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Me preocupa que la sinrazón sea divulgada por “periodistas y opinadores” con millones de seguidores

Sobre estas líneas, Bárbara Royo, la abogada autora de esta columna.
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«La manada no fue abuso, fue violación. Millones de mujeres dijeron en las calles #yosítecreo y por fin han sido escuchadas por la Justicia. Enhorabuena al movimiento feminista por esta victoria que no habría sido posible sin su lucha. @pablo_iglesias_. 21 jun. 2019».

No me preocupa que un político diga tremenda necedad. No me preocupa que un político sea el que reconozca tan grave injerencia en la esfera judicial.

Ni siquiera me preocupa que otros políticos hayan seguido su misma línea.

La costumbre es la mejor vacuna. Me preocupa, sin embargo, me aterra que este tuit tenga 21.300 “me gusta”.

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21.300 granadas de mano lanzadas directamente a la separación de poderes.

Tras la esquizofrenia social de los últimos tiempos, tras la marabunta alentada y jaleada por nuestros políticos, tras el entierro definitivo de Montesquieu y tras la aterradora demostración por parte de sus enterradores de su ignorancia política y de sus verdaderas tendencias absolutistas, me preocupa la sinrazón del actual discurso postjurídico y su acogida en la sociedad.

Pero me preocupa mucho más que esta sinrazón sea divulgada por “periodistas y opinadores” con millones de seguidores, a los que nos les tiembla ni la lengua ni la pluma cuando insultan, vejan y menosprecian a otros periodistas, incluso a  juristas y a togados que han cuestionado el actual clima social y los peligros que con él corre nuestra justicia.

Periodistas, juristas y togados valientes que no se han subido al carro, que no se han rasgado las vestiduras a la moda y que no han permitido que las consignas sociales les nublase el juicio.

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Periodistas, opinadores y politización

Pero lo cierto es que, a diferencia de esos periodistas, juristas y togados que han sido duramente criticados, esos otros “periodistas” que no saben escribir u opinar (porque contar nunca cuentan nada) si no es criticando e injuriando a todo aquel que no acepte su totalitarismo ideológico, hace unos días defendían la politización del Supremo y hoy defienden su independencia.

Hace unos días vociferaban que la justicia era machista pero hoy se enorgullecen de que es tan feminista que esas movilizaciones sociales no han influido “en absoluto” en el fallo del Tribunal Supremo.

Pero ojo, que lo aseguran sin haber leído una sentencia que no existe aún.

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Esa es otra.

Unos argumentos jurídicos que no van a sustentar el fallo, como debiera ser, sino que va a ser el fallo el que propicie la motivación.

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El mundo al revés.

Desconocen el legítimo derecho de defensa

Unos “periodistas” que son aplaudidos cuando “destrozan” literalmente a un letrado que ha defendido a sus clientes de la mejor manera que ha sabido.

Unos periodistas que desconocen que el legítimo derecho de defensa es un pilar fundamental de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho y que en un proceso penal la labor de la defensa es desacreditar la prueba de cargo.

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Y si la prueba de cargo, como en este caso, son las manifestaciones de la denunciante en relación al elemento fundamental del tipo (el consentimiento), ahí es donde tiene que acudir la defensa.

Y ello no es “atacar a la víctima”, es atacar la prueba de cargo, como se hace en cada proceso penal…, ¿o es que cuando el proceso versa sobre un delito sexual contra una mujer, hemos de cambiar las reglas de la valoración de la prueba porque al pueblo no le parezca bien que se cuestione a una mujer?

La declaración de una mujer, como prueba de cargo, es tan cuestionable en un proceso penal como lo es un informe económico, un informe de autopsia o una acta de entrada y registro.

Y si el pueblo no lo sabe, esos “periodistas” que además se da la circunstancia de que insólitamente se autodenominan “expertos jurídicos” se lo deberían de contar, en vez de atacar al abogado que cumple su trabajo y al cual ninguno de los cuatro órganos judiciales en los cuales ha ejercido su defensa le ha afeado su estrategia.

Sencillamente, no le han dado la razón.

Esperare ansiosa la próxima sentencia del Supremo para comprobar como esos “periodistas” que ahora le aplauden, le arrojarán al fango y le patearán con los zapatos de su amigos y contratistas.

O no, también puede ser que la sentencia sea absolutoria y el Supremo se salve de sus despiadadas lenguas y envenenadas plumas.