Hace unos días conocimos la sentencia del conocido caso Nummaria, en el que la Audiencia Nacional condenó a más de 80 años de prisión al asesor fiscal Fernando Peña —aunque cumplirá un máximo legal de nueve— por articular una trama de evasión fiscal en la que participaron decenas de personas, entre ellas figuras públicas de la talla de Imanol Arias o Ana Duato.
Ella fue finalmente absuelta, él ha sido condenado. Y el asesor, el supuesto experto, el garante de legalidad… ha sido señalado como cooperador necesario del fraude.
Llevo varios días escuchando comentarios de sorpresa, preocupación, desasosiego… y quiero abordar el asunto porque la responsabilidad del asesor solo va a depender de su manera de actuar. Y solo será responsable si su comportamiento no está sujeto a una serie de pautas que respeten la ley sin duda alguna.
La reciente sentencia dictada por la Audiencia Nacional en el conocido caso Nummaria es un ejemplo claro de lo que ocurre cuando se cruza esa línea.
La condena a más de 80 años de prisión para el asesor fiscal Fernando Peña —aunque cumpla un máximo legal de nueve— nos recuerda que, cuando alguien deja de ejercer como profesional y pasa a diseñar estructuras de fraude, no solo traiciona al sistema, traiciona la esencia de nuestra profesión.
Porque asesorar no es encubrir, ni mucho menos fabricar estructuras para delinquir. Diseñar un fraude no es ejercer la profesión: es cruzar la línea. Y cruzarla tiene consecuencias.
Una profesión basada en la confianza
Los gestores administrativos, al igual que otros profesionales del asesoramiento, trabajamos sobre una premisa muy sencilla pero muy exigente: la confianza. Quien se acerca a nuestro despacho lo hace, casi siempre, porque no domina la materia que necesita resolver. Confía en nuestro conocimiento, en nuestra experiencia, en nuestra honradez.
Y eso nos coloca en una posición privilegiada… pero también delicada. Porque a veces esa confianza viene acompañada de propuestas, insinuaciones o incluso peticiones directas que nos empujan a bordear —o traspasar— la legalidad.
A veces es sutil: “¿y si esto lo hiciéramos de otra forma?”. Otras veces, más descarado: “tú verás cómo lo haces, pero que salga así”. Y es ahí donde el profesional se define.
«Asesorar es acompañar. Asesorar es proteger. Asesorar, en definitiva, es decir la verdad, aunque duela, y ayudar a nuestros clientes a hacer las cosas bien. Ese es el único camino que puede mirar de frente al futuro. El otro camino —el del fraude, la opacidad o el “ya verás cómo lo arreglas”— solo lleva a una puerta: la de los tribunales».
La lex artis como escudo y brújula
Hace un tiempo encargamos un estudio jurídico a la firma Acountax para analizar en profundidad la responsabilidad profesional del gestor administrativo.
El documento concluye algo esencial: nuestra obligación es una obligación de medios, no de resultado. Nadie nos exige milagros, pero sí nos exige diligencia, integridad y respeto a la ley.
Eso se concreta en un concepto que vertebra toda nuestra actividad: la lex artis, el conjunto de reglas técnicas, éticas y jurídicas que deben guiar cada una de nuestras decisiones.
La lex artis no solo protege al cliente: también protege al profesional. Es el escudo que nos permite decir “esto no lo hago” con serenidad. Y es también la brújula que nos ayuda a encontrar soluciones dentro del marco legal, sin renunciar al rigor.
Lo que dice la jurisprudencia
La reciente sentencia de la Audiencia Nacional —como tantas otras anteriores— nos recuerda que seguir instrucciones ilegales no exime de responsabilidad.
Y que cuando un asesor participa activamente en el diseño o ejecución de un fraude, se convierte en responsable del mismo. Ya no es el asesor: es el cooperador. Y eso puede conllevar una sanción administrativa, una condena civil… o una pena de prisión.
Ahora bien, también nos dice la jurisprudencia —y ahí está la absolución de Ana Duato como ejemplo— que quien actúa con honestidad y confía legítimamente en su asesor, puede quedar protegido.
Y eso es aplicable en sentido inverso: quien asesora de forma honesta, clara, y documentada, no debe temer.
Las claves para protegerse y ejercer con dignidad
Quiero dejar claro, como presidente del Consejo, que la responsabilidad profesional no debe paralizarnos, sino impulsarnos a hacer mejor nuestro trabajo. Porque hay formas concretas y eficaces de actuar con seguridad:
• Actuar siempre conforme a la legalidad vigente.
• Advertir por escrito los riesgos de cualquier decisión controvertida.
• Documentar la posición de la Administración y explicar al cliente los posibles escenarios.
• Conservar copia de las decisiones del cliente y, si insiste en seguir un camino arriesgado, hacerlo constar expresamente.
• Mantener la documentación durante al menos cinco años, como exige nuestro Estatuto.
• Ser leal, diligente e independiente, incluso cuando eso suponga decir “no” al cliente.
Esto no es solo protección jurídica: es protección ética. Es ejercer con la tranquilidad de quien sabe que está haciendo las cosas bien.
Decir no también es una forma de ayudar
Hay momentos en los que el mejor servicio que podemos prestar es negarnos. Decirle al cliente que no vamos a participar en lo que propone. O explicarle, con detalle, que lo que parece una ventaja fiscal puede terminar en una sanción, en una inspección, o incluso en un juicio.
No somos prestadores de soluciones milagrosas. Somos intermediarios entre el ciudadano y la Administración, entre el derecho y la realidad. Nuestra función no es buscar el atajo, sino construir el puente.
En defensa de la profesión
Como presidente de los gestores administrativos, no puedo más que alzar la voz para defender la dignidad de nuestra profesión. La inmensa mayoría de nuestros compañeros trabajan cada día con seriedad, compromiso y respeto a la ley. No queremos —ni debemos— vernos arrastrados por la sombra de quienes confunden el asesoramiento con la evasión.
Por eso, cuando alguien cruza la línea y diseña un fraude, debe saber que no solo está traicionando al sistema: está traicionando a una profesión entera. Y que la ley, tarde o temprano, se lo hará pagar.
Asesorar es acompañar. Asesorar es proteger. Asesorar, en definitiva, es decir la verdad, aunque duela, y ayudar a nuestros clientes a hacer las cosas bien. Ese es el único camino que puede mirar de frente al futuro. El otro camino —el del fraude, la opacidad o el “ya verás cómo lo arreglas”— solo lleva a una puerta: la de los tribunales.
Y nadie debería olvidar eso.