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«Tears in Heaven», sensaciones veraniegas de un padre «huérfilo»

Ricardo Rodríguez
«Tears in Heaven», sensaciones veraniegas de un padre «huérfilo»
Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en derecho, resume sus sensaciones meses después de una gran tragedia personal. En la foto, Eric Clapton, sobre el que escribe el autor. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.
04/8/2022 06:47
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Actualizado: 04/8/2022 12:06
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«Tears in heaven» es un tema que compuso en el año 1992 Eric Clapton (alias “Mano lenta”), uno de los mejores guitarristas de la historia del rock (¿quién no recuerda el solo de guitarra de Layla?), cuando su hijo, de cuatro años y medio de edad, falleció al caerse accidentalmente desde el piso 53 de un rascacielos de Manhattan al abrirse una ventana que debía estar cerrada.

Está considerada como una de las mejores creaciones de todos los tiempos, según la prestigiosa revista Rolling Stone.

La melancolía inundó a Eric Clapton, no ya solo por el deceso en sí, sino porque el mismo día del funeral le entregaron una carta de su hijo en el que le decía cuanto le quería y extrañaba. Carta escrita pocos días antes del triste deceso.

Es una canción muy triste y sus versos reflejan una gran tristeza por la pérdida del pequeño, el difícil proceso de resignación y sobre un posible encuentro de padre e hijo en el cielo.

Ganó tres premios Grammy en 1993: canción del año, grabación del año y mejor interpretación vocal pop masculina.

Melancolía y tristeza. Así me encuentro yo pasados ya poco más de dos meses desde el fallecimiento de mi hijo.

Y soledad, mucha soledad.

Es tal el vacío que nada ni nadie lo puede llenar. Tantos proyectos, tantas ilusiones que, repentinamente, desaparecieron. La sensación de orfandad es terrible.

El tiempo no pasa, los recuerdos te vuelven una y otra vez. Mezcla de ternura, de risas, de llanto. Vuelven y vuelven…

Pero es que no quieres que desaparezcan. No lo quieres olvidar. Nunca. Hay días que estás animado, que tienes planes, que estas con amigos y lo pasas, francamente, bien. Ríes y disfrutas de esa amistad, verdadera amistad.

Pero otros, la mayoría, la sensación de melancolía, de tristeza, de pena todo lo abarca… Vayas donde vayas (ahora estoy en la playa, en el mar que tanto me reconforta, que tanto me gusta y disfruto) va siempre contigo, ya es parte de ti.

Te gusta estar solo, con tus recuerdos, con tus fotos, con esa lágrima que, incontenible, te baja por la mejilla. Es doloroso, pero precioso a la vez. Es hermoso, muy hermoso recordarte.

Tu alegría, tu ímpetu, pero, sobre todo, tu sonrisa. Una sonrisa franca, sincera, abierta que transmitía alegría, ilusión, ganas de vivir de un niño de 23 años. La tengo grabada en mi mente, en mi corazón, en todo mi ser… y que nunca, nunca la olvide.

Es mi recuerdo, es mi tesoro. Es mía, solo mía… y también de aquellos que te conocieron… Siempre alegre, siempre contento, siempre con proyectos que nos hacían reír a todos.

Bob Dylan llamaba a las puertas del cielo. Yo también llamo a las puertas del cielo. Richi, corazón, sé que estás ahí. Llámeme, dime algo, dame fuerza. Fuerza para vivir sin ti, para recordarte siempre, para seguir sin tus besos, sin tus abrazos, sin tu presencia.

A veces creo que no puedo seguir, me falta el aire, el aliento, las ganas… no me levantaría de la cama… querría dormir y dormir, no despertarme. Pero abres un ojo y ahí esta la luz, esa luz tan bonita, tal azul que te obliga a echar un pie fuera de la cama, después otro, tomarte un café tras otro… y salir. Andar y andar, sin rumbo fijo, pero a un ritmo fuerte. No quieres pensar, no quieres sentir… no quieres llorar más.

Siempre se ha dicho que las desgracias nunca vienen solas. Cierto es. Me he roto un menisco. Me duele mucho al andar, pero tengo que pasear, no puedo estar quieto, menos rápido, más despacio, pero sigo andando… es una necesidad.

Ahora estoy en el mar… y nado y nado. Mi deporte favorito. Alcanzas la boya que marca la línea que no pueden traspasar las embarcaciones, que marca la zona de baño. Y después de esa boya, otra y otra, 3, 5 ,7 ,10… y vuelta.

Sientes el mar, el agua salada en tu cuerpo, en tus ojos. Bonito, hermoso, relajante… y no piensas. Simplemente te agotas. Una sensación de cansancio, pero, a la vez, de placer interno, de satisfacción. ¿Endorfinas? según los especialistas sí. No lo sé ni me importa. Solo se que me gusta, me relaja, me agota… y no pienso, sólo en la siguiente boya.

Pero vuelves a tu realidad, a tu triste realidad. He empezado a leer. Historia, novela, tramas judiciales y policiales. Hace tiempo que lo había dejado… no podía. Leía 1, 3 páginas y cerraba el libro, no podía estar quieto… y no me había enterado de nada de lo que había leído, absolutamente de nada. Ahora ya no… leo y leo sin parar, me introduzco en la trama, imagino los personajes, me distraigo y me abstraigo. Vuelvo poco a poco a mi ser.

Pero Richi, dame fuerza, mucha fuerza. Es duro, muy duro vivir sin ti. Levántame el ánimo, estate conmigo. Me gustaría tanto, pero tanto abrazarte y besarte… solo pensarlo y mis ojos se nublan, las lágrimas ruedan por mis mejillas y caen en el ordenador donde estoy ahora escribiendo. Se me nubla la vista.

Te echo tanto, pero tanto de menos. Qué daría yo porque estuvieses a mi lado, aquí y ahora, aunque nadar no era lo tuyo… je je je.

Sí navegar, cuántas veces alquilábamos un catamarán e íbamos mar a dentro a levantarlo, a casi volcarlo; cómo te gustaba colgarte con un arnés hasta casi rozar el agua; cómo te gustaba subirte en globo y que una motora nos levantase por encima del mar y, de repente, caer hasta estar andando por encima del agua y luego subir y subir… Siempre activo, siempre dinámico… ¡agotabas a todos! Cómo se lo contabas a tu madre, que ilusión ponías, disfrutaba sólo con escucharte.

Pero ya no estás. Me quedan esos recuerdos, tan bonitos, tan alegres y divertidos… no he vuelto a navegar, una de las cosas que más me gustaban. Pero volveré a navegar, no lo dudes… en un tiempo.

Ahora no puedo, imposible. Me falta mi compañero, mi sostén… mi niño. Tus risas, tus gritos “papa, dale, dale más”. Y yo te hacía caso hasta que viraba, no quería volcar… ya no podía subir al barco desde el agua.

Quizás ahora sí…, he adelgazado mucho y he hecho mucho deporte, estoy fuerte como hacía tiempo. Gracias a ti empecé a cuidarme, a comer menos, a beber menos cerveza, a andar y andar un ritmo fuerte (mis “cabalgadas” nocturnas, como me gusta llamarlas…, 10, 15, 20 kms). Alguien me enseñó motivación y disciplina. Siempre motivación, pero cuando te falte, disciplina hasta que aquella vuelva.

Fuerte, sí, delgado también. Pero me falta el alma, me falta el cariño, me faltas tú. Tu alegría, la ilusión que me transmitías, no parabas hasta que me convencías para hacer algo… y yo, lo que quería era leer y leer.

Y ya ves, ahora que puedo leer, lo que me apetece sería explorar nuevas sensaciones como tú decías, hacer y hacer. Querías tirarte en parapente, en paracaídas. Volamos en aviones ligeros, muy ligeros (se movían en tierra con una mano, casi con un dedo), aterrizar y despegar… que bonito, que sensación…

Que hermosa es la vida cuando estás bien acompañado, de alguien que te transmite, que te llena, te reconforta… que disfruta de todo, día a día, hora a hora. Pero, reconócelo, eras agotador.

Y ahora, en estos días de mar y playa, cuando todos estos recuerdos me vienen a la mente, me doy cuenta -ya lo sabía- que se me hace todo muy cuesta arriba. Tú tirabas de mí…, y yo me dejaba hacer. Ahora que no estás, ¿quién, mi niño, tirará de mí?, ¿quién me dará la fuerza que tú, solo tú, me transmitías?

Me voy a la playa. A nadar. A buscar esa boya donde, a lo mejor, veo tu carita…, y si no estás, a la siguiente…, y siguiente. Te encontraré, no lo dudes. Y seguiré llamando a las puertas del cielo.

«Tears in heaven», lágrimas en el cielo, mis lágrimas que te llaman cada día, cada hora, en cada instante. No te olvides nunca, pero nunca de mí.

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