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Roja a Vinicius junior: «Summum ius, summa iniuria» (sumo derecho, suma injusticia)

Roja a Vinicius junior: «Summum ius, summa iniuria» (sumo derecho, suma injusticia)
La doctora Alba Rosell, profesora de Derecho Procesal de la Universidad de Castilla-La Mancha, aborda el contencioso generado a raíz de los insultos proferidos contra el jugador del Real Madrid, Vinicius junior, en el estadio de Mestalla, frente al Valencia. Foto: EP.
23/5/2023 06:30
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Actualizado: 23/5/2023 12:03
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Pocos fenómenos sociales pueden compararse al fútbol, acontecimiento deportivo que concita una atención mediática que en muchas ocasiones sobrepasa la preocupación por los más importantes políticos o económicos, muy probablemente por la tendencia irrefrenable de la humanidad hacia fórmulas de sacrificio de chivos expiatorios (hoy en día incruentas, al menos en apariencia), como explicó el antropólogo francés René Girard en sus obras sobre la materia.

Que unas personas, tan descerebradas como desalmadas, dentro de una masa de forofos, llamen simio a otro ser humano por el color de su piel, mientras imitan actos de primate, merece la más firme de las condenas y la depuración de su responsabilidad por delito de odio.

Sin contemplaciones de ningún tipo.

Pero la mirada jurídica sobre los acontecimientos del domingo en el campo de Mestalla, antes y durante el partido, no puede quedar ahí, puesto que el triste suceso que se vivió en el encuentro liguero entre el Valencia y el Real Madrid puso en evidencia una lamentable tolerancia institucional con actos repugnantes que está visto que no se gestionan con la necesaria contundencia.

Los hechos son sobradamente conocidos. Una vez más el jugador madridista Vinicius Jr. fue víctima de expresiones y gestos racistas. Tras reaccionar con gallardía señalando desde el campo a uno de sus agresores, el arbitro, más preocupado por el juego que por la legalidad y la decencia, no dio por acabado el partido, lo que supuso que los racistas lograran su propósito: alterar el encuentro, tras efectuar actos de humillación hacia una persona que sólo a un robot o a un sumiso hubieran dejado indiferente.

Al parecer, los protocolos federativos son así de comprensivos y sitúan el interés por el desarrollo del partido en situación de prevalencia frente al interés en la tutela de la dignidad del ser humano -la particular la del jugador afectado y la general del público ante el cual se escenifica el aberrante espectáculo del insulto y la degradación-.

Los protocolos exigen advertencias arbitrales y reiteración en la conducta de los energúmenos, devaluando así el reproche que la afrenta merece. Pero aquí no acaba la cuestión.

El colmo fue que Vinicius Jr, pocos minutos después, fue expulsado de una forma esperpéntica para el sentido común, pero envuelta en la refinada sofisticación técnica que la apelación al VAR proporciona.

VAR, EL GRAN HERMANO ARBITRAL

Una vez analizado por el Gran Hermano arbitral el modo como el delantero se zafaba de una acometida mediante un manotazo, se convirtió la inicial tarjeta amarilla en roja directa, con el efecto, grotesco e injusto, de convertir al agredido en la víctima propiciatoria del lance social en el que el partido se había transformado, por desgracia sin que los árbitros siquiera percibieran su papel de sumos sacerdotes de un ceremonial de credo racista, de oficiantes de un rito en el que se escenificaba, como conclusión final, que el hombre de color negro había de agachar la cabeza y someterse, con la sanción de su exclusión del grupo como sanción.

Utilizando una idea seguramente de Meandro, Cicerón incluyó en Los Oficios el brocardo latino “summum ius, summa iniuria” (sumo derecho, suma injusticia). Una aplicación rígida de la norma equivale a su vulneración.

Las leyes, los reglamentos, en cualquier ámbito, también en el deportivo, deben aplicarse desde la prudencia. Aristóteles lo denominaba “epiqueya”, para aludir a la cuidadosa consideración de las circunstancias del caso concreto, en la realización práctica de las disposiciones generales.

En el supuesto específico que examinamos Vinicius Jr, tras ser públicamente afrentado y no ser debidamente protegido por quien tenía la obligación de hacerlo, es enjuiciado en su conducta con meticulosa frialdad informática, como si nada hubiera pasado.

Hay, incluso, quien se atreve a reprocharle que tuviera un gesto poco elegante con la afición del Valencia al salir del campo, asimilando la reacción de la víctima, convertido en chivo expiatorio del partido, con los actos de naturaleza criminal que tuvo que sufrir.

Gracias a que el jugador ha dicho basta, con ocasión de su sacrificio las instituciones deportivas y estatales habrán de revisar unos métodos de actuación a los que la sociedad española debe sacar tarjeta roja.

Profesora de Derecho Procesal
Universidad de Castilla-La Mancha

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