Hemos asistido en la Abogacía Española durante este mes de agosto a un interesante discurso reaccionario de quienes se resisten a la vulgarización de una actividad que, desde su nacimiento como sociedad civilizada, acompaña al hombre como sujeto individual y colectivo de derechos y obligaciones.
Hasta el punto de poder afirmar sin rubor que la Abogacía supone el más eficaz y contrastado sistema de control de la injusticia, garantía de cumplimiento de las imprescindibles normas de convivencia que la sociedad se ha dado a sí misma para continuar evolucionando.
Si la Abogacía reacciona y está viva, la sociedad también lo estará en buena medida.
Son muchas las intervenciones en redes y diarios sobre diversos temas. Unos han reaccionado ante la denuncia de una posible pasividad y falta de respeto de los tribunales, otros ante la privación de las vacaciones, los más jóvenes, ante la crítica sobre sus pruebas de acceso pues se resisten a que sean consideradas tan mediocres como otros insinuamos, alejadas de los niveles de calidad de otros países desarrollados, más conscientes de que esta profesión necesita más control, limitaciones y mayor calidad ante las grandes responsabilidades a las que se someten los profesionales.
Pero sobre todo se nota la carencia de más presencia social, mejor mensaje, más ejercicio universitario, y mucho más servicio a los demás.
REFORMAR LA PROFESIÓN
Hay que reformar radicalmente la profesión. Las relaciones humanas actuales no son precisamente sencillas sino cada vez más complicadas y su defensa ha de ser más exigente, de lo contrario convertimos la abogacía en una selva que acabará devorándonos a nosotros mismos, incluyendo, cómo no, a los propios estudiantes.
En este capítulo es digna de admiración la labor de procuradores, siempre nuestros aliados, adaptando sus sistemas informáticos a la digitalización cada vez más exigente, un mundo mucho más técnico y sofisticado, garantes de la calidad de un servicio que debemos empeñarnos todos en mejorar y que con suerte, emulando su apuesta, servirá para disuadir o alejar a quienes vean en el Derecho un juego para mal ganarse la vida y no una vocación de servicio de calidad para los ciudadanos.
Asuntos relevantes en este tiempo estival han sido las declaraciones del ministro de Justicia sobre el éxito de las medidas implementadas durante la pandemia o los anuncios en redes del Consejo General de la Abogacía Española diciendo que nuestra asociación profesional está en contra de la declaración hábil del mes de agosto, como si los asociados ya hubiéramos sucumbido al cretinismo y nos sintiéramos cándidamente arropados por nuestros más altos representantes.
Se trata de un nuevo ejercicio de populismo ilustrado que consiste en darse la razón a sí mismo y convertirnos a todos en una nueva clase de “indignados”.
Nos faltaría para llegar a ese nivel, “abogados indignados”, acampar en la Puerta del Sol para hacer sonar nuestras propuestas, todos juntos de la mano.
Es posible que la presidenta se acerque a hacerse alguna foto con los acampados para el Telediario.
Un auténtico disparate esta reacción ridícula pues no es ese el tema relevante, las vacaciones, a destiempo en cualquier caso, sino qué han hecho desde el Consejo General de la Abogacía Española para que seamos el hazmerreir de cualquier profesión liberal, pues creo que aún nadie se plantea ordenar a los arquitectos, a los fontaneros o a los panaderos cuándo han de sacrificar sus vacaciones por ejemplo.
PRESENTES EN LA SOCIEDAD
Pero la pregunta, insisto en esta idea, no viene a colación de vacaciones, como si fuéramos una pandilla de insolidarios gandules, nada más lejos, bien lo sabemos, sino saber qué vendrá después de esta grave injerencia en una profesión privada y liberal si nuestra excelsa asociación profesional se limita a este tipo de patética reacción, después de privarnos del derecho al trabajo durante toda la pandemia.
No os pedimos eso, estimado Consejo, os pedimos respeto, os pedimos que estemos presentes en una sociedad cuyo protagonismo hemos tenido siempre y ahora se nos escapa de las manos, os pedimos huelga, si es preciso, lo que sea, que ni siquiera conseguís una remuneración digna para los que están en el Turno de Oficio. Y la que hay no es pagada cuando se devenga sino cuando quieren, si quieren.
Tomemos conciencia de cómo se trata a la profesión con estos gestos, incluso aquellos que ya dejamos hace mucho el Turno de Oficio.
NUESTRA DECADENCIA
Y está bien, está bien, esta reacción estival en redes, pero es importante que seamos conscientes como colectivo que todo lo que nos pasa no es origen sino consecuencia de nuestra propia decadencia, baja consideración social que se extiende a toda la Administración de Justicia, aunque los jueces quieran ignorarlo, pues a ellos afecta igualmente que son el reflejo de una justicia lenta e insuficiente y objeto de la crítica despiadada de los propios políticos cuando las sentencias no les convienen.
Su resignación ante el cese de la actividad judicial, como la nuestra, nos convierte a todos, a ellos, a los profesionales y a todos los ciudadanos en corderos de matadero si no defendemos algo tan elemental como el Estado de Derecho.
La norma es nuestro idioma, la que impide que esta sociedad se corrompa más y hay que exigir que su aplicación no sea discutida nunca, ni bajo pandemias ni bajo alarma ni bajo estado de excepción, de ahí que seamos “esenciales” y no despreciables conforme nos han pretendido convencer.
Pero todavía hay esperanza mientras el abogado aún se reconozca capaz de influir en el mundo que le rodea, con asociación profesional o sin ella, pues tan importante es tener conciencia de su propio oficio que siempre habrá algún valiente que denunciará al Estado cuando, por su mera conveniencia, el Poder Judicial vuelva a ser desconectado temporalmente de la sociedad a la que defiende.