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In Memoriam de Julio Márquez de Prado

Juan Ramón Berdugo Gómez de la Torre, magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, recuerda en esta columna a su gran amigo Julio Márquez de Prado, fallecido hoy inesperadamente. Foto: Carlos Berbell.
| | Actualizado: 23/02/2021 18:00

Cuando hoy por la mañana he recibido la noticia del fallecimiento de Julio Márquez de Prado he sentido que una parte de mi vida ha desaparecido con él.

Un amigo es un ser especial que está en nuestra vida y nos ayuda. Que está a nuestro lado para acompañarnos y apoyarnos en las decisiones que tomemos.

Cuando un amigo nos deja para siempre, superar esa pérdida es difícil. Uno de ellos es Julio Márquez de Prado. Por ello, no voy a hablar de sus cualidades como juez vocacional, de su independencia judicial, de su labor como preparador y maestro de jueces, y ni siquiera de su actuación al frente del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura.

Solo voy a describir a Julio como persona.

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Conocí a Julio hace cuarenta años, al haber coincidido en los juzgados de Córdoba. Inmediatamente surgió una amistad que ha perdurado a lo largo de todos estos años.

Con suma frecuencia me llamaba «mi hermano pequeño».

Julio era un hombre simpático, bien parecido, con don de gentes, jovial e incansable, amante de la buena mesa y del mejor vino y no dejaba indiferente a nadie.

Era capaz de generar admiración, odio y rechazo. Con un carácter, a veces difícil, pero con una humanidad que hacía que sus defectos (que no voy a revelar) le fueran, casi siempre, perdonados.

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«Son cosas de Julio», se decía en Córdoba, ciudad donde ha dejado una huella y un recuerdo entrañable y donde se le sigue recordando y añorando.

Contar las anécdotas –algunas políticamente incorrectas- que vivimos juntos sería interminable.

Solo recordar que siempre me decía, «Juan Ramón», o «Juanrra» o «Berdugo», depende del humor que tuviera, «la vida hay que vivirla a tope».

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Y realmente así lo hacíamos.

Los últimos años de su vida llevó con entereza y dignidad sus enfermedades. Nunca se rindió.

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Quererte, querido Julio, ha sido fácil. Olvidarte no va a ser tanto. Tu muerte deja un vacío difícil de llenar.

Con el cariño y admiración que siempre te he profesado, descansa en paz, amigo mío.

Hasta siempre.

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