Vivimos un momento clave. La huelga convocada por el Sindicato Venia ha roto el muro de silencio que durante años ha envuelto el turno de oficio. Por fin alguien ha dicho basta.
Por fin alguien ha llamado a las cosas por su nombre: explotación, abandono, precariedad Por ser más rigurosa: explotación institucionalizada, abandono institucional y precariedad institucionalizada. Esta es la realidad.
Pese a ello, nuestra huelga avanza con más coraje que respaldo. Con más verdad que apoyo. Muchos seguimos solos. Muchos seguimos preguntándonos por qué, en un colectivo tan castigado como el nuestro, cuesta tanto que nos unamos para defender lo más básico: nuestra dignidad profesional.
Esta carta no busca señalar ni juzgar. Busca entender. Porque si no entendemos el origen de esta inacción, no podremos cambiar nada.
Creo que una de las causas es que nos han enseñado a tragar. Desde que empezamos en esta profesión, nos han transmitido que “esto siempre ha sido así”. Que hay que aguantar. Que el turno es duro, pero necesario. Que no se cobra mucho, pero «compensa con experiencia». Que las guardias a deshora son parte del juego. Que es una escuela impagable. Que si no lo haces tú, ya vendrá otro que lo haga.
Ese discurso ha calado. Nos han convencido de que no hay alternativa. Y cuando uno cree que no hay alternativa, se calla. O se adapta. Incluso si eso significa asumir condiciones que jamás aceptaría ningún otro profesional de ningún sector, sea público o privado.
EL MIEDO PARALIZA INCLUSO CUANDO LA CAUSA ES JUSTA
Otra de las causas pienso que es el miedo. El miedo no se ve pero se percibe y no podemos ignorarlo. Muchos compañeros y compañeras tienen miedo. Miedo a represalias; miedo a quedar señalados; miedo a perder un ingreso por escaso que sea; miedo a quedarse fuera del turno; miedo a que su colegio no lo respalde.
El miedo no te deja avanzar. El miedo paraliza incluso cuando la causa es justa.
Pero también sabemos algo más: el miedo solo se vence cuando dejamos de estar solos. Cuando miramos al compañero de al lado y descubrimos que siente lo mismo. Que también está harto. Que también quiere un cambio. Ese momento, de conciencia compartida, es el primer paso hacia la organización.
Una tercera causa es, sin duda, la falta de conciencia de colectivo.
La abogacía, a diferencia de otros gremios, no tiene una tradición fuerte de lucha colectiva. Somos profesionales acostumbrados a pelear por nuestra cuenta, a construir nuestro camino en soledad, a sobrevivir en un entorno competitivo y fragmentado. Esa cultura individualista ha hecho que muchos vean la protesta como ajena, como inútil, o incluso como una amenaza a su propio “estatus”
Pero esta crisis del turno de oficio no distingue entre nombres, especialidades o trayectorias. Nos afecta a todos. Y si no lo entendemos ahora, tal vez ya no haya marcha atrás.
Porque la justicia gratuita se está quedando sin profesionales dispuestos a sostenerla. Y el día que colapse, el descrédito no será solo para el Estado, sino también para una abogacía que miró hacia otro lado cuando podía haber hecho algo.
Todas estas causas son suficientemente potentes como para paralizar a los compañeros y a las compañeras pero si a esto le añadimos la falta de representación real y defensa de los abogados y abogadas, de los procuradores y de las procuradoras por parte de los colegios profesionales, el cóctel está servido.
La falta de apoyo institucional no es solo una carencia. Es una decepción. Es una traición. Hay Colegios que han preferido mantenerse al margen, que han neutralizado las voces disidentes, que han optado por proteger su relación con la Administración en lugar de proteger a sus colegiados del turno.
La respuesta no puede ser resignarse. La respuesta debe ser interpelar, exigir, cuestionar el papel que juegan estas instituciones en nuestra representación. Quien calla ante la injusticia no es neutral. Es parte del problema.
Si los Colegios no están con nosotros, debemos preguntarnos para qué están.
El turno de oficio no se sostiene con héroes. Durante años hemos tenido una relación con el turno de oficio de tipo “romántico”: “vocación de servicio”, “defensa del más débil”, “compromiso ético”.
Todo eso es cierto. Pero también es cierto que ningún sistema puede sostenerse eternamente sobre la entrega personal sin derechos, sin cotización, sin protección social ni laboral, sin descanso.
El heroísmo no puede ser la base y estructura de un servicio público. La justicia gratuita no necesita mártires. Necesita condiciones dignas, medios adecuados y respeto profesional.
Y eso solo se consigue si nos organizamos. Si exigimos. Si nos plantamos.
Ahora toca decir. Cada uno en su conciencia, en su día a día, en su forma de ejercer.
Podemos seguir prestando servicios esenciales por 5 euros la hora, cobrando a los seis meses y trabajando sin descanso, sabiendo que somos los únicos en este sistema que además de carecer de cualquier derecho laboral ni protección social
O podemos decir basta. Apoyar la huelga. Interpelar a nuestros Colegios. Dejar de aceptar lo inaceptable. Levantar la cabeza.
No será fácil. No será inmediato. Pero no podemos permitirnos seguir como estamos. Porque cada día que pasa sin respuesta institucional, sin reacción colectiva, sin cambio, es un día más en el que perdemos credibilidad como profesión.
La lucha que empieza ahora no es solo por mejores condiciones. Es por respeto. Por dignidad. Por justicia.
Y eso nos concierne a todos.
ESTAMOS APRENDIENDO A LUCHAR Y TAMBIÉN NOS EQUIVOCAMOS
Es verdad: aún no somos todos pero sí somos muchos y cada vez más. Hace dos años éramos muchos menos. Éramos apenas un puñado de compañeras y compañeros hartos de aguantar.
Hoy somos un sindicato legalmente constituido. Hemos hecho asambleas, movilizaciones, paros, una huelga histórica….
Estamos aprendiendo, a golpe de realidad, lo que significa luchar colectivamente en una profesión que nunca ha sabido hacerlo. Estamos construyendo, desde abajo, una forma nueva de entendernos como colectivo. Y eso no se logra de la noche a la mañana.
Cada persona que se suma importa. Cada compañero que da el paso rompe una inercia. Cada guardia que no se hace, cada baja médica que se reclama, cada escrito que se presenta es una grieta en el sistema que nos quiere callados y aislados.
Hemos abierto un camino que nunca antes se había recorrido en esta profesión
Y sí: en ese camino nos hemos equivocado. No siempre hemos sabido coger el pulso exacto de la acción. A veces hemos ido demasiado rápido, otras demasiado despacio, porque todavía no conocíamos bien nuestras propias fuerzas. Porque, sencillamente, estamos aprendiendo lo que es la lucha sindical en un sector que nunca ha luchado colectivamente.
Pero lo que no hemos hecho es rendirnos. Y eso, en una profesión tan marcada por el individualismo, ya es una revolución en marcha.
Como dijo Boileau: “La crítica es fácil y el arte es difícil”. Nosotros elegimos el arte, el arte de construir, el arte de arriesgar, el arte de cambiar las cosas.
Elegimos intentarlo y lo seguiremos haciendo.