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Coronel Ángel Gómez Ágreda: “La regulación del ciberespacio debe estar en todas las ramas del Derecho”

Autor de Mundo Orwell, manual de supervivencia para un mundo hiperconectadoEl autor del libro, Ángel Gómez de Ágreda, es coronel del Ejército del Aire yha sido, entre otros cargos, jefe de Cooperación del Mando Conjunto de Ciberdefensa.
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«Mundo Orwell, manual de supervivencia para un mundo hiperconectado» es el libro del coronel Ángel Gómez Ágreda (editado por Ariel) en el que  relata cómo hoy estamos a merced de las empresas y los gobiernos a través de la red, la cual se ha convertido en el entorno en que vivimos y que favorece a las corporaciones, a los Estados y a los grupos.

Y que trabaja en detrimento de los individuos y los derechos individuales.

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La cuestión es que la libertad pretendida de Internet se ha convertido en instrumento para que unos pocos dirijan nuestras vidas.

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De fondo subyacen la manipulación informativa, la ocultación de la verdad y  el riesgo inminente de desaparición de la ética y los valores.

Considera el autor, en esta entrevista de Confilegal, que la regulación del ciberespacio debe estar en todos los aspectos del Derecho.

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El texto de Gómez Ágreda no podía ser más oportuno: Este 8 de junio se cumplen 70 años de la publicación de 1984, la obra de George Orwell que anunciaba una sociedad futura controlada por el «Gran Hermano Mayor» y su policía del pensamiento.

La realidad que hoy vivimos supera con mucho la profecía de Orwell. Así lo afirma. Y con mucho.

Ángel Gómez de Ágreda es coronel del Ejército del Aire y ha sido, entre otros cargos, jefe de Cooperación del Mando Conjunto de Ciberdefensa.

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Una trayectoria interesante para este militar, que empezó como paracaidista y continuó como piloto de transporte, según dice para gran alivio de su madre.

Fruto de su larga experiencia es este libro que resulta una mezcla de filosofía, sociología, tecnología y valiosas experiencias.

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Compara usted los tiempos lejanos de vida en pandilla frente a la actual individualidad y destaca una mayor libertad de acceder a un mundo ilimitado, pero también arriesgado. ¿La falta de veracidad en la información es el riesgo principal?

Esa falta de veracidad es uno de los principales riesgos en que estamos inmersos. Si no conocemos la verdad sobre las opciones es imposible ejercer nuestra libertad.

Estaremos actuando de forma aleatoria, por azar, pero sin poder formarnos un criterio sobre certezas. La intoxicación de información, verdadera o falsa, también es preocupante porque supone que nuestra atención está dispersa sin centrarse en nada concreto.

Nos convierte en consumidores de titulares sin profundidad alguna. Y, cuando se mezcla lo cierto con lo falso y dejas de poder creer en nada ni a nadie, caemos en una especie de vacío de valores en el que todo termina por darnos igual y no reaccionamos ante nada.

Es un nihilismo anárquico que beneficia a aquellos que pretenden radicalizar las posturas de la población en base a titulares llamativos, muchas veces editados con la única intención de manipularnos.

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“Nuestra capacidad para acceder a la información está muy limitada por la estructura que hemos elegido para acercarnos a ella”, afirma. Cita que en EEUU el 60% de los ciudadanos prefieren las redes sociales para informarse. Sin filtros. Por ese método, ¿los mismos ciudadanos propagamos la falsedad?

Sin duda. Los algoritmos propagan todas las noticias más o menos por igual.

Son los “egoritmos”, los usuarios, los que nos dejamos llevar por lo escabroso, lo llamativo, lo pornográfico, y lo difundimos en base a la búsqueda de popularidad.

Vivimos en un mundo en el que la reputación es más importante que la solvencia. Avanzamos hacia un mundo narcisista, cortoplacista y falto de certidumbres.

Un problema adicional es el que representan los medios de mensajería instantánea.

Si las redes sociales nos informan solo de una parte de la realidad, los grupos de Whatsapp, en los que están solo los que hemos escogido, son mucho peores en ese aspecto y, además, mucho más difíciles de vigilar.

«Vivimos en un mundo en el que la reputación es más importante que la solvencia«

Me gusta mucho esa visión de que si Google es el vendedor y los anunciantes los que pagan, los usuarios somos el producto que se compra y se vende. Nosotros, nuestros datos, nuestro tiempo, nuestra atención… ¿Cómo hemos llegado a esto?

Por desconocimiento de lo que suponen nuestros datos. En el mundo físico somos de carne y hueso, en el mundo lógico, estamos compuestos de datos.

Estamos regalando nuestros datos personales sin darnos cuenta de que somos nosotros en ese mundo. Vamos a una economía de la atención porque nuestros datos ya los tienen y ahora quieren nuestro tiempo.

Necesitamos poner en valor nuestros datos, y mecanismos técnicos y legales para poder retener la propiedad sobre ellos y cederlos sólo cuando queramos.

Eso sí, siempre sabiendo lo que valen y a cambio de qué los cedemos.

«Hay casos en que algunos algoritmos han discriminado por razones de raza o de género a candidatos a libertad provisional o en entrevistas de empleo», según el coronel.

Y en el fondo parece que a nadie le interesa el producto –nosotros–. Facebook  tiene 2.000 millones de usuarios, la cuarta parte de la población mundial, y 40.000 millones de dólares en ingresos en 2017. Somos un producto muy rentable. Esto se aplica a todos los ámbitos, la empresa, el comercio, la política… ¿Es así?

A las redes les seguimos interesando en tanto que seguimos generando datos.

Y, efectivamente, no solo a nivel personal sino también a nivel de empresa o de Estados.

Desde luego, en lo que no tienen interés es en la defensa de nuestros intereses.

La red favorece lo reticular, lo grupal, lo corporativo. Y muchas veces lo hace a expensas del individuo.

Sigo con su libro: Los algoritmos nos dominan, conocen nuestros gustos e intereses y aplican selectivamente el cebo que nos puede hacer picar mediante la burbuja de filtro. El algoritmo que capta y apresa nuestra atención merma nuestra libertad de elección.  ¿Tenemos defensa posible?

Es labor de cada uno acceder a la información que hay disponible. Se trata de profundizar en los temas y diversificar las fuentes.

Salir de nuestra zona de confort y atrevernos a debatir sin apriorismos.

Casi nunca nos damos cuenta de lo sesgada que es la información que recibimos.

Me gusta la imagen de que la cultura es para las personas como el agua para los peces.

Vivimos inmersos en una cultura y, para nosotros, se convierte en algo transparente, en un dato de partida.

«Nuestros valores no tienen por qué cambiar, pero lo que significan en la era digital es diferente a lo que vivimos los que peinamos canas»

Dice que el problema no son los algoritmos sino los sesgos de quienes los programan. ¿Cómo actuar? ¿No urge educar a las generaciones más jóvenes en criterios éticos para que sean capaces de distinguir?

Los algoritmos son máquinas, programas. No, el problema es que perdamos el control sobre qué hacen las máquinas, pero será un problema humano, no tecnológico.

Lo importante es ser capaces de entender en todo momento qué lógica están siguiendo las máquinas y ser capaces de intervenir en el proceso cuando sea necesario.

Los sesgos no son necesariamente malos, si son los que queremos, si son nuestras preferencias. Lo que tenemos que evitar es que la máquina genere sesgos ocultos por su cuenta.

Hay casos en que algunos algoritmos han discriminado por razones de raza o de género a candidatos a libertad provisional o en entrevistas de empleo.

La educación es una de las claves principales. Ahora bien, ¿quién va a educar a estos jóvenes? Mi amigo @_Angelucho_ en Twitter, una persona con unos valores morales de una solidez a prueba de todo, habla de una generación de huérfanos digitales.

Son jóvenes que han crecido sin una generación digital por encima que conozca el ciberespacio y se lo pueda explicar.

Nuestros valores no tienen por qué cambiar, pero lo que significan en la era digital es diferente a lo que vivimos los que peinamos canas.

No, no tenemos que educar a los jóvenes, sino educarnos los unos a los otros y definir cómo vamos a llegar al objetivo ético que queramos.

Su libro trata de las implicaciones de la tecnología y de cómo nos afecta e imagino que en esa reflexión hay que llegar también a como nos cambia. Las nuevas generaciones ya denotan este cambio, ¿no es así?  

Los “millenials” son la generación de transición. No es algo estrictamente cerrado, pero si hablamos con ellos nos lo explican claramente.

Las generaciones han empezado a sucederse a toda velocidad. Cada vez hay menos espacio entre una y otra, y cada vez duran menos antes de cambiar.

La tecnología nos cambia, pero no somos capaces de seguir su ritmo. Por eso cada generación es distinta, porque su capacidad de adaptación difiere en función de cuándo y dónde se ha incorporado al mundo digital.

Imagine ahora lo que supondrá para miles de millones de personas en países o regiones que ahora no están conectados pasar directamente al 5G. Vamos a llenar el ciberespacio de analfabetos digitales subidos en tecnologías de última generación.

Pongo por ejemplo que el teléfono no sirve para llamar sino para comunicarse colectivamente (o no) en silencio y exponer al mundo virtual los propios pensamientos y acciones. Esa transformación en los adolescentes ha sido muy rápida. ¿Se abre la brecha generacional por incomprensión (basada en la ignorancia tecnológica en muchos casos) por parte de los padres y los profesores?

Desde luego, ya digo que no estamos capacitados ahora mismo para formar a la siguiente generación cuando nosotros mismos estamos perdidos en este mundo.

Cita usted a los autores de la «Historia completa de la civilización», los esposos Durant: “La única revolución real está en la ilustración de la mente y en la mejora del carácter la única emancipación real es individual y los únicos revolucionarios reales los filósofos y los santos”. ¿Vamos pues por mal camino?

No necesariamente. Vamos por una vía muy rápida que lleva a muchos sitios. Tendremos que tomar la salida adecuada en cada momento.

Las posibilidades de la tecnología para el bien son inmensas. No vamos a dejar de utilizarlas ni debemos hacerlo. Pero tendremos que hacer caso de esos santos o de esos filósofos que nos expliquen para qué queremos usarlas.

No todo lo que está disponible es bueno ni tiene que utilizarse de todas las formas posibles.

“Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. Este es uno de los consejos que aporta en el manual de supervivencia que incluye en cada capítulo.  O “cuando te conectes actúa como si estuvieras en público (porque lo estás)”

La primera es una frase casi exacta a una canción. Utilizo muchas en el libro porque la poesía y la canción, igual que el cine, han dado obras fabulosas y frases memorables.

En las redes, en caso de duda sobre la veracidad de algo, mejor no difundirlo, mejor no añadir ruido y distorsión para que podamos comprendernos mejor.

Cualquier pantalla, en un ordenador o en un teléfono, es una ventana de doble sentido. Igual que te permite ver el mundo, también permite que el mundo te vea.

Estamos en público cada vez que estamos conectados. Es como esas casas del norte de Europa que no tienen cortinas ni persianas.

Cualquiera puede ver lo que hay dentro (de hecho, es la idea dentro de su esquema moral). Habrá veces en que nadie esté mirando, pero nunca lo sabes con certeza.

Por lo tanto, actúa como si estuvieran ahí.

«Estamos creando inteligencias artificiales que nos obligan a replantearnos nuestra misma existencia enfrentándonos a seres más o menos autónomos»

Cuando aborda el tema de la ciberguerra, produce escalofríos…dice que se han creado secciones dedicadas a ejecutar o controlar operaciones desde el ciberespacio. Y que dependen de los vínculos que se establezcan no del número de individuo.  Usted como profesional de la defensa, ¿se siente seguro?

Menos que nadie. El problema es que cualquiera puede actuar en Internet en operaciones cibernéticas. No solo los países o las grandes empresas.

Cualquiera.

Tenemos que aprender a vivir con el cambio, con la falta de certeza, con la inseguridad.

Tenemos que buscar resiliencia, capacidad para sobrevivir y aprovechar oportunidades. Es un mundo fluido en el que las barreras tienen poca utilidad.

¿Cómo abordar esta ciberguerra que ya está presente? ¿Qué debemos hacer?

La ciberguerra como tal, la que luchan los países con grandes medios, ya se encargan las Fuerzas Armadas de intentar estar preparadas para lucharla.

Nosotros, cada uno de los ciudadanos, tenemos que ser conscientes de que existe y evitar ser víctimas, escenario de esa guerra o, incluso, armas al servicio del enemigo por nuestra inconsciencia.

Eso sí, necesitamos dotar a nuestras Fuerzas Armadas de muchos, mayores y mejores medios para defendernos. Y, sobre todo, de acceso al talento necesario para desarrollar esos medios.

Este mundo no distingue entre lo civil y lo militar. Tenemos que investigar todos y compartir el resultado para beneficio de toda la sociedad.

Más aún, dice que lo que el Ministerio de la Verdad de Gran Hermano, imaginado por Orwell, no podía conseguir con su incipiente tecnología, lo puede lograr ahora cualquier imberbe cargado con su móvil y su cargador de batería…  Eso inquieta.

Cuando ves lo que hacen algunos chavales en concursos de ciberataques, sí, inquieta y mucho. Tengo muy claro que para conseguir armas atómicas hace falta mucho dinero, tiempo, medios y talento.

Para el equivalente en el mundo digital solamente hace falta talento. Y ganas de utilizarlo para buscarle a alguien las cosquillas.

Cualquiera puede construirse armas de distracción masiva, aunque no de destrucción masiva.

«La superficialidad y el narcisismo -para eso tenemos cámaras de muchos megapíxeles para hacernos selfies- son mucho más cómodos que la profundidad y madurez de pensamiento y el altruismo», afirma el autor.

Me parece preocupante su percepción de que en la red la combinación adecuada de números puede formar letras que ordenadamente se pueden transformar en ideas y que esas ideas en un mundo dominado por intereses comerciales pueden ser peligrosas.  ¿Cómo nos están influyendo estas combinaciones robóticas?

Es que en las redes solo hay números, que es lo que entienden las máquinas. Pero esos números forman letras y las ideas sí que son peligrosas.

Me gusta explicarlo con el cuento del hombre de la camisa feliz, que no tenía camisa, pero tampoco sabía que la necesitase. Con ideas te pueden hacer feliz o desdichado.

La reputación y la emoción han sustituido al razonamiento en el debate público. ¿Por qué?  ¿Qué nos está pasando?

La superficialidad y el narcisismo -para eso tenemos cámaras de muchos megapíxeles para hacernos selfies- son mucho más cómodos que la profundidad y madurez de pensamiento y el altruismo.

No tenemos que hacer nada para caer, basta con no hacer lo suficiente para vencer la gravedad. Y nos podemos haber dejado ir bastante.

Dice que estamos creando pero ¿qué es lo que creamos? Y ¿de qué modo nos afecta? “Nuestra creación nos aplasta y nos constriñe empujando nuestra cara contra el espejo para encontrar nuestro lugar en el mundo”. ¿Esa creación puede acabar expulsándonos de ese mundo nuevo?

Estamos creando inteligencias artificiales que nos obligan a replantearnos nuestra misma existencia enfrentándonos a seres más o menos autónomos.

Este es un cambio como nunca lo ha habido en la Historia. Es como si hubiésemos entrado en contacto con una civilización extraterrestre.

Nos obliga a pensar nuestro lugar en el mundo. Y nos aplasta contra el espejo porque nos hace ver la grandeza y la miseria de nuestro interior.

No pensemos en Terminator, no hace falta para dar miedo, pensemos en un chatbot que puede cambiar tu forma de ver el mundo, un «deep-fake» que imita un vídeo como si fuera real, un holograma, un robot.

Decía Orwell que no se trata tanto de estar vivos como de seguir siendo humanos.

La inteligencia artificial nos fuerza a redefinirnos como humanos. Y es probable que no podamos utilizar el viejo método del ensayo-error, que solo tengamos una oportunidad para acertar.

«Se están poniendo soluciones parciales a problemas concretos, pero nos falta una visión de conjunto, un corpus omnicomprensivo, una constitución del mundo digital»

Apela usted a los poderes, a la banca, a la política, a la prensa para que vayan más allá en los valores a fin de contrarrestar esta situación ¿Y el poder judicial? ¿Cómo debe reaccionar ante este mundo nuevo?

El poder judicial y el legislativo tendrán que regular el mundo que diseñemos. Pero no pueden entrar en realidades que no existen o no están definidas.

Es el momento de facilitar su labor construyendo un mundo regulable. Y regulable por nosotros.

Se están poniendo soluciones parciales a problemas concretos, pero nos falta una visión de conjunto, un corpus omnicomprensivo, una constitución del mundo digital.

Aborda usted un tema muy interesante y también peligroso, el de las granjas de «trolls». ¿Cómo combatirlo?

Con inteligencia. En el sentido militar o estratégico de la palabra. Adelantándonos a su acción y desmantelándolas o contrarrestando su narrativa.

¿Y cómo desarticular las noticias falsas? ¿Cómo educar al ciudadano para que sea capaz de discernir la verdad y la mentira? Eso parece urgente.

Urgente para ayer, sí. Necesitamos unos medios de comunicación que sean referentes, un ciudadano que se informe en profundidad y variedad, y una legislación que ponga coto a la difusión de relatos no veraces.

No se trata de noticias falsas, se trata de falsas noticias, que no lo son pero se disfrazan de ellas.

Hacemos los periodistas  y las empresas periodísticas dejación de nuestras obligaciones frente a la realidad que estamos viviendo?

Buena parte de la prensa ha caído en la trampa de generar titulares para conseguir muchos “me gusta” en las redes sociales.

Eso alimenta a las mismas redes, no a la prensa. El hecho de que el cambio de modelo haya pillado descolocados a muchos, no significa que no sigan siendo muy necesarios, sino todo lo contrario.

Cada vez  precisamos más una prensa de referencia, seria y solvente.

Los “derechos” de los robots, la amenaza de que nos suplanten en los empleos… ¿Es una realidad?

Darles derechos a los robots sería absurdo. Nos privaría del poder que va asociado a la asunción de responsabilidades.

Las máquinas no suplantarán empleos, solo tareas. Lo que sí necesitaremos será una formación constante para seguir el ritmo de la tecnología.

Y muchos humanistas, muchos filósofos, sociólogos, psicólogos, periodistas, que nos ayuden a ser más humanos.

«El Gran Hermano está aquí, no solo en China. Y nadie va a renunciar a él»

¿Y el cibercrimen? ¿Van los criminales más deprisa que quienes les deben controlar? ¿Cuál es la situación?

Esto es una carrera. Unas veces van por delante y otras no. Pero cada vez que les pillamos, aparece una nueva forma de atacar.

Como decía antes, esa va a ser una constante de este mundo. Lo ha sido siempre, pero ahora mucho más acelerada.

¿Cuál es la situación de España en la ciberguerra y en su prevención?

En el último ranking que he visto, estábamos colocados el tercer país del mundo.

Estamos en una buena situación, pero tenemos que fomentar mucho la I+D para estar en cabeza todos los días.

El carnet cívico chino, los controles en los aeropuertos cada vez más extremos…  Las  ciudades inteligentes… ¿El Gran Hermano extiende sus redes?

Las tiene bien extendidas. Y no solo en China. Acaban de hacer obligatorio declarar tus perfiles en redes sociales para acceder al visado en Estados Unidos.

El Gran Hermano está aquí, no solo en China. Y nadie va a renunciar a él. El reto será hacerlo más civilizado y beneficioso para todos.

¿Es ya necesaria una rama del Derecho para regular el ciberespacio?

No, es necesario que la regulación del ciberespacio esté en todos los aspectos del Derecho.

No es un mundo aparte, es el mundo en el que vivimos y lo que tenemos que hacer es regularlo igual que el otro, no en una rama distinta porque las personas físicas y lógicas somos las mismas.

“Nos espera un mundo en que robots y humanos aportaremos lo mejor de nosotros mismos. Pero nunca como iguales”. ¿Así es?

En el mejor de los casos, sí. Incluso un mundo en que tengamos parte de robots y parte de humanos cada uno de nosotros.

¿Quién es el Ministerio de la Verdad que nos empuja? ¿Quiénes o que están detrás en su opinión?

El Ministerio de la Verdad son todos aquellos que tienen nuestros datos y saben utilizarlos.

Y nuestros datos están a la venta, así que puede serlo cualquiera con medios y ganas.

¿Orwell habría llegado a imaginar algo así?

Orwell murió hace casi 70 años. Fue un visionario en muchos aspectos y varias de sus obras son fabulosas. Sin embargo, en aquella época era imposible adivinar las capacidades que íbamos a tener ahora.

Hizo una buena aproximación que tendremos que complementar con la de Aldous Huxley y otros autores visionarios para imaginar lo que puede pasar.

El mensaje positivo es que todo sigue estando en nuestras manos. Podemos hacer un mundo maravilloso.

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El día 15 de junio, de 12:00 a 14:00 horas, el autor estará en la Feria del Libro de Madrid firmando ejemplares de su obra, que avisa a cibernavegantes y a paseantes de la vida que es obligado construir otra sociedad, otro mundo. Para colaborar en su consecución Gómez Ágreda  aporta, capítulo por capítulo, consejos de supervivencia ante la red.