Opinión | De Lepanto a Bruselas: una Europa que no decide

De Batalla de Lepanto a la Unión Europea, Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en derecho, analiza sobre cómo la unanimidad y la fragmentación política frenan la capacidad de decisión estratégica de Europa. Imagen: Generada digitalmente.

26 / 04 / 2026 05:44

El 7 de octubre de 1571, la Batalla de Lepanto no fue solo una victoria naval. Fue una decisión política ejecutada con eficacia.

Mientras hoy Europa desplaza el poder hacia el procedimiento, entonces se supo identificar un interés común y actuar en consecuencia.

La batalla estalló al amanecer en el golfo de Patras.

Más de 400 galeras avanzaron hasta romper la distancia a cañonazos y resolver el combate al abordaje.

La Liga Santa, bajo el mando de Don Juan de Austria, desorganizó a la flota del Imperio Otomano con el fuego de sus galeazas y concentró el golpe en el centro.

Allí, la capitana cristiana tomó la nave de Alí Pachá; su muerte quebró la cohesión otomana y precipitó el desenlace.

En pocas horas, la armada turca quedó deshecha.

Lepanto no fue una anomalía heroica, sino la consecuencia de una premisa sencilla: cuando los actores políticos perciben un riesgo estratégico común, encuentran la forma de decidir, incluso sin estructuras perfectas.

Esa es la distancia con la Unión Europea actual.

La Unión es una potencia regulatoria de primer orden, capaz de imponer estándares con proyección global y de hacerlos cumplir con notable eficacia.

Pero esa densidad jurídica no se traduce en capacidad política equivalente.

En los ámbitos decisivos -política exterior, seguridad, energía- la Unión no actúa como un sujeto político pleno, sino como un espacio de negociación entre Estados.

La causa no es difusa. Tiene nombre institucional: unanimidad.

Eso no es cohesión: es capacidad de veto elevada a regla, incompatible con la existencia de un poder político operativo.

Mientras las decisiones estratégicas dependan de ella en el Consejo, cada respuesta será el resultado de vetos cruzados y equilibrios mínimos.

No hay voluntad política europea en sentido propio, sino la resultante contingente de voluntades estatales divergentes.

No es una disfunción abstracta. En el Consejo, la exigencia de unanimidad permite a un solo Estado bloquear o diluir decisiones estratégicas.

Europa decide tarde y sistemáticamente por debajo de su capacidad.

Y aquí reside el núcleo del problema: un sistema que exige unanimidad para decidir en lo esencial es, por definición, un sistema diseñado para no decidir a tiempo.

La regla que pretende garantizar la cohesión termina produciendo parálisis.

No se trata de una hipótesis teórica. Los efectos son visibles.

La respuesta a la guerra en Ucrania ha sido relevante, pero condicionada por tiempos y costes de consenso.

La política migratoria sigue fragmentada, con Estados actuando unilateralmente.

La corrección de la dependencia energética llegó tarde, forzada por la crisis.

En todos los casos, el patrón es el mismo: la acción existe, pero queda subordinada a la fricción institucional que introduce la unanimidad.

La Unión acaba decidiendo, pero lo hace tarde y condicionada por el coste institucional del consenso.

El problema, por tanto, no es la falta de instrumentos, sino la incapacidad para activarlos con rapidez y coherencia.

Europa regula con precisión, pero decide con lentitud.

Y en el actual entorno geopolítico, la lentitud no es neutral: es una forma de pérdida de poder.

Lepanto no ofrece un modelo trasladable, pero sí una advertencia vigente: sin percepción compartida del interés y sin capacidad de decisión, las estructuras -por sofisticadas que sean- resultan insuficientes.

La cuestión ya no es qué puede hacer la Unión, sino si está dispuesta a hacerlo en tiempo y forma.

Porque en política, la capacidad de decidir no es un atributo más del poder: es su condición de existencia.

Y si Europa renuncia a ejercerla, no será necesario que otros la desplacen.

Bastará con su propia inacción para hacerla irrelevante, en abierta contradicción con su propia historia.

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