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¿Cuál es el significado de la bocamanga de ganchillo que llevan jueces, fiscales y letrados judiciales en sus togas?

Ana Ferrer es magistrada de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo y, como tal, lleva las consiguientes puñetas, que denotan su categoría, la más alta dentro de la carrera judicial. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

Las mencionadas bocamangas tienen dos nombres, que se utilizan indistintamente: puñetas o vuelillos. Y tienen una función, tanto en jueces, fiscales o letrados de la Administración de Justicia: definir la categoría a la que pertenece la persona que las porta.

Las tres carreras están formadas por tres categorías. En todas ellas, los pertenecientes a la primera categoría –jueces, abogados fiscales y letrados de la Administración de Justicia de tercera categoría– no llevan puñetas.

Cuando los jueces ascienden a la de magistrado, la más extendida, o a magistrado del Tribunal Supremo, tienen que ponerse las puñetas o vuelillos.

Lo mismo que los abogados fiscales cuando se convierten en fiscales o en fiscales de Sala del Supremo.

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Al igual que los letrados de la Administración de Justicia de segunda categoría o de la primera.

En todos esos casos, las categorías son homologables, juez-abogado fiscal-letrado judicial de tercera; magistrado-fiscal-letrado judicial de segunda categoría; y magistrado del Supremo-fiscal de Sala del Supremo-secretario judicial.

Cada categoría ejerce en órganos diferentes en responsabilidades.

También llevan puñetas los miembros de las Juntas de Gobierno de los Colegios de Abogados, de los Colegios de Procuradores y de Graduados Sociales, así como los componentes de sus respectivos Consejos Generales.

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VETE A HACER PUÑETAS

La palabra puñetas está hondamente enraizada en nuestro español peninsular. ¿Quién no ha escuchado la frase «vete a hacer puñetas» en el marco de una encendida discusión?

Es una expresión que nació a principios del siglo XIX en Madrid y significa —literalmente— “¡Vete a la cárcel!”.

O para ser más precisos: “Mujer, ¡vete a la cárcel!”.

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Porque ese era el trabajo habitual que hacían las presas que cumplían condena en la Cárcel de Casa Galera, la Prisión Provincial de la capital de España, que estaba situada en la céntrica calle de Quiñones, en el barrio de San Bernardo.

Haber hecho puñetas o haber sido llevada a la calle de Quiñones significaban la misma cosa: haber estado en la cárcel.

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Hasta en la popular Zarzuela de “Agua, azucarillos y aguardiente” quedo reflejado este hecho:

«No te pongas tantos moños, que a pesar de tu honradez, a la calle de Quiñones te han ‘llevao’ más de una vez».

LAS PUÑETAS LAS ELABORABAN LAS PRESAS

Las puñetas, y todos los trabajos de encaje que se hacían en la prisión de la Galera, eran de ganchillo de gran calidad, y su elaboración suponía un trabajo complicado, monótono y fatigoso para las condenadas.

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Así lo contaban las mujeres que habían pasado por la institución penitenciaria.

Allí además eran instruidas en el conocimiento de la escritura y la lectura y aprendían las cuatro reglas.

Dos terceras partes de lo que se pagaba en la calle por los trabajos que hacían mientras penaban se les entregaba cuando habían pagado su deuda con la sociedad, para que comenzaran una nueva vida.

El tercio restante se lo quedaba la institución.

Muchas de las puñetas que llevaban los jueces cosidas sobre las bocamangas de sus togas habían sido tejidas por las propias presas.

Algún caso se dio en que las reincidentes reconocieron el producto de su trabajo en aquellos que las juzgaban.

La función primigenia de las puñetas, desde principios del siglo XIV, que es de donde data su aparición, era la de evitar el desgaste de la bocamanga.

Después, para darle un sentido mayor, se convirtió en un signo de categoría profesional.

La cárcel de mujeres de la Galera de Madrid fue clausurada, por vieja y obsoleta, a principios de los anos 30, con motivo de la reforma penitenciara impulsada por Victoria Kent.

Se cambió por otra más moderna y avanzada, en el barrio de Ventas.

En la nueva prisión las reclusas dejaron de hacer puñetas, pero la frase permaneció en el acerbo popular.

Por cierto, jueces, fiscales y secretarios judiciales se pagan de su bolsillo las togas y, por supuesto, cuando es su tiempo, las puñetas.