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La Justicia vista del revés: Para reírse y no parar

Varios libros recogen historias hilarantes y, a veces surrealistas, sobre todo lo que ocurre en los juzgados
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Ni los solemnes tribunales, ni el juez distante y severo están reñidos con el sentido del humor, como demuestran la multitud de anécdotas y chascarrillos que circulan por los juzgados, por donde diariamente desfilan cientos de personas de toda clase y condición, con sus penas y alegrías, sus anhelos y problemas.

Varios libros han recogido estas historias hilarantes y a veces surrealistas que son una fuente inagotable de risas y hasta carcajadas.

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En España, ya las Partidas del Rey Alfonso X el Sabio exigían que los jueces “… sean mansos, y de buena palabra, a los que vinieren ante ellos a juicio”.

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La Ley Orgánica del Poder Judicial incorporó en 2003 una prohibición de que los jueces utilicen expresiones “innecesarias o extravagantes” para frenar los excesos dialécticos, contemplando como falta grave «la utilización en las resoluciones judiciales de expresiones innecesarias o improcedentes, extravagantes o manifiestamente ofensivas o irrespetuosas desde el punto de vista del razonamiento jurídico».

Pero por los juzgados y tribunales desfila cada día, generalmente no de buen grado, una variopinta legión de personas que, con sus temores y preocupaciones, pero también con su desenfado, dan lugar muchas veces a episodios risueños y jocosos.

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El libro «La sonrisa de la Justicia» recoge un puñado de esas anécdotas que ponen una pizca de sal en el severo ámbito en el que reina la Ley.

Juan Camúñez Ruiz, autor de libro, nacido en Osuna (Sevilla) en 1932, ejerció durante 45 años la profesión de abogado en la capital hispalense.

Y fruto de esa experiencia son los tres hilarantes volúmenes que escribió: «La cara risueña de la Justicia»,  «Gracia y Justicia» y «La sonrisa de la Justicia».

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ENTRE LA REFRIEGA Y EL OMBLIGO

En “Gracia y Justicia”, Camúñez relata un rosario de anécdotas sobre las refriegas en los juzgados.

En un juicio de faltas (hoy de delitos menores), el juez, harto de las interminables explicaciones, dijo a la mujer que había intentado mediar y resultado lesionada:

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– ¡Ya está bien, señora! Todo ha quedado aclarado. Las dos mujeres se estaban pegando, usted se metió por medio para separarlas, y le dieron un golpe en la refriega, ¿no es así?

– No, señor.

– ¿Cómo que no?

– No, señor, a mí no me dieron un golpe en la refriega. Fue un poco más arriba; entre la refriega y el ombligo.

LAS BANDERILLAS DE “EL CHARLI”

Aunque las anécdotas transcurren en la provincia de Sevilla, el gracejo de las mismas son aplicables a cualquier lector con sentido del humor.

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Algunas son hilarantes, como la que tenía como protagonista a un hombre que había sufrido lesiones a manos de su amigo “el Charli” y contó que estaban en una sala de fiestas bailando, que él estaba muy animado y que de pronto sonó un pasodoble y él se puso a bailar con «el Charli» y que la gente hizo corro a su alrededor con sus olés y sus palmas, y que tanto se animó «el Charli» que recordando que en su casa tenía un par de banderillas salió corriendo a por ellas.

Que volvió raudo y que entonces «el Charli» se puso a torear al lesionado, mientras éste embestía como un miura, pero que cuando llegó el tercio de banderillas, le clavó los palitroques en la espalda.

El lesionado explicó al juez el trance tan penoso de aquel traslado, él bocabajo mientras dos ATS sujetaban los arpones.

Entonces el presidente de la sala le preguntó al «Charli»:

– Vamos a ver, ya ha oído usted lo que ha explicado este señor, ¿qué tiene que añadir a eso.

– ¿Yo? ¡Que a mí me sacaron a hombros!

EL CAZADOR AVIAO

Recuerda el autor de “La sonrisa de la Justicia” cómo durante un juicio contra un cazador furtivo, “tipo enteco cuya apariencia externa denunciaba una pertinaz desnutrición”, el fiscal trató de dulcificar sus preguntas:

– ¿Y no trabaja usted?

– ¡Qué más quisiera, pero si estoy muy malito con una artrosis de las peores que hay!

– ¿No tiene hijos en edad de trabajar?

– En edad, sí tengo algunos; pero no pueden. Mi Manolo tiene un reúma que no puede ni moverse, mi Paco está del corazón; mi Pepe, asma.

– ¿Y su mujer, está buena?

Y el hombre, bajando la cabeza, entre turbado y resignado, respondió:

– Hombre. El avío lo da.

EL FILÓN DEL REGISTRO CIVIL

Del Registro Civil y las largas colas a su puerta, Camúñez extrajo muchas perlas para su anecdotario.

«La de aquel buen hombre, joven y recio, que, con el orgullo de la primera paternidad, se acercó y preguntó al funcionario «Oiga usted, jefe, ¿aquí es dónde se sientan los niños?», a lo que el funcionario impasible contestó «en aquel banco junto a la puerta».

Y la de los encargos de partidas de nacimiento «literaria», «bilateral» e incluso «litoral» (como la fabada),  o la de aquella solicitud de «una santificación del matrimonio».

Más les costó descifrar la que pretendía una fe de vida de un padre «exagerao», es decir, para su «sexagenario» progenitor”.

Sin olvidar la de la pareja de gitanos que se presentó en el Registro Civil, y ella dijo: “Aquí, que el Curro y yo nos queremos deseparar, y venimos a que nos borre del libro de los casados”.

DE JUZGADO DE GUARDIA

Javier Ronda es otro de los autores que se ha atrevido a hincarle el diente a la cara jocosa de la Justicia, con dos libros, “De juzgado de guardia” y “De juzgado de guardia. Con el mazo dando”, ambos junto al también periodista Jorge Muñoz.

«Como periodistas de tribunales, durante muchos años hemos recopilado y lo seguimos haciendo, historias sucedidas que hemos vivido de primera mano o que nos han contado. Entre que el lenguaje procesal es enrevesado y que el ciudadanos tiene como referencia del funcionamiento de la justicia las series americanas, se producen muchos malentendidos divertidos”.

Como aquel magistrado que para definir un accidente de tráfico dijo que «el artefacto se había proyectado sobre un complejo lanar y que habían muerto tres miembros de dicho complejo», cuando el juez lo que quería decir era que un coche se había estrellado contra un rebaño de ovejas y habían muerto tres.

Claro que los ciudadanos tampoco se quedan cortos con el lenguaje: “Hubo uno que pidió un Corpus Christi por un habeas corpus” cuenta el periodista.

“Y en Córdoba hubo un ciudadano que se acogió a la quinta enmienda, y el juez le contestó que mejor se fuera a Estados Unidos”, cuenta entre risas.

Varios libros han recogido estas historias hilarantes y a veces surrealistas que son una fuente inagotable de risas y hasta carcajadas. Los que han escrito Javier Ronda y Jorge Muñoz son referentes.

DUARDO CON E

– ¿A qué nombre quiere el certificado?

– Coné Heredia González

– Debe haber algún error. ¿Me puede repetir el nombre?

– Coné Heredia González –insistió el ciudadano para aclararle al funcionario:

– Mire usted: yo pedí en el Registro que le pusieran al niño Duardo Heredia González, pero el funcionario me dijo que se nombre no se le podría poner, ya que tenía que ser Coné.

LA HUELLA GENITAL

– Señoría, ¿me dejan que firme con la huella genital?

El juez respondió con un gesto afirmativo y sin levantar la cabeza de los papeles que ocupaban su atención. Pero el secretario del juzgado le advirtió:

– Señoría, me temo que no cabrá en el papel de oficio.

CONEJOS MUERTOS

En un juicio que versaba sobre la caza furtiva de animales, el procesado era un cazador que había sido sorprendido cuando daba cuenta de varios conejos. El interrogatorio del acusado, como es preceptivo, lo inició el fiscal:

– Dígame, ¿no es verdad que usted cazó los tres conejos muertos?

– Bueno, la verdad es que cuando los cacé estaban vivos.

LAS GENERALES DE LA LEY

Porque es de cajón, subraya el escritor y periodista, “que el justiciable que llega a un juzgado, tras años de espera para la resolución de su caso, y escucha al funcionario nombrar su pleito como «el abreviado 215/84» no pueda por menos que exigir «menos cachondeíto, que el «abreviado» ya lleva aquí siete años».

Otra mina son las respuestas a las «generales de la Ley», que han dado para mucho, según cuenta Ronda.

– ¿Profesión?

– Pues mire yo soy cochero de caballos y además capador, para servirle a usted y a este tribunal.

– Pues a este tribunal -saltó el juez- no le hacen falta sus servicios, caballero.

O el que respondiendo a la cuestión de «¿estado civil?» dijo «pues mire usted, yo estuve con una señorita con la que tuve un niño hace 25 años, luego me junté con otra con la que no tuve hijos, después tuve con otra señorita dos niños y me separé, y ahora me he arrebujado con otra, embarazada de cinco meses»; tras las referencias, el magistrado ordenó al agente «ponga estado civil: lamentable».

En una sala de vistas sucia y desconchada, durante las generales de la ley:

– ¿Profesión?

– Pintor y por cierto, cuando quiera le doy una manita de pintura a la sala…

LA PRÓSTATA DEL JUEZ

Incluso cuando se trata el lado más mortal de la justicia, dice el periodista, siempre hay algo que aligera en ambiente.

Y relata “en un gran caso con muchos muertos, los periodistas le pedimos al magistrado que prolongara la sesión hasta las tres de la tarde para poder entrar en directo en los informativos.

«Pero el juez, que había sido un dechado de concesiones, no pudo por menos que exclamar ‘hombre, me han pedido montar un plató en la sala y he accedido, han llenado esto de cámaras, cables y micrófonos y no he rechistado, pero lo de las tres de la tarde será si la próstata aguanta, y si no, lo siento mucho, pero esto se acaba a las dos y media'».

Los controles de alcoholemia de carretera pueden ser también sorprendentes, como la del conductor que a eso de las cinco y media de la madrugada y borracho perdido se llevó por delante un puesto de control que se veía a muchos metros por la profusión de las luces de los vehículos policiales.

El sargento de la Guardia Civil de Tráfico al mando testificó en el juicio:

– ¿Y usted, señor agente, recuerda lo que dijo el conductor nada más bajarse del vehículo, tras haber arrollado el control?

– Claro que me acuerdo, señor fiscal, dijo exactamente: ¿En qué discoteca me encuentro?

POR MARIFÉ DE TRIANA

Un suceso famoso en los tribunales es el del loro que se escapó. Se trataba de un loro que cantaba por Marifé de Triana. La dueña denunció al que se lo había robado y, como carga de prueba, llevaron al animal a la sala.

Después de darle un picotazo al ladrón y revolotear tranquilamente por la sala, se posó en el hombro de su dueña y cantó con mucho sentimiento: “Torreeeee de arenaaa”.

El juez, impertérrito, declaró el caso visto para sentencia.