intención de Suárez de que fuera breve, enunciativa y mínimamente conflictiva, se impusieron las posturas del resto de ponentes de elaborar un texto amplio que tratara con precisión todos los temas.

Se rompe la confidencialidad

Comenzaron las reuniones y a pesar del acuerdo de confidencialidad, la paz se interrumpió cuado el 22 de noviembre la revista Cuadernos para el Diálogo publicó los 39 primeros artículos del borrador y unos días después otros medios dieron a conocer el texto completo, un anteproyecto que finalmente se publicó en el Boletín Oficial del Estado el 5 de enero del 1978 con nada menos que 168 votos particulares de discrepancia de los ponentes, a los que se unió de inmediato una avalancha de enmiendas de los grupos parlamentarios, así como las particulares de los diputados, con un total de 3.200 enmiendas que una vez ordenadas y agrupadas superaban ampliamente el millar.

Ya en la Comisión del Congreso continuaron los trabajos hasta que el 6 de marzo estalló otra crisis cuando Gregorio Peces-Barba abandonó la ponencia de un portazo por diferencias irreconciliables en materia de educación (artículo 27, Libertad de enseñanza), religión (artículo 16, Libertad Religiosa), algunas referidas a las autonomías  y el artículo 38 (Libertad de empresa).

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Las reuniones prosiguieron sin su presencia.

Y no sólo las reuniones, sino las cenas, meriendas, broncas en los pasillos del Congreso y otros encuentros de lo más variado que fueron conformando el consenso para la aprobación del texto artículo por artículo, disposición adicional por disposición adicional.

Varias crisis menores y felizmente resueltas culminaron con el abandono del PNV de forma provisional en señal de protesta por su marginación en las negociaciones y poco después el aliancista Federico Silva Muñoz anunciaba la retirada del grupo de AP.

Fraga, de viaje en Estados Unidos, no tardó en  regresar y llevar del vuelta al redil a sus díscolos compañeros.

Aprobación en Cortes y referéndum

Así, entre portazos, amenazas de abandono, abandonos con vuelta, reuniones nocturnas, tés con pastas de madrugada y pactos in extremis, el borrador pasó al Senado –donde entre otras muchas se aprobaron las ocho enmiendas estilísticas presentadas por Camilo José Cela para mejorar el estilo del texto, como por ejemplo en el artículo 4 cambiar la denominación del color de  la bandera roja y “gualda” por roja y “amarilla”-y volvió al Congreso para su votación final.

Ese día, el 31 de octubre de 1977, estaban presentes en el Congreso 345 diputados, de los que 325 votaron a favor, seis en contra y hubo 14 abstenciones, entre ellas las del PNV. En el Senado votaron 239, de los que 226 fueron a favor,  cinco en contra  y siete se abstuvieron.

La Constitución se presentó finalmente a los ciudadanos para su votación el 6 de diciembre de 1978. Los partidos políticos se lanzaron a la campaña previa con dos objetivos, conseguir el sí y al mismo tiempo promocionarse ante los electores, a excepción del PNV en el País Vasco que se decantó por la abstención.

Ruido de sables

En medio de la campaña, no hay que olvidar lo  turbulento e inestable de aquellos tiempos, cuatro militares y un guardia civil –Antonio Tejero, Manuel Vidal Francés, Ricardo Sáenz de Ynestrillas, Joaquín Rodríguez Solano y José Alemán Artiles– se reunieron en la cafetería Galaxia de Madrid donde Antonio Tejero planteó la necesidad de un golpe de mano contra el Palacio de la Moncloa, conspiración que fue abortada gracias a la lealtad de Vidal Francés, que lo comunicó a su superior.

Tejero y Sánz de Ynestrillas fueron condenados a una benévola condena de seis y siete meses de prisión respectivamente, tras la cual siguieron conspirando contra los deseos democráticos de los ciudadanos, como bien se puso de manifiesto el 23 de febrero de 1981.

Seis días después, estando el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente y ministro de Defensa, en un acto en Cartagena se produjo un encontronazo acerca de la Constitución con varios militares presentes, a los que el ministro expulsó del acto y mandó callar.

Los nombres eran conocidos, Juan Atarés, Milans del Bosch y Gonzalo Casado atacaron la nonata Carta Magna y dieron vivas a Franco y arribas a España, mientras otra parte de los presentes aplaudía a Gutiérrez Mellado.

Con la Iglesia hemos topado

Tras el Ejército, el país se topó con la Iglesia. El cardenal primado de Toledo, Marcelo González publicó el 28 de noviembre una pastoral, “Ante el referéndum de la Constitución” estimando muy grave que fuera agnóstica y careciera “de toda referencia a Dios”.

La educación, la familia, el divorcio y el aborto eran los caballos de batalla por los que el primado quería “iluminar” el sentido del voto de los fieles en una inoportuna intervención que, si bien fue a título personal, resultó muy perturbadora a tan pocos días del referéndum.

Una situación digna de “La Escopeta Nacional”, película en la que Luis García Berlanga retrató magistralmente la época y que se estrenó precisamente en septiembre de ese año.

Pero a pesar de la oposición de ciertos sectores de la España nacional católica, militar y nostálgica y de que la víspera de la consulta, ETA asesinó a tres policías en San Sebastián, la Constitución consiguió un sí abrumador- el 87, 7%- con una abstención del 32,8 % del censo.

Los españoles querían claramente comenzar un nuevo periodo de su historia, dejando atrás tantos años de atraso democrático con respecto a Europa.

Ganaron los ciudadanos

El Rey sancionó la Constitución en una solemne sesión conjunta de las dos cámaras el 27 de diciembre, mismo día en que se publica, entrando en vigor el 29, para evitar que lo hiciera el día de los Santos Inocentes. Así nació la Constitución de 1979, la segunda más larga de nuestra  turbulenta historia política en los últimos dos siglos.

El famoso consenso, tan denostado y despreciado actualmente por determinados protagonistas políticos y periodísticos, ninguno de los cuales respiró el ambiente de aquellos meses, permitió finalmente, tras muchas vicisitudes, peligros y amenazas, tener una ley de leyes democrática, que recogía unos derechos fundamentales nunca antes pensados por los españoles quienes experimentaban una nueva libertad adquirida en el plano político y social preparatorio de lo que se avecinaba: los felices 80 y los modernos 90.