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Recuerdos de un abogado penalista en Madrid

Luis Romero Santos
Recuerdos de un abogado penalista en Madrid
El autor de esta columna es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho.
22/11/2021 06:47
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Actualizado: 22/11/2021 01:31
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Era de noche aún y no quise tomar mi senda habitual pues ese camino se perdía en la oscuridad del parque, así que seguí corriendo hacia delante para acercarme al estanque del Retiro.

Cuando tenía a mi izquierda el lago, el cielo aún oscuro comenzaba a iluminarse permitiendo contemplar la silueta del monumento a Alfonso XII apenas dibujada sobre el agua.

En ese silencio, oyendo solo mis pisadas, respirando el aire fresco y limpio del amanecer, piensas en esas otras mañanas en el mismo lugar cuando con la mente despejada divagas entre lo que vas a hacer ese día y tus recuerdos, tu vida.

Tantos amaneceres en esos caminos sintiéndote el dueño de esos jardines, preparándote para afrontar el día en esta ciudad llena de retos y oportunidades.

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Pensé en aquel comienzo del día cuando corría aún de noche por una de las vías que atraviesan el parque junto a una inmensa estatua de un general a caballo, en mi primer día de juicio en la Audiencia Nacional.

Había dormido poco repasando mis notas para las cuestiones previas. Yo era el abogado defensor del principal acusado por un delito contra la salud pública y un delito de blanqueo de capitales en una vista que duraría varias semanas, yendo y viniendo desde Sevilla.

Entonces, me enamoré de Madrid.

Parece que fue ayer y ya han transcurrido veinte años desde aquel juicio. Cuántos procesos desde entonces, cuántas experiencias vividas, cuántas personas había tratado desde aquel día: clientes, compañeros, empleados, funcionarios, periodistas, amigos, amigas, etc.

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Y uno sigue siendo el mismo a pesar de todo lo vivido. Sigues adelante haciendo lo que quieres, sorteando los obstáculos, pero al fin y al cabo, siguiendo tu camino.

Entonces, mi sensación era la de estar avanzando en la apasionante profesión de abogado penalista, había conocido unos compañeros con muchos años de ejercicio en el foro penal, con los que aprendía y disfrutaba hablando y tratando los aspectos procesales de esa causa con nueve acusados y ocho abogados, pues yo defendía al que se suponía era responsable de la organización y a su pareja, ambos en libertad provisional.

Unos años después, abrí mi despacho en Madrid y de la nada en poco tiempo éramos siete abogados trabajando en el bufete de Villanueva.

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Cuando miras hacia atrás, te ves en un tren que te lleva hacia San Lorenzo del Escorial para asistir a una declaración de un cliente húngaro, en un taxi llegando a la prisión de Soto del Real (tantas veces), en una sala de un juzgado de instrucción de Alcobendas con una jueza que te reprende por no pedirle permiso para enchufar el portátil, en el despacho de una fiscal de la Audiencia Nacional a la que acabas de convencer para que apoye la libertad provisional con fianza a tus clientes que se encuentran en busca y captura en un lejano país, en una noche que sales del bufete a las once después de atender a los familiares de unos imputados por un grave asesinato y te quedas una noche más.

En esas cenas en restaurantes de moda, en los almuerzos en el Club Financiero junto a sus ventanales en las alturas de la capital, en el camino de vuelta a tu hotel solo en la calle vacía con un frio glacial pensando en los casos atendidos esa tarde; en tus secretarias y sus oportunos recordatorios, en aquel día que llegaste de Pamplona y te sentaste en el cómodo sillón de tu despacho un día de verano mirando a través de la ventana las copas de los árboles y el cielo azul sobre los tejados, o en los días que veías nevar a través de ese mismo cristal.

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Viene a tu memoria la sala de reuniones con la biblioteca blanca y wengué al fondo que guarda tantos secretos de clientes de todas partes del mundo. Taxis que te llevan a los juzgados de Plaza de Castilla, a reuniones en hoteles, en bufetes, a impartir clases en la Universidad, a conferencias, debates, desayunos de trabajo, a centros penitenciarios apartados.

Presentaciones de libros, ponencias en el Colegio de Abogados, jornadas, congresos, tratando con colegas nacionales y extranjeros.

Comidas para aprender de los mejores, para después volver al despacho donde te espera un café y reuniones con clientes toda la tarde, y después de vuelta a tu hotel no sin antes cenar con un colega que está dispuesto a acompañarte para hablar del trabajo pero también de lo divino y lo humano.

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Ves a esos jueces tan serios, a esos fiscales que guardan las distancias, a los funcionarios estresados que te miran con desconfianza y a los que te atienden con una sonrisa descubriendo que siempre hay personas felices y amables en todas partes.

Recuerdas esa primera sede en el Palacio de Miraflores, sólo un año pero qué intenso, cuántos días sólo al principio como si empezaras de nuevo con el expediente número uno, atendiendo clientes en aquella sala de reuniones forrada de madera con chimenea, lámpara de bronce y amplios ventanales, en la mesa alargada oyendo tantas confidencias y detalles con los que tú recreabas las escenas que en realidad creías que ocurrieron y que diferían a veces de lo que él o ella te contaba.

Ese exmilitar de una ciudad castellana acompañado de su bellísima mujer con un zorro cubriendo parte de su esbelto cuello dispuesto a encomendarme su defensa por haber disparado a unos desconocidos que intentaron robarle, que después volverían a su ciudad tan lejos en esa noche de frio.

Un funcionario de correos acusado de un delito por el que podrían pedirle muchos años y cuyo caso conseguimos archivar a pesar del juez instructor. Las jornadas inacabables de juicios con jurado y las conversaciones con tu defendido al lado, y con los compañeros que ejercían las otras defensas, un día y otro en Madrid.

Esos días en la capital, que tú creías que eran pocos, un par de días sólo, que a veces se alargaban pues para eso había querido tener mi bufete en Madrid y llevar importantes casos.

Noches en las que tú te ibas tarde y todavía quedaba en esas oficinas algún compañero que deseaba continuar enfrascado en los tomos de un juicio muy cercano. Entonces, bajaba las silenciosas escaleras del edificio y surgían en mi mente tantos pensamientos sobre la vida, sobre mi trabajo.

Otro día terminaba en Madrid, con nuevos casos y nuevos retos.

Cuando llegué este miércoles a la estación de Atocha siendo ya casi media noche, al adentrarme en la cinta que te traslada aún más rápido hacia el final del largo pasillo, me acordé de escenas ocurridas esos primeros años en el barrio de Salamanca.

No sé por qué, de pronto me vi doblando la esquina de Velázquez con Villanueva hacia el número veinticuatro asiendo mi maletín en un soleado día de junio de 2009, y después me imaginé en una reunión con unos colegas norteamericanos en la sala con el gran ventanal a mi derecha. Es como si esa cinta me trasladara al pasado, un pretérito que surge cuando menos nos imaginamos.

Con la mente más despejada, salí del hotel y un taxi me aproximó a la sede del Instituto Superior de Derecho y Economía en Serrano, y allí me dirigí a mis alumnos durante dos horas tratando sobre la responsabilidad profesional del abogado.

Ante ellos, de pie en un atril, hablé de mis experiencias en muy diversos casos. Les narré anécdotas, impresiones, buenos y malos momentos; razoné sobre los honorarios, la organización, los plazos, los vencimientos, la agenda, la familia, los compañeros, los clientes, las llamadas, los mensajes, los correos; y les hablé sobre escribir, estudiar, pensar, reflexionar.

Terminé mi clase y concluí que me había apartado del tema, pero en realidad no, porque todo lo que les conté estaba relacionado con la profesión.

Fui a desayunar a mi sitio favorito, contemplando el hall del hotel y sin poder dejar de observar el ambiente cosmopolita que ante mi se presentaba, haciendo un poco de tiempo con llamadas y contestando whatsaps mientras llegaba la hora de mi cita en el Colegio de Abogados con una persona entrañable, un abogado amigo, el presidente de la Asociación de Jóvenes Abogados, Alberto Cabello.

Me recibió en la sede moderna, recordando yo mis clases en el Master del Colegio aquella primera vez o cuando en el 97 quise informarme sobre los requisitos para la colegiación y tomé un modelo de hoja de encargo profesional.

Esperando a mi colega, miraba yo por el ventanal frente a la calle Villanueva: cuántas mañanas doblando esa esquina hacia arriba con nuevos planes cada día, con una agenda para cada momento que poco tardaba en ser modificada para de nuevo ser alterada.

Mi amigo Alberto me llevó a la sede noble del Colegio, charlamos y fuimos a comer al Four Seasons mientras él departía sobre sus proyectos, sus casos, sus clientes, su vida, compartiendo yo con él muchas historias que hacía tiempo no nos contábamos, pareciendo que no había pasado el tiempo cuando eran ya seis años desde aquella vez que nos presentó nuestro común amigo y colega.

Al fin y al cabo, ¿qué es ser abogado?, sino hablar, escuchar, pensar, aprender, reflexionar.

Volví andando por la calle Alcalá hacia mi hotel, recogí la maleta y pronto me encontré en mi vagón del Ave una vez más, de vuelta a Sevilla en la noche de los tiempos, recordando un pasado que es presente y que siempre estará ahí para traer a mi memoria lo que debo tener en cuenta, para seguir aprendiendo de todas esas hermosas experiencias.

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