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Cuando el abogado sucumbe al poder de los jueces: Tres días intensos de juicio

Luis Romero Santos
Cuando el abogado sucumbe al poder de los jueces: Tres días intensos de juicio
El autor de esta columna es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho.
16/11/2021 06:47
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Actualizado: 16/11/2021 00:08
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El aire fresco entraba por la ventana que tenía a mi derecha desde la que se podía contemplar la plaza del Ayuntamiento, su fuente iluminada de rosa, sus abundantes árboles, la casa consistorial teñida de azul y el inmenso cielo oscuro sobre las casas blancas del fondo.

El olor era intenso y lleno de aromas silvestres, un grillo cantaba y el agua brotaba de la fuente. Yo estaba sentado en la mesa de estudio frente a la pared y de vez en cuando miraba por la ventana.

Era un escenario idílico que facilitaba mi trabajo a esas horas de la madrugada, tan temprano que lo primero que hice al despertar a las tres de la madrugada fue pedir un café americano y una botella grande de agua fría que me ayudasen en las horas que tenía por delante hasta que me calzara mis zapatillas para correr.

El primer día de juicio terminé tan rendido que me tendí en la cama sobre las ocho de la tarde y no desperté hasta siete horas después.

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Algo muy extraño en mi, pues rara vez me visita Morfeo antes de la una de la noche.

Pero ese lunes, la jueza no nos había dado tregua desde primera hora de la mañana, a las nueve y media, hora exacta y no aproximada.

En ese tribunal no ocurría como en otros, en los que señalan una hora de comienzo como referencia y el juez o los jueces no llegan a la sala hasta media hora después o más tarde, cuando el agente judicial les indica que ya han comparecido todos los letrados y todos o la mayoría de los testigos y peritos.

No es habitual en la jurisdicción penal que un juicio con alrededor de treinta personas citadas comience a la hora exacta, pero esta magistrada y su secretaria judicial habían organizado tan bien las sesiones, que la vista podía comenzar puntualmente.

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Llegué al moderno edificio judicial y tras pasar los controles, me dirigí hacia la estancia donde sabía que estaba la sala de vistas encontrándome a mis compañeros en los aledaños.

Saludé al más veterano, defensor del principal acusado, al abogado de la compañía de seguros que me volvía a pedir que lo excluyera del juicio, y a los demás abogados defensores, hasta seis, que representaban a los encausados responsables penales y civiles.

Yo ejercía la acusación particular en ese proceso penal iniciado hace cinco años por la comisión de un delito de homicidio imprudente en una cacería en una finca de la provincia. Mis colegas eran todos buenos compañeros que no cejaban en el trato amable aunque yo estuviera junto a la fiscal en estrados y frente a ellos.

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La agente judicial nos conminó para entrar en sala.

Mi creencia era que a la hora de la comida, terminaríamos la sesión y continuaríamos al día siguiente, lo cual me permitiría toma un taxi que me llevase a mi hotel para después encaminarme a uno de los restaurantes cercanos que me habían recomendado, disfrutar de su cocina y su bodega, descansar un poco y seguir trabajando toda la tarde tanto en la preparación de la vista del día siguiente como en las tareas del bufete, con el cual estaría en contacto a través de los administrativos y abogados, pues en un despacho de abogados nunca se descansa y los plazos, vencimientos, llamadas y mensajes de los clientes, no cesan.

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Sin embargo, mis planes hubieron de alterarse de una forma importante.

Cuando llevábamos unas dos horas de juicio, la magistrada nos concedió un receso de diez minutos para ir al baño.

Yo no suelo desayunar antes de los juicios y siempre pienso en que comeremos a una hora prudencial.

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Menos mal que cené la noche antes cuando viajaba hacia esta ciudad. En los escasos minutos que nos restaban de esa corta pausa, charlábamos animadamente todos los abogados cuando fuimos advertidos por la agente para que entrásemos en la estancia, comprobando de nuevo el rigor en el tiempo de quien tenía la autoridad para organizar y controlar el juicio.

Debo decir a favor de Su Señoría, que nos permitió tanto a la Señora Fiscal como a los abogados interrogar sin apenas interrumpirnos, declarando impertinentes muy pocas preguntas, lo cual es de agradecer si bien es cierto que hubo muchas preguntas sugestivas y capciosas sin que se pusiese coto a las mismas.

Un mínimo control hubiese recortado los interrogatorios y así hubiéramos terminado antes.

Las cuestiones previas no ocuparon mucho tiempo y aunque las interpelaciones a los acusados, al autor material del disparo mortal de escopeta y al cooperador necesario según nuestro escrito de acusación, sí fueron extensas, fue posible interrogar a varios de los testigos por la mañana.

Sin embargo, cuando eran aproximadamente las tres de la tarde, la magistrada aprovechando que había terminado uno de los interrogatorios, nos informó de que teníamos media hora de receso para proseguir después.

Temiéndome lo peor, pregunté a Su Señoría si no estaba previsto continuar al día siguiente, contestándome ésta ante las caras expectantes de mis compañeros:

– No, Señor Letrado, debemos continuar con los testigos que estaban citados para hoy, incluidos los guardias civiles que se han desplazado hasta aquí.

– Señoría, pensaba que sólo tendríamos sesiones de mañana, pues no se me había advertido. Entonces, ¿cuándo podremos comer?

– Tiene usted media hora para comer.

– En media hora es difícil que de tiempo a comer, pues mientras salimos del edificio, llegamos a un bar o restaurante, nos sirven y volvemos…

– Mire, yo me he traído un bocadillo y me lo voy a tomar ahora en mi despacho. Vaya con sus compañeros que irán aquí al lado a comer.

– Gracias, Señoría, pero pensaba comer con más tranquilidad.

– Incluso si usted quiere, aquí a la salida tiene una maquina con bebida y comida.

Cuando todavía quedaba algún compañero en la sala, la jueza, quizás por remordimientos de conciencia, amplió el horario del almuerzo a cuarenta y cinco minutos.

Fue una buena ocasión para charlar con mis colegas en esa media hora en la que debíamos tomarnos el bocadillo, lo único que nos ofrecían en el bar de al lado de los juzgados, con un botellín de cerveza sin vaso.

Ellos me ilustraron sobre la costumbre de esta jueza, que apura al máximo el tiempo y que seguramente en unos días tendría su sentencia.

Hablamos lo poco que pudimos sobre el juicio y los interrogatorios celebrados.

Pagamos y rápidamente volvimos a paso veloz a la sala, notando en mis colegas, la mayoría de la comarca, cierto temor en llegar tarde pues ya tenían experiencia con ese tribunal.

Así que continuamos en la sala de vistas trabajando hasta las seis de la tarde, con un descanso de menos de una hora en total durante nueve horas de trabajo.

Y no cualquier trabajo, sino que estábamos en una labor compleja, delicada, intensa, con muchos intereses en juego, y con una fiscal y siete abogados interrogando a cada acusado, testigo o perito, pudiendo llegarse perfectamente a sobrepasar las cien preguntas a algunos de los comparecientes si sumamos los interrogatorios de todas las partes.

Es decir, en una sesión podría llegarse a las mil preguntas.

Se precisa mucha concentración para realizar nuestra tarea correctamente y para ello debemos estar en las mejores condiciones.

Es absurdo que haya tantas prisas en terminar un juicio en esas circunstancias para nosotros los abogados. Además, muchos habíamos llegado desde lejos recorriendo muchos kilómetros en coche.

Así mismo, debíamos continuar en contacto con nuestros bufetes, pues tendríamos que supervisar notificaciones, terminar escritos, atender a compañeros y clientes, etc.

Y, como no, hablar con nuestra familia.

Un despacho de abogados no puede paralizarse porque su abogado director comparezca en un juicio de varios días.

Eso lo debe de tener en cuenta el juez o jueza, por lo que si no se terminan todos los interrogatorios previstos para un día, pueden continuarse al día siguiente.

Es incomprensible que hubiera tanta prisa en este momento procesal cuando desde que ocurrieron los hechos con el trágico desenlace, habían transcurrido ya cinco años. No hubo tanta celeridad en el juzgado de instrucción ni en el juzgado de lo penal para señalar el juicio en una fecha más cercana.

Sé que alguno pensará que exagero al criticar que no se nos permitiese a los abogados más descanso que el referido, pero en todos los trabajos hay unos tiempos de descanso mínimos.

SESIONES CONTINUAS SIN FIN

Independientemente de nuestra edad, estado de salud, etc., no podemos ser forzados los abogados a sesiones continuas sin fin porque el juez que presida el tribunal desee aprovechar al máximo el tiempo.

Nunca un funcionario tendrá las mismas obligaciones y problemas que un profesional liberal. Además, ni siquiera nos suelen consultar sobre ello. Nuestra opinión no cuenta. Nos imponen sus criterios, con honrosas excepciones.

Sigo narrando las vicisitudes de este juicio, donde había que estar ojo avizor en cada instante, pues como he dicho antes, se sucedieron tras las cuestiones previas más de treinta interrogatorios.

Y debido a que terminamos la primera y la segunda sesión sobre las seis de la tarde, debiéndonos desplazar los abogados, unos a nuestro hotel y otros a sus pueblos, poco tiempo nos quedaba después antes de irnos a descansar.

¿Y cómo repasábamos entonces las notas tomadas en el juicio y preparábamos la sesión siguiente teniendo en cuenta lo sucedido el día anterior?

Muy fácil, quitándonos horas de sueño y descanso, pues como ya he dicho anteriormente, el contacto con nuestra bandeja de correo electrónico, los «whatsaps», las llamadas perdidas, nuestro bufete, escritos, notificaciones, etc., no puede abandonarse de ningún modo.

Aquí no ocurre como en algunas películas americanas, en las que parece que el abogado sólo lleva un caso y hasta que no termina ese juicio, el mundo queda paralizado.

Ese primer día, además, ocurrió algo que demuestra lo irrazonable de cercenar nuestro tiempo de almuerzo por parte de quien ejerce la labor de “policía” en estrados.

Llegamos puntualmente después de agotar los cuarenta y cinco minutos concedidos y la jueza preguntó con cara de preocupación a la agente judicial por los guardias civiles, unos cuatro, que debían estar ya en la sala, pues era su hora y se les había advertido.

La agente le contestó que estarían comiendo en un restaurante cercano, y no como nosotros de pie en un bar de bocadillos atendidos por una sola mujer que no daba abasto.

La jueza le requirió para que los llamara y les advirtiese que debían comparecer inmediatamente en el plenario pues para eso estábamos ya todos sentados esperándoles.

Nos miramos los letrados con cara de circunstancias y pensando en lo injusto de la situación, pues por qué no habríamos nosotros de haber hecho lo mismo. Pero yo ya sabía que mis compañeros temían a esta jueza por estricta.

Por fin, la solícita agente pudo localizar el restaurante donde tranquilamente comían sentados los miembros de la benemérita y Su Señoría tuvo a bien interrumpirles su menú intimándoles a través de la funcionaria para que regresasen urgentemente al edificio judicial.

Imaginaba a los guardias civiles dejando a medio terminar sus platos, sin poder tomar el postre ni el café, aún menos la copa y el puro.

Al momento se presentaron allí con cara circunspecta y cuadrados ante la impasible autoridad togada.

– ¡Les estamos esperando, que llevamos aquí un buen rato ya! ¿No les habían dicho a ustedes la hora a la que continuaríamos?

Disculpe, Señoría…

Uno de ellos, al ser llamado, hizo saber que estaba “indispuesto” debiendo correrse el turno en los interrogatorios. Lo cual no era extraño, pues imaginen ustedes la tranquilidad de esos agentes del orden comiendo en un restaurante bien servidos e interrumpidos de pronto por una inoportuna llamada telefónica que no es la voz de su mando sino la de otra funcionaria que les transmite la orden de la jueza para que hagan acto de presencia en la sala de vistas.

Esta pausa no prevista por la magistrada, nos hizo esperar una media hora, que bien hubiéramos aprovechado.

Pero ella no pensó en que esos guardias civiles, que llevaban esperando en el hall de la sala toda la mañana, no iban a darse por satisfechos con un donut o una bolsa de patatas fritas muy saladas expedidos por la máquina que ella me había sugerido a mi como solución.

Al día siguiente, quizá por mi «footing» matutino, tras el cual bebo mucha agua, solicité un receso cuando llevábamos ya un buen rato de interrogatorios.

Su Señoría me sugirió continuar un poco más hasta finalizar, pero yo le insistí dadas las circunstancias.

Nos concedió a todos el receso, pero limitándolo a cinco minutos, y otra vez de vuelta a nuestros puestos sin un instante de respiro.

El segundo día de sesión, nuevamente la jueza nos advirtió que teníamos cuarenta y cinco minutos para comer.

La cuestión es que en la zona donde se encuentra el palacio de justicia, no hay muchos sitios cercanos y abiertos a la hora de comer, por lo que cuatro de los abogados decidimos ir al restaurante elegido por los uniformados el día anterior, pensando en tomar alguna tapa antes de las tres o cuatro horas de juicio que nos esperaban después.

Llegamos a paso ligero, nos quedamos en una mesa alta e intentamos que nos sirviesen rápido, pero a medida que el camarero se retrasaba con las viandas, mis colegas estaban más preocupados y nerviosos siendo conscientes de que no seríamos puntuales.

Tanto es así, que yo le tuve que decir a los tres que pensaran en nuestros derechos y que si en ir y venir tardábamos veinte minutos, y nos tardaban en servir quince o veinte, no podíamos comer en los cinco o diez minutos restantes.

Así que si Su Señoría había de esperarnos sentada muy cómoda en su sillón quince minutos más, no pasaría nada en absoluto y si lo deseaban, sería yo el que se lo explicase a ella.

Insistían mis acompañantes en marcharse quedándose casi sin comer, a lo que yo les dije que ellos podían marcharse pero yo continuaría mi almuerzo frugal allí de pie.

Me miraron y llegaron a la conclusión de que de todos modos la sesión no podría comenzar hasta que llegara yo.

Bajamos la rampa del restaurante muy veloces, más por ellos que por mi, insistiendo uno de ellos en que no le iba a hacer gracia a la jueza esa demora y en que él no se sentía cómodo en esta situación: el miedo se reflejaba en su cara.

¿Era necesaria esa angustia?

Quedaba claro que mis consejos para comprender nuestros derechos y reivindicarlos no habían hecho mucho eco en mis colegas. Llegamos a la sala, ya casi constituida, preguntando la jueza qué había ocasionado ese retraso, respondiéndose ella misma que comprendía que el ir y venir de tan lejos ocupaba tiempo.

Alguno de ustedes pensará que exagero, pero ¿querrían nuestros clientes que nos tratasen así?

¿Lo entenderían nuestros hijos, nuestros padres, nuestros cónyuges o parejas? ¿Nuestros amigos? ¿Vamos a un juicio o a una misión militar?

El noble ejercicio de la abogacía se merece un trato digno y si hay jueces que desean hacer un maratón sin ir al baño, sin descansar, sin comer, para después llegar a su casa tranquilamente con tiempo para todo ello, debemos contestarles que nosotros llegaremos a nuestra casa o a nuestro hotel, o tomaremos el coche, el tren o el avión, debiendo estar en las circunstancias adecuadas para continuar ese juicio y otros que tengamos.

Y que nuestros bufetes no cierran, llevamos otros muchos casos, y no podemos tomarnos días de asuntos propios, licencias u otros permisos, ya que incluso cuando padecemos alguna enfermedad, a veces hemos de seguir trabajando y acudiendo a nuestro despacho.

Los abogados no hemos de rogar ni suplicar al juez que preside el tribunal permiso para ir al baño o más tiempo para comer dignamente, sino que el juez debe prever que el juicio no se puede prolongar todo el día y, entremedio, permitir los descansos oportunos, pues el trabajo que estamos desarrollando es intenso y complejo.

No debe añadirse más estrés a nuestra profesión cuando no se respetan nuestros derechos más elementales.

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